TALLER DE CONFECCIÓN

#SOYTALENTO LA MUJER DEL BOSQUE

TALLER DE CONFECCIÓN

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Para no seguir pasando necesidades, Emma recurrió a su papá que, en principio, le empezó a mandar tres mil pesos por mes. Con eso más o menos podían llegar a fin de mes, sin gastos extraordinarios, sin salidas de adolescentes. Lo mínimo.

Un buen día, Don José resolvió presentarse en la casa de su hija, tal vez porque no entendía qué era lo que estaba pasando. No podía entender como una familia que había tenido tan buen nivel de vida, de golpe, se hubiera venido abajo. Desconocía la hipoteca, la pérdida de la casa, el negocio y sobre todo el abandono del Lobo en esas circunstancias. Él se había ido. A veces tenía un gesto de arrepentimiento y a través de su hija mayor les enviaba un poco de dinero.

Cuando el padre llegó sin avisar, Emma estaba desbastada. Lo recibió con vergüenza, porque de alguna manera ella se sentía culpable de lo que estaba pasando, aunque no podía explicarse cuál era su culpa. Puede ser que pensara que no había cumplido con el mandato social de retener el marido a cualquier costo. Esto quería decir que el macho nunca tenía que abandonar a la manada. Siempre tenía que ser proveedor. Para que eso se lograra, la mujer del siglo XX tenía el compromiso de hacer la vista gorda. Si andaba con otras mujeres, si se jugaba la plata, si traía hombres con actitudes equívocas, la mujer tenía que soportarlo. Rezar y callar.

Al comprobar con sus propios ojos el estado de deterioro de su hija y de sus nietos. Le pidió a su hermano Juan que le enviara un giro con una suma importante. Mientras el dinero llegaba le habló a la hija de la importancia de que se levantara por su propia mano. Esto quería decir que dejara de depender de ese marido que le había tocado en suerte y labrara su propio camino.

Emma lo escuchaba sin dar muestras de entender de lo que estaba hablando. Pero finalmente comprendió. El padre iba a alquilar un local con máquinas, lo iba  amoblar adecuadamente y pretendía que ella extendiera la clientela que tenía, a través de contactos y propaganda y cosiera como una modista de barrio, pero de alta calidad. Además en la boutique que así decía el abuelo iba a vender productos que él conseguía en el puerto. Porcelanas. Adornos. Lámparas orientales.

En un par de meses con el giro de su padre, Emma tuvo el local en marcha. Un pintor dejó las paredes color crema y ella misma cosió grandes cortinados color violeta. Uno de esos cortinados separaba el local de ventas del lugar de confección donde estaban las dos máquinas. El abuelo había supuesto que le podía enseñar a las hijas lo que ella sabía y todo pasaría a ser una próspera empresa familiar.

La novedad causó sensación en el barrio. Se había puesto de moda usar un mini short. Todas las jóvenes querían tener uno y Emma les daba el gusto. Lo encargaban el viernes y el sábado a las seis de la tarde lo tenían listo para estrenar y lucirse en Morocco, que era el boliche de moda.

Otra veta que explotó fue la del vestido de noche. Por medio de algunas conexiones, damas de la alta sociedad empezaron a encargarle largos vestidos de seda, con apliques brillantes. Y si veían contentas cuando venían a probarse, no les importaba algún pinchazo con un alfiler, dialogaban sobre asuntos privados y la costurera, feliz, cosía y respondía preguntas que a veces la tocaban en carne propia. El día que llegaban a retirarlo pagaban de buena gana después de volverlo a lucir ante el espejo.

Todo anduvo bien hasta que se incendió la parte de atrás del taller. Los hijos que trataban de acompañarla, no sabían bien cómo había empezado el fuego. La mamá tenía las cejas y las pestañas quemadas y sobre todo las manos, por lo que durante un tiempo no pudo coser más.

Agregado al incendio, los obreros del puerto habían empezado una huelga por tiempo indefinido, así que los artículos de adorno que muchas clientas venían a comprar dejaron de aparecer.

Todo esto, sumado a la situación social que cada vez se volvía más grave y por eso mismo, más violenta causaron la caída de la boutique.

El ánimo con el que Emma había empezado con esta experiencia se vino abajo de la misma manera y el día que tuvieron que sacar del local el cartel que decía Botica Mi Sueño, ella se desbarrancó definitivamente.

Don José volvió a viajar y le aconsejó que se volviera a Rosario con todos sus hijos. Pero ellos ya eran grandes y la dejaron que se fuera sola. Estaban muy ofendidos y ni siquiera fueron a despedirse.

 

SOLA Y SIN GOLPES