09:49

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El Dr. Felman y yo nos veíamos cuando era debido. Sin seudomodales o cortesías innecesarias, hablábamos —aunque yo prefería no hacerlo— y conocíamos lentamente sobre el otro. Lo que compartíamos entre esas cuatro paredes no era tan común o esperado. Si bien se medía entre preguntas estudiadas, viajes al pasado y la permanente sensación de que estábamos ocultando algo —algo que aunque no quisiéramos, aunque no debiéramos, le ocultábamos al otro.— Era más que eso, más profundo; y sobre todo sutil. Supongo que así son las relaciones entre un paciente y su doctor. Así son desde el otro lado.

Jamás creí que necesitaría uno. Un psicólogo de mi renombre y clase, ¿asistiendo a sesiones de otro al que ni “colega” puede llamar? ¡Rídiculo!


Es tan irónica la vida que les cuento esto, desde su oficina, escribiendo en su propia máquina de escribir, gastando su tinta y desperdiciando sus hojas—y los árboles que murieron para fabricarlas—, bebiendo de su café, el cual está asqueroso, por cierto. Todo ésto a las 04:37 de la madrugada, justo cuando, en invierno, el sol está inseguro de si salir o no. Tal vez porque sabe cómo es el mundo y prefiere no seguirlo en su horripilante e insignificante existencia. Tal vez porque es invierno, y nuestro hemisferio está menos inclinado al Sol, haciendo al día “tardar más en llegar”.


El frío me calma. Espero que también al helado cuerpo que yace sobre el suelo caoba. Descansa sobre su propia sangre y le da el único detalle distintivo a la habitación.


No quiero sonar insensible, pero le da cierto toque interesante.


Quizá sea mejor que el día llegue más tarde. Porque cuando llegue, la monotonía comenzará. La señorita Podel atravesará esa puerta con una taza de café descafeinado—porque Felman odia el café— se aterrorizará ante lo desconocido, y hará lo predecible; los hombres de uniforme llegarán y harán lo suyo. Estas páginas se escaparán por la ventana; o serán archivadas como “evidencia” en una caja marrón y aburrida.


¿Y yo? ¿Dónde estaré yo?


Bueno, antes de pensar en el futuro, debemos recordar el pasado. ¿Cómo un hombre de mi renombre y clase, llegó a tan irónica situación?


El 16 de septiembre comencé mi jornada normal, exactamente a las 08:37, esperando a mi paciente hasta las 09:49; cuando una mujer interrumpió mi ocio.


— ¿Dr. DeWitt?— lucía tan preocupada, algo le atormentaba y yo sentía que podía saber qué.


— Señorita.—


Debo decir que no estoy seguro de si alegrarme porque aquel día no asistiera mi paciente. Imagino que entenderán cuán diferente pudo haber sido mi historia si no hubiera conocido aquella mujer; cuán diferente pudo haber sido si aquel día mi paciente se hubiera presentado —sabrán que no hubiera permitido la interrupción de una sesión—. Diría que no habría historia alguna que contar; no al menos conmigo como su intérprete.


Comenzamos a vernos todos los martes. Luego, los miércoles y sábados. Después de unas semanas, los jueves también se hicieron más interesantes. Hasta que cada uno encontró pequeños huecos en su agenda para juntarnos. Hablábamos por horas, o a veces solo permanecíamos en silencio, pensando. Cuando ella hablaba, me contaba tantas cosas, que apenas si podía seguir el hilo de la historia. Ella transmitía, emitía, me daba su visión del mundo. Yo reflexionaba, escribía y comentaba. Creo que ella intentaba meterse en mi cabeza, conocer cada rincón de mi mente. Nunca me hizo una pregunta, ni una sola pregunta sobre mí. ¿Quién era? ¿Dónde vivía? ¿Había algo que me gustaba o que no? ¿Tenía aspiraciones, sueños? ¿Había alguna vez sentido la crueldad del amor? Sin embargo, siempre tuve esa extraña sensación de que la que me analizaba, era ella.


Jamás había conocido a alguien así. Su aroma a vainilla impregnaba toda la habitación. Era tan común, tan predecible; vivía la vida que todos viven. Sus labios rosados te transmitían frío del solo verlos. Pero había algo en ella que me inquietaba, esa pequeña gota de tinta en el agua. Siempre vestía ropa azul. Curioso, ¿no?


Nunca me había enamorado. Y estoy casi seguro de que tampoco lo hice esta vez. ¿Cómo explicar la necesidad de estar con alguien? Sin razón lógica, sin fundamentos o motivaciones racionales. Lo que sentía por ella era un impulso, un vicio.

Un día llegó vestida de rojo. Me contó sobre su nuevo collar. Lucía más cálida en ese color. Dijo que se lo había regalado su nuevo n o v i o. Era raro verla así. Era poco interesante, aburrido. No me gustó. Bostecé y bostecé. Miré la hora. Le repetí “¿crees que eso es lo mejor para ti?” “los cambios son buenos” “me alegra que estés progresando”. Se hicieron las 19:01. Le dije el monto que debía pagar; aunque nunca le había cobrado después de las primeras citas.


— Entiendo. —


Pude ver su nueva y nítida luz  apagarse cuando se percató. Sus labios decepcionados, su mirada perdida.  Sentí que se me había escapado mi último suspiro cuando apartó sus ojos de mí. La miré, pero ella solo me dio el dinero y se marchó.


— Gracias, Dr. DeWitt. —


Algo dentro de mí lo entendió. Y sin embargo todo lo demás lo ignoró. Ustedes no comprenderían.


Yo tampoco lo comprendo.


¡Con tantas visitas por supuesto el valor sería tal!


¿O había ella pensado..? ¿Acaso yo me confundí?


¿La analicé? ¿La ayudé? ¿No soy su psicólogo?


No asistió a nuestra siguiente cita. Ni a la siguiente a esa. Tampoco a las que le seguían. Pasaron dos semanas y no supe porqué me importaba tanto. Creí que era capaz de leer a cualquiera; supongo que a cualquiera menos a mí. Quizá no quería. Quizá muy dentro mío sabía que todo era mejor así; sin explicaciones.


Mis días se volvieron muy largos. Había dejado a todos mis pacientes por ella. ¿Familiares, amigos? ¡¿De qué sirven en una situación así?! ¡No podía decirles nada! Ellos no comprenderían. Me creerían loco.


Tuve que recurrir por ayuda. Todo en lo que pensaba era en ella. Comencé a ver al Dr. Felman; ya nada importaba con tal de poder hablar con alguien. No buscaba que me ayudara, que me dijera que la superara; solo quería sentir lo que sentí con ella. Por eso nunca se la mencioné. No le hablaba de mí, no quería hablar. Quería escucharlo, incluso aunque no tuviera nada para decir. Pero esta vez yo era el paciente y tuve que actuar como tal.


A veces inventaba algunas simples historias, solo para contarle algo y luego preguntarle “¿Y tú qué hubieras hecho?”. Pero realmente no funcionaba. ¡Nada lo hacía! Esperaba todo el día para poder ir a su oficina y una vez allí no podía ver la hora de salir.


El tiempo pasaba lento.


El 19 de diciembre una mujer entró por mi puerta. Interrumpió mi ocio otra vez.


— ¿Sr. DeWitt? —


Estaba vestida de negro. Mi corazón se aceleró. Jamás la había visto tan pálida. Vi la hora y marcaba las 16:34. Se sentó pero no dijo una palabra. Sentí calma. Me miró. Me sentí completo. Lloró.


El Dr. Felman es un hombre poco interesante. Incluso muerto se ve aburrido.


¿No creen que el mundo es irónico?


¡Tan irónico!


Quién diría que al hombre al que estuve viendo por meses como único rayo de esperanza; había sido quien me la había arrebatado en primer lugar. ¡Pero tan maravilloso es el mundo que él mismo fue quien me la devolvió! Debería agradecerle, pudo haber sido más rápido, pero está bien. Rompió un corazón para poder salvar el mío. ¿Lo habrá él sabido?


¡Estaba tan contento! Pero ella no podía saberlo.


Le expliqué que lo superaría, le dije que las separaciones siempre son duras. ¿Por qué me dio su nombre? Me sentí tan cercano a ella. ¿Esperaba algo de mí? La vi llorar por mucho tiempo. Ella no sabía que yo lo conocía. La abracé; estaba tan fría. Lo entendí.


Aquella noche; luego de que se fuera, me quedé en mi oficina sentado un rato. Pensé y pensé un poco más. Se hicieron las 22:15 y tuve la respuesta.


No necesitaba mucha preparación, me bastaría con una navaja y un poco de puntería.


Toqué la puerta del consultorio del Dr. Felman y atendió enseguida. Temía que no estuviera. Habían pasado dos minutos de las 23:00. Sin embargo, él siempre salía un poco más tarde. ¡Agradezco por su inpuntualidad!


— ¿Qué hace aquí? —


— Lo necesito. —


¿Dirían que mentí? No lo necesitaba, es verdad. La necesitaba a ella. Pero si lo tenía a él, la tendría a ella. Estoy. Seguro.


— Es muy tarde, podemos hablar mañana. —


— Es urgente. Será rápido, lo prometo. —


Agradezco tanto la poca firmeza de ese hombre.


¡Le agradezco todos sus defectos!


Me senté en el diván y observé mi alrededor. Medité, respiré. Me preguntó qué sucedía.


— Es difícil de explicar. —


Toqué la navaja de mi bolsillo. El filo estaba frío y me recordó a ella. Miré al Dr. Felman y me recordó porqué estaba allí. No porque lo hubiera olvidado, sino porque me motivaba. Me daba la razón para hacerlo. ¡Les aseguro que no hay nada de ilógico en ella!


— Si vino aquí es porque quiere hablar. —


El doctor largó un bostezo evidencia de su somnolencia. ¡Era el momento perfecto! Mi corazón empezó a acelerarse. Me sentí tan cerca de ella. Me sudaban las manos. Se me secó la boca y todo lo que quería hacer era gritar. Mis latidos eran tan fuertes, ¡no podía ni pensar! ¡Palpitación tras palpitación! ¡¿Acaso puede el amor doler más?! ¡Sentí que el corazón saldría de mi pecho!


De un salto me incorporé, y con un solo movimiento arrojé mi brazo hacia su rostro. Un hilo de sangre empezó a caer por su mejilla. Gritó. Mi corazón explotó. Clavé la navaja en medio de su garganta.


Sentí.


Calma.


Sentí…


Paz.


Estoy feliz. Porque lo hice por ella. Por fin. Me lo pidió y se lo cumplí. Me siento tan cerca. Me siento tan frío.


No importa qué pase ahora,


porque estaré con ella.