Capítulo 1

Sangre y recuerdos #SoyTalento

Capítulo 1

No hay una sola luz que ilumine la calle. Estoy corriendo en medio de la noche por el pueblo que me vio crecer, aunque no sé muy bien el por qué, ni a dónde ir. Mis piernas se mueven solas y yo solamente puedo mirar alrededor y desear que salga la luna para que ilumine un poco el camino. Corro y corro por calles cada vez más estrechas y agobiantes. Tuerzo la cabeza para buscar la avenida principal, pero no la encuentro. Estoy rodeada de un laberinto del que no sé escapar. Caen gotas del cielo hasta que la lluvia se hace fuerte y torrencial, pero no es agua.

Los muros están llenos de sangre cayendo a borbotones desde lo alto de los tejados. Es una calle estrecha por la que intento correr, pero me falta el aire, no consigo respirar y poco a poco mis piernas pesan más, hasta que me encuentro clavada al suelo. Con mis últimas fuerzas entro a una casa en ruinas. Está muy oscuro, y nada más entrar me doy cuenta que debería haberme quedado en la seguridad de la calle. Ahora estoy en una casa sin ventanas, piso charcos de sangre por el suelo y solamente puedo pensar en lo equivocada que estaba por querer entrar aquí.

—¡Sal de aquí, Ivy! —escucho la voz de mi padre pero no consigo verle.

Intento hacerle caso pero la puerta ha desaparecido y ya no hay forma de salir. Empiezo a dar vueltas por las habitaciones, con el corazón latiendo tan rápido que parece que se va a salir del pecho. La sangre ya me llega por las rodillas y la ropa empapada pesa cada vez más. No comprendo de dónde sale tanta sangre pero solamente pienso en salir, salir de esa horrible casa a la que nunca debía haber entrado.

Los pasillos son pequeños y serpenteantes, llenos de esquinas. Respiro entrecortadamente mientras los recorro hasta que me doy cuenta de las sombras que me rodean. No estoy sola. Decenas de sombras me siguen por allí donde camino pero no consigo verles el rostro. Algunas intentan hablarme, mueven los brazos para llamar mi atención e intentan cogerme pero a medida que se acercan más a mí, grito con todas mis fuerzas y ellas se alejan.

—¡No! ¡Ayúdala, corre! —me gritan al oído. Pero esta vez no reconozco la voz. ¿Dónde está mi padre?

—Aquí estoy, cariño…

—¿Papá? ¿Qué está pasando? —miro fijamente a la sombra que creo que es la de mi padre, pero no consigo reconocerlo.

La sangre ya me llega por el ombligo y va subiendo más y más, siento que me voy a ahogar. Aparto las sombras con las manos, casi puedo hacerlas desaparecer como si fueran humo. Desesperada, busco la salida por los pasillos, entrando en cada habitación pero cada una está más sellada que la anterior, sin puerta ni una sola ventana que dé a la salida. Mis fuerzas están a punto de fallarme y las sombras empiezan a gritarme todas juntas palabras sin sentido:

—Tendrías que haber esperado…

—No digas nada… ¿Me oyes? ¡No tienes derecho a estar aquí!

—¡Él sigue vivo! ¡Sigue vivo!

¿Vivo? ¿Quién? El corazón me da un vuelco cuando veo una puerta ante mí. Está entreabierta y de ella sale una luz que ilumina todo el pasillo. Algo me dice que no debo continuar, pero mis piernas ya no reaccionan. Me acerco más y más a la puerta sin parar de gritar de puro terror. Las voces, cada vez más fuertes, siguen hablándome mientras yo prácticamente nado entre la sangre que me cubre hasta llegar a la puerta.

—Respira hondo, Ivy —mi padre me infunde coraje.

Mi mano está a punto de tocar el pomo de la puerta. Las puntas de mi pelo chorrean sangre y puedo percibir el olor a hierro que emana de ella. Las sombras que me acompañan también gritan conmigo y la luz parpadea como si también percibiera el pánico. Me va a estallar el corazón. Sé que no tengo otra salida, que es la única forma de continuar. Agarro el pomo sin pensarlo y la abro con fuerza.

Justo delante aparecen unas escaleras que dan al sótano y el mar sangriento que me ahogaba se escapa precipitadamente por ellas. La corriente podría arrastrarme pero yo sigo sujetando la puerta, luchando contra la inercia de bajar las escaleras. Las lágrimas caen por mis mejillas y no paro de implorar a Dios que me deje salir de aquí cuando una voz me hace callar:

—Sé que es difícil, pero debes hacerlo, Iverna, mi dulce Ivy…

¿Mamá?

Me despierto a gritos en mi antigua cama. Todavía es de noche pero ya se nota como los rayos del sol empiezan a despuntar colándose por las ventanas de la habitación. Miro alrededor, buscando sombras, buscando cualquier espejismo que me haya acompañado hasta el mundo real. No hay nada.

Ha sido una pesadilla…

Sabía que ocurriría. Volver a este pueblo solamente podía traerme pesadillas y malos recuerdos. Hacía casi diez años que no volvía a pisar Sammie Valley y ahora que he regresado sólo puedo pensar en que ha sido el mayor error de mi vida.

Me levanto lentamente de la cama y con los pies descalzos voy al cuarto de baño para mirarme en el espejo. Las pesadillas no me sientan nada bien. Me toco la cara intentando que desaparezca el tono cetrino de la piel, pero es inútil. Mis ojos marrones se ven ensombrecidos por las ojeras más grandes que un ser humano puede tener y mi pelo castaño, largo hasta el pecho, cae sin control. Me alegra que Thomas no esté aquí todavía para verme. Sé que tampoco soy una chica fuera de lo común. A mis 26 años podría definirme como alguien del montón, pero tampoco es necesario que Thomas me vea como si acabara de volver de entre los muertos.

Me meto en la ducha mientras me lo imagino en nuestro pequeño piso de la ciudad, haciendo café y leyendo el periódico sin enterarse de nada por prestarle más atención a las tostadas que están a punto de quemarse y esperando a que yo me despierte. La rutina de cada mañana, una rutina a la que yo he faltado un solo día y ya echo de menos.

Me prometí a mí misma antes de venir a Sammie Valley que me quedaría el menor tiempo posible y todavía pienso cumplirlo. Mi padre preparó la casa antes de que yo llegara. Él se mudó hace unos meses con su nuevo amor, quien resulta ser mi profesora del jardín de infancia, así que tengo la casa para nosotros. Thomas llegará esta noche. Me alegro de que mi padre haya podido rehacer su vida después de tantos años. Sólo espero que lo que suceda el día de mañana no le afecte tanto como me está afectando a mí, aunque él por lo menos no tiene que ir a verlo.

Aprieto las manos contra la toalla al recordar aquel horrible día en el que la pequeña Rose me llamó con malas noticias. Era medio día y yo estaba terminando unos papeles para la oficina cuando sonó el teléfono de casa. Me levanté de un salto pensando que sería Thomas para avisarme de que iba a comer conmigo pero la voz que escuché al otro lado fue la de la Pequeña Rose. Me alegré de escucharla, pero su tono de voz me decía que esa felicidad duraría poco.

Rose se ha convertido en una madre para mí. Todos la llamamos Pequeña Rose porque es la mujer más dulce que se pueda conocer, pero robusta y fuerte, más alta que la mayoría. La gente de Sammie Valley la conoce como la funcionaria de prisiones más entregada a su trabajo, buena de corazón y fuerte de espíritu, no sería capaz de hacer daño ni a una mosca, pero a la que es mejor no enfadar.

—Mi niña Ivy, no sabes cuánto siento tener que decirte esto…

— ¿Qué Sucede, Rose? —mi voz tembló ligeramente.

—Ha dicho que quiere verte.

—No.

Mis ojos se enajenaron en lágrimas y un nudo se formó en mi garganta. No tenía derecho a hacerme eso. No pensaba cumplir sus deseos. Apoyé la espalda contra la pared de la cocina y respiré hondo, guardando silencio para que la Pequeña Rose no notara que había empezado a llorar, aunque seguramente ella ya lo sabría.

—No puedes negarte, Ivy. Sé que no es justo, pero tienes que venir.

No le respondí, guardé silencio esperando a que ella comprendiera lo que me estaba pidiendo, sin comprender porque me pasaba todo aquello.

—Ivy… —Pequeña Rose suspiró—. Hay más mujeres, enterradas con sus hijas, y no dirá a nadie dónde están, excepto a ti.

Una arcada me subió desde la boca del estómago hasta la garganta. Tuve que refrenar las ansias de vomitar y con gotas de sudor frío cayendo por mi frente intenté hablar a Pequeña Rose pero no conseguí gesticular ni una sola palabra. Estaba doblada en medio de la cocina, con las rodillas dando contra el armario y la cabeza apoyada en la encimera. Esperó pacientemente, sin decir una palabra, aguardando a que fuera capaz de controlar mi pánico. Ya me había visto en esa situación antes, demasiadas veces.

—¿Por qué? —casi lo susurré, luchando todavía por no caerme desmayada.

—No lo sé, mi niña. Creo que desea verte antes de morir, y sabe que es el único modo de conseguirlo… —volvió a suspirar y se quedó un segundo callada al otro lado de la línea—. Mi niña Ivy… Cuanto has sufrido y lo que te queda por sufrir, pero ya queda poco. Pronto acabará todo.

Pronto acabará todo.

El sonido de la tostadora me despierta de mis recuerdos. Ni siquiera me he dado cuenta de cuando he llegado a la cocina de casa de mi padre pero aquí estoy. El zumo ya está en un vaso encima de la mesa y la tostadora acaba de tirar mi desayuno por los aires. Me aparto el pelo de la cara y recojo mi tostada del borde de la encimera. Hice la compra antes de llegar, así que por suerte tengo la mermelada que me gusta esperando en la nevera y un buen café en la cafetera.

La Pequeña Rose tiene razón. Pronto acabará todo. Solamente quedan un par de días para que toda esta pesadilla acabe y yo pueda volver a mi bonito piso de ciudad, sin recuerdos, sin miedos ni pesadillas, sin un Sammie Valley al que volver. Estas serán las últimas 72 horas que pase entre estas calles. Veré a mi padre y a la Señorita Pince, visitaré la tumba de mi madre y regresaré por donde vine.

Termino de desayunar e intento no pensar en mi madre. Me lamento por casi no poder acordarme de su cara. He visto cientos de fotografías y por eso recuerdo como era; morena, ojos castaños casi idénticos a los míos, pero no la recuerdo realmente. Solamente puedo acordarme de su voz, cantando una nana, riéndose a mi lado y, en los peores momentos, gritando de dolor, pidiéndome que corra, recibiendo golpes.

Salgo por la puerta al terminar de vestirme. Hace un bonito día de otoño. Ya han dejado caer las hojas de los árboles, que cubren las aceras. Una suave brisa fresca me remueve el pelo y la calle está algo mojada por las lluvias caídas esta noche. Me pongo la chaqueta de algodón que siempre llevo encima y bajo por la calle dando un paseo para encontrarme con mi padre. Hemos quedado en el viejo parque de la plaza, así que me doy un poco de prisa para no llegar tarde.

Nada ha cambiado en Sammie Valley. Las calles siguen adoquinadas de piedra, árboles de troncos gruesos llenan las aceras sin dejar apenas espacio para los peatones, aunque vive tan poca gente aquí que rara vez hay atasco. El campanario de la iglesia se ve a través de los tejados de pizarra, con la misma campana de siempre. Mi padre me contaba que hace un par de años algunos vecinos propusieron poner un altavoz para que el sonido de la campana fuera automático pero el resto del pueblo se negó. Les gustan las cosas como han sido siempre, tradicionales, antiguas y, en cierto modo, con el encanto del pasado.

Por un momento me dejo llevar por las vistas. A veces, si miras a lo lejos, es fácil olvidarse de por qué estoy deseando marcharme de este pueblo. Me fijo en las montañas que se ven por la zona oeste, las cuales preceden a los acantilados que dan a la playa. Veo la niebla que se acumula en las partes más altas y respiro el aire fresco que viene de allí. Casi me dan ganas de sonreír, hasta que escucho una voz saludándome a lo lejos.

La señora Helena, propietaria de la tienda de telas del pueblo, se acerca a mí desde la otra acera, cruzando la carretera apenas sin mirar si circulan coches. Me saluda con una sonrisa de oreja a oreja pero sus cejas se curvan en un verdadero gesto de preocupación. Llega hasta mí y me abraza efusivamente a pesar de no haber hablado con ella ni tres veces en mi vida.

¿Por qué me tenía que encontrar con Helena justo ahora?

—Buenos días, ¿cómo se encuentra, Helena?

—Cariño no tienes por qué hablarme de usted. Era gran amiga de tu madre, a mí puedes tratarme como a alguien de la familia…
Primera noticia que tengo.

—¿Cómo estás, Helena? —reformulo mi pregunta para complacerla a ver si así termina pronto esta conversación y puedo reunirme con mi padre.

—Me he enterado de todo —me habla con aprensión y espera mi cara de asombro ante sus dotes detectivescas, aunque en vano. No me sorprende lo más mínimo. Todo el mundo sabe que Helena es la mujer más cotilla del pueblo.

—Ya veo…

Suspira y me acaricia el hombro. Parece que esté esperando a que me eche a llorar en sus brazos pero sigo esperando en silencio. Al fijarme un poco más en ella me doy cuenta que no ha cambiado nada desde la última vez que la vi. Es una mujer mayor, con arrugas en la barbilla que la hacen parecer un perro de hocico chato y grandes bolsas bajo los ojos. Tiene el pelo cano y muy débil, siempre brillantemente recogido en una coleta o trenza. Su cuerpo ha empezado a empequeñecerse y a encorvarse por la edad, pero sigue teniendo la misma vitalidad que una muchacha de veinte años.

—Quiero que sepas, Ivy… —hace una pausa—, que todo el pueblo está de tu parte. Es muy cruel lo que ese… malnacido te ha pedido. Pero eres muy valiente, pequeña.

Sabía que la señora Helena nunca hablaba con muchos tabús pero que trate el tema de esa manera me pilla desprevenida y, por primera vez, le doy lo que desea, un verdadero rostro de asombro y consternación. Miro un segundo al suelo para recuperar la compostura y levanto la mirada cuando soy capaz de acompañarla con una sonrisa.

—A veces la vida nos pone a prueba —le contesto en voz baja—. En un par de días todo volverá a la normalidad.

—Tu padre nos dijo que sólo te quedarías hasta el viernes. Por lo menos así podemos verte, porque todos te echamos mucho de menos.

Lo dudo.

—Muchas gracias, Helena —empiezo a caminar—. Ahora debo irme. He quedado con mi padre y no quiero hacerle esperar.

Me lanza una mirada de tristeza fingida y me mira de arriba abajo, escaneando mi aspecto y ropa para contárselo a las vecinas que vayan a comprar telas por la mañana.

—Adiós, Ivy, dale recuerdos a tu padre —se despide lanzando un beso con la mano y vuelve a cruzarse de acera.

De toda la gente de Sammie Valley tenía que encontrarme con la mujer más cotilla y frívola del pueblo. Intento no pensar en ello. Sé que sus buenos deseos iban en serio, seguramente, pero no soporto cuando la gente se compadece de mí, cuando me miran con cara de pena y suspiran esperando a que me derrumbe delante de sus narices. Después del encuentro con Helena me doy cuenta de por qué quise abandonar mi pueblo natal. Ando con rapidez para llegar cuanto antes al parque y, a ser posible, sin nuevos encuentros inesperados.

Al nuevo paso llego en menos de cinco minutos al parque. A pesar de llevar tanto tiempo sin venir lo reconozco al momento. Sigue teniendo los mismos arcos de hierro que guardan la entrada, rodeados y entrelazados por madreselva y ramas de rosales, ahora marchitos y sin hojas. Los adoquines cambian de color a un rosado pálido guiando por los caminos serpenteantes del parque, rodeados de arbustos, árboles y hierba salvaje. Es un parque precioso, cuidado por los jardineros del pueblo como la gran joya de la corona a pesar de que ahora se vea deslucido por el otoño, y aún así merece la pena.

A lo lejos veo a mi padre. Está sentado en el banco donde solía esperarme mientras yo iba a jugar a los columpios. Lleva una chaqueta de cuero marrón y una bufanda de lana gris que le hizo mi madre por Navidad. A medida que me acerco me ve, así que se levanta y me espera sonriente. No puedo evitar pensar que no ha pasado el tiempo por el pueblo. Todo está exactamente igual como lo dejé la última vez que estuve aquí, y a pesar de ello hay pequeños cambios. Mi padre tiene alguna arruga de más, su bufanda gris alguna borla de menos, los adoquines están más desgastados y la pintura de la verja de hierro del parque se ha caído por algunos puntos.

—Buenos días, papá.

Mi padre me abraza con ternura. Le había visto por última vez las navidades pasadas hace casi un año, pero verle en este ambiente me hace sentir que ha pasado toda una eternidad. Tiene los ojos azul claro y una gran mata de pelo cana que le tapa casi las orejas. Su sonrisa es apacible y tierna pero en sus ojos lleva el peso de una vida demasiado dura. A pesar de todo sigue siendo alto y fuerte, con unas espaldas que envidiaría cualquiera.

—Qué guapa te veo, cariño.

Escuchar su voz me recuerda la pesadilla que he tenido. Casi vuelvo a escucharle gritar que salga de aquella casa. Intento controlarme, no quiero que mi padre vea que las pesadillas han vuelto, aunque diferentes y peores que antes.

—¿Qué tal la fábrica? Espero que las nuevas generaciones se apañen bien.

Mi padre se ha jubilado hace apenas un año y medio del trabajo de toda su vida. Cuarenta y cinco años trabajó en la fábrica de barcos del pueblo. Durante generaciones se habían fabricado barcos y pequeñas embarcaciones, cerca de la playa de forma artesanal, de la forma que les habían enseñado sus abuelos, pero un nuevo grupo de directivos llegó y decidieron prejubilar a la mitad de la plantilla para automatizar más el proceso. Mi padre nunca se quejó, creo que en el fondo le hicieron el favor de ayudarle a descansar por una vez en su vida.

—Se las apañan… Aunque han perdido la belleza del trabajo. Ahora sale humo día y noche de las máquinas que usan, como si eso hiciera mejores barcos, los harán más rápido, pero no tan buenos.

—Estoy segura de ello.

—Lo sé, siempre tan segura de todo —mi padre se ríe mientras me agarra del brazo tiernamente para hacerme caminar —vamos a dar un paseo, quiero enseñarte algo.

Comenzamos a andar adentrándonos en el parque. No me sorprende que mi padre no haya sacado todavía el tema. Sabe lo nerviosa que me pongo y es mejor así. Caminamos a ratos en silencio y otros ratos hablando de temas casuales y completamente superfluos. Le hablo de Thomas y de nuestro trabajo en la oficina, de cómo hemos pasado el verano.

—¿Y cuándo se va a dignar a ponerte un anillo?

—¿Pero qué dices? ¡Ni se te ocurra decirle nada de eso!

—¿Es que no quieres casarte? Ya tienes edad hija y yo quiero ver tu boda y tener nietos.

Intento contestarle pero me he puesto tan nerviosa que solamente consigo gesticular algo ininteligible mientras hago aspavientos con las manos. Debe ser que le hace gracia porque se ríe a carcajada limpia. La única respuesta que se le ocurre a mi instinto es ponerme roja como un tomate y esperar a que mi padre deje de reírse, lo cual tarda lo que me parece una eternidad.

—Perdona, perdona… —sigue riéndose por lo bajo y suspirando para controlarse mientras yo pienso que lo hace adrede para martirizarme—. Pero es cierto, Ivy. La vida es muy corta y quiero seguir vivo para ver a tus hijos caminar.

—Menudas tonterías dices, pues claro que vas a seguir vivo, ni que tuvieras 100 años…

Él se sigue riendo pero a mí me ha dado un pequeño pinchazo en el corazón y un profundo sentimiento de mal presagio se apodera de mí. Me duele un poco la cabeza pero intento concentrarme en el paseo. Está siendo un día demasiado duro, cargado de recuerdos y emociones pasadas, es normal que me sienta así.

Llegamos casi hasta el final del parque. Mi padre abandona el camino adoquinado para seguir un minúsculo camino de tierra tapado por las hojas caídas de los árboles. Yo no recuerdo haber visto ese camino antes pero me dejo guiar por él. Se ha quedado callado, manteniendo su sonrisa tierna pero con un silencio solemne que me hace estar igualmente callada. Continuamos el camino de tierra un par de minutos hasta que llegamos a un hermoso rincón escondido del parque.

—Papá…

—Lo hicieron hace un par de años. No quería contártelo sin que lo vieras. ¿Es bonito verdad?

Rodeada por árboles perennes y otros ahora sin hojas se encuentra una estatua de piedra pulida. Es una mujer apoyando su mano en uno de los troncos más gruesos que la rodean. Su pelo de piedra está suelto y parece que ondea al viento, al igual que la falda de su vestido largo, dejando ver sus pies desnudos. Una sonrisa tranquila recorre el rostro de la estatua mientras sus ojos miran hacia el cielo.

Mis mejillas vuelven a estar empapadas de lágrimas al rodear la estatua para verla mejor. Encuentro una inscripción a sus pies:

“Su alma siempre con nosotros”.

—Es preciosa —no logro decir nada más. Me avergüenza que mi padre me vea llorar pero no puedo controlar las lágrimas.

—Verdaderamente le han hecho justicia, aunque yo recuerdo a tu madre mucho más hermosa.

—Es una auténtica obra de arte.

—Pues conoces a quién la hizo —mi padre me mira sonriente, disfrutando de mi perplejidad.

—¿Quién?

—Tu amiga Anabel. Erais inseparables de pequeñas. ¿Recuerdas? Cuando propusieron la idea en la asamblea anual del pueblo, se presentó voluntaria de inmediato, incluso dijo que la haría gratis.

Hace siglos que no veo a Anabel. Cuando me marché del pueblo seguimos escribiéndonos y llamándonos pero la distancia era demasiado y poco a poco dejamos de escribirnos hasta que, sin darnos cuenta, habíamos perdido el contacto por completo. Siempre pensé que estaría enfadada conmigo por dejar de escribirle o sintiendo que la había olvidado, pero aquella estatua tan hermosa de mi madre me demuestra lo equivocada que estaba, y lo estúpida que había sido por perder su amistad.

Caminamos cogidos del brazo y en silencio de vuelta a la plaza. Esta noche llega Thomas así que cenaremos juntos en la casa de la señorita Pince. Supongo que no está mal que siga llamándola señorita, a pesar de ser ya una mujer adulta que está viviendo con mi padre. Siempre será mi profesora del jardín de infancia y hay costumbres que no se olvidan. Cuando me lo contó se me hacía raro pensar en mi padre queriendo a otra mujer que no fuera mi madre, pero después de verle tan feliz las pasadas navidades no pude hacer otra cosa que alegrarme.

—Bueno, Ivy, voy a ayudar a Joanne a preparar la cena. Quiere sorprenderos con un buen manjar, aunque me temo que no ha pensado la poca experiencia que tiene en la cocina… Con la repostería es un hacha, pero con los guisos…

Ambos nos reímos y nos abrazamos. Me despido de él deseándole suerte y emprendo el camino de vuelta a mi viejo hogar. Me doy cuenta que algunas personas por la calle se me quedan mirando, aunque no me dicen nada, otras en cambio ni me reconocen. De todos modos me alegro de la intimidad que me conceden. Sigo caminando y casi sin darme cuenta llego hasta la esquina de la calle donde vivía Anabel.

Durante unos minutos me quedo quieta en la acera, pensando en las ganas que tengo de agradecerle lo hermosa que ha retratado a mi madre en aquella estatua y a la vez asustada sobre cómo reaccionará al verme. Lo último que deseo ahora son más miradas de compasión como las de la señora Helena. Pienso en la casa vacía que me espera y en las horas que quedan para que Thomas llegue al pueblo y me termino de convencer. No quiero estar tanto tiempo sola, y menos en aquella casa.

Recorro la calle hasta la casa blanca de estilo victoriano con la puerta de madera pintada de mil colores y pulso el timbre. No sé si me habrá oído porque escucho una radio encendida a todo volumen en el interior así que vuelvo a llamar, esta vez acompañando al timbre con golpes de nudillo en la puerta. Empiezo a pensar que es un auténtico error estar aquí parada cuando alguien apaga la radio y mi querida Anabel abre la puerta.

Si todo el pueblo ha permanecido como detenido en el tiempo, Anabel ha cambiado por todos ellos juntos. De la niña asustada de pelo largo y rubio con coletas, gafas redondas y vestidos de cuadros se ha convertido en una auténtica belleza. Es alta y esbelta, con una mirada penetrante de ojos verdes. Se ha teñido el pelo de azul y se lo ha cortado. Lleva un peto vaquero lleno de manchas de pintura al igual que sus brazos, los cuales lucen varios tatuajes cada uno más original que el anterior.

Me quedo petrificada, esperando a que reaccione de algún modo. Ella parece que se ha quedado igual, porque me mira directamente a los ojos, con la boca medio abierta y casi sin respirar. Empiezo a temer que ambas nos ahoguemos por no coger aire cuando suelta el pincel que tiene en la mano y me abraza con fuerza. No posa sus manos en mi espalda, supongo que por miedo a mancharme de pintura, pero hunde su rostro entre mi hombro y mi cuello.

—¡Ya era hora! No sabes lo mucho que te he echado de menos… —me dice Anabel sin dejar de abrazarme.

Apoyo mi cabeza en su hombro y disfruto del momento. ¿Cómo he podido perder el contacto con ella? No sabía lo mucho que la echaba de menos hasta ahora. En un solo abrazo han desaparecido todos los años que hemos pasado sin hablarnos y después de tantas emociones reprimidas, tantas miradas de compasión y pesadillas, me doy cuenta de que Anabel es el ángel que estaba esperando para ayudarme a pasar todo lo que me espera.

—¿Qué hacemos todavía en la puerta? —me dice con energía—. ¡Pasa! Estaba terminando un cuadro pero lo termino luego.

Recordaba su casa de cuando era pequeña pero, de nuevo, me sorprende todo el cambio. Ha derrumbado todas las pequeñas dependencias de la planta baja, dejando solamente un gran piso diáfano a excepción de los muros de carga y vigas necesarios para que no se caiga la planta de arriba. Todas las paredes están pintadas, por ella misma por lo que parece, llenas de paisajes naturales, escenas de amor, obras abstractas y muchísimo más. El suelo está cubierto en su mayoría de papel marrón y por todas partes hay lienzos acabados o a medio terminar esperando a la artista.

—Siento el desorden, tengo una exposición dentro de poco y me han dado el día libre en el trabajo para acabarla.

—¡Eres toda una artista! —no se me ocurre otra cosa que decir. Estoy demasiado maravillada por todo el arte que me rodea.

—¡Es sólo un hobby! —me dice Anabel riéndose con una ligera mirada de orgullo en el rostro—. En realidad entré en el cuerpo de policía.

—¿Eres poli?

—¡Y de las buenas!

Nos reímos juntas y nos acomodamos en la zona que, parece, ha dejado como salón. Hay muchos cojines de diferentes colores y tamaños para sentarnos y unos palés de madera con un cristal encima que hacen las veces de mesa. Anabel trae un poco de té y unas galletas caseras y nos sentamos juntas, tal y como habíamos estado durante horas antaño.

Pasamos mucho rato poniéndonos al día. Ella me habla de cómo le costó pasar las oposiciones a policía pero de lo feliz que está ahora con su trabajo. Como trabaja en la comisaría de Sammie Valley y la conocen bien, le dan días libres de vez en cuando para dedicarse a la pintura y a la escultura ya que, como ella dice, es la «única que mantiene el arte con vida por aquí». Yo le hablo de mi trabajo como contable en una gran oficina de la ciudad y de mis esperanzas de ser ascendida dentro de poco. A mí no me dan días libres así como así pero esta vez era un caso especial.

Anabel se da cuenta de cómo mi mirada se ensombrece casi al instante pero ella no es como los demás. No me da tiempo ni a respirar cuando ya me está hablando muy efusivamente de los chicos del pueblo y de su querido Jay, un joven que vive cerca de la plaza pero con el que todavía no tiene nada serio porque le está tanteando. Consigue que me distraiga con facilidad y pasamos otra hora y media hablando de cómo hacer que Jay demuestre su amor por ella, siendo un poco perversas.

—Muchas gracias por la estatua —le digo en un momento de leve silencio.

—No es nada —me dice con alegría, sin apenas mirarme—. Por poco le conceden la obra a un escultor de las afueras que se mudó hace unos años. ¡Ni siquiera es de Sammie! ¡JA! En cuanto me enteré me acerqué al ayuntamiento con mis bocetos y una nota en todos donde especificaba que mi trabajo era «sin pagar un centavo».

—Pues me alegro de que la hicieras tú, porque es preciosa.

—Había que hacerle justicia a tu madre, Ivy. Se lo merece.

Nos quedamos unos minutos calladas, viendo como empieza a llover por la ventana. El sol cada vez alumbra más débil y me doy cuenta de la hora que es. Thomas tiene que estar a punto de llegar a mi antigua casa y no quiero que esté vacía cuando llegue. Me despido de Anabel con un fuerte abrazo cargado de sentimiento y le prometo que nos veremos cada día hasta que me vaya. Ella intenta convencerme de que me quede un poco más aunque sin insistir demasiado, pues a pesar del tiempo que ha pasado me conoce bastante bien.

Por suerte llego a tiempo. Entro en casa, enciendo todas las luces y la televisión para esperar a Thomas. Después de tan solo quince minutos llama a la puerta y lo recibo con miles de besos y muchos «te he echado de menos». Ha intentado encajar como ha podido en Sammie Valley. Se ha quitado su habitual traje estilo inglés con chaleco y se ha puesto unos vaqueros con zapatillas y camiseta de manga corta con chaqueta de algodón encima. Verle así me enamora mucho más. Tiene los ojos color miel y el pelo sedoso y suave. Siempre suele llevar traje, incluso cuando simplemente vamos a dar una vuelta o a ver una película al cine, por lo que este detalle me hace darme cuenta de lo mucho que se quiere esforzar estos días por hacerme sentir cómoda.

—Muy guapo.

—¡Y cómodo! No es que vaya a cambiar de estilo de la noche a la mañana pero hay que reconocer que tiene sus ventajas.

Conocemos a Joanne Pince a la hora de la cena. Mi padre está graciosamente nervioso, por lo que disfruto de la velada como no había creído posible. Ninguno menciona el tema y yo lo prefiero así. Charlamos sobre multitud de cosas y Thomas enumera los motivos por los que vivir a las afueras es mucho más saludable que vivir en la ciudad.

—Entonces, ¿prefieres vivir en un pueblo, Thomas? —dice mi padre suspicaz.

Thomas se queda callado por un segundo pensando qué contestar y todos nos reímos ante su perplejidad. No me imagino a Thomas viviendo en un pueblo, sin televisión por cable, estadio de futbol a la vuelta de la esquina, cines y centros comerciales a cinco minutos de su diminuto piso inteligente con internet en la nevera.

La noche pasa tranquila, todos nos reímos y charlamos sin parar hasta que llega la hora de irse a dormir. Joanne nos despide en la puerta con un poco del bizcocho que hemos comido de postre envuelto en un trapo de cocina para que desayunemos mañana. Thomas lo coge encantado y le da un beso en la mejilla cariñosamente. Yo abrazo a mi padre y le tapo de la mirada de Thomas con mi cuerpo mientras hace gestos en su dedo anular y me insta con las manos para… ¿Qué? ¿Pedirle matrimonio yo misma esta noche?

Todavía con ese pensamiento en la cabeza nos metemos en la cama. Thomas me acaricia cariñosamente y me da besos de ánimo mientras yo me quedo lentamente dormida. A su lado todo es mucho más sencillo. No tengo tanto miedo como la noche anterior. Intento no pensar en lo que me espera el día de mañana. Solamente necesito dormir unas cuantas horas tranquila y con Thomas a mi lado sé que puedo conseguirlo.

—Eres mi vida entera —me dice cuando ya casi no puedo ni escucharle.

—Y tú la mía, cariño. Te quiero mucho, Thomas.

Se queda callado a mi lado, pero noto que no está tranquilo, así que hace que me desvele un poco. Me giro para verle mejor a la luz de la luna que entra por la ventana. Está preocupado. Lo sé porque siempre frunce el ceño de esa manera casi imperceptible cuando algo le preocupa pero no quiere decírmelo.

—¿Qué pasa? —le insto con impaciencia y ternura.

—Mañana no tienes que entrar sola si no quieres. Yo puedo acompañarte.

—Ya te he dicho que prefiero ir sola. No tardaré nada.

Noto como una ligera sensación de frustración sube por mis pulmones. Había conseguido relajarme y olvidarme de todo por un segundo. ¿Por qué no podía haberlo dejado así? Le abrazo y le beso en la nariz, porque sé que él no tiene la culpa de todo lo que me ronda la cabeza.

—Sé que solamente quieres protegerme…

—Más que nada, Ivy —me interrumpe antes de terminar.

—Lo sé, pero esto necesito hacerlo sola, no quiero meterte en ello. Solamente quiero ir y que diga donde están para poder terminar de una vez y volver a nuestra casa.

—Eres la persona más valiente que conozco, Iverna Watson.

Me besa en los labios con toda la ternura de la que es capaz. Le correspondo con mil besos y mil caricias hasta que terminamos haciendo el amor en mitad de la noche, rozando cada parte de nuestros cuerpos y ayudándome a olvidar. Nos quedamos dormidos, abrazados hasta el amanecer y felices. Mi último pensamiento antes de caer rendida es que hoy no tendré pesadillas, dejando que mis párpados se cierren y acomodándome en su hombro antes de dormirme.

Pero me equivoco.

Capítulo 2