La oportunidad

No debes temerle a los monstruos

La oportunidad

Tenía miedo.

Cada vez que recordaba que la luz de la ventana acariciaba su piel áspera trataba de encogerse más y más en la oscuridad.

Oscuridad que la hacía temblar de frío por el contacto con el suelo siempre helado, un precio que no le importaba pagar a cambio de que la protegiera de los ojos que la miraban.

Eran muchos. Y disfrutaban espiarla acurrucada, saboreando su temor.


Por desgracia también tenían oídos, que la hacían preocuparse, aún cuando estaba sumergida lo más que podía en la negrura, de que la notaran por el tintineo de sus dientes chocando por el frío y de sus garras por lo temblorosas que el miedo le ponía las manos.


Trataba de contenerse, prestando atención a los sonidos para asegurarse de que tantos oídos no la escucharan, cuando notó un golpe que, aunque fue ligero, la puso tensa y la hizo olvidar sus propios ruidos y la luz que de nuevo se posaba sobre su piel.


Era algo que había caído del mueble junto a la cama debajo de la cual ella estaba escondida. 


Quería levantar la mirada para saber qué lo había causado, pero el miedo la detuvo, rígida y temblorosa, con la respiración agitada.


Antes de que pudiera recordar que debía guardar silencio y ocultarse más, otro objeto cayó desde otro lado de la sombría habitación y rodó hasta ella, que subió el rostro sorprendida, no por el objeto, que era una pelota cualquiera, sino por el monstruo que la había tirado de una repisa y que la miraba fijamente.


Era alto y delgado, con las garras libres surcando el aire del cuarto.


Esperó con todas sus fuerzas que la oscuridad la ocultara más de lo que siempre lo había hecho, no quería pensar en nada más que en sus negros brazos rodeándola.

Pero no podía apartar sus ojos de los de Expectativa.


─No, no pienses ─se dijo a sí misma en voz alta, pero ya no tenía caso, había recordado el nombre del monstruo y no faltó mucho para que recordara el suyo, Duda.


Notó que Expectativa pensaba lo mismo que ella, pero lo disfrutaba, lo podía ver en sus ojos, penetrantes y brillantes, que le suplicaban que se dejara llevar por sus pensamientos.


No, ella quería encogerse y solo preocuparse por la luz y el ruido.


Pero estaba sumergida en el encanto de Expectativa, por lo que recordar el ruido de sus manos temblorosas la hizo darse cuenta de que tenía garras y más tarde no pudo evitar sentir sus largas alas contenidas por la base de la cama. 


Para entonces Expectativa ya sabía qué idea le vendría a Duda después de haber recobrado la conciencia de sí misma, pero no quería esperar, ya que sentía como la reprimía por como apretaba el entrecejo, así que pensó en darle una motivación.


 ─¿Por qué te escondes? ─su voz era dulce, seductora.


 ─Porque todos le temen a los monstruos ─estaba aún más petrificada por la manera en que Expectativa hablaba y más asombrada por como sus ojos la obligaron a contestar.


Esta verdad no la molestaba, estaba bien en las sombras, donde no podía dañar a nadie con sus garras, o sus colmillos, no como Expectativa que lanzaba zarpazos al aire, importándole muy poco lo que podía hacerle a los demás. 


Sin embargo, Duda la envidiaba. Tanta libertad, sin miedo, sin preocupaciones. Deseaba eso, pero no podía tenerlo. 


─¿Por qué no? ─Expectativa había sentido el dilema que había en la mente de Duda, por lo que no le extrañó que se tardara en contestar.


─No lo sé.


Esas tres palabras crearon alrededor de ellas un mar de oportunidad.


Podría ser descrito así, o como un huracán que las envolvía, pues esa sustancia, la oportunidad, daba vueltas entre Duda y Expectativa con gran fuerza.


Esta última lanzaba sus garras hacía las nubes de ese huracán sin poder despegar su mirada, unida por un lazo de donde fluía ese mar, de la de Duda, a quien abrazaban sus olas más aún que la oscuridad.


Podía sentir cómo fluía por su piel, acariciándola con suavidad mientras le susurraba en el oído sus sueños, sus esperanzas.


No quería dejar de sentir la oportunidad y sabia que no podría hacerlo debajo de la cama, pues quería que la rodeara por completo, como a Expectativa. Tenía que salir de la oscuridad.


Empujada por las nubes del huracán, se arrastró fuera de la cama, sintiendo como la oscuridad trataba de retener a su prisionera, pero la oportunidad era más fuerte y con un impulso el mar la sacó de debajo del mueble.


Se comenzó a erguir, estirando su cuerpo con cautela, a pesar de que la oportunidad la apuraba, empujándola hacia arriba.


Estaba libre. Hacía mucho tiempo que no podía abrir sus extremidades. Desdobló sus alas lentamente, dejando que el aire que llevaba el huracán de un lado a otro, se acostumbrara a su piel oculta por el reducido espacio del que acababa de escapar.


Ya no envidiaría a Expectativa. Alzó sus brazos y comenzó a lanzar sus garras en todas direcciones, dando saltos de alegría.


Eso era, estaba alegre. Justo en ese momento, bailando con la oportunidad, intentando atrapar todo lo que podía de ella con cada uno de sus sentidos, era feliz.


 

Poco a poco las nubes se fueron disipando, el huracán se calmaba, mientras Duda y Expectativa trataba de recibir todo lo que podían de esas últimas corrientes de aire.


─¿Qué fue eso? ─pregunto Duda extasiada, una vez que el mar desapareció por completo.


─Se llama oportunidad ─contestó no menos alegre─ Descubrí que en esta habitación había restos de ella. Justo en la pelota que rodó a ti había un rastro muy fuerte. Ya veo de donde provenía.


Ambas sonrieron aún con las miradas entrelazadas, hasta que recordaron que no estaban solas.


Enojo fue el primero en mostrarse.

Se asomó entre la ropa que colgaba en el ropero abierto a espaldas de Expectativa, llamado por lo poco de oportunidad que se había colado entre las prendas.

Era un monstruo enorme, imponente, con brazos gordos y alas muy pequeñas para su espalda ancha, lo que no sería el principal impedimento en caso de que quisiera volar, pues tenía el torso atado con unas gruesas cadenas que apenas le permitieron dar unos pasos adelante para que Duda y Expectativa la pudieran ver.


Después apareció Amor, levantándose de la silla frente a la cama donde se confundía con la ropa y bolsos colgados en ella.

De los cuatro monstruos en la habitación él tenía las garras más afiladas y los colmillos más largos, que no le servían de nada con los grilletes que lo aprisionaban, con la palabra “timidez” grabada, ni con el bozal de metal que estrujaba su mandíbula.

Por ello cuando se acercó a los demás solo pudo hacer gestos con las manos aprisionadas que trataban de imitar el huracán que había visto desde su escondite.


Duda los miró a todos. Enojo y Amor tenían en los ojos algo que conocía bien: miedo.

La poca oportunidad que pudieron percibir los ayudó a que olvidaran por un momento corto lo que tanto a ellos, como a sí misma, los había obligado a quedarse ocultos en la oscuridad: el daño que podían causar.


Sus garras podían lastimar a quien no deberían, sus colmillos, clavarse en quien no lo merecía y sus alas, llevarlos más lejos de donde era prudente ir.


Pero Duda se había llenado de la oportunidad que había llegado a su interior como eso que tanto el susurraba al oído y que Expectativa repitió para todos:


─No teman.


Rompieron las cadenas de Enojo y los grilletes de Amor, que cortó la correa de su bozal con sus filosas garras.


─No teman ─repitió Duda.


Los cuatro se miraron. Sabían que podían lastimar, pero ahora también sabían que había oportunidad suficiente para que aprendieran a no hacerlo.


Así fue como un hilo de humo apareció entre ellos. Lo vieron ser llevado por el aire hasta la cama, donde comenzó otro huracán que los volvía a envolver, a los cuatro y al mueble.


Entonces escucharon las voces de oportunidad que les decían: 


Expectativa, siempre soñadora. Mereces tu libertad. Pero escucha a Duda, puede ayudarte a cuidar el uso de tus garras ─a esto le siguieron unas risas infantiles, no solo de la oportunidad, sino también de los monstruos─. Enojo, grande e impulsivo. Mereces tu libertad. Pero hazle caso a Duda, ella te ayudará a mejorar tu prudencia ─vinieron más risas acompañadas de un bufido salido de Enojo con una vaga sonrisa─. Amor, tierno y reservado. Mereces tu libertad. Pero asegúrate de que Duda te guíe en tus decisiones, cuidando que te deje expresarte ─ahora solo fue el monstruo al que le hablaban quien esbozó una ligera sonrisa bajando la mirada─. Y finalmente, Duda, curiosa y tenaz. Mereces tu libertad. Pero usa tus garras con sabiduría y no dejes que nadie te cohíba, las grandes cosas empiezan por alguien como tú ─Duda sonrió apenada, disfrutando, como todos, del contacto con la oportunidad, dejando que entrar por cada poro de su piel.


En cuanto las voces cesaron, las nubes del huracán que los cubría se agruparon en las sabanas sobre la cama, y en un solo movimiento se condensaron en unas escaleras que bajaban a través de ella a un lugar de donde irradiaba una cálida y reconfortante luz. 


Los monstruos miraron esa luz, sintiendo en sus ojos toda la esperanza y fuerza de la oportunidad, pero aún mayor que la que se había deslizado entre sus alas.


─Ahora podrán viajar a nuevos horizontes ─continuaron las voces desde los escalones mientras los cuatro empezaban a subir a la cama─. Un lugar donde podrán comenzar con su nueva vida ─Enojo, Amor y Expectativa, guiados por Duda, empezaron a bajar, recibiendo la luz de oportunidad, de la cual Duda no tendría que esconderse cuando acariciara su piel, pues iría hacia ella─. Un lugar donde no tendrán que esconderse de las miradas, pues se mostrarán ante ellas y dejarán que los oídos escuchen lo que tienen que decirle al mundo. Ese mundo que les ofrezco, donde todos aprenderán que no debes temerle a los monstruos.