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La mirada de la muerte

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Era el 6 de octubre del 2016, y el titular que Raúl leyó en la primera plana del periódico local casi le empujó a dar media vuelta. Sin embargo, lo compró. Enrolló el diario con esmero mezclado con algo de furia y se marchó, cabizbajo, con pasos apesadumbrados. La noticia que ocupaba la portada al completo aumentaba una sensación de ofuscación aletargada, la misma que le bloqueó haría mees y medio y por la que tuvo que solicitar una excedencia. Y lo peor de aquella situación era que estaba deseando leer la noticia, pues, al margen de lo que sentía, debía informarse del nuevo asesinato cometido en la ciudad.

            A llegar a casa arrojó el periódico a la mesa del comedor. Se sentó y, con algo de más clama, leyó lo que estaba predicho desde principios del mes: «Una nueva víctima del Desgarrador», rezaba aquel titular con letras grandes al que acompañaba la imagen del cuerpo de una joven cubierto al completo por una sábana de un blanco inmaculado. En el pie de la instantánea estaba el nombre de la pobre chica, pero Raúl se detuvo ahí, sin llegar a leerlo. Le dio la vuelta, frustrado e impotente, y encendió la televisión con el único fin de tranquilizarse y olvidarse del tema. Durante un rato lo consiguió, pero pronto dejó de prestarle atención a pantalla para clavar la mirada en el periódico, consciente de que más tarde leería el artículo al completo.

            La noticia no estaba confirmada por parte de sus compañeros de la policía nacional. Lo harían pronto, y la joven de la que en esos instantes no sabía nada pasaría a ser la cuarta víctima del asesino en serie conocido como El Desgarrador. Comenzó a matar en abril del 2016, haría unos siete meses atrás. Hasta el momento todas sus víctimas tenían varias cosas en común: eran mujeres jóvenes de entre veinte y treinta años, de cabello moreno y ojos verdes.

            Raúl apagó la televisión, abandonó el salón y cruzó la cocina mirando la hora del reloj de pared de soslayo, las diez y cinco de la mañana. Una vez en su despacho, instalado dos años atrás, se acomodó en la silla y encendió el ordenador, contemplando su reflejo en el monitor. Sus grandes y castaños ojos denotaban cansancio, si se sumaba a la barba de tres días ofrecía un aspecto lamentable. Aquella imagen le hacía aparentar la edad de al menos cincuenta años, cuando solo tenía treinta y siete.

            La pantalla se iluminó mientras recorría la mesa con mirada distraída. Cerca del ratón estaban las copias de diferentes informes con respecto a las víctimas del Desgarrador, que había conseguido sacar de la comisaría de forma discreta. Raúl los había leído infinidad de veces, incluso había memorizado gran parte de los detalles dichos por los forenses y los rostros de todas las asesinadas, y en ninguno de dichos informes se concretaba cuál era el arma homicida. Se especulaba que podía tener la forma de un antiguo clavo de ferrocarril, pero esto solo concordaba con la herida fatal que todas las víctimas tenían en la parte posterior de la cabeza. De los profundos desgarros que todas tenían en diferentes partes del cuerpo (por los cuales la prensa lo apodó El Desgarrador), no se mencionaba nada sobre el objeto con las que pudo haberlas causado.

            El agudo sonido del timbre distrajo la atención de Raúl a la vez que se sorprendía. Consultó la hora de forma inconsciente en el reloj digital de muñeca (ignorando el del propio ordenador), preguntándose quién podría ser. No esperaba visita, y tampoco había comprado nada o pedido por encargo. Seguramente intentarían venderle algo; el timbre volvió a sonar. Raúl abandonó su despacho con paso ligero. Llegó a la puerta al tiempo que el penetrante pitido se repetía por tercera vez. Posó la mano en el picaporte e hizo el amago de abrir, pero interrumpió el movimiento.

            —¿Quién es? —preguntó alzando su voz.

            —Usted no me conoce, inspector Trabado. —dijo la voz de una mujer al otro lado de la puerta. Sonaba tranquila y clara, dándole a Raúl la impresión de que era joven—. Me llamo Diana, y me gustaría hablar con usted. Necesito hablar con usted.

            Diana, se repitió mientras hacía memoria. No recordaba ni conocía a nadie con ese nombre. Podía haberle pregunta quién era o cómo conocía su nombre, pero estaba acostumbrado a prestar ayuda a cualquiera que se lo pidiera gracias a su trabajo, de hecho era una acción que apenas dudaba en hacer. Por ello retiró la cadena de seguridad y abrió despacio. Vio el rostro de una mujer joven, un rostro que reconoció enseguida. La oleada de recuerdos se agolparon en su cabeza de tal modo que se dejó dominar por un pánico y horror nunca experimentados hasta el momento, y cerró de golpe. «No puede ser —se dijo, incrédulo y asustado, sin darse cuenta de que le temblaba la mano con la que aferraba el picaporte—. Ella está muerta». Y para hacer reales esas palabras las repitió:

            —¡Estás muerta! —Su voz sonó temblorosa.

            —¡No soy Alba, soy su hermana gemela!

            —Ella era hija única —dijo Raúl al instante, teniendo bien presente el informe sobre la segunda víctima del Desgarrador—. No sé quién eres ni qué clase de broma de mal gusto es esta, pero será mejor que te marches.

            —Escúcheme, puedo explicarle porqué no hay nada datos sobre mí…

            —¡Explícaselos a mis compañeros del cuerpo de policía! —interrumpió.

            —¡Ellos no me creerán, pero usted sí! Usted no es como los demás. Me escuchará. —Le temblaba la voz, como si fuese ella la que estaba aterrada.

            —Lo siento, no creo que lo haga —dijo Raúl algo más calmado.

            —Está bien. —Se produjo un silencio en el que Raúl oyó a la mujer sorberse los mocos—. Si cambia de opinión llame a este número.

            Por la rendija de la puerta surgió un papel cuadriculado con un número de teléfono escrito.

            —Alguien contestará. Diga que está dispuesto a escucharme y una hora. Vendré.

            Raúl recogió el papel con recelo y examinó el número, escrito con una caligrafía limpia y algo acelerada, pertenecía a un fijo. Lo dobló por la mitad para guardárselo en el bolsillo con la firme intención de tirarlo a la basura, pero antes volvió a colocar la cadena de seguridad.

            Se separó de la puerta y permaneció inmóvil, aguzando el oído. Así estuvo durante cinco minutos, sin más sonido que el del lejano tráfico y algún que otro viandante, hasta que se alejó y se dirigió a la ventana del salón. Suspiró, aliviado al no ver a (un muerto) nadie frente a su casa.

            Regresó al estudio con una manzana, se dejó caer en la silla y comenzó a comer. Había llevado el periódico allí, pero no deseaba leerlo. Ya no era por la frustración e impotencia, sino el recuerdo que la tal Diana le había suscitado. Dijo que era la hermana gemela de Alba. Estaba seguro de la contestación que le dio, que era hija única, pero para asegurarse buscó la copia del informe que poseía. Despejó la mesa y examinó la carpeta que contenía los documentos tanto forenses como policiales.

            El nombre completo de la joven era Alba Sánchez Delgado. Nacida el 8 de marzo de 1988. Encontraron su cadáver en mitad de un parque, el 9 de junio, vestido con una camiseta de mangas largas de color blanca, zapatillas de deportes del mismo color y un pantalón vaquero. Fue hallada en la zona de juegos infantil boca arriba. Sus ojos, de un verde oliva, estaban abiertos, detalle que compartía con las otras víctimas y que la prensa desconocía. Era la segunda víctima del Desgarrador.

            Raúl se detuvo en una fotografía de Alba. En aquella imagen su largo pelo moreno, casi castaño, estaba congelado en el aire, y su sonrisa resaltaba aún más los rasgos angulosos de su rostro. Con la instantánea de Alba en las manos y la cara de Diana en su cabeza no apreciaba diferencia alguna entre las dos.

            Acabó de almorzar tarde, contemplando una idea que comenzó a rondarle desde que releyó el informe sobre Alba. Dicho expediente seguía sobre la mesa de su estudio, al igual que el periódico de la mañana y el número de teléfono que Diana le entregó. No lo tiró cuando lo sacó de su bolsillo, y ni siquiera conocía el motivo por el que decidió conservarlo. Era cierto que había meditado la propuesta de la joven, y al repasar la breve conversación (dudaba que esa fuera la expresión correcta para referirse al cruce de palabras que mantuvieron) se planteó llamar a aquel número.

            Diana dijo que alguien contestaría, la pregunta era: ¿quería escuchar a esa mujer? Raúl tenía sus dudas. Él mismo investigó el entorno de Alba. Sus padres murieron más de dos años atrás en un accidente de tráfico. No tenía abuelos ni encontró a otro familiar, cercano o lejano. Sus amigas no le revelaron nada de ella, solo le dijeron que era muy entusiasta y trabajadora. Tampoco supieron de la existencia de algún novio.

            Consultó la hora indeciso, casi esperando que ya fuera de noche y lo vivido solo fuese un mal recuerdo, pero tan solo eran las cuatro y media. Consciente de que dependía de él el creer o no a la joven que se hacía llamar Diana (dudaba que aportara pruebas sobre su identidad. De haberlas, las habría encontrado), cogió el teléfono móvil y comenzó a marcar; podía haber buscado a quién pertenecía ese número, pero la chica dijo que alguien contestaría, podía estar seguro de que ella no. Estaba seguro de que el dueño de ese número no constaría en los registros telefónicos convencionales, y mucho menos le acercaría a saber más sobre la misteriosa chica. Además, de averiguar el lugar donde residía el dueño de aquel número seguiría igual a como estaba. Con todo esto se sentía un tanto estúpido escuchando el tono de llamada, pero, por otro lado, no perdía nada. Aguardó al quinto tono sin que descolgaran. Iba a desistir cuando le sorprendió la voz de una mujer:

            —¿Diga? —Sonó seria y grave, más madura. Aquella no era la supuesta hermana de Alba.

            —Soy el inspector Raúl Trabado Castro. Una chica llamada Diana me dio este número. —Hizo una pausa esperando alguna palabra. Como no ocurrió, prosiguió—. Dígale que estoy dispuesto a escucharla. La esperaré dentro de una hora.

            —Allí estará.

            La mujer colgó, pero Raúl no separó el móvil de la oreja hasta pasados unos segundos. Contempló la mesa del despacho, los informes seguían allí. Decidió recogerlo a pesar de que hablaría o, mejor dicho, escucharía a Diana en el salón-comedor. Tan solo dejó el periódico con la contraportada a la vista.

            Pasó el rato poniendo un poco de orden en su casa, no solía recibir visitas y tenía descuidada esa labor. Terminó antes de lo previsto, a un cuarto de hora para que fueran las cinco y media, y decidió aguardar el resto del tiempo sentado en el sofá.

            El timbre sonaría en cualquier momento, y Raúl no dejaba de repasar mentalmente cada detalle de la vida de Alba plasmado en el expediente. Quería poder contradecir a la mujer que estaba a punto de llegar. Le tendría que explicar muchas cosas para probar que era quién decía ser, entre ellas el motivo por el que no había ningún documento que la relacionase con Alba.

            El esperado sonido le sacó de sus pensamientos. Con la cabeza embotada aún, se levantó y miró el móvil, eran las cinco y media en punto. «Al menos es puntual», se dijo de camino a la puerta, aún indeciso y sin saber muy bien qué decir ni cómo actuar a pesar de haber meditado sobre ello. Su reacción cuando la vio por primera vez era, cuanto menos, reprochable, pero Raúl había memorizado la cara de todas las víctimas (a excepción de la cuarta, obviamente).

            Diana vestía un pantalón vaquero, calzaba zapatillas de deportes blancas algo desgastadas por el uso y llevaba una chaqueta de cuero negro abrochada con cremallera, con el cuello levantado. Gran parte de la cabellera la tenía cubierta por un gorro de lana verde, dejándole mechones del castaño pelo ondeando por la leve brisa de la tarde. Su rostro mostraba una expresión calmada. No sonreía, pero tampoco parecía seria o nerviosa.

            —Buenas tardes, inspector Trabado —dijo, inalterada—. ¿Puedo pasar?

            —Por supuesto —respondió Raúl haciéndose a un lado.

            Entró con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Raúl, aún nervioso por la situación tan atípica, cerró.

            —Siéntese donde quiera, señorita… Sánchez. —Por un momento olvidó el primer apellido de Alba, y, por otra parte, le estaba dando credibilidad a lo que ella le dijo esa misma mañana—. ¿Quiere algo de beber?

            —No, gracias —dijo dedicándole una sonrisa amable antes de sentarse en una de las sillas dispuestas en torno a la mesa—. Y por favor, tutéame.

            Raúl asintió y se internó en la cocina, donde se sirvió una taza de café poco cargado, y tomó asiento frente a Diana. Superada la tensión inicial, apreció algunas diferencias casi insignificantes con respecto a Alba: los ojos de Diana tenían el mismo tono oliva, que su difunta hermana, pero estaban hundidos, creando pequeñas sombras bajo sus párpados inferiores, y su nariz era más pronunciada. Lo demás parecía ser exactamente igual.

            —Te debo una disculpa, tanto por mi comportamiento como por mi reacción de esta mañana —dijo Raúl rehuyendo de la mirada de Diana.

            —La culpa es mía —dijo cabizbaja—. Debí de presentarme de otra forma, inspector.

            —Llámame Raúl. Y, por cierto, ¿cómo sabes que soy inspector?

            —La prensa. Gracias a ella me enteré de la muerte de Alba y del principal inspector encargado de la investigación. —La voz se le quebró hacia el final de la frase.

            —Entonces sabrás que estoy disfrutando de una excedencia.

            —Sí, pero me gustaría conocer el motivo que te llevó a solicitarla.

            La joven miró a los ojos de Raúl con expresión inte­rr­og­ante. Él le devolvió la mirada, pensando si sonaría ridículo que un inspector con más de seis años de experiencia y que había visto decenas de crímenes espantosos se hubiera sentido tan impotente y superado ante los asesinatos del Desgarrador.

            —Sinceramente, no conseguía centrarme. Nunca me he enfrentado a un asesino en serie, y el hecho de no conocer el arma homicida ni con qué tortura lo complicaba más. Puede parecer cobarde por mi parte, incluso ridículo, pero si me bloqueo no soy de utilidad. —Dirigió una mirada curiosa a Diana—. Ahora te toca a ti explicarte.

            Consiguió expresarse, incluso se sintió liberado al contarlo. En cuanto a lo dicho, estaba tranquilo, nada de lo que le había mencionado era secreto. Todos esos datos los conocía la prensa.

            —Quieres saber porqué no existo a ojos del gobierno.

            —Para empezar.

            —Me limitaré a decir lo que me contó mi madre adoptiva, aunque suene estúpido e incluso alocado. —Había puesto las manos sobre la mesa, ahora entrecruzadas, y se había inclinado hacia adelante—. Tamara, mi madre biológica como sabrás, era muy supersticiosa. Solía visitar a diferentes espiritistas y médiums con mucha frecuencia, incluso recurrió a una para dar a luz. Ella nunca acudió al médico, por lo que no sabía que mi hermana venía acompañada. —Sonrió de forma triste—. De modo que, cuando me vio a mí, le entró pánico. Ni ella ni Silvio, mi padre, tenían dinero. Apenas podrían mantener a Alba, mucho menos a mí. La mujer que le asistió en el parto sugirió adoptar a una de ellas, es decir, a mí. Aceptaron. Alba se quedó con los que debería estar, y yo con esa mujer. Me cuidó bien, pero siempre me faltó algo.

            »No fue hasta el día de mi vigésimo cumpleaños cuando la mujer que hasta el momento había sido mi madre me confesó la verdad. Yo lo entendí, incluso hablamos de realizar un encuentro. Nos vimos un mes más tarde. Mi madre, la biológica, no paró de llorar y pedirme perdón, mi padre hacía lo mismo; luego hablé a solas con Alba. Ella me comprendió, me dijo que podría ser ella la que estuviera en mi situación, incluso me dio su número de teléfono. Tras aquella reunión me mantuve en contacto con Alba y mis padres biológicos sin alterar demasiado nuestras vidas. Ya sabes, evitamos llamar la atención.

            »Después del accidente de mis verdaderos padres cambiamos las llamadas por las visitas. La mujer con la que aún vivo sigue siendo espiritista, por lo que Alba tenía excusa, por decirlo de algún modo, para vernos. Dos años después de aquello me enteré de lo de Alba. Mi madre adoptiva pagó el entierro de forma anónima, el resto ya lo sabes.

            Raúl escuchó todo con interés. Los nombres de sus padres eran los mismos que los de Alba, y el hecho de que estos se quedaran con una de las dos hijas explicaba que tuviera datos. Lo que Raúl tenía que hacer era confirmar su historia, y solo había una persona que pudiera hacerlo, por lo que realizó la pregunta obligada:

            —¿Cómo se llama esa mujer con la que dices convivir?

            —¿No me crees? —preguntó con aparente enfado y ofensa.

            —Sí te creo, pero vendría bien que alguien lo confirmara.

            —De momento tendrás que confiar en mí. Mi madre adoptiva fue muy clara al respecto.

            Se produjo un silencio entre ambos. Raúl terminó de beberse el café y llevó la taza a la cocina. Desde allí le volvió a preguntar a Diana si le apetecía picar o beber algo, su respuesta fue la misma que antes. Cuando regresó, se sentó al lado de Diana, dejando una silla vacía de por medio.

            —¿Has hablado con la policía? —preguntó Raúl.

            —Ellos no me creerían, o me detendrían por estar indocumentada —dijo mirándose las manos—. Sé que eres policía, pero me comprendes. Además, ¿de qué serviría que se supiera de mi existencia?

            —Puede que Alba fuera de camino a tu casa cuando la secuestraron —aventuró.

            —No, iba a otro lugar —dijo de forma tajante.

            —¿Sabes a dónde se dirigía? —preguntó incrédulo.

            —S-Sí —dijo desviando la mirada.

            —¿Por qué no se lo has contado a la policía?

            —¡Te lo acabo de decir! Aunque se lo estoy contando a uno ahora, ¿no? —Dejó escapar una risa nerviosa entre dientes.

            —Comienza a hablar, por favor. Quisiera saber hacia dónde iba Alba. Puede ser de gran importancia.

            —Mañana, se me ha hecho tarde. También me gustaría saber algunas cosas a cambio de la información que buscas.

            —¿Es que no quieres coger al asesino de tu hermana? —preguntó incrédulo, casi con enfado, por la excusa para marcharse.

            —¡Claro que quiero! Pero como la policía parece estar atascada a lo mejor logro encontrar algo por mi cuenta.

            Raúl quiso contestarle, pero ella había dado la conversación y la reunión por acabada. Se había levantado e iba de camino a la puerta. Él se apresuró a darle alcance. No la detuvo en su camino, presionarla no le serviría de nada, así que la adelantó y le abrió la puerta. Diana se lo agradeció y salió a la calle, donde el frío se hacía notar.

            —Mañana vendré para el intercambio de información. —Ya estaba fuera, dándole la espalda—. Si estás dispuesto, claro.

            —Tengo que pensarlo —dijo bajando la voz.

            —Puedo venir por la mañana o por la tarde. —Esa vez sí se giró para mirarlo.

            —Ven por la mañana —dijo indeciso y dándole a entender que no lo tenía que meditar tanto—, sobre las diez y media.

            —Vale. ¡Hasta mañana!

            Diana caminó calle abajo con paso tranquilo y despreocupado. Raúl no alcanzó a ver si continuaba en línea recta o giraba, pues entró. Cerró con llave y se dirigió al salón, donde se dejó caer en el sofá más cercano al televisor.

            Pese a que la charla había aclarado algunas cosas a Raúl solo le sirvió para pensar o, como decía su exmujer, romperse la cabeza; Diana pareció sincera en todo momento (normalmente sabía cuando un sospechoso le mentía. No creía que una mujer tan joven fuera capaz de engañarlo). Por lo tanto, la historia debía de ser cierta. Si la daba por hecho no tenía motivos para dudar de que le mintiera sobre el lugar hacia el que se dirigía Alba, su hermana. Aunque su testimonio podía haber sido una mentira muy bien ensayada. La única persona que podía confirmar todo aquello era la supuesta mujer que crió a Diana, si es que existía. ¿Podría ser la mujer con la que habló por teléfono?

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