Primera Pieza

Por piezas

Primera Pieza

El ruido del motor del coche me hizo protestar en voz alta a la vez que golpeaba el volante varias veces con las manos. Miré el humo que comenzó a salir del capó del vehículo ya parado y esa vez me lamenté mientras apoyaba la parte de atrás de la cabeza en el asiento, acariciándome el rostro para intentar liberar el estrés.

Genial, ahora perdería más tiempo en llegar a mi destino. Estiré el brazo para alcanzar la mochila que descansaba en el asiento del copiloto y busqué mi teléfono en los bolsillos delanteros. Lo desbloqueé y bufé al ver que no había ni una rayita de cobertura. Observé la larga carretera casi desértica, y ya empecé a notar una gota de sudor resbalando por mi sien. ¿Qué temperatura hacía en ese instante? Mínimo 104º Fahrenheit. Seguramente más, o lo que era lo mismo: la muerte.

Bajé del coche y empecé a moverme unos pasos hacia delante y otros hacia atrás de donde estaba mi coche parado, con el teléfono móvil en alto intentando buscar la mínima señal. Me mordí el labio y usé el coletero que llevaba en la muñeca para recogerme el abundante pelo rizado. No podía más.

Fui hacia el coche, me quité la fina chaqueta que me puse antes de salir —el aire acondicionado acababa dándome frío—, y me coloqué la mochila sobre los hombros antes de caminar hacia a saber dónde en busca de un área de servicio o algo por el estilo para poder pedir ayuda.

El sudor me recorría y me preocupé por la ropa que había en mi mochila, seguramente estaba comenzando a mojarse —no era muy buena que se dijera la tela de mi único equipaje—. Me pasé el dorso de la mano por la frente para retirar esas gotitas molestas que se acumulaban en mis cejas y por fin vi algo tras casi diez millas caminando. Las piernas casi no las sentía y me arrepentí de no haber aprovechado un poco más el gimnasio que pagué de forma impulsiva por la oferta anual que ofrecieron. Al final pagar un año por el ahorro e ir solo la primera semana era menos rentable que pagar un único mes.

Intenté avanzar más rápido, a pesar del dolor en la parte anterior de los muslos. No supe qué debía hacer primero: preguntar por un teléfono o pedir agua de forma urgente. Era un pequeño motel de carretera, pero le servía mucho más que seguir bajo el sol abrasador en aquel camino desierto. Parecía que era la única persona del mundo que había decidido viajar ese día. Al menos por esa zona.

—¿Hola? —pregunté cuando no vi a nadie en el mostrador, pero no apareció ni un alma ni había la típica campanita para anunciar la llegada de un nuevo huésped. Si es que allí se hospedaba gente.

Busqué por el lugar un teléfono que quedara a la vista, aunque fuera de pago, pero el único que encontré fue tras el mostrador, y echándome ligeramente sobre él. Me planteé el usarlo prestado, visto que no había nadie allí a quien preguntar de forma educada, pero ¿y si me veían? Sería peor, y más si le tocaba el típico hombre amargado y desagradable que trabajaba por obligación, sin ganas y no veía a nadie en mil años.

—Hola, ¿puedo ayudarte en algo?

¿Grité? Sí.

¿Me llevé la mano al pecho a la vez que giraba sobre mi misma de forma absurda? Sí.

¿Había adoptado la cara de espanto más ridícula del mundo? Sí.

¿La chica que tenía frente a mí era tremendamente atractiva y me estaba faltando el aliento más que de normal por un simple susto? También. No iba a engañar a nadie.

La chica en cuestión, morena de piel y con rasgos claramente latinos, me observaba con media sonrisa mientras limpiaba una especie de herramienta metálica con un paño blanco —aunque tiraba más a negro—. Intenté no recorrerla, pero llevaba una camiseta blanca de tirantes con escote en pico y un mono azul desabrochado manchado de grasa, quedando únicamente como pantalón mientras que la parte de arriba caía hacia abajo por la zona de sus caderas. Podía ver también rastro de grasa en su mejilla derecha y su pecho, y su pelo era largo y castaño, recogido en una coleta alta acompañada de alguna que otra trenza. Tendría unos veintiséis como mucho y yo continuaba analizándola en vez de contestar a su pregunta, porque podría ayudarme, sí. De muchas formas.

—Hola —la saludé, intentando que mi sonrisa no saliera muy estúpida—. Soy Luna, se me ha parado el coche a unas diez millas de aquí y buscaba un teléfono para pedir ayuda. No tengo nada de cobertura.

—Hola, Luna, encantada. —La chica se acercó a donde yo estaba y se limpió la mano en el mono, sobre su muslo, antes de ofrecérmela para estrechársela—. Yo soy Raven. ¿En serio has venido andando diez millas con este calor?

—En serio.

La chica sonrió ampliamente y casi tuve que ponerme las gafas de sol por el deslumbramiento. En serio, menuda sonrisa más increíble. Después, se lamió los labios antes de mirar hacia atrás.

—No sé si te has fijado, pero esto está muy desierto. Y no has sido la única que ha tenido problemas hoy con su coche. —Se señaló a sí misma—. Lo soluciono y vamos a recoger el tuyo. Soy mecánica y, si te fías de mí, no necesitarás llamar a por ayuda.

—Muchas gracias, Raven.

Ambas sonreímos.

—Supongo que has pasado calor ahí fuera.

—Bastante, la verdad —admití.

—Si quieres, puedo darte la llave de una habitación y te das un largo baño mientras termino de solucionar lo que le ha pasado al idiota de mi coche.

—Oh, no quiero molestar.

—No molestas, al contrario. —Raven alzó ambas cejas antes de girarse y caminar al mostrador, y yo aproveché para hacer un recorrido de su espalda y lo que ya no se podía llamar de esa forma.

—Solo porque insistes —acepté y apoyé los antebrazos en la superficie mientras ella sacaba una libreta para tomar notas.

—Insisto. —Jamás había escuchado unas letras deslizándose tan bien por los labios de alguien—. Luna, habitación uno. —Escribió en la hoja del papel y luego me dio unas llaves—. Es la primera por ese pasillo. No tardo.

—Me ducho y te espero aquí.

—O yo te espero a ti —me retó.

Raven me guiñó un ojo antes de correr hacia donde supuse que estaría su coche. Después miré las llaves que había en mis manos y suspiré antes de dirigirme hacia la habitación que tenía una puerta decorada con un marco con el número uno justo en mitad.

Abrí y sonreí sin querer al ver la habitación decorada con muebles nuevos y muy muy limpios, haciendo contraste con el recibidor o el exterior del motel, que parecía más antiguo. ¿Sería un negocio familiar y Raven lo reformó para personas más jóvenes?

Me quité la mochila y la dejé contra la mesita de noche antes de tirarme de espaldas en la cama. Estaba agotada y cuando noté que daba una cabezada, sacudí la cabeza para dirigirme a la ducha. Cogí una de las toallas, colocándolas sobre el lavabo, lo más cerca posible de la bañera, y después abrí el agua del grifo mientras me desnudaba rápidamente, quitándome la coleta por el camino.

Di un largo suspiro al sentir el agua fría cayendo sobre mi cabeza y todo mi cuerpo acalorado, y apoyé las manos sobre la baldosa. Luego recordé el asco que me solía dar tocar las paredes de los baños «públicos» y abrí los ojos, encontrándomela increíblemente limpia.

Terminé de ducharme, encontrándome mucho mejor, más limpia y fresca. Como si hubiera vuelto a nacer. Fui a la cama, sentándome en ella con el cuerpo rodeado por la toalla, y saqué ropa limpia de la mochila. Una camiseta de tirantes azul y ceñida, y un pantalón largo y negro de tela fina, ideal para el verano.

Cuando salí me encontré con Raven ya en el recibidor, sentada en una de las sillas de la zona de espera con una revista entre las manos. Pareció no notarme, así que aproveché para observarla un poco desde mi distancia. La atracción había sido inmediata, pero no imaginaba que me fuera a pasar en ese momento en el que me había centrado más en otros asuntos que no implicaban una relación —ni de una sola noche—.

Raven parecía haberse aseado, al menos la mancha de la mejilla ya no estaba, y se había cambiado de ropa a unos vaqueros ceñidos y una blusa de color beige que tenía un par de botones desabrochados. ¿Era yo o esa chica era realmente atractiva? Se había vuelto a peinar, recogiéndose mejor los mechones sueltos que tenía anteriormente, y podía ver mucho mejor su rostro desde mi posición.

Intenté disimular cuando Raven levantó la cabeza y nuestras miradas conectaron, pero probablemente me pillo contemplándola como una idiota, porque volvió a sonreír divertida.

—¿Estás ya lista?

—Sí, cuando quieras podemos irnos.

Raven se levantó y me indicó con un movimiento de su mano que la siguiera fuera del motel. El calor me golpeó en la cara sin ninguna consideración y me quejé internamente, avergonzándome antes de tiempo por el sudor inminente y su posible olor. No quería desagradar a la mecánica.

—Pondré el aire acondicionado. —Raven parecía que leyó mi pensamiento, porque lo dijo nada más nos sentamos en su camioneta—. Tengo un gancho detrás, servirá para transportar tu coche hasta aquí y así lo veo más detenidamente, en el caso de que no pueda solucionarlo en el momento.

—Va a anochecer en breve, si prefieres trabajar en tu garaje, lo entiendo. Puedes traerlo directamente aquí —le dije con media sonrisa, ¿por qué me ponía tan nerviosa?

Raven era de las típicas chicas que te quitaban el aliento, me había encontrado con algunas a lo largo de mi vida: seductoras, atrevidas y, al mismo tiempo, misteriosas. Y era guapa, muy guapa. En serio.

—¿Y qué te trae por aquí, Luna? —preguntó Raven de forma casual mientras nos poníamos rumbo a mi coche tirado.

—Volvía a Connecticut desde Nueva York, de visita a los progenitores —expliqué.

—Así qué vives en Nueva York. —Sonrió. Sí, no podía dejar de mirarla—. ¿Qué tal es la vida en la gran manzana?

—Agotadora.

—Me lo imagino.

—¿Tú vives aquí?

—En el motel, sí.

—¿Tú sola?

—Desde hace dos años.

—Entonces, vives en un motel del que eres la dueña y además eres mecánica —enumeré lo poco que sabía de ella.

—Lo sé, soy un buen pack de mujer ideal —flirteó.

Noté calor en las mejillas automáticamente y observé la carretera cuando vi que me miraba de reojo. Debía tranquilizarme, pero ¿era real aquello? ¿Raven estaba lanzándome la caña? Porque si era así, iba a picar en dos segundos. Demasiado tentador. 

—¿Por qué no has ido por las carreteras de Chatham? —Raven cambió de tema—. Te ahorrarías casi una hora de camino.

—¿Quieres la verdad? —La castaña asintió, mirándome de reojo—. Me equivoqué de salida —confesé—. Eso y mi coche ha explotado... No ha sido un viaje muy agradable.

—Bueno, la parte positiva es que estoy aquí para ayudarte.

—Sí, has sido lo único que he encontrado en diez millas.

—Un ángel de la guarda —alardeó.

—No te pases. —Solté una risita y disfruté del camino a su lado.

Segunda Pieza