Apocalipsis

Apocalipsis

Apocalipsis

Salieron juntos cogidos de la mano. Aquel sótano había sido su refugio y a la vez su prisión desde que aquellos misiles nucleares volaron sobre el Pacífico en ambas direcciones. No quedaba ni comida ni agua y no había más opción. El sol cegó de inmediato a los cuatro miembros de la familia. Esperaban contemplar la destrucción total a su alrededor, pero aquella urbanización de lujo parecía intacta. Los coches circulaban, césped impoluto, niños jugando… Los vecinos caminaban sonrientes en una posición erguida y había un olor perfumado en el aire. El pequeño Alonso, siempre tan observador, sentenció en un susurro: “Papá, no están vivos”.