PINCELADAS

El reino bajo las nubes

PINCELADAS

Aquel fue tan solo un día más en la extensa historia de Himmel. Ningún suceso extraordinario sacudió a los habitantes de las nubes y ni siquiera el clima arremetió con más que alguna suave brisa primaveral. Sin embargo, fue el día en el que los engranajes del amor comenzaron a moverse a través del tiempo. Su ritmo fue lento, a cuentagotas, pero no se detuvo hasta que el reloj marcó su último tic-tac y el grano de arena final se posó sobre sus hermanos.

A lo largo de esa fría tarde otoñal, el pincel de Adiel se deslizó con delicadeza sobre el lienzo. Los trazos danzaron al compás de una vieja melodía que le habían enseñado sus abuelos cuando él todavía era un niño y que solía tararear en sus momentos de dicha.

Acababa de estrenar su nuevo título como maestro del registro del regen, como profesor en el arte de plasmar el cielo con pinceladas. Su pasión por la pintura lo había llevado a destacarse desde muy joven; y cuando el viejo profesor se volvió cirrus, los mayores no dudaron en entregarle el cargo al mejor aprendiz —a pesar de corta edad—. El número de alumnos era reducido, pero la mera idea lo llenaba de orgullo.

A sus diecinueve años, Adiel era el maestro más joven en la historia de Himmel. Con su porte elegante y el largo cabello azul ondeándole entre las alas, se había movido por los pasillos de La Academia creyéndose príncipe de las nubes durante toda la mañana.

Había cargado con su joven arrogancia a cuestas a lo largo de la presentación en el salón de profesores que no dejaban de adular su talento. También se había dejado llevar por la soberbia cuando los mayores colgaron su retrato en el hall de La Academia minutos antes de que llegaran los alumnos. Y claro está, no permitió que su orgullo decayera al comenzar con la primera lección que dio a los niños que soñaban con alcanzar su talento a tan corta edad.

Sin embargo, cuando la clase inicial llegó a su fin y el último aprendiz abandonó el recinto, el ego de Adiel se desinfló en un suspiro.

Había observado el trabajo de los pequeños con excesivo interés. En un comienzo, sonrió ante los errores que cometían a causa de su inexperiencia, pero luego se enfadó ante la monotonía de las imágenes grabadas sobre los lienzos y sus invariables tonos de celeste.

Solo un paisaje se dibujaba en Himmel: el registro del cielo de cada día.

Adiel estaba cansado de pintar siempre el mismo firmamento desde ángulos variados, harto de azules y blancos, de rosados y violetas.

El joven maestro ocupaba sus ratos libres en el cementerio oscuro, el sitio de reposo de las almas perversas que se habían apagado antes de ser liberadas al cielo. Ese era su sitio de reflexión y de paz. Lo había descubierto poco después de comenzar a estudiar en La Academia y se había enamorado de la bucólica soledad que le permitía soñar despierto sin ser objeto de prejuicios ni recriminaciones.

El cementerio oscuro se encontraba en los límites de Himmel, entre peligrosos cúmulos de tormenta que amenazaban con desintegrarse en cualquier instante. Allí, en el aislamiento del fin de su mundo, Adiel soñaba despierto con el reino bajo las nubes. Quizá, la efímera compañía del abismo le permitía sentirse un poco más cercano a sus fantasías.

Era en este sitio que el joven maestro de arte pintaba ensoñaciones prohibidas.

De vez en cuando, alzaba la vista por encima del lienzo y permitía que su mente se perdiera en la inmensidad infinita del cielo sin horizontes que rodeaba al pueblo de Himmel.

Frente a él se extendía un océano colmado de incontables nubes que nadaban sin rumbo entre la leve brisa del firmamento. Al este, al oeste, al norte y al sur; por encima y por debajo de su nación. La isla en el cielo presentaba un solo paisaje a sus habitantes. Se trataba de un escenario majestuoso para la gran mayoría, pero que se tornaba monótono con cierta facilidad ante la mirada soñadora de Adiel.

—¿Qué dibujas? —preguntó Deodato desde la lejanía. Avanzaba flotando con lentitud por el camino de nubes de cirrus..

Pero Adiel no oyó sus palabras. Tenía la atención dividida entre sueños y anhelos, entre el cielo frente a él y el reino bajo las nubes que le obsesionaba desde pequeño.

El recién llegado sonrió al notar la mirada perdida de su joven colega. Se conocían desde hacía ya más de una década, cuando el joven maestro era tan solo un estudiante en su primer año en La Academia.

 

Deodato sonrió al recordar que Adiel necesitó treparse a su silla de nubes para alcanzar el borde superior del lienzo por casi dos años. También recordó con nostalgia la primera vez que lo encontró allí, en el cementerio, pintando un fondo azul que parecía ser el cielo despejado aunque que su alumno aseguraba que se trataba de un cuerpo de agua.

“¡Agua en el cielo! ¡Qué ocurrencias, pequeño! ¡Cuánta imaginación tienes!” le había dicho él, sin darle importancia al mensaje tatuado en la mente de su alumno y sobre el lienzo. No pensó que algún día se arrepentiría por no haberlo sancionado ante la naturaleza de tal grave transgresión.

 

El pequeño era ahora un hombre, un igual. Su cabello le llegaba a la cintura y las alas le cubrían toda la espalda. Los primeros indicios de barba comenzaban a asomar con discreción y en su pecho se marcaban leves músculos. Adiel había cambiado mucho, tanto en aspecto como en personalidad; de su pasado solo quedaban sueños inalcanzables.

A Deodato todavía le costaba creer que ambos enseñaban juntos en La Academia a partir de esa misma mañana. Sentía que el tiempo se le había escapado de las manos sin que lo notase; pero a pesar de todo, estaba orgulloso del resultado, del camino que su alumno había seguido.

Quiso felicitarlo fuera de la institución, como un amigo y sin las formalidades de la profesión. Lo buscó en su hogar y dentro de La Academia, pero al no hallarlo, supo de inmediato que lo encontraría en su sitio secreto, en el cementerio oscuro.

 

Deodato se detuvo con sigilo tras el más joven y escrudiñó la ilustración. Pronto dejó escapar un suspiro que delató su presencia.

—¡Oh, Adiel! ¡Mi estimado Adiel! —dijo, sin poder ocultar la desilusión en su tono— ¿Qué demonios es esa cosa? ¿Otra fantasía terrestre? Creí que tu nuevo cargo como maestro del registro del regen te habría ayudado a quitar los pies de la sucia tierra —lamentó—. Pretendía felicitarte por tu primera clase, pero ahora dudo sobre qué tan acertada ha sido la decisión de los mayores de entregarte la tutoría. ¿Piensas acaso corromper a los niños?

—Ya no eres mi maestro, Deodato. No debo pretender que me interesan tus sermones —respondió Adiel con una sonrisa, pero sin voltearse a observar a quien había sido su mentor hasta pocas lunas atrás—. Esto es un girasol. Se supone que crecen a montones en el reino bajo las nubes. La bitácora de mi tío dice que es un símbolo de admiración, de amor y de entrega. Es una flor que mira siempre hacia nosotros, hacia el cielo y hacia el sol, como si supiera que estamos aquí y esperara nuestra visita. Mi tío añade en su texto que los habitantes de Himmel nunca comprenderán lo que es la belleza hasta que vean esta flor con sus propios ojos.

—Baja la voz, Adiel, sabes que tu tío fue un criminal. Escapó de nuestro paraíso para visitar el reino humano y tuvo el coraje de regresar a pesar de saber las consecuencias. Deberías olvidar sus locuras y agradecer que te hayan permitido estudiar en La Academia e incluso convertirte en maestro. ¡Sabes cuántas familias han sido condenadas a la ruina por ofensas menores! ¡Tu talento ha sido tu salvación!

En vez de responder o de enfadarse, y contra todas las expectativas de Deodato, Adiel comenzó a reír. Sus carcajadas eran melodiosas y dibujaban pequeñas arrugas alrededor de sus ojos violetas. Los pliegues en su piel dejaban a la vista una pequeña cicatriz en su mejilla que había obtenido en un severo castigo durante sus años como aprendiz.

—Deodato, ¿has visto alguna vez la bitácora de mi tío Higinio? Solo he salvado algunas páginas, pero sus palabras poseen magia, y entre sus bellas descripciones ha dibujado esta flor. —Los ojos de Adiel brillaban a causa de la emoción que sentía al pensar en el reino prohibido.

—Pensé que los mayores habían arrojado al abismo todas sus pertenencias. ¿Cómo es que posees el texto? ¡Debería denunciarte por ello, Adiel!

—Calma, Deo, calma. Mi tío me regaló el recuerdo de sus aventuras apenas regresó. Yo no entendí el valor de sus garabatos en aquel entonces, pero guardé su obsequio como un memento luego de su ejecución.

El mayor se rascó la frente. Era un gesto característico suyo cada vez que lo invadía la indecisión. Deodato no tenía el valor de traicionar a su ex aprendiz, pero guardar silencio lo convertiría en cómplice, según las reglas de Himmel.

—Te volverás tormenta —sentenció luego de algunos segundos, más como un pensamiento en voz alta que como una advertencia real.

—Quizá —contestó Adiel—, ¿pero qué hay de malo con ello? ¿Por qué los habitantes de Himmel le tememos a volvernos oscuros y llover sobre el reino bajo las nubes? ¿No es acaso algo bueno para ellos? Es la lluvia de los oscuros la que riega los campos y permite la existencia de plantas y flores. Son las almas oscuras las que llevan vida al reino sólido. Estaría orgulloso de poder brindar mi espíritu a la vida de un girasol —canturreó en tono de broma, pero convencido.

Desde pequeño le habían inculcado, al igual que a todos los demás, que las almas provenían de las nubes más puras, pero que las ofensas a su pueblo oscurecían el tono hasta volverlo tormentoso. De las nubes nacían y a las nubes volvían al morir; ese era el lema de Himmel, y dependía de las acciones en vida el color con el que vagarían por el cielo al fallecer.

Un silencio incómodo creció entre ambos profesores. Deodato no poseía respuesta a las preguntas de Adiel ni tampoco un discurso que contradijera sus palabras. Resignado y sin decir nada, el mayor dio media vuelta y regresó por donde había llegado. Quizá, la mejor opción sería mantenerse alejado de su ex aprendiz. Temía quedar enredado en sus actividades criminales.

El más joven se encogió de hombros y regresó su atención al lienzo para continuar pintando detalles sobre el girasol.

 

Las horas pasaron entre trazo y trazo. Para cuando el dibujo estuvo listo, Adiel ya debía marcharse porque no quedaban casi rayos de sol que iluminaran su entorno.

Se alejó unos pasos del lienzo y sonrió ante su obra. Luego, la pateó para que cayera al abismo de la noche y alcanzara, tal vez, a un humano del reino bajo las nubes.

Esa era su forma de decir: “aquí estoy. Arriba.”

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