Los sacrificios no serán en vano #EscribePorElCambio

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Con el calor abrasador de medio día el niño, con piel ceniza, cabello de estropajo y labios partidos, caminó a la cocina. Su madre se encontraba sentada con el torso apoyado en la mesa. Su brazo derecho estaba estirado, como si intentara alejar con sus dedos un vaso de agua. El último que les quedaba. Él se acercó a ella y la sacudió con suavidad.

—¿Mamá?

No hubo reacción.

Era un chico listo así que de inmediato entendió la situación. Aferró el vaso y antes de beberlo se acercó a su madre, la besó en la cabeza y susurró un gracias apenas audible. Luego lo aproximó a sus labios y poco a poco fue bebiendo, disfrutando en cada sorbo la sensación del líquido en su boca.

Su pequeña casa tenía un fuerte olor a orina y heces, hacía tanto tiempo que el drenaje había dejado de funcionar. En los días anteriores se alimentaron de latas de conservas, pero ahora ya no quedaban más. Para el chico aquél era un escenario bastante difícil. Su madre le había mentido los últimos días convenciéndolo de que ella bebía y se alimentaba mientras él dormía. Entendió que nunca fue así.

El niño tomó sus juguetes favoritos y los guardó en una mochila. Después salió de su hogar. Estaba débil y reseco, pero desbordaba vida en su mirada. En ese momento levantó la cabeza, apretó los puños y se juró a sí mismo que los sacrificios no serían en vano. Todo tenía que cambiar.