La verdad los hará libres

La verdad los hará libres #SweekStars2018relato

La verdad los hará libres

La verdad los hará libres, escuchó decir. Pero cuando desencriptó aquellos archivos, por maligna curiosidad, la única libertad que se despertó en su ser fue la zozobra y el miedo. No podía comprender lo que había descubierto, aún cuando la prueba se hallaba en sus narices. Verán, déjenme explicarles. Trabajó como ingeniero informático para una filial de Amazon encargada del mantenimiento de servidores que acogían en sus discos magnéticos información de compañías y gobiernos. Estando en sus quehaceres habituales notó que un archivo de nombre Génesis se repetía en cada disco al cual ingresaba. De hecho se duplicaba a otros servidores sin aparente relación. De un servidor de comunicaciones saltaba a otro dedicado a las ventas al por menor; de una institución gubernamental se le veía en una de conservación ambiental, sin guardad conexión en las respectivas misiones.

Tal curiosidad le despertó el archivo Génesis, y como sugerí al principio, una tentación maligna lo empujaba a violar la ética profesional, e inspeccionar el dichoso documento. Hacerlo podría costarle el trabajo en los peores momentos que se vivían; pero cuando quiso reaccionar ya le había dado apertura tras el chasquido de la tecla Enter. Rápidamente se desplegaron carpetas y un sin número de archivos. Durante horas fisgoneó su contenido: imágenes, textos, estadísticas, se sucedían; poco comprendió, o simplemente se resistía hacerlo. Era una locura, una blasfemia contra nuestro mundo, un cambio de perspectiva de trescientos sesenta grados. Más sin embargo, había una forma de constatar lo expuesto en sus líneas, por lo que abandonó sus labores y tomando el transporte se dirigió a su hogar.

Si resultaba cierto ha estado viviendo una mentira, de hecho, la humanidad ha estado sumergida en una farsa. Para su desdicha comprobó que la información del archivo Génesis resultaba fidedigna, y de la peor manera. Cayó en un estado de estupor, se ahogaba de cara al asombro, el mundo le daba vueltas, por lo que introdujo la cabeza entre las piernas. Allí estaba ese individuo, ese ser, esa cosa lampiña observándole con sus enormes ojos huecos carentes de expresión, y que hasta el medio día la consideraba su esposa.    

—¿Quién carajos eres y dónde mier… mandaste a mi mujer?

Fue lo primero que se le ocurrió preguntar. La cosa no pronunciaba palabra, aún a sabiendas que le apuntaba con una Cordova nueve milímetros. Sólo parecía sonreír con esa diminuta boca, en la que estrechó sus labios en tantas noches de pasión. Volvió a indagar por el paradero de la esposa, la criatura se resistía a contestar. Mejor así porque no hubiera soportado la respuesta; entonces se dirigió a la cocina, necesitaba calmarse por lo que agarró una cerveza del refrigerador. La criatura estaba atada fuertemente a una silla gracias a las vueltas de una soga.

En cuanto a su compañera, sabía que era ella, pero sus sentimientos se resistían a aceptarlo. En Génesis alertaban de los altos niveles de radiación producidos por la alta demanda de artefactos tecnológicos y que podrían causar interferencia con el proyector de partículas nano holográficas; más tarde supuso que se trataba del aparato incrustado en su pecho.

Llegó antes que la esposa después de leer el brutal archivo, y preparó una cámara de luces ultravioletas utilizadas para analizar las pistas de los discos duros y comprobar su deterioro al tiempo. Al entrar encendió las luces, ella cubrió sus ojos, algo normal, gritó y hasta expulsó una carcajada; así era ella siempre tomando el lado gracioso a la vida; dio unos pasos, y se convenció que lo descubierto fue sólo una broma de algún hacker que violó la seguridad de los servidores. No había terminado de razonar de esta manera, cuando su esposa se desplomó y dando alaridos y retorciéndose, su fisionomía se desvaneció en una estática muy parecida a la presentada en las pantallas de los televisores de los noventa y que tanto arruinaban nuestros programas favoritos. Una capa de humo cubrió el recibidor, al despejarse encontró esa cosa que amarró a la silla.

El engendro lo miraba y no dejaba de hacerlo, como si estuviera leyendo su mente, todavía sin pronunciar palabras, debido a la incomprensión del habla de nuestra lengua. En eso:

—Tú sabes quién soy y de dónde venimos.

Lo que dijo no lo alteró; más la suavidad de su voz encogió sus fuerzas, aquel timbre le impregnaba una apariencia oculta, mística, como si no fuera su propia voz, sino prestada, ajena a él, quizás el aparato lo dotaba del habla humana.

Por supuesto que sabía su procedencia, de lo contrario no estaría en tales condiciones. Su mundo está muy lejano de la galaxia, ¡sí! Es extraterrestre, alienígena o como quieran llamarlo. A causa de esa respuesta no dudó en ingerir la subsecuente incógnita a la criatura surgida por simple lógica:

—¿A qué vienen… qué desean obtener de nosotros?

La miró fijamente al igual que ella lo hacía; carecía de cejas por lo que resultó  imposible adivinar su estado de ánimo en los semblantes de su rostro. Desconocía si estaba ofuscada o asombrada al mirar, tal vez, al primer humano que descubría sus planes, o si estaba presa de miedo al igual que él. 

—Estamos aquí porque somos inmigrantes…, venimos por el único motivo de sobrevivir.

Según advirtió en el fichero Génesis, emigran en oleadas. La primera inmigración sucedió en los tiempos antiguos en las regiones de Sumeria y Mesopotamia, camuflándose entre nosotros sentaron las bases de la civilización; le enseñaron al hombre primitivo la agricultura, las letras, la arquitectura; preparando, adaptando el planeta a su imagen y semejanza, suplantando nuestra identidad con esos hologramas que copian a la perfección el matiz de nuestros genes.

Viajan por el universo rastreando mundos en que las condiciones de vida fueran óptimas para su estirpe, para luego invadirlos. Aunque dejaban a un lado los esquemas violentos atados a una invasión, porque podría conllevar a la destrucción de los recursos naturales del planeta.

Pero ocurrió un atasco en el cronograma del proyecto durante la edad media, por lo que una segunda oleada se camufló entre nosotros, y desarrollaron nuevas ciencias que cambiaron la forma de pensar de los hombres e impulsaron el progreso. Aquí sus nervios saltaron, si han estado arribando desde temprana edad de nuestra historia, quiere decir, que se han instalado en muchos lugares, por lo que necesitaba conocer la cifra exacta para dar la alerta.

—¿Cuántos son y dónde están?

No se inmutó, pero poco a poco destrabó la hendija que era su boca:

—Somos muchísimos, cientos, miles, millones… Somos el gobierno, somos la policía, somos los militares, somos los maestros, somos los doctores, somos los repartidores, somos…

«¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!» Le gritó tapándose las orejas, y no escuchar su odiosa y maligna voz; luego la encañonó con la Córdova en su esbelta frente, a unos milímetros de presionar por completo el gatillo. Y detalló su reflejo rebosante de ira en el manto negro de sus grandes ojales; como las otras veces fue imposible conocer el sentimiento que la embargaba; estas criaturas eran frías, y hasta quizás carentes de espíritu, pensó mientras la amenazaba y prosiguió reflexionando: que más allá de buscar un espacio de subsistencia con una atmósfera habitable estas criaturas anhelaban conocer las emociones humanos, porque ellos mismo no son más que un cascarón vacío, inerte, carente de vida, tal como se apreciaba en sus ojos, observándole al tiempo que se observaba en sus espejos; y por minutos no alcanzó a reconocerse. Bajó el arma, la criatura lo siguió con su mirada.

Al alcanzar la ventana, separó un par de pliegues de la persiana, y miró al vecino de la casa de al frente, al señor Teherán con su labrador en la terraza espiando hacía la suya; caminando por la cera la señora María empujando el coche de su hijo de un año, no apartaba su mirada de la ventana; el chico Juan en bicicleta repartiendo los periódicos, le seguía; era como si todos supieran que los observaba, que sucedía algo anormal, que había descubierto un secreto prohibido. Entonces lo dedujo, no había nada que hacer, estas cosas ya habían invadido la tierra, no había a quién acudir, porque la raza humana se había extinguido, y él era el único.

«La verdad los hará libres», reflexionó. Pero, ¿qué sentido tenía conocer la verdad, si nadie recibiría el mensaje? Ya era demasiado tarde, mejor hubiera continuado con su existencia insignificante, ignorante de la otra cara de la moneda. Esperando que siguiera su turno para ser reemplazado por un clon andrógino, al lado de su esposa, de su querida compañera con la que vivió emocionantes aventuras, aunque todo fuera una ilusión. Ya no le esperaba nada, más que apreciar el fin de la raza, y contemplar la adsorción del mundo. ¿A caso a esto se le puede llamar libertad? Conocer tan trascendental acertijo para torturar nuestras emociones. El conocimiento es poder. No, el conocimiento es sufrimiento. En fin, qué más da…

En eso al entristecer escuchó en la lejanía la voz de la cosa:

—¿Qué ha pasado contigo…, por qué tú cambio de actitud?

Y se arriesgaba hacer ese cuestionamiento, después de averiguar semejante verdad. «¡Cállate!» Le gritó con el mayor tono que su garganta reseca y atascada con un nudo pudo concebir. Aquel suceso ratificó la idea que había descrito con anterioridad: ellos desconocen las simples emociones humanas, y al cambiar de una cólera destructiva a una melancolía deprimente sus neuronas —que reconoce han de abundar en su vasto cráneo—, los confunde, altera su raciocinio computarizado.

—Esta mañana despertaste feliz, dichoso de la vida… Y ahora…, luces extraño. A caso no me reconoces, mes has olvidado…

 La volvió a callar. Imaginó que su corrupta sapiencia había fraguado un plan de escape, que consistía en confundir su psiquis, empleando técnicas de psicología inversa:   

—Mira lo que haces… A caso has vuelto a recaer…

Esgrimió el arma entre sus ojos desorbitados, y la amenazó con perforar su cráneo si no dejaba de parlotear. Enseguida se acercó a la persiana, y una vez más espió afuera, puesto que tenía la sospecha de que el engendro entablaba alguna especie de señal indescifrable por los humanos para alertar a sus hermanos sobre el contratiempo que padecía. Reconoció que afuera las cosas andaban por su camino; el señor Teherán se había adentrado en su morada en compañía de su perro, la vecina de al lado ocupada con su niño de brazos, los demás peatones, carros y motos continuaban su marcha sin detenerse ante el bullicio del engendro. Para su suerte, no habían detectado que uno de los suyos se encontraba en problemas; o quizá, aquel que ha caído en desgracia, y resultaba descubierto su engaño, le dejaban a su suerte, con el único fin de no comprometer la operación de sustitución. Pero no debía bajar la guardia, ellos pronto entrarían. Y…

—¡Soy tú esposa, recuerda, soy la mujer que amas!...

Le dirigió aquellas palabras el engendro, incitándole a darle una bofetada con el dorso de la mano:

—Sé lo que intentas, tratas de confundirme con psicología barata. Quieres hacerme creer que eres la víctima en todo esto… Crees que no me he dado cuenta, maldita cosa venida del espacio…

Por fin se calló, no la escuchó por alrededor de quince minutos; pero sabía que en ese tiempo mecánicamente elaboraba una segunda estrategia para fugarse del destino que ya había concebido para ella. Sin embargo, debo asegurar, no se atrevía ejecutar. Jamás había arrebatado una vida, ni siquiera a un indefenso animal; aunque entendía con vehemencia que aquello no era un animal, menos indefenso, y tal vez su procedencia no se restringía a la Tierra; no podía asesinarla, su credo de lo ético y lo moral chocaban; pero aún más, esa cosa había sido su esposa por doce años.

Doce años de compartir triunfos y derrotas apoyándose en el hombro del otro. Doce años de romanticismo desenfrenado, desde obsequiarle una simple tarjeta de amor, anticipando el día de los enamorados marcado por las todopodorosas marcas comerciales, pasando por una cena romántica en un restaurante de glamur, hasta surcar los cielos con su nombre dentro de un corazón de nubes rosadas. Cómo se desprende alguien de esos recuerdos tan nítidos; cómo ciegas el corazón ante los hechos que los ojos narran. No podía, no podía matar a la cosa, por muy horrenda que fuese la realidad. Por sobre la penuria, ella seguía siendo su esposa.

—¡Tú eres como yo… Recuerdas!

La escuchó. Escuchó aquella afirmación revoloteando en los muros de la sala, hasta torpedear sus oídos, mente y conciencia. Lo dicho carecía de fundamento; ¿qué eran iguales? Evidentemente la criatura proseguía en su afán de sacarlo de cordura, ahora jugaba con la idea de que ambos procedían de la misma galaxia. Confieso que la ruin afirmación alteró sus emociones, de por sí ya descontroladas. Levantándose del piso le apuntó diciéndole: ¡qué cerrara su cloaca! La maldita lo analizaba, sabía que su labia había atinado en un punto sensible.

—Eres mi compañero… Nos amamos, a caso has olvidado todo lo que hemos hecho por sobrevivir…

Como antes la bofeteó; su táctica trascendía en rasguñar la compasión que, como cualquier humano, guardaba en una porción de su ser. Sin dudarlo afirmaría que su plan hubiera dado frutos, de no haber compuesto una semejanza tan absurda entre los dos. Asegurar que eran iguales; cuando su piel es turquesa, sus manos terminan en cuatros dedos largos, sus extremidades delgadas y ostensiblemente más estiradas, y principalmente, carecía de sentimientos. Este plan, lo admito, le estaba desquebrajando la cabeza, cuando debía estar firme como una piedra sobre aquella postura; pero si había descubierto que inmigrantes extraterrestres nos reemplazaban por ellos, ¿por qué no cuestionar su loable procedencia?

Escuchadle decir esto, que puede ser un alienígena, rebosó la lógica o la irrealidad que lo acogía. La habitación se antojó extraña, ajena a la de siempre entre más pensaba lo pronunciado por el engendro. Y si tenía razón, y todos somos alienígenas invasores, y él sólo es un invasor más venido de otro mundo invasor. No no no sabe quién es y lo qué es, un ingeniero informático que por tonto abrió un loco archivo Génesis y se topó con la idiotez jamás creada, pensó.

—Te cuestionas. Lo sé. Has memoria, recuerda quién eres..., y ven a mí cariño.

Prosiguió la criatura. Pero cierto era, que el mismo Génesis tenía la respuesta al sabor amargo de la duda, en las listas interminables de reemplazos. Aunque éste no podía contestarle, puesto que estaba convencido de la movilización de los engendros para neutralizarle. Seguro que ya venían por él, y de ser cierto que pertenecía a sus filas, no le preocuparía alguna represalia; a no ser que les importara el hecho de que uno de los suyos se encontrase muerto. Sí, le había disparado en la cabeza, y sus sesos volaron por los aires, embarrotando las paredes, muebles, incluso el portarretrato destinado a preservar la foto del matrimonio que yacía en una mesita. Le disparó sin ya importarle que fuera su esposa, le disparó porque no soportó la revelación que lanzó y que coaguló el gusanito de la sospecha en su establecida humanidad; le disparó para no verse a sí mismo en el reflejo de sus ojos vidrioso.

Sí era o no uno de ellos, debía descubrirlo, y la manera más correcta consistía en someterse a un baño de luz ultravioleta, igual al que sorprendió a su difunta esposa, y que reveló su auténtica naturaleza. El miedo corría por sus venas despertado por la inseguridad de quién era. Y si nunca fue humano, y sólo es una cosa que vaga de planeta en planeta alimentándose de los sentimientos que en su cuerpo frágil son mera suposición. Y pensó, «¿qué podía perder?». Su mujer se había esfumado, su mundo era solamente una realidad virtual, en latente soledad, agobiado por el miedo a la certeza.

Caminó al recibidor en donde había instalado las lámparas ultravioleta, que seguían activas dispersando sus peligrosos destellos. Antes, tanteó su pecho en tres ocasiones, intentando conseguir agarrar el proyector de partículas nano holográficas; no obstante, fue tarea imposible. Este percance le trajo cierto alivio, porque al no hallarlo en su cuerpo lo alejaba de la suerte de tener que soportar otra verdad asfixiante, que estoy completamente seguro no hubiera soportado. Pero la satisfacción duró poco. Al parecer esta tecnología, muy avanzada, está incrustada en el cuerpo de los engendros; al alcanzar el cadáver comprobó una simbiosis de talla quirúrgica con el dichoso aparato. La única esperanza de acceder a la verdad la resguardaba la cámara de luz.

Con cada paso los rayos dormían sus ojos, y su piel chillaba por el calor circundante. Tenía miedo, no a las quemaduras, sino por lo que estaba a punto de afrontar. A tres pasos su cabeza no dejaba de asestar media vuelta deteniéndose a contemplar al engendro apostado a la silla; dentro de unos minutos ese podría ser su aspecto. La luz ya titilaba en sus dedos, en su mano, en sus pies, sentía su cosquilleo; pronto una sed cubrió su garganta, y tuvo la necesidad de escapar y buscar agua en el refrigerador; pero no, la sed la saciaría con la verdad irrefutable de quién era. Los rayos bañaron su cuerpo, ardían, más en los ojos, dentro de segundos la máscara se evaporaría, o no, y sólo luciría unas quemaduras de tercer grado. Pero el miedo hacía insoportable la espera. Contemplaba a su esposa mientras recibía la descarga, y la espantosa nostalgia jugó con el pasado: la vio llegar sonriente, emanando alegría, y luego desvanecerse en aquel engendro. La verdad los hará libres, repitió en su mente, pero la ignorancia los hará feliz, afirmó, llevándose la pistola a la sien.  


                                                                                                                                                                                             

                                                                                                                                                                                             Ferreol von Schreiber Beckenbauer




Imagen de la portada: Nickpi (www.flickr.com).