Dos: El dilema de los extraños

Refulgens: La ciudad del fuego

Dos: El dilema de los extraños

Estaba muy molesta. Levantarse con el cuerpo agarrotado por haber dormido en el suelo, apenas un par de horas. Luego, tener como desayuno un pedazo de pan rancio y leche robada. Ésa no era la vida que Nirali pensaba tener cuando había salido de viaje con Sarwan.

No sabía qué esperaba. Pero estaba segura de que algo distinto a esto.

Lo había conocido en Suhri, su pueblo natal. Se habían encontrado una mañana, en el mercado de la plaza. Ella discutía con un vendedor de frutas. Él intervino para complicarlo todo. Al final, Nirali había vuelto a casa con todo lo que quería y pagando el precio que estaba dispuesta a pagar.

Aquel hombre tan alto y de aspecto indecente la había seguido y se había presentado como hechicero de la corte de Daranis. La joven no estaba de ánimo para hacer sociales. El hechicero no había dejado de insistir hasta convencerla de que tenía potencial para ser su alumna.

Si bien era cierto que ella quería escapar de un destino espantoso, como futura esposa de un anciano del Concejo que gobernaba el lugar, él no la había tomado a cambio de nada. Sus padres, con lágrimas en los ojos y temblando en el frío de la madrugada, la habían despedido con una bolsa llena de monedas de oro. Y Sarwan había prometido toda clase de cosas para el futuro.

—Ya lo verás. Será u na travesía gloriosa   —le había dicho, la misma noche que huyeron— . Vas a convertirte en hechicera, muchacha. Podrás sacar a tus padres de este lugar horrible.

—Este lugar es mi pueblo, no lo insultes —lo había corregido, molesta—. Y si no tienes ojos para notar que vale mucho más de lo que aparenta, es tu problema. El único defecto de aquí es el Concejo.

—Bien. Entonces, vuélvete poderosa y regresa algún día a echar a esos viejos corruptos a patadas. Tendrás todo lo que necesites desde ahora.

Habían pasado más de nueve meses. Y lo único que Nirali tenía era un atado con las pertenencias indispensables, al que cargaba en su espalda durante las caminatas. Interminables caminatas, en realidad. Eso, junto a una pequeña lámpara con una llama que llevaba sin apagarse jamás, gracias a sus cuidados extremos.

«Travesía gloriosa. Sí, por supuesto. Y los callos de mis pies son fuentes de algún poder mágico, supongo» se lamentó esa mañana.

Desayunaba a solas su pan viejo, porque él había salido a reunirse con el mensajero de la familia Sidhu. Ella no tenía ganas de verlo. No quería arrepentirse de lo que estaba haciendo. Por eso había enviado a su mentor con una carta para sus padres. La noticia de la muerte reciente de dos de sus hermanas mayores la había dejado sin ganas de saber más. Una no había soportado su segundo parto, la otra había caído en un brote de viruela en una ciudad fronteriza del reino.

Dejó de lado la tristeza, se terminó el pan y bebió la última reserva de leche con desesperación. Todavía no fue suficiente para calmar el hambre de días. Al cosquilleo en su garganta le siguieron las lágrimas que enturbiaron su visión y las ganas de correr a buscar al mensajero. Sabía que, si llegaba a verlo, no aguantaría la tentación. No podría dejarlo volver solo a Suhri, se aferraría al sirviente y lo obligaría a llevarla a su casa de nuevo.

«Tranquila, Nirali. Regresarás a Suhri, pero convertida en hechicera. No antes» se dijo, en pleno ataque de nervios.

Entonces se quedó quieta, sentada sobre la tierra del establo abandonado. Se esforzó por controlar los sollozos y recordó la mirada libidinosa de Nayan. Aquel viejo degenerado había querido hacerla suya, amenazando a su familia. Luego pensó en las promesas vacías de Sarwan y en la facilidad con que ella y sus padres se dejaron convencer.

«El mundo es una mierda» concluyó en silencio, «siempre lo ha sido. Y se vuelve peor mientras más me alejo de mi pueblo. Pero, es esto o ser la esclava de ese tipo».

Se levantó y se dedicó a guardar todo para salir al camino, apenas Sarwan regresara de su reunión. Una vez que revisó que no quedara algo suyo o de su maestro en el cobertizo, se sentó a doblar la ropa para meterla en los dos atados que llevarían. En cierto momento, sus ojos se encontraron con la llama de su lámpara.

La llama le recordó su razón de estar allí y lo poco que había conseguido hasta entonces.

Con todo eso de la caza de   sobrenaturales   y la limpieza para la llegada del «nuevo mundo», estaba convencida de que podía luchar por cambiar su situación. Sin embargo, la única tarea cercana a la magia que le había encomendado su maestro era bastante extraña. Por no decir una distracción muy obvia.

Debía cuidar del fuego de esa pequeña lámpara. Llevar el objeto con ella durante el viaje y hacer que durara encendido el mayor tiempo posible.

—¿De todos los elementos, tenía que ser el fuego, Sarwan? —había rezongado ella.

—No te queda otra, niña. El fuego te ha elegido a ti —había respondido él, con ese tono misterioso que la hacía dudar de si la estaba embaucando, o introduciendo en el mejor de los secretos del mundo.

—Esas son tonterías —reaccionó la chica—, pero supongamos que te creo. Aun así, en los mismos libros que cargas y me obligas a leer se dice que es el elemento que menos se presta a la manipulación del hombre.

—Tú no eres hombre, eres mujer.

—¡Deja de bromear conmigo y enséñame algo que sí sea útil!

En ese instante, el mago estiró su mano hacia ella y una preciosa llama redondeada surgió de su palma, haciéndola tragarse sus quejas. Por el momento.

—¿Dices que esto no es útil para ti, Nirali? —la tentó con un tono de voz suave, mirándola fijo y moviendo la pelota de fuego entre sus dedos como si se tratara de un simple juguete inofensivo—. ¿En serio, no quieres aprenderlo?

La muchacha no pudo más que abrir la boca y extender su mano para intentar tocar el fenómeno, ante la risita socarrona de su mentor. Cuando pegó un salto por el ardor que le produjo el contacto, debió reconocer que le faltaban un par de cosas muy importantes para estar en camino de ser la discípula perfecta que ella creía. Humildad y confianza. Pero se cuidó mucho de decirlo en voz alta.

—Está bien, enséñame a producirlo —aceptó.

Sarwan cerró con fuerza su palma y extinguió la llama de golpe.

—No. Tienes que aprender a amarlo primero —explicó—. Luego a familiarizarte con él y a hacerlo tu amigo. Recién entonces, podrás ejercitarte con él y que no te consuma. Esos libros que has visto no son infalibles, Ni. El fuego es el más difícil de los elementos, el más desconfiado del ser humano, aunque sabe reconocer a los que podrían estar capacitados para entenderlo. Yo fui entrenado al igual que tú alguna vez, sin entender qué era eso de ser elegido por un elemento que se supone que debe ser dominado por nosotros y no al contrario. Hasta que un día todo se hizo más claro.

Nirali lo miró, dudando de la cordura de su maestro. ¿De qué estaba hablando? ¿Ser elegida por el fuego? Supuso que no esperaría que ella se creyera semejante embuste.

—¿Y el agua? ¿El aire? —preguntó, todavía con desconfianza—. ¿No puedo comenzar por algo más simple?

Él perdió la paciencia y se alejó de ella para prender otro de sus cigarros. Parecía necesitarlo. Era obvio que no se había esperado que su alumna le diera tanto trabajo.

—No tienes afinidad con esos elementos, niña —le respondió exhalando una bocanada de humo hacia la ventana abierta—. Pero no estás tan lejos de tu casa, puedo regresarte a tu pueblo y devolver el dinero a tu padre. Estás a tiempo todavía de no quedar marcada en tu sociedad y conseguir un matrimonio conveniente.

La sola mención de la palabra "matrimonio" hizo que a ella se le pusieran los pelos de punta. Pegó un salto de su silla y lo enfrentó.

—No me cambies de tema. Ya me convenciste. Quiero la lámpara —exigió, decidida.

Dos días después, su maestro había caído en la primera pelea feroz de taberna, luego de malgastar en una noche todo lo que habían ganado de la cacería de un orco. Aquella primera cacería les había llevado semanas de cuidadoso planeamiento.

Y allí estaba, casi un año más tarde. En otra comarca más lejana de su casa paterna. Con la llama todavía encendida, pero sin haber avanzado nada en sus conocimientos mágicos. Allí estaba, sentada en el suelo de un cobertizo abandonado, doblando los calzones de su maestro para guardarlos en el atado que le serviría de equipaje. Doblando sus limpios y perfumados calzones. Limpios porque ella lo había obligado a lavárselos, perfumados porque ella se los había guardado con una ramita de madreselva. Casi daban ganas de hundir la nariz en... Pero mejor seguir rezongando.

Sarwan ni se molestaba en darle clases teóricas, para eso tenía su colección de libros ajados, la cual iba ampliando al tomar más de los lugares por los que iban pasando.

— Más alimento para tu cerebro y para tu ambición   —solía decir él.

—... y para mi dolor de espaldas   —se quejaba ella, aunque no se rehusaba jamás a recibir alguno .

Recordaba que una de las primeras cosas que le había preguntado era si ella sabía leer, y lo contento que se había puesto al saber que sí. Luego le había endulzado los oídos con la falsa admiración hacia su esmerada educación, tan rara para las mujeres de la región. Nirali había caído, por culpa de su vanidad se había creído especial.

Había pensado que Sarwan había visto   algo   en ella.

Ahora no paraba de decirle «pechos planos», «niña», «insulsa y plana como una tabla», «Ni»... En realidad, el apodo de Ni sí le había gustado. Le provocaba una sensación en el estómago —muy distinta al hambre— cada vez que lo escuchaba. Pero su maestro solía tener un pedido preparado luego de usarlo, así que con el tiempo había perdido el encanto.

Lo malo era que las cosquillas de su estómago al tenerlo cerca se habían trasladado a algún punto debajo de la cintura, para aparecer solamente al verlo dormido o al entrar por accidente mientras él se estaba vistiendo. Nirali quería volver a liberar a su pueblo y luego marcharse para formar parte de las sacerdotisas del templo de Daia. No doblar los calzones de un hombre, por más apuesto que fuese.

Justo se estaba quedando corta de quejas, con lo que su atención iba de la pequeña llama a los calzones. Sus ojos se enfocaron en un camino invisible, desde la hermosa fuente de luz y calor hacia la ropa interior del maestro. Luego hicieron el recorrido inverso. Casi pudo ver la fuerza de atracción que llevaba a los calzoncillos hacia el fuego. En eso, la voz de Sarwan la sacó de sus pensamientos.

—¡Listo! —exclamó él, alegre, al entrar con su nueva bolsa de monedas—. ¡Larguémonos de esta mugre de pueblo, directo a Refulgens!


***


Hacia el final del día, ya habían cubierto una buena parte del camino indicado por los rumores del pueblo fantasma que estaban buscando. Sarwan no dejaba de hablar de lo bueno que había sido el almuerzo en la parada que habían hecho antes. En cambio, Nirali iba desanimada, en silencio, con su lámpara encendida en la mano.

«Pobre llama», pensó.

Ella había estado a punto de sacrificarla, solo para ver arder los calzones de aquel sujeto. Por el resentimiento de niña caprichosa que no había obtenido lo que quería en un principio. Como si supiera lo que había querido de aquel hombre en primer lugar.

«Pobres calzoncillos».

Entonces, algo más terrible cruzó por su cabeza. Si lo que decían esos libros que cargaba era cierto, dentro de aquella llama vivía un espíritu del fuego. Un elemental. Una salamandra que dependía de sus cuidados en ese momento. La misma clase de salamandras que ellos asesinarían si encontraban en estado salvaje en el camino. Y usando la misma magia.

Una sensación helada la recorrió, de los pies a la cabeza. Al fin y al cabo, esa pequeña salamandra era su única amiga en esos instantes. ¿Se habría encariñado con ella?

«Tal vez a eso se había referido Sarwan con esta prueba tonta. Amar a la llama, comprenderla... para asimilarla y usar su poder en eliminar a otros elementales como ella».

Retorcido e ilógico. Casi malvado. Pero así era el mundo y no debía hacerse muchas preguntas o su cabeza explotaría.

Por el camino habían visto gran cantidad de viajeros. Cazarrecompensas como ellos, seguramente en la misma búsqueda. Nirali se sentía más cansada que de costumbre, molesta y decepcionada de los nulos resultados de su travesía. Pronto terminarían otra misión, recibirían su premio de manos de los emisarios del rey, ella seguiría sin saber nada nuevo y su maestro se gastaría todo en juego y bebidas.

Estaba decidida, luego de encontrar Refulgens se iría. No sabía hacia dónde. Tal vez a su casa. A doblar los calzones de aquel viejo verde del que había huido.

—Y el vino que mejor combina con las carnes ahumadas es ése, aunque puede que te sientas un poco pesada después de comer —comentó él, sin enterarse del descontento de su alumna—. Ése no es un platillo para consumir durante un viaje como el nuestro, pero si cambias la guarnición por...

Nirali hizo un gesto con la cabeza, para fingir que escuchaba lo que él estaba diciéndole.

«Mira que hablar de bebidas y carnes ahumadas, cuando sabe perfectamente que en dos semanas estaremos muriendo de hambre otra vez», pensó mordiéndose el labio inferior.

Sin embargo, Sarwan se veía tan alegre que hasta parecía inocente.

«¿Qué estoy haciendo aquí? ¿En qué me estoy convirtiendo? ¿En lectora de libros mágicos y ladrona de tabernas? ¿La loca que se cree amiga de una llama? ¿La amante sin esperanzas de un mago que ni la mira más de unos minutos por día?».

En ese momento, notó que el parloteo de Sarwan había mutado en un tenso silencio. El camino frente a sus ojos se transformó en el muro de la gigantesca espalda de su mentor, contra el que su frente fue a incrustarse con torpeza. Algo estaba ocurriendo.

O, más bien, alguien.

Había un joven bloqueando el camino de tierra, de pie y con ambos brazos abiertos. Parecía extranjero. Su baja estatura, sus ojos del color del cielo y su cabello oscilando en el color del trigo maduro lo decían. Sin embargo, su extraño físico no era lo que llamaba la atención, sino su mirada. Había algo perturbador en ella, como si una fuerza poderosa estuviera contenida en el alma de su dueño. Además, su atención ni siquiera se había movido de la figura de Sarwan, estaba fija en él.

Nirali se preguntó si no habría demasiado nerviosismo en ambas partes para ser un primer encuentro. Nadie miraba así a un desconocido.

—Sarwan, qué sorpresa encontrarte por aquí —expresó el rubio por fin, en una voz ligeramente ronca—. Este camino es muy poco transitado, últimamente solo lo recorren los que están detrás de la leyenda de Refulgens. Ahora, seamos sinceros y ahorrémonos tiempo. ¿No crees que esta misión está un poco fuera de tus posibilidades?

—Pero, ¿y éste quién se cree que es? —reaccionó la chica de inmediato.

—Déjame a mí, luego te explico —la interrumpió su maestro, antes de avanzar—. Deval Khan, un gusto encontrarte de nuevo, pero lo dejemos para otro momento. Con permiso.

Nirali quedó boquiabierta por la repentina muestra de amabilidad —y educación— de parte de su compañero de viaje. Sarwan hizo el intento de seguir por el camino, con ella un par de pasos detrás, pero el extranjero no se movió.

—No dejaré que sigas, amigo —dijo.

—« Amigo»,   las pelotas —siseó el otro.

—¡Sarwan! —gritó la chica detrás de él, colorada hasta las orejas.

Ya sabía ella que no podía durar mucho aquello de la caballerosidad.

—Siempre tan distinguido, hombre —rió Deval, con aire de superioridad—. Así que tienes tu propio discípulo, ¿eh? Una mujer, para colmo de males. —Y se dirigió hacia ella, burlón—. ¿Qué es lo que te está enseñando, preciosa? ¿El grandioso arte de la mentira, las trampas en los juegos de azar, o el secreto de la inmadurez eterna?

Para ese momento, Nirali ya estaba segura de que esos dos se conocían desde antes. Algún rencor antiguo seguramente había estancado a aquel sujeto en esa actitud tan infantil. Porque él tampoco se veía muy maduro.

—¡Vete a la mierda, Deval! —gritó Sarwan en respuesta—. ¡Déjame pasar, es un camino público! ¿O es que tan poca confianza te tienes, que andas haciendo competencia desleal?

—Di lo que quieras, pero no pasarás de aquí.

—¿Entonces vamos a hacerlo así? Muy bien, me servirás de precalentamiento, mi alumna venía aburriéndose así que nos harás un favor a ambos.

La muchacha supo que la pelea era inminente, que debía alejarse y meter las pertenencias de ambos entre los matorrales. Ya estaba acostumbrada a ver a su maestro en enfrentamientos de esa clase, los cazarrecompensas por lo general no iban de un punto a otro sin tener que sacar a un competidor del camino.

—Sarwan, ten cuidado —le advirtió antes de correrse del camino—. Parece trastornado...

—Quédate a un costado, Ni, y mira con atención —sonrió él, con confianza—. En un rato seguiremos camino.

—Sí, claro —se mofó el otro—. Luego me encargaré de ti, « Ni» .

Ella abrió la boca para responderle, pero en ese instante se elevaron los dos en el aire para desaparecer en una pelea furiosa, de la que ella solo pudo notar las ráfagas de viento y los choques de energía. Se aseguró de mantener protegidas las cosas que llevaban, en especial la lámpara. Luego enfocó la vista hasta poder distinguirlos, cosa que solo logró algunos minutos después.

Estaban detenidos a varios metros de altura. Mirándose. Midiéndose. Dieron un par de vueltas en círculos, antes de volver a chocar varias veces con sus puños, sin dar con otra porción del cuerpo del otro. Los golpes físicos no eran armas definitivas entre ellos, estaban a un nivel bastante parecido.

Nirali temió que alguno de los dos intentara hacer más. Y lo confirmó, al ver que el propio Sarwan extendía los brazos hacia los costados para recitar una serie de palabras, en un idioma antiguo.

Entonces el resentimiento y las dudas desaparecieron de la mente de la muchacha.

Él lanzó su ataque en forma de un aro de llamas, brillante y espléndido.

Nirali observó, maravillada, a la vez que recordaba la verdadera razón por la que seguía allí. Sarwan era increíble. Y ella quería aprender a ser como él. 


***

07/03/17: Sigo dudando con la escena de ella doblando los calzones, pero se supone que tiene un sentido. Voy a dejarla. Añadí la información sobre sus hermanas y el templo de Daia en Suhri. 

Tres: Sin mirar atrás