I.

Anatomía de un segundo

I.

Londres, primavera de 1875

Un olor pestilente se instaló en las fosas nasales de Huxley Hamilton en cuanto bajó de su carruaje. Estaba en pleno East End, el barrio más peligros, depravado y sucio de todo Londres. Se ufanó a taparse la nariz con el pañuelo que llevaba en el bolsillo y a entrar en el edificio número 60 de la misma calle. 

Evitó pisar un charco situado en el pavimento y abrió la puerta del andrajoso edificio. Era de noche, lo suficientemente tarde como para que las prostitutas se hubiesen retirado y sólo quedasen algunos mendigos durmiendo en las calles cobijados bajo algunos portales. 

El mensaje decía segundo piso, última puerta a la derecha. No era la primera vez que recibía un mensaje de este tipo, pero era lo que le tocaba después de hacer un pacto con el diablo. Estaba exagerando, el inspector Irons no era el diablo y tampoco se le asemejaba en absoluto. Era más bien alguien lo suficientemente ávido mentalmente como para saber que la Scotland Yard, aunque tuviese su departamento de investigación criminal, no tenía los medios suficientes ni tampoco el personal cualificado para realizar ciertos trabajos. 

Trabajos como disertar sobre un cadáver y hacerle la autopsia.

Hamilton llamó a la puerta con cautela, con el sombrero bajo por si acaso alguien, de casualidad, lo reconocía. Era sorprendente la de gente que se las daba de respetable, que aparecía en los lugares más recónditos desatando sus más bajas pasiones cuando creían que nadie los veía. 

—Pase, Hamilton —susurró el inspector abriendo la puerta con rapidez—. Tenemos algo insólito. 

—¿Insólito? ¿Aún se ven cosas insólitas? —preguntó Huxley echando una ojeada a la habitación. 

Era pequeña, el centro de ella era una cama de matrimonio, vieja, con sábanas amarillentas. Había también un armario de madera algo carcomido, una mesilla de noche, una pequeña alfombra en el lado izquierdo junto con una tina y un baúl. 

El cadáver de una joven se situaba encima de aquella misma cama, completamente desnuda. 

—¿Quién la encontró? 

—La propietaria del edificio. Les alquila las habitaciones a varias chicas que traen aquí a sus clientes. Era prostituta —le informó Irons. 

—¿Vivía aquí? ¿No tenía familia? 

—No lo sabemos. 

Huxley avanzó hasta estar a la derecha de la cama, encharcada de sangre. Aún goteaba algo de ella desde el colchón hasta el suelo. Buscó de dónde procedía y enseguida se dio cuenta de que había un corte de quince centímetros por lo menos entre ambos pechos de la muchacha. Era un corte limpio, y profundo. 

Huxley abrió el maletín que llevaba y cogió unas pinzas grandes, que usó para separar la piel del corte, dándose cuenta de que había sido por una razón: le habían sacado el corazón. 

Examinó su interior a conciencia, buscando si le habían extraído algún otro órgano, pero no vio nada que le llamase la atención. 

—Hm, extraño —exclamó en voz alta. 

Posó su atención primero en la cabeza de la chica, buscando entre sus cabellos rizados rubios algún traumatismo, pero no encontró nada. Tenía la piel del cuello intacta, los ojos cerrados y ningún otro corte. Cuando examinó los brazos, se dio cuenta de que había sido atada por las muñecas con una cuerda, y al llegar a las piernas, vio que los tobillos también por las marcas que tenía, pero no se veía la cuerda por ninguna parte.

Finalmente, le pidió el pañuelo a uno de los agentes que había allí y le abrió las piernas, determinando algo que podría llegar a ser relevante, o no, mientras introducía el pañuelo en su orificio. 

—¿Ha encontrado algo? —preguntó Irons, impaciente, tocándose el espeso bigote negro que llevaba. 

Sabía que Huxley Hamilton era conciso, concienzudo y que no solía lanzar teorías erróneas, pero en este caso necesitaban saber si se enfrentaban a un simple cliente insatisfecho y demasiado violento o, por el contrario, a alguien que matase por placer. 

—La mujer mantuvo relaciones sexuales, aparentemente consentidas, pero tendré que examinarla más a fondo para decirlo, hay restos de simiente en su interior —le devolvió el pañuelo al agente, a quién no le gustó nada el estado en el que se le fue devuelto—. Es evidente por las marcas que fue atada por los pies y por las manos con alguna cuerda, ¿la habéis encontrado por aquí? 

—No, no había cuerda alguna. 

—Le cortaron el tórax y le sacaron el corazón, solamente. Ésta fue la causa de la muerte. 

—¿Y estaba despierta cuando … pasó? —preguntó Irons inquieto. 

—Podría haber usado cloroformo para que se desmayase, pues parece que no opuso resistencia a nada. ¿Alguien escuchó gritos? 

—Las muchachas dicen que suelen escucharse gritos… por aquí y que no hacen demasiado caso. 

El inspector Irons solía ser un hombre con bastante sentido de la realidad, y sabía que hablar con la policía muchas veces se consideraba como algo tabú por estos lares de la ciudad. Pero se trataba de un asesinato, y estaba esperanzado de que algunas de esas mujeres tuviesen puesto el miedo en su piel después de que una de ellas hubiese sido la víctima, pero parecía que todas callasen, no sabía si por miedo a represalias o porque realmente no habían visto ni oído nada. 

—Tiene el camisón debajo de la almohada, vivía aquí. 

Una voz femenina hizo que Huxley quitase los ojos del cadáver y los llevase a ella. Allí en medio del escenario del crimen se encontraba una mujer. 

Pero no era una testigo, se dio cuenta por el vestido que llevaba bajo el abrigo, de colores apagados, un granate oscuro, de tela muy cara y extremadamente elaborado. Su sombrero de grandes dimensiones, aunque poco adornado, le hacía pensar que la mujer era de clase alta. No la conocía, y él solía estar al tanto de toda la sociedad aristocrática así que pensó que debía ser de una familia de esos nuevos ricos. 

Posó la mirada en sus ojos azules brillantes y vivaces; tenía un rostro pálido y lánguido pero atractivo, con un lunar en la mejilla que embellecía su rostro. Bajo el sombrero se percató de que sus cabellos eran marrones oscuros o negros, no pudo averiguarlo debido a la oscuridad de la sala, iluminada con cinco o seis velas. 

—Interesante anotación. ¿Quién es ella, Irons? —le preguntó al inspector. 

—Nadie, doctor —respondió la propia mujer, evitándolo y yendo directamente hacia el cadáver. 

Con parsimonia, se quitó uno de sus guantes de terciopelo, y bajó la mano hasta el pie del cadáver. 

—Le ruego que no toque el cuerpo, señorita —dijo Huxley, molesto por la presencia de aquella mujer que parecía estar en el salón de su casa. 

Menudas confianzas se tomaba, y ni siquiera se había presentado formalmente.

—Es una vidente, ha venido voluntariamente —le explicó Irons finalmente. 

—¿Una vidente? Por favor, esas mujeres sólo quieren dinero, son unas timadoras —exclamó en voz baja. 

—Ha dicho que no quería remuneración alguna. No perdemos nada en escucharla, toda ayuda que venga será bienvenida. 

Huxley bufó, indignado. Menudas sandeces, la ayuda de un vidente, adónde iría a parar la Scotland Yard. Era una infamia que una mujer jugase así con la vida de una inocente, quién sabe qué tonterías diría. Cruzó los brazos y alzó una ceja para observar la pantomima de la que parecía que iba a ser testigo. 

En cuanto la mujer tocó la fría piel de la muchacha, cerró los ojos. Estuvo un minuto aproximadamente hasta que se percató de que la otra mano le empezaba a temblar y también de que una gota de sudor le caía de la frente surcando la mejilla hasta llegar a su cuello. 

Sabía que el temblor bien podía ser fingido, había multitud de videntes por la calle que aseguraban predecir el futuro, e incluso había sesiones de espiritismo en las que algunos juraban que habían visto a la supuesta vidente levitar. Pero el sudor era algo difícil de fingir, era una reacción muy genuina del cuerpo humano. 

De golpe, la mujer quitó la mano como si la piel le quemase y dejó ir un gemido de horror. Vio como respiraba y también como se tambaleaba. Huxley corrió para sujetarla, sintiendo mucha curiosidad sobre lo que diría a continuación. 

—Las cuerdas… están bajo la cama —susurró, buscando en su bolso el abanico y abriéndolo para darse aire. 

Irons se inclinó y efectivamente, sacó cuatro cuerdas diferentes, de un mismo tamaño, no muy largas. 

—¿Qué ha visto? —preguntó el inspector, sorprendido. 

—Sólo… puedo sentir lo que ella sintió antes de morir, no ver lo que ella así que no voy a poder identificar al asesino ni su voz. Era un cliente, he notado cómo le ataba las muñecas y los tobillos, sujetándolos a las patas de la cama. 

—¿Y se dejó sin más? —preguntó Huxley con sorpresa. 

—Le sorprendería las peticiones de los clientes —respondió Irons—. Prosiga por favor, señorita. 

La mujer, ya recuperada, se liberó del agarre de Huxley y siguió hablando. 

—Le puso un pañuelo en la boca, sus gritos de placer ahogados le gustaban. 

—Eso explica por qué las otras no escucharon nada —determinó Huxley, y también por qué no hubo signos de violencia, pero pronto se mordió la lengua al pensar que aquella teoría era fruto de algo tan inverosímil como una visión. 

—Cuando ella alcanzó el éxtasis, el hombre de la nada sacó algo afilado y le hizo un corte. Ella gritó, dolía a horrores. El hombre no paró de penetrarla y lo último que sintió fue cómo él hurgaba en aquél corte y cómo perdía el sentido. 

—¿Está diciendo que mientras duraba el fornicio, el hombre le cortó con una precisión innata y le sacó el corazón mientras llegaba al orgasmo? 

Huxley Hamilton había oído muchas sandeces a lo largo de su vida, muchas tonterías y también muchas locuras, pero aquella sobrepasaba todos los límites. 

—Eso es exactamente lo que le digo. Sin duda se trata de un perturbado mental —le dijo la mujer con superioridad, alzando la barbilla sin dejar de abanicarse. 

No era una dama, sin ninguna duda. Allí estaba hablando de perversidades, de fornicio y de sangre como si tal cosa. Y pese a que él no era el colmo de la virtud... en realidad, virtuoso no lo era en absoluto, la censuró, pues él podía permitírselo. 

—Sin duda ha escuchado mi diagnóstico y ha elaborado una perversa teoría de los hechos que no tiene ni pies ni cabeza. Irons, por favor, sea razonable —dijo él cerrando el maletín.

—La señorita ha llegado justo cuando ya había terminado de examinar el cadáver —puntualizó Irons. 

—No se preocupe, inspector. El doctor es un hombre de ciencia, estoy segura de que es de los que no sólo cree en lo que pueda oír, ver o tocar —dijo la mujer con cierto retintín. 

—Exactamente, señorita. Pero debo reconocer que su actuación ha sido brillante, sin duda tiene usted una práctica excelente. 

—No se moleste en intentar dejarme en ridículo, no lo va a conseguir. El único que se ridiculiza aquí es usted mismo. ¿Celoso de que no sea el único que logre resolver un crimen? —sonrió satisfactoriamente, dejando ver unos dientes rectos y blancos en comparación con sus labios pintados de carmín. 

—¿Celoso yo? Cuando resuelva un crimen, avíseme. Hasta entonces lo que tiene usted son sólo palabras. 

—Palabras y cuerdas —remarcó. 

—Las habrá visto al entrar, como el camisón —justificó Huxley. 

—Si me compara usted con Auguste Dupin[1], no es ni de lejos, una descalificación doctor. 

Inconcebible, que aquella mujer se comparase a sí misma con el célebre personaje de Edgar Allan Poe. 

—No creo que usted pueda meterse en la mente del criminal, señorita. En primer lugar, porque según usted, es un hombre. 

La mujer se llevó el abanico a los labios, soltando una carcajada. 

—Créame doctor, hombres y mujeres actuamos parecidos ante una fechoría. Nuestro primer instinto es no dejar ninguna pista y, el segundo, poder huir sin que les atrapen. 

Huxley tuvo que tragarse sus palabras, buscaba argumentos contundentes, pero, por primera vez en la vida, alguien le hubo ganado una discusión. Y tenía que ser aquella endiablada mujer. 

—Ya se verá. 

—Es tarde, debo irme —cerró el abanico y lo guardó en el bolso—. Ha sido un placer Inspector Irons —le hizo una leve reverencia—. Lástima que no pueda decir lo mismo de usted, doctor —se dirigió a él sin perder la sonrisa—. Cuando aparezca otra, contactaré con ustedes. 

—¿Otra? —musitó él. 

—No tendrá suficiente ahora que lo ha probado, he podido sentirlo. Buenas noches. 

Dicho esto, desapareció por la puerta dejando a Irons preocupado por sus palabras y a Hamilton desconcertado. 

—Irons, yo de usted la vigilaría de cerca. Puede incluso que ella misma la asesina y nos esté engañando —exclamó, pues no se había creído ni una de sus palabras. 

—Llegó a Londres hace sólo una hora, cuando el crimen ya se me hubo notificado. 

—¿Cómo lo sabe? —preguntó perspicaz. 

—Porque vino directamente de palacio… Hamilton, no me suelte de la lengua, es un asunto del que no puedo hablarle. Como vos, es alguien que quiere y debe permanecer en el anonimato, es algo que me ha rogado encarecidamente. 

—Vamos Irons, ¿quién es? —le alentó él. 

—No va a lograr que diga una sola palabra, ni de ella ni sus orígenes. Es algo sumamente secreto. 

Huxley Hamilton se fue de allí totalmente indignado, en primer lugar, por haber sido sustituido por una simple vidente -es decir, una estafadora con aires de grandeza-, en segundo lugar, porque esa vidente tenía algo que ver con algún asunto de palacio y, en tercer lugar, por no haber podido dejarla en evidencia. 

Subió a su carruaje y decidió volver a su residencia en las afueras, en Uppon Park. Al fin y al cabo, era allí donde recibiría dentro de unas horas el cadáver de la muchacha y donde podría proceder a hacer la autopsia con total tranquilidad, pues su casa de Londres no estaba acondicionada para ello. 

Cerró los ojos, insistiéndose a sí mismo que debía de olvidarse del episodio de aquella noche cuanto antes, que probablemente no volviese a ver a aquella mujer y que no era probable que tuviese razón en nada. Al fin y al cabo, él era el duque de Cornwall, esa doble vida que llevaba debía de quedar en el anonimato sí o sí. 

 

 


 


[1]Personaje de Edgar Alan Poe de Los crímenes de la calle Morgue y otros.

II.