Desaparición en el campo.

Desaparición en el campo.

Desaparición en el campo.

Una noche tranquila de invierno me encontraba tomando un té con mi hijo Manuel cuando recibo una llamada que me dejó helado y a la vez sorprendido. Al contestar oigo una voz llorosa y angustiada. Ésta me dice: -¿Usted es Héctor Sandioca el detective? Sin dudarlo, le respondí con un sí.

 -¿Usted quién es?, le pregunté.

-Soy Josefa, la hija de Mónica Sentella, no sé si la recuerda. La dueña de su antiguo campo, ¿Ahora le vino en mente de quién le hablo?

-¡¡¡Sí!!! ¿Qué es de su vida? Le respondí.

Fue ahí cuando me relata la terrible tragedia que le había sucedido a ella, tras la desaparición de su madre. Ese es el momento clave en que ella desconsoladamente me pregunta si yo podría ayudarla.

Al oírla tan angustiada le dije que trabajaría en esclarecer el caso, sin pedirle nada a cambio. Solamente le hice saber que necesitaría ir hasta su campo para ver si encontraba alguna huella para descifrar dicho caso. Rápidamente me dijo: -claro que sí. Usted sabe cómo llegar, puesto que antiguamente este fue su campo. A lo que respondí que estaría al otro día a las 7:30 de la mañana.

Lo primero que hice luego de cortar el llamado telefónico, fue avisarle a mi hijo que prepare las maletas con lo necesario, ya que tendríamos un nuevo crimen por resolver.

Llegamos al lugar. Josefa nos esperaba en la tranquera para darme la llave con la que pudiese ingresar al galpón o a donde yo necesitara ir.

Cuando llegamos al mismo, pude observar las huellas de un pingo al que pude reconocer rápidamente. Por sus vasos grandes se trataba claramente de un criollo. Éste por lo que se veía, había estaba arrastrando una chapa en la que tranquilamente podría caber un cuerpo. De inmediato abrimos las puertas del galpón. Allí observamos unas manchas de sangre. Seguimos las huellas del equino y nos llevó hasta una casa ubicada a unos 300 metros del casco del campo. Busqué la llave del ranchito pero ninguna cabía en la puerta. Escuché un motor de tractor. Al mirar hacia atrás era el peón de la señora Mónica. Se notaba que estaba angustiado. Cuando logra acercarse me pregunta: -¿Quién es usted?

Le respondo: -Soy el detective que contrató la señorita Josefa.

-¡¡¡Muy bien!!! , me responde el peón.

Al llegar Josefa no dudé en preguntarle si el peón era de confianza. A lo que ella me confiesa que no estaba muy segura de eso porque entre su madre y él se había enterado que había existido algún problema. Yo le pregunté: -¿Cuál fue la dificultad o diferencia que ocurrió entre ambos?

Josefa me cuenta que todo el embrollo fue por plata. Supuestamente Marcos, el peón, le había pedido dinero a su madre y ésta le dijo que no podía entregarle ningún adelanto hasta que fuese el día en que debiera pagarle. Él prometió vengarse (por lo que dijo mi madre), pero esto pasó hace mucho tiempo. Igual nada podía descartarse.

Le pedí a Josefa que Mandase a Marcos a trabajar al otro cuadro más retirado del ranchito, así tranquilamente podría comenzar a revisar el sitio. A la media hora pasó el tractor con el peón de la señora Mónica cerca del mismo. Mi hijo y yo permanecimos en silencio y ocultos en el lugar. Antes de entrar a la casa vimos algo extraño en una casucha. Al pisar se escuchaban sonidos extraños. Daba la sensación como si abajo se encontraba algún sobrepiso. Intentamos romperlo hasta que logramos entrar.

Era un cuarto oscuro, parecía bastante siniestro. Le pedí a mi hijo una linterna. Al prenderla observé que Marcos era totalmente un trastornado, tenía a la señora Mónica atada de manos y cabeza. Al verla la sacamos de ese cuarto ya que faltaba el aire. Mientras tanto Josefa esperaba afuera haciendo de campana. Al ver a su mamá, fue a abrazarla. Con ese encuentro ambas nos agradecieron de por vida. Desde ese día al peón nunca más volvieron a verlo.

Lucas Bastianelli.