Capítulo 3

Reina del desastre

Capítulo 3

Sentada en la comodidad de la sala del enorme departamento del tío Ben revisaba una y otra vez las propuestas laborales en los periódicos de la ciudad. Sólo había uno que me interesaba de verdad, pero era un puesto bastante reñido entre un grupo de profesionales mil veces mejor preparados que yo. El resto eran sólo puestos como repartidora de comida rápida o detrás de un mostrador en una horrible fábrica de pollos.

–El año pasado esa empresa recibió una demanda. Creo que a alguien le salió un dedo en las patatas —comentó Wendy, mientras se servía un poco de helado en un tazón con una despreocupación envidiable.

Por supuesto que no estaba preocupada, ella iba a casarse en unos meses con un político. Ella no tendría que volver a mover un sólo dedo para conseguir dinero, pero yo tarde o temprano tendría que buscar algo que me permitiera sobrevivir… eso o conseguir un político también, pero dado que mi última cita con uno no terminó bastante bien, tendría que limitarme a vender pollos hasta encontrar algo mejor.

Sonreí y me llevé una mano al pecho teatralmente. –Gracias Wendy, es realmente alentador.

Wendy rió por lo bajo. –¿Por qué no lo intentas en la editorial Woodfert?

–Woodgeth –corregí–. No es tan sencillo. ¿Sabes cuántas personas van a ir a esa entrevista? ¿Por qué me elegirían a mí?

–¿Por qué no? El hecho de que seas una recién graduada no te convierte en algo inferior, tienes experiencia, hiciste tus prácticas en Publishers Weekly y trabajaste seis meses ahí después de la graduación. Puedes hacerlo —animó aún desde la cocina.

Negué con la cabeza y continué revisando las listas de trabajos en busca de alguno que se presentara mínimamente decente.

De ninguna manera iba a poner un pie en esa editorial. No tenía ninguna oportunidad.

                                ****

Me convenció.

Mi hermana tenía ese envidiable poder de persuasión sobre las personas. Había sido muy útil durante toda su vida, principalmente cuando olvidaba las tareas en casa o cuando simplemente no quería hacerlas y mi hermano Tom y yo terminábamos haciéndolas por ella, eso, por no hablar de las veces que había logrado sacarnos de «pequeños malentendidos» con la justicia (¿Quién iba a saber que arrojar bolas de nieve a una patrulla no le iba a caer en gracia al oficial?).

Me encontraba en la sala de espera de la enorme editorial Woodgeth en donde —suponía— debía encontrar trabajo como redactora de alguna columna, algunas reseñas, algún párrafo de revistas, periódicos... lo que fuera, estaba tan desesperada por conseguir un empleo, que realmente no me habría importado redactar el menú de la cafetería o la etiqueta de la información nutrimental en las latas de refresco. Seguir mis propios ideales me estaba costando más de lo esperado, mi licenciatura en literatura era lo que siempre había querido, pero encontrar un trabajo en el área era realmente difícil.

Giré la vista hacia la ventana junto a mí, esperando encontrar algún tipo de distracción que me ayudara a matar el tiempo de espera. Encontré un cielo cubierto por nubes gordas y grisáceas. El frío parecía infernal en el exterior. Las personas comenzaban a correr de un lado a otro, abrazando instintivamente sus cuerpos completamente cubiertos de un montón de ropa que rompía el viento. Las ventanas de la editorial comenzaron a empañarse y mientras las personas entraban y salían, las ráfagas de viento me helaban el cuerpo, obligándome a frotar las manos frente a mi boca para mantener el calor. El piso de la sala era de un blanco tan lustre que el simple hecho de estar pisándolo me hacía sentir vergüenza, aunque no parecía importarle demasiado a la madre del niño que corría con su máscara de Spiderman de un lado a otro comiendo chocolate. Las paredes eran completamente de cristal del lado de la ciudad y de concreto con un pulcro color blanco del lado en el que comenzaban las oficinas de la editorial. Todo ese lugar me hacía sentir dentro de alguna de esas películas de ciencia ficción.

La mujer de la recepción respondía por el auricular de una manera automática e increíblemente veloz mientras fulminaba con la mirada a la madre del pequeño Spiderman.

—Todos síganme a la sala de juntas —ordenó una secretaria rubia de piernas largas, apareciendo frente a todos los solicitantes en la sala de espera—. Por aquí. —Señaló hacia un enorme, largo y pulcro pasillo—. Usaremos las escaleras, los elevadores están temporalmente fuera de servicio.

Escaleras, perfecto.

Durante el camino comencé a citar mentalmente todo el discurso sobre la persona preparada y capaz que, obviamente no era, pero que debía hacer notar, cuando sentí un leve retortijón en el estómago.

No puedes vomitar, Luce... no ahora.

—Ay no...

Entré en pánico deteniéndome de golpe con una mano en el vientre.

—¿Pasa algo? —preguntó la secretaria con exasperación, deteniéndose en seco frente a las escaleras y frenando la marcha del resto de los solicitantes.

—Es que yo... yo... tengo que ir al baño.

Hizo una mueca, pero intentó asentir con amabilidad, señalando fugazmente hacia el lado opuesto del pasillo en un vago intento por mostrarme el camino.

Las instrucciones habrían sido más claras si no se hubiera limitado a señalar al vacío y hubiese abierto los labios para darme indicaciones, pero apenas señaló al frente, sus talones giraron emprendiendo la marcha del resto del grupo a mi alrededor.

Vagué por los pasillos de la editorial en busca de un baño, subí escaleras a la velocidad de la luz, les pregunté a tres guardias de seguridad y dos recepcionistas, pero fue inútil, cada uno me daba ubicaciones diferentes, así que, siguiendo las indicaciones del ultimo guardia, llegué al fondo del pasillo hasta encontrarme con la única puerta abierta en un pasillo repleto de puertas cerradas y, ¿qué me encontré? Una pareja manoseándose sobre el escritorio de una oficina con total libertad.

—¡Dios! —exclamé retrocediendo y cubriendo mis ojos instintivamente con una mano.

Traté de salir de inmediato pero el escritorio estaba demasiado cerca de la puerta. Debido a la sorpresa la chica rubia la empujó como una especie de acto reflejo: gritó, golpeó la puerta y me llamó «pervertida» dejando mi mano atrapada entre el marco de la puerta, la puerta en sí y la mano fuerte de una chica sexualmente frustrada.

Solté un alarido que alarmó al hombre frente a la chica, casi al instante.

—Estás haciéndole daño —advirtió una voz ligeramente familiar—. ¿Estás bien? —preguntó después de abrir la puerta y regresarme la circulación.

Cubrí mi mano izquierda presionándola contra mi pecho con la mano libre una vez que pude comprobar que estaba completa y no necesitaba puntos.

—No fue mi intención —se disculpó la chica rubia sin un ápice de remordimiento.

La miré mal antes de volver la mirada hacia el hombre que había abierto la puerta para liberar mi mano. Era el mismo hombre que el día anterior me había culpado injustamente de jugar con el elevador. Sus ojos exóticos recorrieron mi cara hasta caer de regreso en mi mano lastimada.

—¿Estás bien? —repitió el hombre.

Tan rápido como las palabras abandonaron su boca una lluvia de ideas se aglomeró en mi garganta, lamentablemente esos ataques no corrían por un filtro mental de máxima eficacia antes de proyectarse al exterior como bombas que delataban mi falta de concentración y desesperación.

—¿Qué si estoy…? ¿Tú y ella…? —me corregí—¿Ustedes…? En público… y mi mano… ¡Aaagg!

—¿Eres mentalmente capaz de terminar una oración? —preguntó repentinamente molesto.

Bueno, la verdad es que no esperaba otra actitud, había arruinado su fajada rápida y eso, seguro como el infierno, frustraba a cualquiera. Pero yo tenía una mano herida así que supongo que mi actitud también estaba más que justificada.

Lo fulminé con la mirada. —¿Eres mentalmente capaz de limitarte no follar en la oficina?

La secretaria rubia suspiró con exageración, cubriéndose la boca con la mano.

Sonrió de lado manteniendo la mirada molesta.

—Mi vida sexual no te concierne en lo absoluto.

—Mis deficiencias mentales tampoco te conciernen.

Bien hecho Luce, ahora veo porque no eres abogada.

Arqueó las cejas con aparente indiferencia y se volvió hacia la rubia.

—Es hora de trabajar.

—Pero…

—Déjame ver —pidió con frialdad extendiendo su mano hacia la mía.

—Estoy bien —mentí retrocediendo dos pasos. Las lágrimas amenazaban con brotar en caída libre en cualquier momento, pero mi dignidad ya estaba demasiado demacrada frente a ese hombre en un lapso de dos días y no quería matar las pocas migajas de honor que aún conservaba celosamente.

—Entonces vuelve a trabajar —respondió la mujer con expresión fastidiada.

—Yo no trabajo aquí —le aseguré, lanzándole una mirada de odio.

Las palpitaciones en mi mano comenzaban a causarme más dolor. Estaba hinchándose.

—Sólo tomará un segundo —pidió nuevamente manteniendo la palma en extensión. Esta vez con mayor amabilidad.

—Liam, dijo que estaba bien. Sólo deja que vaya a la enfermería. —Giró hacia mí—. En el primer piso puedes preguntarle a la recepcionista.

Siempre he sido bastante buena ocultando mis emociones. Era un talento del que a mi madre le gustaba alardear en las reuniones familiares —eso, probablemente porque no tenía ningún otro—, sin embargo, toda la máscara se venía abajo cuando de ira se trataba. Me era totalmente imposible contenerme en un estado de completo enfado. La parte embarazosa era que mi cuerpo solía expresarse a través del llanto de impotencia, por lo que no fue una verdadera sorpresa cuando comencé a sentir una lagrima rodar por mi mejilla, acompañada del dolor que emanaba de mis dedos.

La limpié de inmediato con el dorso de la mano sana.

—¡Ah, por Dios! —gimoteó la rubia mirando al techo.

—Sofía, regresa a la oficina —ordenó el vecino del 10 con un tono neutral de miedo.

—Mi nombre es Sasha.

¡Qué incomodo! Las mejillas del hombre se sonrojaron ligeramente antes de bajar la mirada y asentir una sola vez en su dirección. Si no estuviera tan molesta probablemente me habría echado a reír ahí mismo.

—Pero voy a ayudarte en la ent…

—Yo te llamaré. Regresa a la oficina.

Sasha se rindió y termino accediendo a regañadientes, no sin antes asesinarme con la mirada en el trayecto hacia la puerta y chocar «accidentalmente» nuestros hombros al pasar junto a mí, ocasionándome un dolor agudo que se extendió desde el codo hasta mi mano. No pude evitar que una mueca se escapara de mis facciones.

—Déjame ver…

—No tengo tiempo para esto —aseguré dando la vuelta—, llegaré tarde a la entrevista.

Tomé la perilla de la puerta con la mano buena y la giré, pero tan rápido como se abrió milimétricamente, fue cerrada por la palma en extensión del hombre que ahora se inclinaba detrás de mí con su cara junto a la mía.

—¿Puesto bajo en el área de reseñas, planta 45, oficina 340 a las 2:30? —preguntó.

Pensé. Me sonaba de la dirección que Wendy leyó varias veces en el periódico anoche y hasta el momento me arrepentí de no haberle prestado atención. Supuse que nos llevarían en grupo como lo hacían en las viejas excursiones de los campamentos de verano, cosa que habían hecho, pero gracias a la enorme traición gastrointestinal que sufrí poco antes, estaba nuevamente perdida. Aunque del dolor ya hasta se me habían pasado las náuseas.

—¿Y si me lo apuntas?

El hombre rió por lo bajo y se apartó de mi espalda dejándome girar de vuelta hacia él para hablarle la cara.

—¿Y si mejor te llevo?

Negué con la cabeza. —No es necesario y en serio voy tarde…

—¿Y quieres llegar con el maquillaje todo corrido, la mano hinchada y los ojos rojos?

Instintivamente me lleve la mano buena a la mejilla comprobando que, en efecto, la mejilla de la lagrima tenía marcado el camino en negro.

Suspiré resignada. —¿Aquí hay baño?

—Mejor. Todas las oficinas tienen equipo de primeros auxilios… —dijo inclinándose sobre el escritorio a hurgar en los cajones— y lo mejor… es que tenemos… 140 venditas —dijo, leyendo la caja de venditas que había encontrado en el botiquín.

—No necesito venditas.

Señaló mi mano todavía protegida en mi pecho con la mano sana.

—Está sangrando.

Bajé la mirada hacia mi mano y observé las gotas de sangre que trazaban un camino rojo hasta el codo desde donde ya habían comenzado a caer sobre el suelo alfombrado. Las limpié de inmediato con la tela de mi pantalón y extendí la mano hacia él demandando el equipo de curación.

Me arrojó unas gasas al aire con las que pude limpiar la herida con facilidad y luego continué con la dura tarea de la asepsia de la herida, limpiando de paso, con nuevas gasas, el maquillaje corrido de mi cara.

La herida semi abierta era la herida que me había ocasionado en el trabajo anterior, cuando fui despedida injustamente y reaccioné como cualquier mujer madura, fuerte y autosuficiente habría reaccionado: arrojando el horno de microondas contra la pared de mi jefe. Había recibido un total de cinco puntos en la herida que me había ocasionado por tirar de paso la cafetera de cristal, mismos que se abrieron en el intento por arrancarme la mano de la rubia Sofía —¿O era Sonia? Poco importaba, si ni siguiera su novio se sabía su nombre, no debía ser tan relevante—, sin embargo, el ataque de rebeldía en Publishers Weekly había valido totalmente la pena.

Negué con la cabeza. —Se abrió la herida de los puntos que…

—¿Tenías puntos? —interrumpió ligeramente asustado— ¿Necesitas ir al hospital…?

—Me los quitaron ayer y no… —revisé la herida— no se ha abierto por completo, es solo… superficial.

Él pareció pensarlo mejor antes de advertir:

—Vas a necesitar más de una vendita.

—No quiero una vendita.

A menos que fuera una bendita dosis de pollo frito bien gorda y grasosa. La comida siempre era el remedio perfecto para ahogar las penas.

—Y yo no quiero que comiences a sangrar en la entrevista, es asqueroso —señaló mi mano—. Dame.

—No —respondí acunando aún más mi mano contra mi pecho a modo de protección—. Soy perfectamente capaz de ponerme las venditas.

Suspiró y ladeó la cabeza en un gesto de fastidio total. —¿Cuál es tu nombre?

—No es de tu interés.

Ni siquiera se inmutó. —Bien «no es de tu interés», déjame decirte que fui el mejor campista durante la infancia, gané medallas por la rapidez con la que colocaba hasta diez venditas de un sólo golpe.

—Tus padres deben estar orgullosos —dije con fingida admiración.

—No tanto como los tuyos ¿Cuál es tu talento? ¿Presionar botones de elevador en un tiempo record? ¿Ahorcar perros?

—¿Y tú? ¿Lames las amígdalas de tus compañeras de trabajo en menos de 15 segundos? Y Poner venditas ni siquiera es un talento…

—Tengo tantos talentos de los que me gustaría alardear ahora mismo, pero también tengo que llegar a una entrevista y a menos que puedas poner 7 venditas de un solo intento creo que va a tomarnos más de lo necesario.

—No voy a dejar que…

—¿Quieres la dirección? —retó.

Lo fulminé con la mirada un par de segundos antes de extender mi mano resignada hacia él. Ni siquiera valía la pena hacer el intento por discutir, ambos llegaríamos tarde a la entrevista si uno de los dos no cedía y estaba claro que no iba a ser él. No parecía el tipo de persona que solía rendirse con facilidad… Y sí necesitaba la dirección de la entrevista.

—¿También vas a la entrevista? —pregunté mientras ordenaba las venditas fuera de la caja.

—Sí, también voy —respondió sonriendo con simpatía, concentrado en la curación.

—¿Crees que… seamos muchos solicitantes?

Alzó una ceja mientras continuaba con el proceso de la adhesión. —¿Seamos?

Asentí. —En la entrevista.

Sonrió abiertamente dejando entrever un par de hoyuelos bastante simpáticos con los que probablemente ganaría un millón de puntos en la entrevista de trabajo, principalmente si la entrevista estaba a cargo de una mujer. Sentí una ligera punzada de envidia.

—No lo sé, eso espero, es más… divertido cuando es un grupo grande. Listo —dijo contemplando su obra maestra una vez terminada.

—Gracias… supongo.

De pie, frente a mí, el master en venditas me tendió la mano, pero mi enfado aún era palpable en el aire, por lo que me planté frente a él sin ayuda y señalé abiertamente hacia la puerta. Esa entrevista probablemente ya habría empezado mientras nosotros jugábamos al Hospital General en una oficina de cinco por cinco.

Caminamos en silencio por los pasillos de la editorial y durante el trayecto solo me limité a seguirle sin prestar atención al panorama la mayor parte del tiempo. Probablemente no volvería a pisar ese lugar nunca en la vida, probablemente en hombre que caminaba junto a mi obtendría el trabajo con mayor facilidad. Él desbordaba confianza, seguridad, parecía poder ser amable cuando se lo proponía y tenía una voz que difícilmente podía ser ignorada, ni siquiera creí que le fuera necesario abrir la boca, sólo el porte te obligaba con seguridad a mirar en su dirección en cualquier momento y en cualquier lugar.

—¿Ves esa oficina al fondo? —preguntó señalando una puerta de cristal detrás de la cual se encontraban un grupo de solicitantes trajeados y felices alrededor de una mesa ovalada.

Asentí.

—Esa es la oficina 340.

Sonreí levemente. —Gracias… pero… creo que es hora de irme no… creo que esto sea para mí.

No después de ver a todas esas personas elegantes, preparadas y confiadas reunidas en una misma sala. Probablemente eran de las personas que desgarraban gargantas de una sola palabra y yo iba a salir mutilada y mal cocida. Había logrado engañarme toda la noche repitiendo un discurso bien ensayado con ayuda de mi hermana, pero mis botas y mi chaqueta caqui, mis vaqueros azules y mi bufanda de tejido no parecían encajar con el perfil solicitado, mi poca experiencia en el área editorial iba a hacerse notable en el momento en el que pisara la oficina.

—¿Qué estás diciendo? ¡No puedes irte sin intentarlo! ¿Te abriste los puntos e hinchaste tu mano por nada?

Lo pensé un par de segundos antes de asentir afirmativamente. —Más o menos…

El hombre rodó los ojos y me apremió:

—Vamos, ve ahí y termina lo que empezaste.

—No es eso. Sólo… sólo míralos, son tan… mayores, tienen tanta experiencia ¿Por qué elegirían a una recién graduada?

—¿Por qué no?

—Tengo una enorme lista en el bolsillo trasero.

Rió leve. —No tienes una lista y no puedes dejar… —cortó cuando le entregue la lista de «pros y contras» que había hecho Wendy—. Wow si tienes una lista —comenzó a leerla, pero la dejó casi al inicio— ¿Tu hiciste esto?

—Lo hizo mi hermana.

—Qué bueno porque la redacción es horrible.

Reí leve. —Traté de decírselo de una manera sutil, pero me mando al diablo en menos de dos minutos… ¿Ves? La tinta roja fue obra mía —dije, señalando las correcciones ortográficas que había hecho sobre los trazos malogrados de Wendy.

Sonrió volviendo la vista hacia la lista. —¿Sutil? Todas las palabras están dentro de una horrible burbuja roja con un montón de tildes y signos gigantes.

—Dije que traté.

—Tienes un buen ojo crítico, ve allá y da esa entrevista —animó guardando la lista en su bolsillo trasero.

Lo sopesé. No había salido del calor de mi cama para pasear por la editorial ni podía volver cabizbaja en busca de más empleos en fábricas de pollos, pizzerías o perfumerías que no harían más que frustrarme y hacerme sentir como un pez fuera del agua.

—¿Crees que debería intentarlo? —pregunté después de un silencio de varios segundos prolongados.

—Sí, creo que deberías.

Minuto de silencio.

—Hazlo. Y si te da miedo hazlo con miedo, pero nunca dejes de intentarlo.

—Tienes razón, puedo intentarlo —me repetí a mí misma. Después de todo sólo hacía falta cruzar la puerta y hacerlo—. Tan sólo… me sentare y responderé. Terminara rápido.

Él asintió. —Buena suerte.

—Igual para ti. Vamos.

—No creo que sea buena idea que nos vean llegar juntos. Llegaré en unos minutos, aún tengo que ir a mi oficina.

Al parecer mi sorpresa fue evidente.

—¿Ya trabajas aquí?

Sonrió con aparente diversión y asintió con la cabeza una sola vez.

—¿Algún consejo? ¿Cómo lo conseguiste? —ataqué.

—Digamos que… nací para este trabajo —dijo aún más divertido. Parecía contar una broma personal de la que no me percaté en toda la conversación y por su expresión podía jurar que había sido graciosísima. Lástima que las relaciones humano-humano se me dieran terrible, era mejor con las relaciones letra-humano, pero ellas no siempre me permitían conseguir un buen trabajo y definitivamente no me daban un buen estatus social.

—Que engreído. ¿Tienes algo que me sea útil?

—Sólo ve ahí y responde con la verdad, si te consideran material necesario te darán el puesto.

—¿Te quedarás con mi lista?

—¿La necesitas?

—No.

—Entonces me la quedo…

—Pero es que… —intenté, pero era demasiado tarde. El vecino del 10 se marchaba de vuelta al pasillo luciendo elegante, confiado y decidido. Nunca había envidiado tanto a alguien en la vida. Definitivamente algunos nacían con estrella.

Capítulo 4