Capítulo 1

Reina del desastre

Capítulo 1

Presioné repetidamente el botón para llamar al elevador, tirando con fuerza hacia arriba de mis cuatro viejas maletas, mientras el guardia de seguridad me lanzaba una mirada amenazadora desde la puerta principal del complejo de apartamentos en el que viviría por al menos 6 meses hasta encontrar un trabajo mejor.

El tío Ben se había ganado el cielo dejándome usar su «viejo» apartamento en la ciudad, a cambio de que lo invitara a la boda de mi hermana, lo cual, claro, no iba a ser tan complicado después de salvarnos a ambas de volver con la cola entre las patas a casa de mis padres, donde una enorme sopa de «te lo dije» nos esperaba al lado de un sabroso jugo de «eso es lo que pasa cuando me desobedecen» en la mesa de la familia «nadie puede ser independiente», donde el bastardo sin gloria del tío Benetaller Webber conservaba la corona de la victoria al demostrar, con todos sus millones, que la rebeldía algunas veces podía dar buenos resultados.

Pero claro, él no se había ido sin más, ya tenía un puesto importante en una distribuidora de autos. Sólo era cuestión de tiempo para que su asenso llegara y el resto de la familia lamentara haberlo llamado «cara de mono» durante la infancia. Suerte que mi hermana y yo pudiéramos escudarnos detrás del hecho de nuestra inexistente presencia durante ese corto periodo oscuro de su vida.

Las puertas del elevador se abrieron con una lentitud olímpica mientras, sin esperar a que estuvieran del todo abiertas, metía las maletas al elevador vacío y, aún sin entrar del todo, ya estaba presionando el número 9. Justo cuando las puertas comenzaban a cerrarse nuevamente con la promesa implícita de llevarme a una zona de completa tranquilidad en la que podría beber un poco de limonada mientras veía un cómico Reallity Show de media noche, una mano clara detuvo el movimiento mecánico, logrando que el elevador se retractara de su promesa y permitiéndole el paso a un hombre joven a mediados de los 20.

Era una persona imponente, su sola presencia era imposible de ignorar, sus ojos demandaban mi atención completa obligándome a pasar por alto, un par de segundos, el resto de su cuerpo bastante en forma y en proporciones correctas. Era lo más parecido a algo que a la tía Maggie le gustaba llamar: «Hombre neutral» ya que su cabello castaño parecía no poder decidirse entre lacio o rizado, sus ojos no parecían lograr el complicado proceso de diferenciación entre el azul y el gris, ni su bonito traje de negocios lograba encajar en el semblante taciturno del hombre frente a mí.

—Voy al piso 10 —dijo con cortesía, clavando su mirada en la mía. Tuve que luchar con toda mi fuerza de voluntad para no apartar la mirada de golpe como una adolecente hormonal que acaba de ser pillada espiando al capitán del equipo de futbol desde el otro lado del salón.

—Bien por ti —respondí permitiendo que mi mirada vagara en su pecho y la forma en la que su camisa se adaptaba perfectamente a cada centímetro de su piel.

Tan loca como podía parecer al quedarme mirándole como idiota, decidí cambiar la mirada hacia la esquina de una de mis maletas rotas. Estaba abriéndose de nuevo.

El hombre rió con simpatía y me señaló brevemente con el índice antes de asegurar:

—Estás bloqueado el tablero de controles.

Giré sobre mis talones y me abofeteé mentalmente mientras presionaba el número 10 en el panel de control, antes de girar con los pequeños retazos de mi dignidad de vuelta hacia él.

—Lo siento.

Sonrió ligeramente a modo de respuesta y volvió la vista al frente mientras las puertas se cerraban.

No llegamos demasiado lejos, a nivel del piso 4 el elevador se detuvo nuevamente, abriendo sus puertas para dejar pasar a una anciana con un perro chihuahua al que no podía describir con otra palabra que no fuera «ridículo» mientras portara con orgullo ese feo moño rosa y ese pañuelo en el pecho que le hacía parecer una rata domestica a mediados del siglo XVIII. Su dueña era una mujer a finales de los 50 que usaba un fino traje rosa acompañado de un elegante sobrero con un pequeño velo negro ridículamente sofisticado. Mamá solía decir que una forma de ocultar algo feo era desviar la atención hacia algo más feo. Teoría que comprobé en la escuela secundaria cuando reprobé la clase de Química Orgánica y para menguar la presión familiar decidí rasurar una de mis cejas. Mi familia rió tanto que no pudo castigarme con seriedad, sufrí las consecuencias poco después cuando descubrí que el maquillaje lo empeoraba, pero esa es otra historia, en el caso de la señora elegante, creo que su forma de ocultar su atuendo llamativo era mostrando a su perro con uno aún peor.

Detrás de la mujer entraron dos hombres: uno que parecía ser su esposo por la edad, la mirada de adoración y la forma en la que le sonreía, y otro joven, que apenas de entrar me dio el visto bueno recorriéndome con la mirada de la misma manera en la uno va al mercado a elegir las frutas menos verdes o los tomates más rojos.

No parecía mayor al hombre del piso 10, tenían el mismo porte, pero uno de ellos tenía un espíritu más vivaz y al perecer poco reservado.

—¿Te vas o llegas? —preguntó señalando mis maletas.

Y directo.

Dudé. No quería darle ningún tipo de información a nadie. La boda de mi hermana era en un par de meses y lo último que necesitábamos, era a la prensa fuera del lugar esperando una buena nota.

—Me voy.

Mentí.

Nunca fui una buena mentirosa, pero sí era una fiel creyente de la frase «La práctica hace al maestro» y aún después de 23 años sin ver frutos maduros, seguía esperando mi momento «especial» porque, como decía mi madre: «La esperanza es lo último que muere».

—Uf, una pena —extendió su mano—. Soy Oscar.

La estreché por cortesía, pero me aparté en cuanto el perfil de comportamiento social me lo permitió. Ese hombre rubio de bonita sonrisa y ojos verdes no advertía otra cosa que no fueran problemas, había sido una suerte que no fuera mi hermana quien se hubiera topado con él o ya estarían «conociéndose mejor».

Le eché una mirada al primer hombre en el elevador, el de los ojos exóticos, y lo encontré lanzando una mirada irritada a la pared frente a él, parecía estar acostumbrado a ese tipo de situaciones y francamente cansado.

—Piso 6 —advirtió la mujer sin mucha paciencia.

Bueno, al parecer ya había pasado por la fámula del ascensor (¡Hey! No sonaba tan mal… Siempre que no se conociera el significado de la palabra podía pasar por un trabajo sofisticado). Si no conseguía un buen empleo en la ciudad, definitivamente me plantearía la idea.

—Yo voy al piso 9 —dijo Oscar con una sonrisa ladeada—. Supongo que tú esperas hasta la recepción.

Asentí presionando todos los botones detrás de mi espalda por mera inercia. No hacía falta más que presionar el PB además del 6, pero girarme a mirar implicaría dejarle un ángulo para observar que el piso 9 ya estaba presionado y de ninguna manera quería dejarle claro mi paradero a Oscar y tampoco quería errar en el tino y quedar como una idiota… aunque bien mirado acababa de quedar como una loca compulsiva con problemas de hiperactividad táctil, aunque la verdad tampoco estaba muy segura de que eso fuera médicamente correcto.

—¡¿Qué haces?! —gruñó la mujer antes de soltar un resoplido al aire, provocando que su rata con vestido me ladrara y gruñera de una forma bien entrenada.

El hombre junto a la anciana me fulminó con la mirada.

—Tengo prisa.

El elevador se detuvo al llegar al piso 5. El perro seguía gruñéndome, mostrando sus pequeños y afilados colmillos de perro mimado.

—Entiendo —dijo Oscar sonriendo—. No tenías que hacer eso.

Sentí un poco de pena por Oscar, pero tan rápido vino se fue al escuchar su:

—¿Eres casada?

El elevador se abrió en el piso 6 sólo para volverse a cerrar sin darle paso a nadie más.

Lo fulminé con la mirada antes de cambiar el semblante a una sonrisa sarcástica que, en mi familia, sólo podía advertir problemas.

—Si Oscar, estoy casada, he pasado por tres divorcios, tengo cuatro hijos, herpes y una demanda por estrangular a un perro —declaré, diciendo la última frase en dirección al perro que, hasta el momento, no había dejado de ladrar y gruñir.

La rata de la señora elegante soltó un chillido antinatural —casi como si mis palabras reamente hubieran hecho mella en su corazoncito— y ocultó la cara en el enorme pecho de su ama. Aunque yo directamente habría preferido enfrentarme, no era quien para juzgar a un perro.

El elevador se abrió nuevamente en el siguiente piso.

La mujer me miró ofendida y se bajó del elevador en cuanto la puerta se abrió junto a mí en el próximo piso, acompañada por el hombre mayor que había entrado con ella. Sin embargo, no pude pasar por alto como las comisuras de los labios del hombre de los ojos grizulados se elevaban involuntariamente mientras el resto de su semblante parecía demasiado serio.

Oscar asintió.

—Yo también soy casado. Mi esposa trabaja los fines de semana, vivo en el 304 por si te interesa —dijo cuando llegamos al piso 9—. Ah, y no me importan las ETS —aseguró caminando en reversa por el pasillo.

Arqueé las cejas ligeramente sorprendida de la facilidad con la que había llegado a su propuesta en tan sólo 9 paradas.

—Bien por ti —dije sin interés, viendo las puertas del elevador cerrarse frente a mí.

—¿No podías simplemente decirle que no? —preguntó el hombre junto a mí, con una mirada inexpresiva y una seriedad escalofriante en dirección a las puertas del elevador.

Lo miré fugazmente de arriba abajo, sin entender si la pregunta me la había imaginado o realmente había provenido de él.

—No sería amable ni apropiado —respondí finalmente, más preocupada por el trastabillar de mis palabras que por la respuesta misma.

Y la verdad es que no me apetecía buscar problemas en mi primera hora dentro del complejo de apartamentos Cristy.

—¿Y te parece amable o apropiado hacerle perder el tiempo a la gente parando el elevador en cada piso, amenazar de muerte a un perro o mentir?

—No lo amenacé de muerte —defendí cruzándome de brazos en un gesto que a mi madre le gustaba llamar «El epilogo de Luce» porque siempre marcaba el final de una larga pelea verbal y el inicio de un sinfín de desenlaces sobre diversos temas del pasado que involuntariamente traía a colación a modo de reproche.

—Estoy bastante seguro de que la amenaza estaba implícita.

—Nunca he estrangulado a un perro —espeté, dándome cuenta demasiado tarde que no es una frase muy común ni crea una buena fama para alguien que sólo quiere pasar 6 meses en paz en un bonito apartamento prestado.

El hombre elevo las cejas en visible indiferencia y caminó hacia la salida cuando el elevador se detuvo en el piso 10.

—Diviértete jugando con el elevador —dijo alejándose visiblemente fastidiado.

—Gracias. La próxima vez traeré un perro —medio grité.

Y las puertas se cerraron.

Cerré los ojos y esperé hasta que el elevador llegara al piso 15 y de vuelta al 9.

Capítulo 2