Capítulo 2

Reina del desastre

Capítulo 2

Entré al apartamento del tío Ben a traspiés, tirando con fuerza de mis maletas antes de que la esquina desgarrada que detecté en el elevador comenzara a romperse más y todo cayera sobre el suelo lustre, regando mi ropa y la milimétrica cantidad de dignidad que todavía cargaba ese día.

—¿Cómo estuvo tu mudanza, Luce? —preguntó mi hermana menor, mirándome desde la cocina sin inmutarse por mis torpes esfuerzos de meter todo a tirones.

Su cabello café chocolate, recogido en una bonita y ordenada coleta, le dotaba siempre de ese aire de inocencia que perfeccionaba con las pecas graciosas que se arremolinaban en sus mejillas haciéndole unas sombras realmente adorables. Siempre la había envidiado un poco por eso. Mientras ella había sido bendecida con una mirada dulce de ojos acaramelados y cuerpo curvilíneo, a mí me habían escupido un cabello negro azabache ondulado, que, muy bonito, sí, pero no permitía que lo alaciara por más de dos horas o lo rizara por más de cuatro. Así que, mientras ella probaba con diferentes estilos, yo me había limitado a recogerlo de diferentes formas. Mis curvas no eran tan pronunciadas como las de mi hermana y definitivamente mi tez vampírica no permitía hospedaje a graciosas pecas en sombra, pero al menos, alguien se apiadó de mi simpleza regalándome unos bonitos ojos azules, con unas pestañas de mediano calibre y unas cejas tan abundantes que tenía que podarlas cada dos días, pero ¡Hey! ¡Que no se pierda el espíritu positivo, que aún podía sacarle jugo a los ojos…! en tanto nadie pusiera suficiente atención en mi cabello o mi palidez.

—Excelente, acabo de quedar como una loca ahorcaperros con herpes e hiperactividad táctil que además promete ser un completo dolor de trasero para los usuarios del elevador, cuya hermana parece ser completamente incapaz de dejar de lado su maldito jugo para venir a ayudarla —exploté de corrido, tirando con fuerza de las maletas, logrando únicamente que la rotura se extendiera y dejara mi ropa regada por el suelo del apartamento. Afortunadamente ocurrió dentro del mismo y me dio tiempo de cerrar la puerta de inmediato.

—Vaya… sí que has tenido un mal día.

La miré mal. —Gracias Wendy.

—Quentin llegará en unos días. Está… castigado —anunció sin inmutarse demasiado por mi mal temperamento.

Quentin, mi primo, el único ser parcialmente estable en la familia y la única persona capaz de hacer que mis días malos fueran sólo parcialmente malos, iba a quedarse con mis padres de nuevo (ese era el plan inicial), pero probablemente por alguna otra pelea en el instituto mis padres se habían rendido una vez más, optando por enviarlo de regreso a mí. Aunque siendo justos era un verdadero milagro que el chico siguiera estudiando en ese lugar, 15 años de edad y todavía no parecía comprender que en la familia Webber difícilmente se podía salir bien parada en el cuadro de la sociedad, sin embargo, siempre me había esforzado en decirle que aquello no debía ser un impedimento para intentar salir bien en la foto.

—¿Pelea? —pregunté más bien resignada, apilando la ropa en el escritorio de caoba junto a la puerta.

Wendy asintió llevándose el vaso de jugo a la boca.

Suspiré.

Sin duda iban a ser los 6 meses más largos de mi vida y toda la emoción era directamente proporcional al tipo de empleo que consiguiera en el transcurso.

No me había detenido a contemplar los cambios que le había hecho Wendy al apartamento del tío Ben. En realidad, sólo se limitaban a un pequeño y nada escandaloso cambio de cortinas, un par de tapetes nuevos y nuestros jarrones viejos. Que Dios nos librara del día en el que el tío Ben llegara de visita y se topara con esas monstruosidades arruinando la fachada de su apartamento. Todo parecía relativamente normal, la pared del lado de la ciudad era de completo cristal y el espacio era más del que jamás iba a tener en toda mi vida. La vista era maravillosa, sin duda, pero el pudor con el que mi hermana y yo habíamos crecido no nos permitía tener la pared de cara a la ciudad tan libre como al tío Ben le habría gustado, las cortinas no estaban mal, pero parte del trato era no hacer ningún cambio.

El lugar estaba rodeado de comodidades. Recordé que de pequeños a mis hermanos y a mí nos gustaba venir de vacaciones con el tío Ben y su cuarta esposa, porque no había reglas salvo no estropear nada cuyo daño pudiera ser permanente.

La televisión gigante que cubría la mitad de la pared en la sala anunciaba que cierta chica comprometida no iba a moverse del sofá frente a el en un buen rato. La cocina por otro lado, era mi fuerte, y me refiero a la parte de comer, no a la de fabricar la comida, esa era la tarea de Wendy. La cocina era tan grande que durante la mudanza había considerado seriamente la idea de instalarle una cama y mudarme ahí, idea que sólo deseché cuando me enteré de que estaba sometida a una puerta corrediza de cristal automática. No estaba lista para decirle adiós a mi privacidad tan rápido así que volví resignada a la enorme y fría habitación que había quedado después de que Wendy eligiera la más grande.

Nunca me habían gustado los lugares demasiado espaciosos, creía que el nivel de soledad era directamente proporcional al tamaño de la morada. Me hacía sentir vacía y la vista panorámica hacia la ciudad desde la enorme pared de cristal no ayudaba en lo absoluto en las tardes lluviosas, de eso estaba segura. Y ya ni hablar de mi enemistada relación con la tecnología doméstica: dos minutos ahí y ya había activado el aire acondicionado, apagado las luces de todo el apartamento, encendido televisión y radio al mismo tiempo, y el lavaplatos automático había dejado de funcionar también, todo con la ayuda de un maldito tablero de controles que juré no volver a tocar jamás.

—Llamaré a Katy y a Dorian para que sepan dónde estamos —De ninguna manera iba a excluir a mis mejores amigos de los 6 meses que se avecinaban. No habría podido sobrevivir sin ellos.

Capítulo 3