Capítulo 2

Besos desde la Luna

Capítulo 2

El domingo pasó tan rápido como llegó. Mi padre cumplió su palabra y mi abuela no me despertó, dejándome dormir hasta bien entrada la mañana. Sin embargo no tuve lo que se dice sueños reparadores. Más bien fueron pesadillas. Peleas en medio de una gran fiesta, monstruos borrachos lanzando botellines de cerveza y flashes que volvían locas a las personas. Cuando me desperté, con el olor del guiso de patatas de mi abuela, me dolía la cabeza como si tuviese la resaca del siglo.

—Emmy, tonta, tú nunca has tenido resaca —me recordé a mi misma mientras me arrastraba fuera de la cama con los ojos llenos de legañas—. Lo que tienes es hambre y punto.

Siempre he tenido la costumbre de hablar en voz alta conmigo misma cuando estoy sola. A mi abuela le sacaba de quicio. La primera vez que me escuchó era pequeña y pensó que tenía un amigo invisible. Cuando se enteró de la verdad tampoco le sorprendió. Decía que era culpa de mi madre, porque antes vivía con ella y me dejaba sola muchas veces por trabajo. Sin embargo hacía años que me había ido a vivir con ellos, más o menos desde que cumplí los doce, y continuaba haciéndolo.

Aparté las cortinas de la ventana, dejando que el Sol y toda su energía fluyeran dentro de mi habitación, inundándola con sus rayos de luz cegadores. Noté el calor picar en mi piel mientras apretaba los ojos con fuerza para que no me dolieran por el contraste con la oscuridad anterior, la que reinaba en el mundo de mis sueños.

—Sería genial que fuese verano por siempre —comenté a la nada.

No me desagradaba ir a clase. De hecho, a excepción de los exámenes y la comida de la cafetería, era divertido. Me reunía con mis amigas y con compañeros que solo veía bajo los muros de cemento del instituto. Sin embargo, con la llegada de la nueva jornada escolar, también llegaban nuevas obligaciones. Solo para empezar, el lunes había quedado con Theresa media hora antes del comienzo de clase para llevar a cabo la primera reunión del consejo escolar. Al medio día acompañaría a Katy a la biblioteca para revisar  obras de teatro que podrían representarse ese año. Esta era su última oportunidad de participar, aunque realmente nunca se había perdido una, y tenía la esperanza de poder convencer al resto de estudiantes de hacer un musical. Después de clases, si me quedaban ánimos, quería hacer las pruebas para el club de atletismo.

El primer día siempre era muy duro, pero no se comparaba con lo que quedaba de curso: deberes, exámenes y actividades extraescolares. Mi abuela siempre decía que tenía que dividirme en cuatro Emmys para estar con mis amigas y tener tiempo para estudiar. ¡No subestimes el poder de una buena organización, abuela!

Cuando mis ojos se acostumbraron suficiente a la luz decidí que era hora de aparecerme ante la civilización. Calmaría mi dolor de cabeza de la mejor forma posible: llenando mi estómago con los guisos de mi abuela. Un estómago feliz consigue un cuerpo feliz.

De camino a la cocina leí rápidamente los mensajes en el chat grupal que teníamos mis amigas y yo. Me produjo cierto alivio ver que Katy ya les había contado a las demás lo ocurrido en el festival. Pensar en ello me provocaba escalofríos, por lo que no me veía con ánimos suficientes como para relatarlo por mí misma. Katy se burlaría de mí y diría que tenía que vivir más, que necesitaba más experiencia en la vida. Por un segundo me acordé de mi madre. Ella también hubiese dicho eso.

—¿Buenos días?

Mi padre me saludó con un tenedor en una mano y un plato en otra. Estaba colocando la mesa, porque los domingos siempre comíamos los tres juntos. Y lo hacía francamente mal. Dejaba todos los cubiertos en un mismo lado y la servilleta doblada a la mitad debajo del plato. Mi abuela hacia tiempo que se había dado por vencida en intentar educarlo.

—Mira quien se ha despertado, justo a tiempo para comer —me acerqué a mi abuela para darle un beso de buenos días—. Mañana no tendrás más remedio que madrugar, bonita.

La tartera llena de patatas y verduras pasó fugaz a mi lado. Comer algo caliente y humeante no es lo mejor en verano, pero nadie sacaba a mi abuela de sus pucheros, y ni mi padre ni yo nos quejaríamos.

—No sé cómo lo haré esta noche —comenté después de un rato, esperando a que mi plato enfriara y no volviera a quemarme la lengua—. Tengo que acostarme temprano o no rendiré suficiente mañana.

Mi padre sonrió y negó con la cabeza. Alcé las cejas, como preguntando “¿qué?”.

—Me has recordado a tu madre —explicó sencillamente.

Dejé de sentir mis dedos alrededor de la cuchara. No es que mi madre fuese un tema tabú, pero había muy pocas veces en las que él la mencionaba, mucho menos hacía referencia a nuestro obvio parecido. Mi abuela hizo un sonido de tos escondida.

—¿A mi madre? —Repetí, no queriendo desaprovechar la oportunidad.

—Siempre quería ser la mejor.

Después se encogió de hombros y siguió comiendo, como si la pequeña conversación no hubiese sucedido. Como si no supiera que con apenas unos segundos de tiempo dedicados a ella, había terminado por desestabilizar mi día.

“Todo era culpa del último día de vacaciones”, decidí antes de seguir su ejemplo y continuar comiendo. Me ponía nerviosa por los preparativos y todo el mundo sabe que los nervios desestabilizan a las personas. No era como si yo echara de menos a mi madre.

Si ella no me echaba de menos a mí, tampoco iba a ser al revés.

Capítulo 3