(Pecesito) al final del estanque

El final del estanque

(Pecesito) al final del estanque

Mira pececito, no nades lejos, no seas terco. El verde no es mar profundo, es sanguijuela y abismo y tú todavía surcas con aletas de plástico agujereadas. Hazme caso, no sabes ir contra corriente y no eres salmón en cataratas. Pero no, ahí vas atragantándote de gasolina y espadas a tu pequeño dorso de espinas, sabes que es el anzuelo de cariño lo que te ataja, sabes que son las manos las que te asfixian y tú le buscas las burbujas con tanta insistencia que no sé si preparar el aceite o tu ataúd primero. Ay pececito que sé muy bien que bajo el sol te quemas, que quieres ser delfín y las neuronas no son tu fuerte ni el habla, pues ni una ballena te dirige su canto ancestral. Pero firme ahí, pececito, ya que tan terco nadas hacia la playa, al menos permítete en tus sueños ser un dragón, pese a que no eres un koi; permítete ser sirena aunque no sepas cantar ni seducir; permítete ser coral aunque no tengas color; permítete ser todo lo que nunca serás, porque del bacalao no se escriben nunca cuentos ni pinturas. Y bien sabes que ahí en la orilla serás nueva presa de arena pura y el aire que nunca pudiste respirar: ahí, cuando llegues tan tercamente a sus manos, tendrás el epitafio que siempre quisiste a las orillas del ocaso, con la bruma arrullándote la muerte.

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Para todas las historias siempre existe un final, tanto sea en la realidad, tanto sea en la ficción. Este final es tan versátil que puede amoldarse a los deseos del espectador pero no siempre a los del protagonista. Existe el final que el autor le destina, existe el final que la audiencia imagina, existe el final alternativo y existe uno último del que pocos hablan: el que escribe el último espectador en la intimidad de su habitación. Este final, a diferencia de los otros, se crea en base al amor que esta persona tiene hacia esta historia, que la hizo propia, la imaginó, la llenó de su magia y un sentimiento particular que no desea compartir con más nadie que con su trabajo creativo. Este es, pues, el final alterno, el final mágico del pececito.

Firme, entonces, con tus aletas desgarradas y tu pecho acelerado, sé cuán cansado estás y cuánto te duele nadar pero flotar es echarse al fuego del sol. Vas contra corriente, vas con el oleaje en contra y la marea que te arrastra de vuelta, te gira, te marea, te entorpece, te desmiente, te sabotea, vas a donde van todos y no puedes evitar ese estigma que crece en tus ojos redondos cuando una lágrima se te confunde con el océano. Un día, sin embargo, ese barco perdido que evitaste, esas turbinas que esquivaste, serán tu paseo a tierra y te prometo pececito, que serás todo lo que quisiste. Ay pececito, de ti se hizo un cuento con final mágico y aunque no llegues a poesía, ni a un arte lastimero y conmovedor, en estas se escribe con tinta de fantasía la otra parte de ti. Se relata sobre esa mitad que vive en otro mundo, que espera por ti con brazos abiertos y es que bien sabías que en sus brazos es que puedes brillar como oro y allí habrás de residir. No existió farol con luz cegadora que distrajera tu navegación, ni barco que te rompiera lo suficiente a expensas de tristeza, ni vientre con poder suficiente para arrullarte. Hasta hoy, sólo sabrás que en este profundo océano de colores está retratado el último verso que nadie escuchará. Y sin embargo, será el último verso al que todos querrán bailar. Desde mañana, sin embargo, serás la estela de deseos y una realidad tan alta y brillante como la lámpara sobre la cascada: en nubes de azúcar nadarás y en sus besos naufragarás. Hasta siempre.