La primera de muchas veces

Todas las formas de amar

La primera de muchas veces

Isabel

Fernanda me besa sosteniéndome el rostro, ella me desea buena suerte y completa:

- Adiós, mi vida, te adoro.

Me encanta la manera como ella se despide de mí, amo como pronuncia el "te adoro" poniendo la lengua entre los dientes al decir la "d". La música en la voz que lleva su acento portugués, soy loca por todo en ella.

Bastante ansiosa, recorro con pocos pasos el estacionamiento del restaurante después de entregar mi casco a Nanda. Las cosas no están fáciles en Portugal y realmente necesito este trabajo.

Yo no sé qué esperar de la entrevista conseguida para mí por mi padre, esta contradicción me frustra, deseaba tanto que todo en mi camino al éxito fuese mérito sólo mío, pero no lo es. A pesar de eso, tengo la oportunidad de probar a mis padres que consigo demostrar, que lo que he elegido ser en la vida, me va a dar al menos algo con que  pueda sobrevivir, pues aún dependo de su apoyo financiero, ya es hora de mostrar que puedo sola.

Estoy consciente de que todavía no soy capaz de hacer que mi familia entienda mis decisiones. Sé que guardan amargura por no haber preferido ser arquitecta, así como mi padre y mi hermano, pero tengo esperanza de probar a ellos lo que me proporciona felicidad: la Nanda y la gastronomía.

Acabo de regresar de Italia, hace un año que vengo a Porto sólo una vez al mes, hace un año que veo a Nanda sólo cada quince días, finalmente acabó, o mejor, por fin va a empezar. Vamos a vivir juntas tan luego gane algún dinero por mi cuenta, esto me hace desear más ese trabajo.

Además de las ansias de estar cada vez más cerca de la mujer que amo, tengo que aceptar la vida como es, nada me costaba agarrar mis ropas y correr a su departamento, es algo que incluso puedo hacer hoy, ahora. Pero no quiero ir a la casa de Fernanda sin poder ayudar con algo, voy a ser una molestia, lo que deseo es ir a otro lugar con ella, algo todo nuevo e iniciado por el esfuerzo de ambas, una casa para montar juntas entre una canción y un vino de Oporto.

Mi novia es ingeniera mecánica, nada que le dé ríos de dinero, tampoco ronda la lista de profesiones mejores pagas del país, en verdad, ni las profesiones mejores pagas van muy bien cuando se habla de ver el dinero en Portugal.

Por eso mismo Fernanda fue en busca de trabajo en otro país, al recibirse ella consiguió un empleo en una montadora alemana, vive entre allá y aquí, para tristeza de mi corazón. Trabaja para ellos hace tres años y hace dos estamos juntas, otra cosa de que estoy muy segura es de que mis padres no aceptan muy bien, aún después de tanto tiempo y a pesar de que la tratan con gentileza, siempre noto las palabras no dichas presas en la garganta de mi madre, no me importa, enfrento todo por mis dos pasiones.

Respiro profundamente en la pequeña escalera de dos escalones, empujo la puerta de vidrio deseando que sea la primera de muchas veces que voy a hacer eso.

Todavía es temprano y, a no ser por un hombre, no veo otros movimientos, tanto en el pequeño espacio como en la cocina detrás del mostrador del bar, sólo hay silencio, soy apasionada por los ruidos de un restaurante, es una sensación de felicidad embriagadora cuando están presentes.

El hombre se pone de pie cuando entro, debe ser el dueño del Shepherd's. Lo que sabía es que es hijo de un amigo de mi padre, que es brasileño como yo, pero que llegó hace unos meses. Lo que acabo de descubrir es que es muy hermoso.

A pesar de estar con Fernanda, tengo un pasado solamente de novios, ella es la única mujer que besé en toda mi existencia, tal vez por eso nunca paré para pensar en las etiquetas donde me encajo, la gente a mi alrededor ya pasa mucho tiempo tratando de hacer esto por mí.

Al extender la mano hasta la suya constato otra cosa que me asusta: el toque de su piel reacciona en mí, no tengo ganas de soltarlo, reconozco que es la segunda vez en la vida que eso me sucede, la primera vez fue con Nanda.

Su mirada es seria, pesada y luego huye de la mía, sin querer analizarme, me pregunto si él sintió lo mismo que yo, como su expresión permanece igual, creo que no.

Nos sentamos los dos delante de la pequeña mesa desordenada, intento controlar mi postura para que él crea que soy una persona segura, alguien en quien él pueda confiar. Uno mis manos y espero mientras organiza los papeles en que trabajaba antes de mi llegada, quiero despejar todo sobre mí, pero él no me pide.

Cuando por fin tengo apertura, es poca, tengo la impresión de que todo ya estaba esquematizado, quizá no necesitaba venir, pienso, tengo rabia de mi padre y al mismo tiempo quiero agradecerle, cuando sin siquiera mirarme, Felipe me dice que estoy contratada.

Las formalidades se dejan para después, tengo miedo de empezar en el mismo día como él pidió, no sé cuál es el menú del lugar, pero no puedo desistir, es por Nanda.

Un poco de frustración cae en mí cuando pienso en la posible influencia de mi padre sobre mi contratación, lo ignoro, porque quiero mucho despertar todos los días al lado de mi novia lo más rápido posible.

Nuestro diálogo termina como empezó, sin comienzo, medio ni fin, sin pie ni cabeza, ni al menos por ser la hija del amigo tengo un poco de atención, como Felipe es directo en el asunto yo acepto la oferta y percibo que es hora de irme.

No llamo para contar la novedad a Fernanda al salir de la entrevista, sé que va a desconfiar de haberme quedado menos de diez minutos delante de mi nuevo jefe, que sólo fui contratada por recomendación, no por mis capacidades.

Voy a casa a hacer tiempo hasta el atardecer, mi cabeza  es un pozo de dudas, me pregunto si he hecho lo que amo o una obligación. ¿Sería eso lo que mis padres llaman ser adulta?

Mis preocupaciones se disipan al caer la tarde, lo cual es un gran alivio, soy bien recibida por el equipo que me aguarda con sonrisas disfrazadas, la impresión que me pasan es que temen a Felipe.

No sé si es un mal día para él o si es siempre así, pero las órdenes que él distribuye también me demuestran que debo temerlo. Claramente no acepta errores y es muy reservado, habla poco conmigo, a pesar de tener mucho para enseñarme, voy al baño a ver si no hay nada malo en mi apariencia que lo haya repelido hasta entonces.

Descubro que el ayudante de cocina de Felipe, y que ahora es mío también, se llama Carlos, es un hermoso portugués, con un poco de sobrepeso. Él de todo hace bromas, deja el ambiente más agradable, necesito ser su amiga, pues tendremos muchas horas de vida juntos.

Benvinda es una señora bajita y tierna de cabellos blancos bien cortados, parece una abuelita, ese equilibrio entre ser un tanto querida y otro tanto irritada, ella hace las veces de Garde Manger.

Durante toda la noche la observo preparar las comidas frías, entradas, aperitivos e incluso esculturas en los vegetales y frutas, ella habla alto y le gusta las pequeñas discusiones. Sé que ella es una de esas personas que al principio parecen tardar un poco más para cautivar, pero cuando menos imaginamos ya son nuestras aliadas.

Inés es una joven con cara de asustada, la auxiliar de cocina corre para atender el pedido de todos como si fuera un pulpo, además, tiene la tarea de finalizar los postres previamente preparados por Carolina, la confitera, a la hora del almuerzo.

Nuestro equipo de cocina termina con la presencia de Rui en la limpieza, pero tenemos además el equipo de los salones de servicio con Cátia en la recepción y para recibir los pagos, también Rodrigo, Liliana y Neto para servir a las mesas, tantos nombres que memorizar y personas a conocer mejor.

Descubro que la mayoría de ellos actúan en el turno inverso, con intervalo grande durante la tarde, las excepciones son Carolina y Liliana, la camarera extra del almuerzo que a veces aparece por la noche también.

El grande el deseo que tengo en ser orientada por el jefe brasileño de ese pequeño restaurante que ha hecho tanto éxito aquí en Porto no se convierte en realidad. Felipe usa a Carlos como intermediario para darme instrucciones.

Observo los pasos que mantiene lejos de mí mientras intento encontrarme en el nuevo ambiente y agradezco a los cielos por nuestra distancia, me temo que el contacto con su piel reafirme que lo que sentía por la mañana de hecho existió.

Por dos veces Felipe deja la cocina a mi cargo por breves minutos, se dirige a la pequeña oficina al lado de ella, de allí, siento su mirada arder en mis manos, o prueba mis habilidades, o espera que dé un paso en falso en su ausencia.

Me temo que ha sido coaccionado a contratarme, estas ausencias de palabras, de atención, de presencia, son incómodas, ningún silencio es eterno. Sé que muchas veces una cocina se calienta más por las discusiones que por el calor, no me gusta nada esa posibilidad, no voy a dejar que él se dé cuenta, pero eso me da miedo.

Arrebatadora