PAY DE CALABAZA

Pay de calabaza #SweekStars2018relatos

PAY DE CALABAZA

Tradición y costumbre no son lo mismo, pero si llevas haciendo la misma cosa en la misma fecha por mucho tiempo, podrías empezar a considerarlo una tradición. Y para Jonathan y sus amigos se había convertido en tradición de Halloween el competir por quién podía conseguir la mayor cantidad de dulces en la colonia. El ganador se llevaba la mitad del botín del resto.

Tenían apenas seis años cuando iniciaron. Esa noche, el barrio se vio invadido por siniestras criaturas corriendo de un lado a otro; demonios y fantasmas, pequeños zombis y vampiros, culminando siempre en casa de Jonathan, considerada también punto de partida por su conveniente posición en una esquina. Y ahora con doce años, Jonathan sabía que ésa sería quizá la última noche en que su tradicional competencia de Halloween se llevaría a cabo, antes de que fueran considerados demasiado grandes para pedir dulces.

Aunque tampoco era de extrañar. A través de los años había visto reducir su grupo drásticamente hasta los cuatro que quedaban en la actualidad, listos para la que sería su última carrera. No había sido a causa de un proceso natural en que los niños van cambiando, creciendo y separándose, sino por motivos más tajantes a los que nunca hallaron explicación. Cada año que realizaban aquella competencia, un niño desaparecía. Ya fuera del grupo, ya fuera de la colonia en general, al final de la noche unos padres no volvían a ver a su hijo.

El pequeño Benji fue el primero, con su improvisada sábana, dos agujeros por ojos y una cangurera que la mantenía pegada a su cuerpo para que no revoloteara con el viento al ir corriendo de casa en casa, con la cangurera abierta para meter los dulces que pretendía mantener fuera de competencia. Sólo encontraron la sábana atorada en unos matorrales cerca del parque, con unas pequeñas manchas que parecían tener forma de manitas, pero del niño ningún rastro. Hubo toque de queda por varias semanas, pero eventualmente todo volvió a la normalidad. Hasta el siguiente año, en que otro niño desapareció.

El último había sido Roger, apenas un año atrás. Sus padres habían accedido a proporcionarles celulares a todos para monitorearlos de forma constante. Todo parecía ir bien hasta que perdieron contacto con él. Su celular fue hallado en las cloacas junto con la máscara de Darth Vader que portara tan orgullosamente unas horas antes, y de nuevo hallaron manchas parecidas a manitas.

Reunidos en el porche de la casa, los cuatro niños intercambiaron los transmisores que habían conseguido para esa ocasión, decididos a llevarlos encendidos todo el tiempo para saber en qué estaban metidos.

—¿No te parece que ese disfraz es un poco insensible de tu parte? —dijo Jonathan al entregar su transmisor al incorregible Pedro.

—¿Qué tiene de malo? Es totalmente apropiado para Halloween. Al menos yo sí vengo disfrazado —respondió Pedro, guardando el transmisor en un bolsillo y levantando el rostro pintado de blanco, con el traje de payaso victoriano ajustado en los puños y el cuello con encaje.

A Víctor y Emil les pareció gracioso bajo sus máscaras de Freddy y Jason, pero Jonathan meneó la cabeza con desaprobación antes de colocarse los lentes. Se había cansado de repetirles que el detective Conan era un personaje real y no se lo había inventado, pero por más que intentaba, nunca conseguía que vieran alguna de sus recomendaciones.

Finalmente partieron para empezar la competencia. Cada uno empezaba por un lado diferente de la manzana para no toparse en la misma casa y echaban mano de todo su encanto infantil para conseguir más dulces de los que les ofrecían.

Había, sin embargo, una casa que nunca visitaban, justo a mitad de la calle y con un pórtico que parecía el hocico de una bestia con las fauces abiertas, listas para cerrarse en cuanto alguien se atreviera a cruzar sus límites. La primera y única vez que Jonathan había pasado a pedir dulces fue en la primera noche de competencia y lo acompañaba su padre. Quien les abrió fue un hombre extremadamente alto y fibroso llamado Bartosz, con un marcado acento extranjero y cara de pocos amigos, que se limitó a negar con la cabeza y dar por excusa que en su país no celebraban Halloween. Pero mientras lo decía, se llevaba a la boca un enorme pedazo de pay de calabaza que sostenía en un plato, y que Jonathan supiera, aquél era uno de los postres más tradicionales de Halloween, pero no se le ocurrió ponerlo en entredicho. Al interior captó destellos de cajas desperdigadas y sin embalar, algunas apiladas encima de las otras, y un intenso olor a calabaza mezclado con un acre olor a humedad y a cera quemada que le pareció insoportable al cabo de unos minutos.

Con sólo tirar de la camisa de su padre fue suficiente para hacerle saber que deseaba marcharse, no sin antes llevarse un último recuerdo que lo perseguiría en los años por venir, cuando el hombre acercó sus larguiruchos dedos con olor a calabaza hacia él para picarle le mejilla, y extendió en su rostro una tétrica sonrisa llena de dientes cariosos y amarillos. Desde entonces no volvió a comer pay de calabaza y se sentía enfermar cuando sus padres aparecían los siguientes días con este postre, en una caja sellada con cera.

Aún ahora podía percibir el olor del pay y la humedad mientras cruzaba la calle para evitar pasar por esa casa. De reojo podía ver la fachada como enormes fauces con columnas por colmillos, abiertas como una trampa para incautos, y tras los ojos de las ventanas una alta silueta asomándose por las cortinas, con aire suspicaz. La única casa que ya parecía su propia decoración de Halloween sin proponérselo.

Tocó el timbre de la casa del frente mientras seguía vigilando la otra con cautela. La cortina se movió y la silueta desapareció, pero Jonathan continuó inquieto, como siempre que tenía un vistazo directo a aquel lugar.

—Hola, queridito, imagino que vienes por golosinas.

Una anciana de rostro amable abrió, poniéndose sus lentes y acercándose más para verlo mejor. Madame Olivia era muy querida en la colonia, y también muy conocida por sus deliciosos postres que siempre compartía con sus vecinos. Vivía nada más que con su gato y una extensa colección de muñecas de la época en que su familia poseía una fábrica de juguetes. Pero los tiempos habían cambiado y con ellos el giro del negocio, y ahora eran sus hijos y los hijos de sus hijos los que se hacían cargo.

—Me temo que ya no me quedan muchos dulces. Ya han pasado varios de tus amiguitos. Pero hice unas trufas de chocolate con nuez que seguro te encantarán.

Jonathan aceptó lo que le ofreciera, de modo que mientras la anciana vertía en su saco los dulces, él volvía la vista hacia la casa del frente, casi esperando ver nuevamente aquella larga silueta recortada en la cortina.

—Pareces algo nervioso, querido. Cualquiera diría que huyes de algo.

Antes de que Jonathan pudiera responder algo, su transmisor resonó con las voces de sus amigos.

¡Le tiene miedo al yeti polaco! —se mofó Pedro, con una risa que casi parecía un relinchido, coreado por otras risas mezcladas con la estática de la transmisión.

¡Y que salga a ofrecerle pay de calabaza! —lo secundó Víctor.

Jonathan bajó el volumen del transmisor con un gruñido y trató de empujarlo más en su bolsillo.

—Ah, parece que no vas tan solo después de todo —comentó la anciana con curiosidad, sosteniendo la bandeja de los dulces ya vacía.

—Es sólo una garantía de seguridad. Por las desapariciones de años pasados.

—¡Oh, sí, sí, qué cosa tan terrible! Diría que el mundo se ha vuelto más peligroso en estos tiempos, pero mentiría si dijera que en mi juventud las cosas eran muy distintas. ¿Quieres escuchar una historia, jovencito?

Jonathan vaciló; era la última casa que le tocaba visitar antes de volver a la suya y reunirse con sus amigos, pero la curiosidad era mayor.

—Tendría unos años menos que tú en ese entonces, pero al ser la mayor de mis hermanos debía estar siempre vigilante cuando salíamos. En esa época no celebrábamos Halloween, sino el día de todos los santos, pero el ambiente era muy parecido. Los niños desfilaban por las calles vestidos y pintados de blanco, llevando velas encendidas para representar las almas de los muertos, y de esa forma visitaban cada casa; si les daban algún dulce a cambio, apagaban la vela en la puerta para simbolizar el descanso de sus espíritus familiares.

—¿Y si no se los daban? —interrumpió Jonathan con ojos muy abiertos, amplificados aún más por los lentes.

—Entonces venía el truco —respondió la venerable anciana, tocándose la nariz—. Dejaban la vela encendida en la puerta y se marchaban. Muchos afirmaban luego escuchar ruidos extraños durante la noche, y al año siguiente no ponían objeciones al momento de repartir los dulces. Ése era el trato. ¿Te cuento ahora un secreto? —La abuela se inclinó un poco más, ayudada de su bastón, y bajó la voz para que sólo Jonathan la escuchara—. Esos mismos niños se escabullían por la noche para asustar a quienes se negaron a darles dulces, asegurándose así que lo hicieran el siguiente año. Ingenioso, ¿verdad? Yo misma lo hice un par de veces. Aunque las cosas se complicaron cuando los niños empezaron a desaparecer.

Jonathan parpadeó con sorpresa. Entonces ya había pasado antes. ¿Tendría acaso alguna relación?

La anciana dio un suspiro y meneó la cabeza con pesar.

—Fueron tiempos oscuros. Y si algo me lo recordó, fue el pay de calabaza. Los días siguientes a las desapariciones, casi todos los vecinos recibían cajas con pay de calabaza. Todos los años era lo mismo. Y nadie hubiera establecido jamás conexión alguna hasta que alguien encontró un diente en su rebanada. Hubo un gran revuelo en aquella época. Las calles se llenaron de policías y reporteros tras descubrirse que la calabaza no era precisamente el único ingrediente en esos pays.

El niño se estremeció ante la imagen que conjuró su mente. Pero aquél era un caso que debía tener como 80 años, era imposible que estuvieran conectados.

—¿Sabían quién enviaba los pays? ¿Alguna vez lo atraparon?

—Nadie sabía de dónde provenían, pero todos daban por sentado que se trataba de alguno de los vecinos. Si finalmente lo descubrieron, ya nunca nos enteramos, pues a finales de ese mismo año nos mudamos.

Jonathan pensó y pensó. Algo de las cajas había encendido una chispa en su cerebro. Cajas de pay de calabaza, como las que recibían sus padres y otros vecinos todos los años después de Halloween.

—¿Recuerda si las cajas tenían algún símbolo en especial?

—¡Caray! No que yo recuerde, pero todas estaban selladas con cera.

Jonathan sintió que se quedaba sin respiración. Sellos de cera como las cajas que aparecían en sus puertas todos los años. Como la cera quemada que olió aquella vez en la casa del frente, y las cajas sin embalar en su interior. Y el intenso olor a calabaza y humedad. No tenía duda. ¡Era él!

Ni tardo ni perezoso, se despidió de la anciana y fue corriendo hacia su casa. No había tiempo que perder. La noche aún no había terminado y si no hacía algo pronto, aún podía desaparecer otro niño antes de que se dieran cuenta. En el cobertizo no vio a ninguno de sus amigos, lo cual le dio muy mala espina. Sacó el transmisor de su bolsillo y al volver a subirle el volumen escuchó gritos aterrados. Entró corriendo a la casa y sin dar explicaciones, tomó el teléfono de la cocina ante la mirada confundida de su madre que preparaba la cena. Y más confundida aún al escucharlo hablar con la policía.

Luego salió corriendo a toda prisa y volvió finalmente al lugar de sus pesadillas: la casa con las fauces en la entrada. La fachada estaba en calma y no se escuchaba ruido alrededor. No había silueta en la ventana ni nadie asomándose detrás de las cortinas. Pero si sus amigos estaban ahí dentro, tenía que conseguirles tiempo.

Se armó de valor y se introdujo con sigilo en las fauces de la casa bestial. Revisó las ventanas y la puerta buscando una forma de entrar, pero era inútil, toda entrada parecía sellada a cal y canto. Rodeó entonces la casa, verificando cada ventana que encontraba en su camino hasta llegar por fin a la puerta trasera. Ahí tuvo suerte, encontró una llave de repuesto bajo una maceta.

Se adentró entonces en un mundo oscuro de olores mohosos. Por más cautela que llevara, no dejaba de tropezar con cajas que parecían llevar ahí acumuladas por años. Por el poco de luz que llegaba del exterior, alcanzó a reconocer en algunas el sello de cera, empolvado y raído por el tiempo.

—¡Pedro! ¡Víctor! ¡Emil! —Llamó con susurros, pero no recibió respuesta. El silencio resultaba tan estremecedor que deseó salir corriendo de ahí, aún si significaba abandonar a sus amigos a su suerte. Pero al final no lo hizo, debía continuar. Quizá los tenía atrapados en el sótano y por eso no podía escucharlos.

Jonathan se abrió camino a tientas, atento a cualquier sonido, tratando de ignorar el intenso olor conforme más se internaba en las entrañas de la casa. Entonces escuchó unas rápidas pisadas de un lado, y luego del otro. El pánico se apoderó de él y sus propios pies trataron de conducirlo de vuelta hacia la puerta, pero ésta fue cerrándose con un chirrido que le heló la sangre. Y peor aún, pues a contraluz se recortaba una alta silueta que bloqueaba su única salida.

La enorme figura dio un resoplido como de toro a punto de echarse a la carga, y Jonathan no esperó a la embestida. Al instante corrió dando tumbos con las torres de cajas, derribándolas para crear un camino de obstáculos mientras seguía en línea recta hacia la puerta principal. Casi podía sentir el aliento rancio de aquel sujeto en la nuca, gruñendo como bestia salvaje, y cuando aquellos dedos larguiruchos lo sujetaron del pelo y tiraron de él hacia atrás, sus lentes salieron volando hasta aterrizar en algún lugar de aquel basurero. Jonathan se arrastró entonces por el suelo, valiéndose de las cajas para burlar a su perseguidor. Se deslizó como si estuviera cubierto de mantequilla por el suelo hasta la puerta, pero aún tenía que abrir todos los pasadores antes de que la bestia lo alcanzara.

Cuando desbloqueó el último pasador, ya casi tenía aquella mole encima, dando un grito que parecía más un rugido de un depredador, y Jonathan tiró con fuerza de la puerta, lanzándose al exterior como si la vida se le fuera en ello, y con aquél monstruo pisándole los pies podría ser el caso.

Lo recibieron varias luces y armas apuntando en su dirección; fue tal su sorpresa que tropezó y cayó en la empolvada alfombra de bienvenida que bien podría pasar por la lengua de la monstruosa casa. El descomunal dueño salió detrás de él hecho un energúmeno y levantando una pala en alto, pero al grito de “¡Quieto ahí!” y la pronta intervención de la policía, se detuvo en seco.

El vecindario se lleno pronto de curiosos mientras la policía acordonaba el lugar y se llevaba al sospechoso. Jonathan se ponía de puntillas, intentando captar algún vistazo de sus amigos hasta sentir que tocaban su hombro y descubrir a los tres justo ahí, detrás de él.

—¿Qué es todo este alboroto? ¿Por qué tardaste tanto? —preguntó Pedro como si nada.

Jonathan los miró como si fueran un trío de espectros salidos del infierno. Habían estado escondidos en su cochera todo ese tiempo y sólo querían jugarle una broma con los gritos. ¡Muy graciosos! Pensó él. Pero al menos su pesadilla había acabado. El culpable de tantas desapariciones había sido finalmente atrapado. Y Jonathan se sentía orgulloso de haber ayudado en su captura.

Lo único que les quedaba por hacer esa noche era contar los dulces y declarar un ganador, y cuando ese telón ya había bajado, y de la última caza de dulces ya sólo quedaba el botín, Jonathan sacó al azar una de las trufas de chocolate de la anciana. De no haber sido por ella, no habría resuelto aquel misterio. Y ni siquiera le había dado las gracias. De modo que guardó sus bien ganados dulces y salió.

El alboroto en la calle había disminuido en cuanto la policía se marchó y ya sólo quedaba la casa acordonada, en espera de las pruebas periciales. Tocó la puerta de enfrente, ya sin el peso de imaginar a alguien espiándolo detrás de esas cortinas.

—Hola, queridito, ¿olvidaste algo? —Lo saludó la anciana al abrir, sosteniendo esta vez una taza de chocolate caliente.

—Sólo quería darle las gracias por lo de hace rato. Me fui tan rápido que lo olvidé.

—¡Oh, descuida! A tu edad yo también corría de un lado para otro. Y con todo el jaleo de esta noche, imagino que ni tiempo habrás tenido de pensar en otra cosa.

La anciana dio entonces un sorbo a su taza con tanto gusto que a Jonathan casi se le hace agua la boca.

—Discúlpame, hijito, pero qué mala educación la mía. ¿Te gustaría una taza de chocolate? Lo acabo de preparar.

Aunque sólo había ido a dar las gracias y sus padres no tardarían en llamarlo para la cena, no podía negarse a una buena taza de chocolate casero. La anciana lo hizo pasar a la sala y mientras ella iba a la cocina, Jonathan contempló la enorme colección de muñecas, puestas en estantes, tras exhibidores de cristal. Todas con ojos de canicas fijos en un punto perdido en el espacio. Lo hacían sentirse observado e inquieto. Y luego estaban sus manitas, apoyadas en los cristales como si fueran a empujarlo. Manitas tan pequeñas como las huellas en la máscara de Darth Vader…

Jonathan sintió que algo rozaba su pierna y casi dio un salto del susto, aunque el gato de la casa ni se inmutó, sólo se desperezó a sus pies, volvió a restregarse en su pierna y siguió su camino hacia las escaleras. Sin embargo, el alma de Jonathan estaba ya en fuga. Volvió a levantar la vista con el corazón golpeando su pecho y le pareció que los ojos de las muñecas ahora estaban fijos en él. A punto estaba de echarse a correr cuando volvió a escuchar a la anciana a su espalda.

—Te traigo el chocolate, querido, y algo más que estaba preparando. Tienes que probar mi tradicional pay de calabaza.

FIN