Una nube

Una nube

Una nube

Me detuve.

Había una nube en el piso. Justo al lado del tacho de basura. Tenía la tapa abierta, enorme y gris. Olía mal. Asomaban las ramas de un árbol, asfixiado por el alcohol y las latas de aerosol.

Había una nube en el piso. Rodeada de collares y peluches y pulseras. Me acerqué, en silencio, como si tuviera miedo de asustarla. Cuando en realidad era otra cosa lo que me preocupaba. La toqué. No imaginé que iba a ser así. Era de color blanco y estaba limpia. La guardé dentro de la bolsa y me fui a casa.

El barrio de los claveles de papel crepe dormía la siesta de los domingos. El cielo estaba nublado y hacía mucho frío. Llevaba puesto un gorro de lana y unos guantes del mismo color. Grises, como las nubes sobre mi cabeza. Había cientos de ellas. Eran tantas que parecían una sola. Pobrecitas. Todas iguales. Eran grises como el abismo en mi interior o la nada misma que de seguir contemplando, me dejaría ciega.

Entonces me detuve a ver el cielo. Alcancé a ver un pequeño hueco. En aquellos días de invierno, sentía que podía tocarlo con mis manos. No era una metáfora. Era real la sensación de estar atrapada. Incluso en la calle. Sólo el viento en la cara me devolvía la calma. Él era el viento, también. Y sus brazos, la libertad.

Había un hueco en el cielo de color celeste. Pero no parecía como si faltara algo. Mas bien, el resto estaba de más. Miré la nube en la bolsa y seguí caminando. Estaba llegando tarde.

Mi vecina sonrió al verme, pero no dijo nada. La indiferente amabilidad diaria. El ascensor cerró sus puertas y me apoyé contra el espejo. Ella no se miraba a través de él, miraba sus manos. El silencio parecía incomodarla. La música empezaba a sonar más fuerte en mis oídos. Me pregunté si él ya estaba en casa.

Toqué timbre, por costumbre, justo antes de abrir la puerta. En un sitio tan pequeño como el nuestro, lo vi enseguida. Estaba de espalda, hablando por teléfono. Yo dejé las bolsas sobre la mesa y me dediqué a mirarlo. De alguna forma, me recordaba a mí. Quizá porque no podía quedarse quieto al hablar.

Sonrío al verme, justo antes de cortar.

—Encontré una nube.

—¿Cómo una nube?

—Una nube, boludo.

Y me miró, levantando una ceja. Siempre me gustó aquel gesto.

—No importa todas las veces que lo repitas, no ayuda a entender lo que me decís.

La saqué de la bolsa y se la mostré.

—Ah, una nube.

—Sí.

—De madera.

Pintada a mano, pensé. Alguien incluso la había lijado y barnizado. Se sentía casi suave al tacto. No entendía cómo luego de aquella dedicación la habían tirado. Sentí que era parte de algo mucho más grande. Volví a recordar los peluches en la calle.

—¿Qué vas a hacer con eso?

—Todavía no lo sé. Dame tiempo.

Él me miró, serio. Pero sólo un poco. Luego sonrió.

—Tenés que dejar de levantar todo lo que te llama la atención.

—¿Por qué?

—Porque no todo tiene un propósito.

—Eso es algo que yo diría.

—Lo sé —dijo, y me besó—. A veces, sólo te escuchás a vos misma.

Entonces sonó el teléfono.

—Dejala ahí arriba. Después vemos qué hacemos.

—Dale.

Dejé la nube sobre el escritorio. Al lado de la paleta de colores. Al lado del sol.