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A veces quedan cabos sueltos #SweekStars2018novela

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            Hughman se hallaba transitando por el parque Lino cuando recibió el llamado en su radio. Cadáveres descubiertos en la parroquia de Santa Lucía. Urgente. Inspector de turno en la seccional, encargado del caso como obvia consecuencia. Detuvo la marcha de su vehículo para responder. Vio las siluetas de las travestis a cien metros, bajo las farolas, ofreciéndose a los pocos coches que transitaban. Observadas desde lejos, las sombras les conferían un aspecto siniestro, como si fueran criaturas escapadas del infierno, súcubos dispuestos a quedarse con las almas trasnochadas que buscaban sosiego. Entre ellas debía estar Denisa, su cita para esa noche.             Extrañas costumbres tenían en su país de acogida. En su tierra anglosajona, cuando un detective pasaba el teléfono de otro, era por un interés concreto, fuera del detective o de la persona que recibía el número. Aquí, sus compañeros habían dado el suyo a la joven por el solo hecho de divertirse, de reírse del extranjero, de meterlo en un brete. El llamado urgente del comando le evitaba la engorrosa tarea de atender a los reclamos de las chicas que ofertaban sus cuerpos; a ningún oficial les resultaban gratas estas quejas, cuyos motivos podían resultar graves o absurdos, pero siempre implicaban cuestiones difíciles de resolver.

            Olvidó el encuentro abortado para concentrarse en los datos que poseía. Tres cadáveres en la iglesia de Santa Lucía, había dicho la oficial a cargo de las comunicaciones. Cadáveres, sinónimo de asesinatos, crímenes; eso era lo suyo. Por eso estaba en Investigaciones, aunque en la comisaría lo emplearan en actividades diversas abusando de sus ganas de participar, incrementadas desde que no tenía el refugio de los brazos de su esposa al retornar a su casa tras la jornada laboral.

            Aceleró, dio una vuelta en U  —ya había aprendido que, en Argentina, las normas de tránsito no se aplicaban a la policía— y se dirigió a la legendaria capilla, abandonada por más de quince años. Alejada de las calles céntricas, próxima al cementerio, Santa Lucía era un verdadero nicho de mitos urbanos. Desde fantasmas hasta aparecidas, desde ruidos sin explicaciones hasta imágenes reflejadas en los vidrios, todas las leyendas que tenían un contacto con el mundo religioso eran situadas entre las paredes del templo olvidado por la curia.  Al parecer, el obispado no tenía deseos de molestarse en designar un nuevo sacerdote y efectuar los gastos necesarios para que volviera a ser un sitio adecuado para ordenar misas y congregar feligreses.

            Intrigado, tratando de adivinar detalles, de imaginar qué le aguardaba en su primera misión auténtica, Hughman arribó al sitio antes que el resto de los habituales convocados a una escena del crimen. Un agente de uniforme se hallaba en el interior del terreno, bajo el atrio, destacado casi como una mancha oscura, con las piernas juntas y los brazos al costado del cuerpo. Rodeaba la edificación un cerco de alambre oxidado; la puerta también era de alambre, y carecía de llaves o candados. Dada la apariencia de las paredes, podía considerarse que la cerca protegía a los merodeadores de las ánimas cobijadas en ese sitio.

            El breve patio delantero era una convención de yuyos, pastos altos y matas espinosas. El mismo sendero de lajas que conducía al atrio se hallaba invadido por la vegetación silvestre. A sendos lados del sendero, palmeras; dos palmeras,  a derecha e izquierda, muchas de sus largas hojas estaban resecas. El revoque del frente lucía centenares de desmembramientos y dos grandes rajas denunciaban la escasa solidez de la construcción. ¿Cómo habían llegado tres personas a caer muertas allí dentro?,  se preguntó Hughman. ¿A quién en su sano juicio se le ocurriría introducirse en esa ruina amenazante?

            Estacionó el coche estimando que se trataba de vagabundos o gente sin hogar. Tres cadáveres; quizá parte del techo se hubiera caído sobre ellos y no hubiera asesinato para resolver. No, se corrigió; no hubieran llamado a la policía ante un accidente de ese tipo, hubieran dado parte a los bomberos voluntarios.

            La noche recién se instalaba y las luces de la calle continuaban sin encender. La luz, mejor dicho. Apartada del centro de la ciudad, la zona era iluminada por antiguas lámparas a razón de una por bocacalle; la más cercana, a treinta metros de la capilla. Hughman abrió la guantera y tomó su linterna. La escasa claridad del ocaso se perdería pronto.

            Descendió del coche.  En la cuadra donde se sostenía en pie Santa Lucía, observó dos solares baldíos, en el mismo estado de descuido que los jardines del templo, dos galpones de chapas que en ese instante estaban cerrados, y unas pocas casas, cercanas a la esquina más lejana. Casa humildes. Como resultado de esta despojada vecindad, el lugar aún se mantenía libre de curiosos, detalle muy adecuado para preservar la zona involucrada en un homicidio. Hughman  llevó la mano a la pistola; la tranquilidad del agente en consigna lo decidió a retirarla.

            —Adelante inspector, mi compañera fue a buscar al fotógrafo.

            Hughman inclinó su cabeza como saludo. Conocía al agente, Pereyra de apellido. Lo había visto de guardia en la puerta de la seccional durante semanas; al parecer, lo habían promovido al patrullaje de las calles.

            Una de las hojas de la puerta delantera de la parroquia estaba apenas entornada. Hinchada por las lluvias acumuladas, el inspector debió empujar la madera con sus hombros para abrirla por completo, de forma que, más tarde, todos pudieran trabajar con comodidad. Al moverse la puerta, una capa de polvo se desplazó, provocando un acceso de tos en el desprevenido inglés.  Tomó aire fresco, se santiguó como si fuera un penitente dispuesto a realizar sus ofrendas a la divinidad, y accedió al interior.

            En el templo aún quedaba un vitraux detrás del altar, cuyo color, sumado a los propios del ocaso, confería un aire de irrealidad a la situación. Efectos de luces en una escena macabra, aunque en el vitraux se apreciara la figura de una santa. Hughman dio unos pocos pasos lentos, cuidadosos; bancos rotos, pedazos de mampostería, charcos, trozos de madera quebrados. Una sombra menuda atravesó su campo visual. Destacado sobre el resto, un hedor que no había imaginado. Desde la entrada divisó los tres bultos; solo podía tratarse de los cadáveres denunciados. Con más cuidado,  dio otros pasos, acercándose como un joven tímido yendo hacia la chica de sus sueños. Una madera crujió, quejándose del peso del hombre del metro ochenta. Como si fuera una señal, un rumor invadió el silencio del templo y el interior se oscureció.

            El inspector buscó refugio tras la puerta apenas advirtió la fuente del sonido; centenares de murciélagos volando con frenesí, de un extremo a otro de la nave central, incorporando chillidos al aleteo furioso de sus alas. Evaluó disparar su pistola para espantarlos; el lugar se llenaría de curiosos ante los tiros, consecuencia inevitable. Optó entonces por correr a su coche en búsqueda de una granada de gas lacrimógeno. El agente Pereyra lo vio pasar sin entender qué sucedía; había perdido la actitud calma, tenía su pistola desenfundada, apuntando en dirección al interior, en pose de tirador de escuela: piernas separadas, rodillas flexionadas y rostro en alto.

            —No dispares —dijo el inspector. El agente obedeció sin abandonar su postura, tratando de discernir qué eran esas sombras que advertía.

            ­Hughman regresó con la granada en la mano. Pidió por señas a Pereyra que se apartara y que guardara el arma. El agente obedeció.

            —Alejate, que voy a tirar gas lacrimógeno.

            Esta vez Pereyra actuó de prisa y salió del recinto rodeado por el cerco de alambre. Hughman constató que no hubiera más personas en el predio y arrojó el gas al interior. De inmediato retrocedió hasta la acera, ubicándose junto con el uniformado. Comenzó a desplegarse humo por los abundantes agujeros de las paredes y el techo; pronto la bandada de murciélagos abandonó el recinto a través de ellos. Los policías observaron como giraban y se perdían en dirección a los galpones cercanos, indetectables en las sombras que comenzaban a vestir el barrio. Hughman se apoyó en el endeble alambrado, dispuesto a aguardar que el gas se disipara.

            Allí se encontraba cuando oyó una sirena. Maldijo. La sirena atraería a los vecinos de varias cuadras alrededor, ¿para qué encender la sirena cuando acudían a un sitio donde la acción había finalizado hacía rato?, ¿dónde estaba la necesidad de hacer ruido para abrirse paso?, ¿cuál era la urgencia? Un patrullero giró la esquina, avanzó y se estacionó delante del coche del inspector. Tras él, arribó un auto oscuro, que se ubicó delante de los otros dos. Dos uniformados, una chica recién egresada de la academia y un morocho que tampoco lucía como muy experto, se unieron a Hughman y Pereyra. Del auto oscuro descendió un hombre de unos cuarenta años, con unas entradas que abarcaban casi el total de la superficie de su cráneo. Tenía consigo unos bolsos, colgando en estilo de bandolera; el fotógrafo y su equipo de trabajo. La radio del patrullero estaba encendida; la voz de un superior pedía datos del hallazgo. Hughman le indicó al agente moreno responder que recién ingresarían al sitio.

            Volvió entonces a intentar dicho ingreso. Se cubrió la nariz con un pañuelo, en previsión que se mantuvieran los efectos del gas. Leve picazón, lo consideró inocuo. Mantuvo el pañuelo pero como un obstáculo para atenuar el nauseabundo olor percibido antes del lanzamiento de la granada. Esta vez el inglés pudo llegar hasta las cercanías del altar sin dificultades; lo hizo concentrado en asegurar cada una de sus pisadas. Los tres cuerpos estaban tendidos en el piso; formaban una especie de semicírculo frente al altar, las cabezas hacia el centro y lo que restaba hacia atrás. Lo que restaba de sus cuerpos; los tres tenían las piernas amputadas a la altura de la rodilla y les faltaban los brazos. Parecían flotar en un charco de sangre seca. Por un instante, el inspector creyó estar frente a la imagen de un naufragio en tierra sagrada, como si se hubieran hundido los hombres en la misma sangre de Cristo. Entre los rojos del atardecer, los efectos del vitral y la experiencia con los infernales vampiros en miniatura, era excusable el devaneo.

            Hughman recuperó la concentración. Mantenía el pañuelo cubriendo su nariz y su boca; los ojos enrojecidos y la nariz picante, resabios del gas. Resabios que agradeció, la limitación del olfato lo favorecía. El hedor de los cuerpos era más irrespirable que el peor de los gases, una mezcla imposible de describir. El zumbido de las moscas quedó como música de fondo, idos los murciélagos y apagada la sirena policial. Al parecer, las moscas resistían el gas. O habían regresado tras disiparse el humo, engolosinas con el festín de podredumbre que se ofrecía a sus ojos compuestos.

            Enfocó la linterna en dirección a los cuerpos; dos de ellos vestían remeras negras, rasgadas en el centro, y el tercero una camisa a cuadros celestes y blancos, que estaba desprendida. Eran las únicas prendas a la vista. Sobre sus pechos, decenas de tajos de diferentes largos, en su mayoría más profundos que extensos. Apuntó el haz de luz a las entrepiernas; los genitales no estaban, los habían cercenado.  Fue incapaz de evitar un estremecimiento ante la vista de esta mutilación, como si resultarla más cruenta que la pérdida de un brazo o de una pierna. Al costado de uno de los cadáveres, habían dejado sus zapatillas, sin los cordones. Zapatillas de imitación, adquiridas en las tiendas llamadas “saladitas”, amplios mercados con locales especialistas en copiar diseños famosos e insertarlos en prendas de fabricación propia, sin pago de derechos. ¿Una broma cruenta, zapatillas para alguien que había quedado sin pies ni tibia ni peroné?, ¿un mensaje? Lo dejó para después.

             Raro que no les hubieran quitado los ojos, reflexionó, hubiera resultado un detalle congruente con el lugar. El asesino no era un entendido en religión, al parecer; desconocía que la santa era la protectora de la vista. ¿De qué podría servir ese dato para el esclarecimiento del caso? Todo suma, se dijo el inglés; «cada grano de arena contribuye a formar la playa», le había dicho un profesor en sus tiempos de instituto.

            La luz en el interior de la capilla era cada vez menor; el inspector continuó utilizando la interna para husmear en derredor, sin acercarse a los cadáveres para no contaminar la escena —y no entrar en contacto con la putrefacción y las moscas—. Sobre el altar mismo, una losa horizontal sostenida por dos pilares de concreto, notó formas difusas que sobresalían en la superficie polvorienta. Rodeó los cuerpos, se acercó por detrás y descubrió de qué se trataba; tres penes y tres escrotos, anudados con los condones de las zapatillas. Ahí estaba la respuesta  la presencia de un único par de zapatillas junto a los cuerpos. Respuesta que lo condujo a un nuevo interrogante, ¿qué sentido tenían los penes y los escrotos, bañados en sangre? Consideró que era suficiente examen preliminar, necesitaba solo una idea, la exploración minuciosa correspondía a la policía científica. Giró dispuesto a salir de esa atmósfera pestilente a punto de descomponerlo, y golpeó algo con su pie.

            Iluminó el piso, entre ladrillos rotos y trozos de yeso; era un brazo, cubierto de moscas también. Redoblando los cuidados  en sus movimientos para no reiterar un tropiezo, convertida la capilla en un campo minado de restos de anatomía humana, la abandonó en busca de aire puro. Sin dudas, esos cuerpos llevaban allí varios días, no hacía falta ser forense para darse cuenta. Podrían haberlos encontrado en cualquier otro momento, cuando él no hubiera estado de turno por ejemplo. El azar había determinado que se encontrara a cargo de la investigación de un macabro homicidio, en lugar de estar corriendo travestis entre los pinos y los álamos del parque, recibiendo palabrotas de aquellas no vinculadas con  la queja, molestas porque la presencia policial les ahuyentaba los clientes. Un día antes que se hubiera denunciado el hallazgo y otro se hubiera quedado con el caso, por más que su experiencia en Inglaterra fuera superior al total acumulado en las fojas de servicio los demás inspectores y oficiales disponibles en Blanca.

            Desde el atrio, tras respirar con fuerza dos bocanadas de aire sin contaminar, divisó un grupo de personas reunidas en la vereda, junto a la alambrada. Distinguió al forense, un médico casi obeso, de un metro sesenta y cinco de estatura. Había ya cinco agentes uniformados, Pereyra entre ellos; el joven no había retornado a su puesto junto a la puerta, alegando precaución por los efectos del gas cuando en realidad temía la visita de una nueva horda de murciélagos. A estos, les sumó el fotógrafo; aguardaba autorización para hacer sus tomas. Hughman escuchó dos nuevas sirenas, identificó una ambulancia. Poco tendría que hacer, a menos que fuera la de la morgue.

            El inspector se apresuró a activar la acción. Se sumaban más sirenas y de las casas más alejadas se acercaban curiosos, como previera. Aunque los curiosos de Blanca no resultaban tan molestos como los de las grandes capitales, aun así obstaculizaban sin proponérselo el desplazamiento fluido del personal afectado a las tareas propias de la investigación.

            Como primera medida, ordenó que dos agentes acordonaran la vereda; el cerco de alambre que rodeaba la iglesia bastaría para evitar que ingresaran a la capilla estando ellos allí, pero prefería dejar libre un buen sector para el trabajo de los auxiliares. Pronto comenzarían frecuentes idas y venidas. Le indicó al fotógrafo que podía acercarse, también al forense. Tras las fotos, el médico tendría una primera aproximación a las causales de muerte de las víctimas, que luego confirmaría —o no— en la autopsia.

            El fotógrafo ingresó, cámara en mano, con un flash colocado para aumentar la iluminación. Al verlo, Hughman recordó otra de las necesidades inmediatas. A través de otro agente, pidió que enviaran equipos de luces, asumiendo que la tarea de relevar la escena requeriría mucho tiempo.

            En tanto se cumplían las primeros directivas del inspector, se sumaron más efectivos a la zona. Una ambulancia y dos patrulleros, uno de ellos una camioneta alta, se unieron a los vehículos estacionados, deteniéndose en el centro de la calzada, cortando de hecho la circulación por la calle. Hughman dio instrucciones a los paramédicos —los envió como auxilio del forense— y a los peritos que arribaron en uno de los móviles policiales. Ya había un grupo de diez personas reunidas en la esquina más próxima, bajo la solitaria bombilla amarillenta, ansiosas por conocer qué novedad ofrecía la legendaria parroquia de Santa Lucía.          Distribuida la tarea, a la espera de que el personal específico se hiciera cargo de la propia escena del crimen, Hughman se reunió con el primero de los agentes que encontrara al arribar al lugar. Comenzando por el principio, le solicitó que le narrara los pormenores de su llegada. Pereyra, tendría veinticuatro o veinticinco años el joven, hinchó el pecho y comenzó el relato.

            —Recibimos el aviso de la seccional a las 19:15. Marina y yo patrullamos el barrio, la parroquia está en nuestra cuadrícula. La parroquia y las casas, los galpones, todo lo que se ve en esta zona.  De hecho, habíamos pasado dos veces frente a Santa Lucía sin notar algo extraño. Ante el llamado, nos constituimos en el lugar.

            Hughman agradeció que no continuara describiendo el barrio, mas se apresuró a pedir precisiones en el relato.

            —­Momento, ¿quién efectuó el llamado?

            El español del inspector era excelente y ya se había adaptado a los modismos argentinos, aunque cada tanto utilizaba vocablos alejados del uso popular que dejaban a sus ocasionales interlocutores con la boca abierta, tratando de entender qué había querido decir con la locución en desuso.

            —Al decir de la comunicación del centro de comunicaciones, el llamado lo efectuó una mujer que no se dio en identificar. La susodicha denunció olores nauseabundos provenientes del templo, diferentes a los habituales. Cuando ingresamos, siendo las 19:20 —el agente consultaba una pequeña libreta para dar más seguridad a sus afirmaciones, sin preocuparse por las redundancias o la sintaxis de su relato; sus manos temblaban un poco— golpeamos la puerta.

            ¿Para que los atendiera dios en persona?, se preguntó el inglés.

            —Ahórrese los horarios, no son importantes, los cuerpos llevan allí varios días y, por la sangre, los han matado aquí mismo.

            Mientras  dialogaban, pasaron más personas con delantales y maletines rumbo al interior de la capilla. El comisario había comprendido que se trataba de un crimen de los destinados a noticia central y enviaba todo el personal disponible. El inspector supo que el mandamás de la seccional pronto se reuniría con ellos.

            —Bueno inspector. Golpeamos, ante la falta de respuesta tratamos de abrir, luego de constatar la existencia del olor denunciado. La puerta estaba hinchada, costó empujarla para tener paso. Luego nos acercamos al altar y vimos los cuerpos. Salimos, di aviso a la seccional, me ordenaron quedarme en consigna hasta que llegaran los oficiales, es decir, usted. Luego pidieron que mi compañera, Marina, la agente Mendoza, se encargara de buscar el fotógrafo oficial.

            —Gracias, llame a la agente Mendoza.

            La chica había ido por el fotógrafo pero el hombre había llegado solo. ¿A qué se debía? Antes que pasara un minuto, retornó Pereyra. Portaba en el rostro la expresión de la derrota vista tantas veces en los deportistas que pierden las finales de una competencia.

            —Inspector, la agente no ha regresado.

            —Vaya a mi coche y comuníquese por radio con ella.

            El inspector barruntó que alguien había ganado unos billetes extra esa noche, costumbre internacional del personal policial. Se alejó de los policías y auxiliares, cuyo número había aumentado, en dirección opuesta a la esquina donde se congregaba la gente. El temor hacía que no se vinieran desde el otro lado; la luz estaba muy lejana y la parroquia asustaba a los vecinos con sus leyendas tan poco creíbles y sin embargo respetadas por las almas carentes de escepticismo. Hughman dio varios pasos a ritmo veloz, descargando su enfado por la filtración y por su propio descuido al permitir el ingreso del hombre de las fotos sin pedirle primero una identificación. Al volverse, notó que Pereyra corría en su dirección, agitando los brazos para llamar su atención.

            —­Inspector, la agente Mendoza está en camino, con el fotógrafo. Recién lo pudo encontrar.

            Hughman maldijo ante la confirmación de sus especulaciones y se dirigió al templo. Corrió al agente en consigna, apartó a unos indecisos paramédicos y se introdujo. La fetidez lo afectó como un golpe directo a su rostro pese a haber estado ya expuesto a ella; el forense y otros auxiliares trabajaban con barbijos blancos, inclinados sobre los cadáveres. Las luces que emitía el flash lo guiaron hacia el hombre alto. Lo tomó del brazo y le dio un empujón. El hombre casi pierde el equilibrio al dar con alguno de los centenares de obstáculos acumulados en el piso.

            —Vamos, afuera, quiero ver qué fotos sacaste.

            —¡No me puede quitar las fotos! ¡Libertad de presa!

            El daño estaba hecho, no quería hacerlo más grave.

            —No te las voy a quitar, quiero que me las muestres.

            Con más atención, enfocó el piso con la linterna y, colocando una mano en la cintura del fotógrafo, lo guió a la puerta eludiendo las trampas que el abandono del lugar había colocado a su paso. En el exterior, la situación había variado. Los uniformes eran más, le parecieron innecesarios; típico de la política de seguridad, se sumaba gente para hacerse ver preocupados ante la opinión pública, como si el número de efectivos pudiera variar un hecho consumado varios días atrás.

             Hughman distinguió al fiscal de turno y al comisario Bermúdez entre los que avanzaban por el camino de lajas. Sin soltar al fotógrafo, se hizo a un costado, cubriéndose con una de las palmeras para evitar ser visto por los recién llegados; permaneció en las sombras hasta que la comitiva ingresó al interior del templo. Los curiosos estaban más cerca y, quizá envalentonados por la presencia policial, varios se habían sumado desde la zona oscura. Hughman condujo al fotógrafo hasta uno de los esquineros del alambrado perimetral; sus ojos fueron invadidos por las luces de los techos de los patrulleros, girando como faros. Distinguió la  camioneta roja de la televisión local y dos  móviles de las radios más importantes. La calzada se había convertido en un estacionamiento. Apostó que al conocerse las circunstancias del hallazgo, el caso adquiriría trascendencia nacional. El fascinante poder del morbo sobre las masas permitía asegurar que eso acontecería, sin temor a equivocarse.

            El fotógrafo, sin esperar la orden, alzó la cámara digital, mostrando la pantalla al inspector. Fue pasando las fotos una a una. Los detalles en los cuerpos se hicieron más presentes, más nítidos en todo su horror; el poder del flash era muy superior al de la linterna del investigador. El fotógrafo no había ahorrado morbo; Hughman supuso que las usaría con otro propósito, además de hacer llegar unas al diario local donde trabajaba —tarde lo había reconocido—. El periódico no publicaría tamaña monstruosidad en sus páginas, no El Tiempo.         Continuó viendo miembros, moscas, tajos, sangre. Observó que los párpados de los cadáveres estaban unidos a las cejas con alfileres, como si los asesinos se hubieran asegurado que fueran testigos de las amputaciones y otras torturas. ¿O eran finalmente una referencia a Santa Lucía, la protectora de la vista? La capilla había sido alzada por mineros que trabajaban en la extracción de granito y otros minerales; en su trajín, eran muy afectados por las esquirlas que saltaban de las rocas ante los golpes de los picos. Quizá sí conociera de religión el asesino, se obligó a aceptar, modificando su impresión inicial.

            Al inspector le llamó la atención una marca circular que aparecía rodeando las narices de los muertos; acercó el zoom óptico a uno de los brazos esparcidos por el lugar, las muñecas ofrecían moretones oscuros que indicaban fuertes ataduras. Continuó observando el trabajo del infiltrado; había panorámicas del lugar, de los cuerpos tomados más de lejos, detalles como las zapatillas sin cordones, una tarjeta negra con un número telefónico, un encendedor plateado. Hughman retrocedió hasta la tarjeta. Volvió a utilizar el zoom para leer mejor lo que tenía escrito. Conocía ese número. Tenía no menos de veinte llamadas perdidas en su teléfono para probarlo.

            —Vamos a mi coche, tengo una computadora portátil.

            El fotógrafo pensó en darle el nombre más breve del ordenador pero percibió que el policía no estaba para esas correcciones. Caminó junto a él y se dejó caer en el asiento delantero. Hughman le pasó la máquina.

            —Encargate. Y no salís hasta que tenga las fotos.

            Comenzó a trabajar el fotógrafo mientras el inspector contemplaba el panorama. Bajaron una camilla de la ambulancia; traerían el primero de los cuerpos, pronto terminaría entonces la labor del forense y tendría las primeras precisiones. Decidió que dejaría marchar al fotógrafo; podría borrarle las fotos ¿y con ello qué? Se ganaría un enemigo. O dos; si llegó tan rápido a la escena del crimen fue porque alguien le avisó. Ese alguien podía poseer más jerarquía que Hughman. Ciertas cosas no variaban del otro lado del Atlántico. Se quedaría con su copia de las fotos, esperaría el informe del forense y correría hacia el parque Lino. Cadáveres más o cadáveres menos, su camino terminaba siendo el mismo, correr travestis bajos los pinos, pensó con ironía.

            Advirtió más movimientos. El forense abandonaba el lugar; el inspector lo interceptó antes que subiera a su vehículo.

            —Puedo decir poco, estimo que murieron desangrados. Fueron torturados y cercenados en vida. Ignoro cómo, supongo que con alguna droga, en la autopsia podré dar más detalles. Espero. Llevan al menos tres días muertos, hay pérdida de gases, estimo que pueden tener hasta una semana, allí tirados. Los días de calor y la humedad que hay dentro de la iglesia pueden haber acelerado el proceso de descomposición. También tendré precisión sobre la fecha de muerte en la autopsia.

            Hughman lo dejó marchar y se acercó al grupo comandado por el fiscal y el comisario. El representante del derecho, bajo y un poco obeso, estaba pálido, tenía un pañuelo sobre su boca. Pensaría quién lo había mandado a meterse a la capilla, cuando bien podía recibir los testimonios recogidos en la escena del crimen en la comodidad de su despacho. El comisario Bermúdez, de civil como Hughman, expresaba asombro en sus ojos abiertos. Ambos mostraron alivio al ver la figura del inspector. Hughman los puso al tanto de su accionar pero se guardó la pista de la tarjeta para sí. Conocía el proceder de las fuerzas policiales; si mencionaba el número de Denisa, lanzarían una gigantesca razzia en el parque y acosarían a todas las travestis de la ciudad. Quizá la chica tuviera que ver, pero no la veía capaz de tamaña aberración. No le atribuía fortaleza a una travesti para deshacerse sola de tres hombres corpulentos como los fallecidos; tal vez fuera un prejuicio pero así lo creía. Y, sobre todo, la fecha probable del crimen la exculpaba; no lo seguiría llamando de haber solucionado ella misma su problema o de estar involucrada en semejante asesinato triple. Era innecesario hacerla padecer el acoso policial cuando no era la culpable.

            Informó al comisario que iba a recorrer el barrio en búsqueda de testimonios. Ambos, jefe y fiscal, le dieron carta blanca y lo pusieron a cargo de la investigación, de forma oficial. Hughman reunió un grupo de uniformados. Les indicó que visitaran a todos los vecinos, interrogándolos. «Busquen datos sobre movimientos extraños, de una semana para acá». Deberían identificar los testimonios que aportaban algo para hacerlos declarar en la fiscalía, con las formalidades necesarias. Enviados los policías, en parejas, llamó a la central de comunicaciones. Pidió que ubicaran el origen de la llamada a la seccional que motivó el hallazgo. No tenía expectativas al respecto, quien llamó solo había olfateado el hedor y nada tendría que ver con el crimen.      Ordenada la pesquisa básica, se puso en marcha hacia el este de la ciudad, atravesándola en diagonal casi de un extremo a otro.

 

II