Capítulo 1

Cupido por una vez

Capítulo 1







Les voy a contar una historia sobre una chica que le gusta un chico, desde hace bastante tiempo, y cae destrozada porque este idiota comienza a salir con otra. ¿Muy cliché? ¡Pues jodánse porque me acaba de pasar!





Pedí otro vaso de vodka pensando que tal vez el alcohol podía apagar mi llanto, pero solo me hacía sentir peor. 





Estaba plenamente consciente de ello, el alcohol no sirve para pasar las penas, solo te hace olvidar en el momento, pero los problemas siguen. Me sabía la lección de memoria, pues solía abrazarme al inodoro varias veces al mes, y nunca aprendía.





—Lizzie, creo que ya es suficiente —dijo Francisca, mi mejor amiga—. Hay muchos hombres en el mundo como para morir por uno.





—¡¿Por qué le tenía que gustar mi hermana?! —chillé—. Es decir, no somos muy distintas, tenemos los mismos padres, vivimos en la misma casa, tenemos el mismo tono de pelo y de ojos, aunque los míos son un poco más oscuros. Bueno, ella es un poco más alta, y más delgada, y...





—Lizzie, Lizzie—llamó Fran, interrumpiendo mis divagaciones—. Eres bellísima.





—¡Eres mi mejor amiga! Es lo mismo que me lo digas tú o mi madre —acusé.





El encargado trajo mi pedido, pero antes de poder tomarlo, Fran se me adelantó y lo apartó de mí.





—¡Ey! —reclamé.





—Ya bebiste suficiente, llamaré a un uber —anunció mi amiga.





—Eres mala —lloré.





Mientras Fran intentaba usar la aplicación y mantenía lejos mi vaso de vodka, terminó la canción que un joven moreno estaba cantando en el karaoke.  El muchacho devolvió el micrófono y el animador dijo algunas palabras por su actuación, antes de incitar al público a escoger una nueva pista.





Levanté mi mano y corrí lo más erguida que pude a la tarima, siempre con dignidad.





—¡Tenemos una participante! —exclamó el hombre, ignorando mis evidentes copas de más.





Fran ni siquiera se dio cuenta que me había movido hasta que fue muy tarde. Desde el escenario pude ver su cara de horror al encontrarme en el centro de todas las miradas.





—¿Qué canción vas a pedir? —El animador me dedico una gran sonrisa y extendió el micrófono para escuchar mi respuesta.





—Está canción se la quiero dedicar a alguien muy especial para mí —expliqué, con la lengua suficientemente sobria como para no enredarse—, se trata de un chico que llena mis días de alegría y felicidad, la persona en quien pienso constantemente,  especialmente cuando escucho la palabra «amor».





—¡Veo que eres una joven romántica! —comentó entusiasmado el animador.





—Sí.  ¿Cuál era tu nombre? —inquirí.





—Felipe —respondió el hombre.





—Felipe —repetí—. No me interrumpas, por favor. Como iba diciendo, yo sé que este chico no me va a escuchar, pero espero que al menos le lleguen mis sentimientos.





Algunos aplausos se hicieron oír en el público, miré a Fran, cuya mirada decía «No hagas ninguna estupidez».





Sin embargo ya la había hecho, desde el momento en que había decidido subirme a la tarima, o quizás incluso antes, cuando conocí a Victor, o tal vez cuando tomé una serie de decisiones equivocadas que me llevaron a esto. Pero en ese momento no me importaba.





Cuando dije el nombre de la canción, Felipe me miró con horror, pero no me arrepentí, hice un gesto al Dj, quien parecía divertido con mi elección, mientras que los demás asistentes se habían quedado en completo silencio.





La música comenzó a sonar y sin preocuparme por mi horrible voz, canté.





—Rata inmunda, animal rastrero...





Escuché algunas risas entre el público, quienes ya habían caído en cuenta que en el escenario se encontraba una chica despechada y borracha, la peor combinación posible.





Antes que mi dignidad cayera, Fran se subió y me arrebató el micrófono de las manos, me resistí, pero mi condición no me permitía ofrecer demasiada defensa.





—A estas alturas de tu carrera ya deberías saber lo que una mujer con unas cuantas copa de más es capaz de hacer, Felipe —dije al animador, antes de bajar por la fuerza.





Fran me metió apenas en un auto que no sé de dónde salió, sabía que no tenía caso discutir conmigo, por lo que guardó silencio todo el viaje.





Ojalá yo hubiese tenido su entereza, pero en vez de mantener la compostura, a los pocos metros de recorrido comencé a llorar y a maldecir.





El vehículo nos dejó afuera de mi departamento, Fran pagó y me llevó hasta mi piso, soportando mis comentarios sin sentido y mi mal aliento.





No fue necesario buscar las llaves, mi hermana abrió la puerta al primer llamado y nos hizo pasar.





Vivía con mi hermana en un pequeño departamento en el centro de la ciudad, habíamos nacido en un campo no muy lejos de acá y nuestros padres nos habían permitido migrar para asistir a la universidad.





—¡Elizabeth! —chilló—. ¡¿Qué son estas horas de llegada?! ¡Y en estas condiciones!





La miré y mi cabeza ardió como una caldera a punto de explotar. 





Mi madre era una fanática de Jane Austen, por eso yo era. Elizabeth y mi hermana era Jane, como las dos hermanas Bennett, y de haber tenido más hijas, habríamos completado el clan, sin embargo los problemas con mi padre lo hicieron imposible.





Jane siempre fue la hermana bonita, inteligente y perfecta, me sacaba dos años de ventaja, que los había usado para abandonar la casa en cuanto los problemas familiares se presentaron, yo me tardé dos años, luego de graduarme de la escuela, para postular a la universidad, incapaz de dejar a mi madre sola.





Así se había formado todo un perjuicio en mi contra, igual que en el libro, irónicamente.  Me convertí en la hermana floja, irresponsable y poco esforzada.





Era injusto, pero no me importó, porque sentía que era mi deber.





Pero hoy no me encontraba bien, muy por el contrario, me había vuelto un estropajo andante, producto del alcohol y el dolor que me provocaba que el hombre a quien yo había amado durante tres largos años, hubiese preferido a mi hermana.





—¡Tú no te metas! —grité—. ¡Siempre te has mantenido al margen de todo! ¡¿Por qué te habría de importar ahora?!





—Porque eres mi hermana y el alcohol te está haciendo daño.





Miré a mi alrededor y descubrí que Fran ya no estaba, ni siquiera me había dado cuenta del momento en que se marchó.





—¡Pues tenerte como hermana también me hace daño! ¡¿Y qué?!





Mi amiga habría sido el único filtro para no decir lo que dije, ella era mi cable tierra y se había ido, dejándome sin control.





Sin embargo, cuando vi los ojos castaños de Jane mirándome como si le hubiese dado el peor de los golpes, no pude evitar sentirme como la peor persona en la tierra.





Ya no me quedaba dignidad que tomar, así que solo me di vuelta e intenté llegar a mi habitación andando en zigzag.





Cerré la puerta con un fuerte golpe y una vez que estuve en la intimidad de mi cuarto, comencé a gritar.





No me importaban los vecinos, ni mi hermana, ni nadie que pudiese escuchar mis tristes lamentos. Yo necesitaba desahogarme, tenía que sacar toda la pena, la rabia y el dolor antes que estos acabarán consumiéndome.





—¡Maldición! —chillé—. ¡Todo es una mierda! ¡Todo esto es una maldita mierda!





Las lágrimas comenzaron a descender por mis rostro, me cubrí la cara, en un absurdo intento por taparlas.





—¿Por qué? –gemí.





Mis piernas flaquearon y me permití caer de rodillas al suelo, ocultando mi rostro tras mis manos. No sabía si lo que tenía en la garganta era un nudo formado por la tristeza, o algún nuevo efecto secundario del alcohol, como fuera, lo que sí podía asegurar es que mi corazón había un agujero, un maldito vacío, casi que podía sentir la oscuridad en mi pecho, la nada, como si algo se lo hubiere tratado, dejándome morir desagrada, sola, con mis lamentos.





¿Por qué el destino jugaba estas malas pasadas? ¿Por qué Jane y yo teníamos que acabar enamoradas del mismo hombre? ¿Cuál era el sentido? ¿Qué clase de karma era este?





Tantas preguntas y todas redundaban en lo mismo.





—¡¿Por qué?! —grité, golpeando el suelo, primero con la palma abierta, luego con ambos puños, hasta que mis manos dolieron.





Me puse de pie y pateé un cojín que había en el suelo, sin dejar de preguntarle a alta voz al universo.





Cojí un montón de cosas de mi escritorio y las lancé, sin prestar atención.  Era como si un demonio me hubiese poseído, nada me importaba, solo necesitaba descargar mi dolor. Es más, estaba segura que de tener a Victor en frente mío, lo habría golpeado sin consideración, porque lo odiaba, porque era un estúpido, el peor idiota de la tierra, y sin embargo, lo amaba, por lo que no podría lastimarlo.  A pesar que él a mí sí.





Sentí un ruido de cerámica rompiéndose, cuando me di cuenta, vi un pequeño ángel con  una flecha en forma de corazón, roto por la mitad.  En ese momento ni siquiera recordaba de dónde lo había sacado, pero comencé a hablar con él, como si tuviese vida propia





—¡¿Cuál es tu maldito problema?! —exclamé—. ¿Es tan difícil acertar una puta flecha? ¡Hasta un enfermo de Parkinson tiene mejor puntería! ¡Dios estúpido! ¡Me cagaste la vida!





Volví a tomar cosas al azar y arrojarlas al suelo.





De pronto, en un pequeño desliz de conciencia, me di cuenta que en mis manos tenía un retrato donde estábamos Jane y yo, de pequeñas, en el campo.





Era una foto antigua, probablemente ninguna tenía más de trece años, y sin embargo me encantaba la foto, por lo que la había enviado a imprimir.





Me senté en la silla de mi escritorio, destrozada, abrazando el retrato y dejando que las lágrimas cayeran sobre la lámina de vidrio que lo cubría.





Estuve así un par de minutos, lentamente comencé a calmarme y el sueño se hizo presente.





Sentía los ojos hinchados y las mejillas calientes, dejé la fotografía de vuelta en su sitio e intenté llegar a mi cama.





Entonces me di cuenta que no estaba sola. Había alguien más en mi habitación.





La reacción de cualquier persona normal habría sido echarse a gritar, o huir, pero yo estaba tan cansada, luego del alboroto que armé, y lo suficientemente borracha como para hacer todo lo contrario.





—¿Cuándo te dejé entrar? —cuestioné.





El muchacho debía tener más o menos mi misma edad, en algún momento pensé que tal vez lo había conocido en el bar, y lo había traído a mi departamento.





—¡Oh no! —exclamé—. ¡Traje a un desconocido a mi departamento! ¡Ay no! —Miré en todas las direcciones, buscando algo con que defenderme—. ¡No lastimes a mi hermana!





El extraño sonrió ligeramente, al parecer le divertía mi desesperada reacción.





—Lamento haberte asustado, es solo que te escuché llamándome con tanta fuerza que decidí venir —explicó.





Su voz era profunda, aunque no podía entender una sola palabra de lo que decía.





—¿Yo te llamé? —repetí con desconfianza—. ¡Ni siquiera sé quién eres!





—Me llamo Eros, soy el dios griego del amor —se presentó.


Y mi mente se fue a negro.


Capítulo 2