A medianoche

A medianoche

A medianoche

El golpeteo en la puerta de la casa seguido por un llamado extrañamente familiar hizo que se sobresaltara en su cama. Se levantó lentamente, evitando hacer ruido, y de puntillas se dirigió hasta la puerta principal para ver quien lo molestaba a esas horas de la noche. Lo que antes era odio, se convirtió en pánico cuando vio su figura a través de la mirilla. No podía creerlo. Otro golpeteo aún más fuerte e insistente que el anterior lo hizo retroceder.

-Sé que estás ahí- dijo su vecina con una voz deformada y grave- Abreme la puerta.

Siempre que quería reclamarle algo, no dudaba en ir a fastidiarlo y regañarlo por horas cualquier sea el problema. Fueron tantas las veces que la señora había ido a quejarse absurdamente, que despertó en él una furia y rabia torrencial que habían de terminar con su paciencia. Sin embargo, ahora notó que su voz sonaba inusual, lúgubre y apagada.

Quedó desconcertado y petrificado de horror frente al portón. Segundos después percibió como su vecina se asomaba por la ventana de la sala, pobremente cubierta por la delgada y traslúcida cortina. A punto de desfallecer, corrió como pudo a buscar la pala que había dejado en el armario, y se estremeció al no encontrarla ahí. Sigilosamente, le echó un vistazo a la silueta en la ventana. Era imposible, no podía estar viva, se había asegurado de ello cuando la enterró en su patio trasero el día anterior.