LA CANCIÓN

Ocultos #SoyTalento

LA CANCIÓN

«Como quisieraaaaaa, que tu vivieeeeeeras, que tus ojitos jamás se hubieran cerr…»

—¡Cállate ya! Es en serio, Cristina, y bájale al volumen, o ponte unos audífonos —le gritó Benjamín exasperado. 

Benjamín casi nunca gritaba, así que todos nos quedamos mirándolo sin saber qué hacer. Cristina tardó en recuperarse, pero luego le gritó también.

—¡¿Y qué quieres?! Ana me quitó los audífonos y no encuentro los baratos.

—¡Yo no te quité los audífonos!... entre todos decidimos que así se iba a hacer, yo solamente llevé a cabo la tarea de reunir las cosas —dijo Ana con mirada de angustia. Me acerqué a ella un poco más y le pasé un brazo por los hombros. 

Sabía que Ana no estaba monitoreando nuestras pertenencias por saciar sus ansias de maldad, sino porque ese era el trabajo que le habíamos dado, y a ella le gustaba hacer bien su trabajo. Sí, ya sé que antes había dicho que lo hacía por ejercer un poco de poder y control, (eso es lo que pensé), pero en los días que había tenido que vivir con ella, también me había dado cuenta de que no tenía problema en sacrificarse por los demás, tomar la tarea más difícil y la más retadora y llevarla a cabo de forma impecable. Tal vez había aceptado el trabajo solo para no aburrirse.

Ana se quedó mirando fijamente la pantalla de su computador sin mover las manos ni tocar las teclas. Por un segundo me pareció que respiraba más profundo y que tragaba saliva, y de pronto algo brilló en el borde de su ojo, así que me enderecé rápidamente y volví a lo mío. No quería delatar que Ana estaba tratando con todas sus fuerzas de contener las lágrimas. Sentí un poco de lástima por ella: estaba haciendo tan bien su misión de mantener nuestra economía que ahora era la persona más odiada en el apartamento.

Su esposo, Oliver, no era de mucha ayuda. Con frecuencia los oíamos discutir con la voz amortiguada por las paredes y la puerta cerrada de su habitación, casi siempre porque Ana había encontrado algún otro billete que él mantenía escondido o alguna pertenencia valiosa que había ocultado. «No puedo, no puedo dejar que te lo quedes, Oliver, soy yo la que tiene que encargarse de que la plata alcance. ¿Cómo se va a ver si permito que te quedes con eso? Necesito que me ayudes, no es fácil», la oímos decirle un día por entre la puerta entreabierta de su habitación, pero no escuchamos mucho más porque al darse cuenta la cerró de inmediato. Cuando oí esto, lo primero que hice fue ir al estudio y asegurarme de que «Design your self» estuviera aún entre los anaqueles de la biblioteca, acumulando polvo. Y allí estaba, nadie había puesto un solo dedo sobre él.

—¿Estás segura de que estás cómoda ahí? —preguntó Ana después de controlarse, me miró con ojos secos y señaló hacia el computador portátil que yo tenía sobre las piernas.

—Ahm, sí —La verdad es que hubiera preferido sentarme en el escritorio, pero tenía tanto trabajo que cuando llegué al estudio esa mañana y lo vi ocupado por Benjamín y Cristina, me senté en el primer puesto que había libre en el sofá y comencé a trabajar sin descanso.

El martes en la mañana era el momento más ocupado de toda mi semana; mis clientes, después de lo que parecía ser un fin de semana estimulante, despertaban el lunes llenos de «ideas» y requerimientos «novedosos» que debían estar listos «preferiblemente para mañana», es decir para el martes, y esto sucedía todas las semanas. El impulso creativo disminuía para el jueves, y el viernes era probable que nadie se acordara de llamar a la ilustradora.

—No te ves para nada cómoda —observó de nuevo David, que había venido a sentarse a mi lado con el computador sobre una mesa portátil.

Y era verdad, tenía la tabla de dibujo sobre mi mano izquierda, y la apoyaba precariamente sobre la superficie del portátil mientras dibujaba con la derecha, me dolían las manos y los hombros, y tenía que encorvarme para hacerlo.

—Anda, toma —dijo David, deslizando la mesa de ruedas hacia mí.

—No… David, es tu mesa —respondí, sorprendida, permitiéndome levantar la cabeza por primera vez desde las ocho de la mañana.

—Claro que sí, no voy a ser responsable del daño de tus vertebras, toma la mesa y ya —insistió mirándome a los ojos, luego volvió a desplegar el computador sobre las piernas.

Benjamín giró la cabeza por primera vez en toda la mañana cuando oyó nuestra pequeña discusión. Me observó por unos segundos y luego abrió la boca.

—¿Amor, estás bien ahí? ¿Quieres venir al escritorio? —dijo, fingiendo que era la primera vez que se daba cuenta de que yo podría estar incómoda trabajando en el sofá.

Pues claro que quería tomar el escritorio, pero él no se había dado cuenta. Ya iban a ser tres horas desde que había empezado a luchar para balancear mi tabla de dibujo sobre las manos. Fue el ofrecimiento de David, la cortesía que tuvo al cederme su propia mesa, lo que hizo que

Benjamín me ofreciera de repente el escritorio que él celosamente acaparaba con la excusa de desarrollar la famosa aplicación que «pronto nos haría ricos», pero de la que aun yo no veía nada más que código.

Me levanté del sofá plateado y sin decir nada más me instalé en el escritorio, puse mi tabla de dibujo a la derecha y me sumí de nuevo en el trabajo. Benjamín fue a situarse al lado de David y los dos empezaron a teclear en silencio. 

El estudio era una habitación de tamaño medio que alguna vez estuvo llena de afiches enmarcados que Benjamín y yo coleccionábamos. Teníamos algunas piezas raras que Ana había vendido a buen precio, pero aún quedaban aquellos que nadie había querido: Pink Floyd, Dark side of the moon; Harry Potter y Las reliquias de la muerte, parte 2, «Todo termina»; el común y corriente «Le Chat Noir» que habíamos traído de París, con el gato negro sobre el fondo amarillo y una réplica de la Campbell´s soup de Andy Warhol.

Aun así la habitación se sentía vacía, y yo odiaba fijarme mucho en ella, la que antes había sido uno de mis sitios favoritos en todo el mundo, mi santuario. 

Hacía solo algunas semanas el estudio era perfecto: un escritorio grande, blanco, brillante, hacia la pared del fondo, donde cabíamos Benjamín y yo sin tocarnos las espaldas; dos sillas Herman Miller extra ergonómicas donde uno podía girar y girar hasta marearse si estaba aburrido; un tapete gigante hecho de parches cuadrados de colores que yo había diseñado a mi gusto, y tan abullonado que se hubiera podido dormir sobre él. Al lado derecho, una ventana de piso a techo por donde entraban los más espectaculares amaneceres, y que yo podía cubrir con un panel blanco donde proyectábamos películas o video juegos.

Ahora, la habitación que yo amaba casi como una persona estaba irreconocible: no quedaba ni rastro de las tres pantallas de alta definición que Benjamín y yo utilizábamos, de hecho, eran raros los aparatos electrónicos que permanecían. El tapete de colores se había ido y ahora era solo un piso más con secciones de madera lacada. El sofá de cuero había sido vendido por no ser «útil» y en su lugar ahora estaba el sofá gris futurista de Ana y Oliver en el que, para ser francos, sí cabían más de tres personas sentadas cómodamente. Y ya nunca había necesidad de deslizar el panel de madera blanca sobre la ventana, porque el proyector también descansaba en las profundidades de una casa de empeño.

Un sonido agudo y molesto me distrajo de mis pensamientos. Sacudí la cabeza para librarme de lo que inconscientemente pensé que era un mosquito rondándome los oídos. Y luego escuché bien: era Cristina, de nuevo cantando con su voz chillona bajo la guía de una música casi imperceptible que salía de los parlantes de su computador. Cantaba muy bajo, pero de alguna forma esto lo hacía peor, porque ahora era como el murmullo de cien mosquitos chillones a mi lado.

—Azul, porqustmor es azul como el marazul, porque tara tara tarara… ilusiooooooon

No dije nada. Para disimular, me puse una mano sobre la oreja izquierda, pero al hacerlo noté que algo más me molestaba. Giré de nuevo la cabeza y vi a Oliver sentado en la silla de brazos que habíamos traído de la sala. Chasqueaba los dedos y tarareaba una canción que sonaba en su iPad a un volumen muy bajo también. Era Eminem, y los pobres intentos que el hombre hacía por imitarlo no me permitían decidir si debía reírme o llorar o pedirle que jamás, jamás lo volviera a intentar. 

Giré por completo sobre la silla de rodachinas con la que precariamente habíamos reemplazado las otras dos y noté con creciente horror que la situación era más grave de lo que pensaba: De cada uno de los computadores salía música distinta, e invariablemente sus dueños se encontraban cantándola, inmersos en lo que creían que eran buenas imitaciones.

Benjamín tenía Soda Estéreo y, al parecer, no se acordaba bien de la letra.

—…cooomo un revolver….ciencia….ios…gua…dentro….cerebraaal —tarareaba, repitiendo solamente las últimas palabras de las estrofas después de que Cerati se las indicaba. Quería matarlo, odiaba que hiciera eso, ¿por qué no podía simplemente aprenderse las malditas canciones? ¿O no cantarlas? Pero no, él tenía que «hacer que se las sabía».

Ana era aún peor; había subido el volumen de su música para sofocar la de Benjamín a su lado, y silbaba lo que creí que era una versión de musical de El Rey León. 

David hacía silencio y tecleaba en su computador, alzó los ojos por un segundo y se quedó mirándome. Luego sonreímos: estábamos igual de exasperados. Me agarré la cabeza con fuerza; no podía soportar esto. ¿Cómo podría? Yo necesitaba tranquilidad e inspiración… «y un cable de cinco metros para poder llevarme el internet hasta mi habitación» pensé. 

Sí, porque en esta casa ya no había internet inalámbrico, eso era demasiado lujo para nosotros, supongo, así que todos nos conectábamos directamente al rúter del estudio con nuestros cables amarillos o azules. Benjamín había dicho que este tamaño de banda nos soportaría a todos y permitiría que yo enviara mis trabajos a tiempo, pero claro, no era suficiente para la clase de contenido que descargaba Oliver en un día normal (el que Benjamín estaba seguro de que era porno), así que enviar o recibir un correo se había convertido en un reto para la paciencia, ver una foto era una proeza, descargar un video era un plan de todo el día.

¿Y que iban a hacer seis personas sin trabajo y sin dinero? Pues encerrarse en su casa. ¿Y que iban a hacer dentro de la casa? Pues mínimo enviar currículos. Era normal que todos quisiéramos estar la mayor parte del tiempo en el estudio. Seis personas conectadas al mismo internet de baja velocidad… y sin audífonos: La hecatombe estaba a punto de estallar.

Para medio día Cristina salió hacia la cocina para hacer el almuerzo. Yo no me ofrecí a acompañarla porque aún estaba sepultada bajo montones de trabajo. Media hora antes le había prestado mis audífonos baratos a Benjamín con la esperanza de que dejara de cantar solamente las últimas partes de las estrofas. Cuando se los di noté una mirada extraña en Oliver, pero no le hice caso. Ahora, sin Cristina y su música de plancha, solo quedaba el hip-hop de Jennifer López de Oliver y  la banda sonora de Mary Poppins de Ana. Los dos cantando al cual más, sin ningún tipo de vergüenza ni consideración. 

Cada vez que Oliver le subía un punto a su iPad, Ana le subía dos a su computador. Me pregunté si aún estarían en medio de algún tipo de pelea conyugal interna de la que los demás no nos estábamos enterando. Pero yo necesitaba concentrarme, mientras que David parecía olvidado del mundo y tenía una mirada perdida de meditación profunda, debía preguntarle cómo lo hacía.

Leí de nuevo en mi pantalla:

Escena N. 3: Los dos conejitos brincan y tratan de esconder los huevos de chocolate entre la hierba.

Traté de soportar el ruido a mí alrededor. Empecé por dibujar las orejas.

«Súpercalifragilisticoespiral aunque al oir….». Tuve que borrar esa oreja y empezar otra. «…my love don’t cost….., pum purum pum». Mejor empezaría por las patas… «Paciencia, ten paciencia».

Vi a mis dedos moverse por sí solos, dirigirse al programa, abrir la lista de música y escoger, ahora con pleno apoyo de todo mi cuerpo y mi mente, Chaikovski, Obertura 1812. Y subí el volumen más allá de lo que jamás lo había subido. Los cañonazos y los trombones resonaron por toda la habitación y, creo, por todo el edificio. En la cocina, Cristina dejó caer algo de cristal, David había dejado su mirada perdida y ahora se carcajeaba al ver el computador de Ana en el piso después de que lo había dejado caer del susto. Oliver gritaba como un poseso.

—¡¿Qué te pasa, piba?¡

—Déjala, ¿o a ella también vas a decirle cómo tiene que hacer las cosas? —respondió Ana, agachándose para recoger su computador del suelo y con evidente resentimiento contra su esposo

Yo volví a bajar el volumen de la música y me giré para volver a lo mío. Excepto que no pude volver a lo mío.

—Tal vez podría olvidarme de ti y de todos ustedes si tuviera una sola cosa, una sola cosita que no me dejaste tener —dijo, y termino con su dedo índice empujando sobre el hombro de Ana, que se había levantado del suelo y aun sostenía su computador.

—¿Qué? ¿Los audífonos? Ay por favor, Oliver, David entregó sus audífonos de seiscientos dólares y no lo ves llorando como una nena —devolvió ella sacudiéndose el dedo de Oliver del hombro como si fuera algo asqueroso, luego se restregó los ojos en un ademán irónico—, no puedo tenerte siempre viviendo en un castillo.

—¡Pues tal vez yo no estaría «llorando como una nena» si alguien no hubiera perdido el trabajo por andar ayudando a sus amigos!

La habitación se quedó en silencio, un silencio espeso y sofocante. Empecé a sentir que toda la sangre se me iba hacia los pies, no podía creer que mi pequeña broma estúpida con la música hubiera provocado toda esta pelea.

Nadie se atrevió a hablar. Oliver me miró y en sus ojos pude ver una pizca de remordimiento por lo que acababa de decir, luego miró hacia el suelo y empezó a recoger sus cosas, su iPad, un libro y unos lapiceros. 

—Bueno, ya está bien, lo que vamos a hacer es muy fácil —interrumpió Benjamín, levantándose aun con expresión de incredulidad al ver lo que había pasado—, vamos a preguntarle a Ana, aquí —dijo poniéndole una mano sobre el hombro—, si puede dejarnos un presupuesto de cinco dólares por persona, y yo voy a ir a comprar audífonos para todos… todos felices.

Ana se encogió de hombros e hizo mala cara.

—Esos son veinticinco dólares. Con eso comemos un día —dijo con terquedad. 

Benjamín se quedó boquiabierto sin saber qué decir, yo estaba segura de estaba haciendo cálculos y de que no podía imaginarse cómo podía ser que seis personas comieran con ese dinero por todo un día.

—No importa, Benja. La verdad es que no me apetecen mucho unos audífonos de cinco dólares —le dijo David con una sonrisa, tratando de romper el hielo entre todos—, estoy bien así y cuando pueda recuperaré los otros, o compraré unos.

—Ah, sí, sí claro —dijo Benjamín con docilidad, y luego pareció más animado—. Ana, ¿puedo yo comprarme unos? A mí no me importa si suenan bien o no, con tal de que suenen —dijo luego, con voz de niño y mirando a Ana con los ojos muy abiertos.

—Bueno… y tal vez Oliver pueda comprarse unos también, pueden ser de diez dólares, incluso… —concedió Ana, suavizando su expresión y soltando los brazos.

—No se preocupen, yo no quiero la basura de nadie —dijo Oliver con amargura, y sin mirarnos salió de la habitación.

Levanté los ojos hacia Benjamín, quien se veía muy incómodo, arqueé las cejas y puse los brazos en jarras.

—¿Qué? A sí, sí, ya sé que todo esto de «los aparatos» como ustedes lo llaman, es mi jurisdicción. No te preocupes, Ana, voy a pensar en una solución, ahora que lo veo, lo de los audífonos baratos no es buena idea. No te preocupes —dijo abrazándola con un solo brazo—, ¿estás bien?, ¿quieres que vaya a hablar con Oliver?

—No —dijo ella con resignación, casi con la mirada de una mamá que sabe que ha criado mal a un niño, y limpiándose un par de lágrimas—. Tú piensa en una solución para esta locura y hablamos después. Voy a ayudar a Cristina con el almuerzo.

Y salió del estudio también. 

Al fin tenía la paz que necesitaba, ¿pero a qué precio?

 

___

El amanecer del miércoles me encontró en el sofá plateado tratando de despegar la piel de mi mejilla izquierda de su superficie plasticosa. El sol me daba exactamente en la cara y no me dejaba ver bien. Traté de enfocar haciéndome sombra con la mano.

No veía nada. Me despegué del sofá y levanté una colcha que alguien me había puesto encima después de que me quedé dormida, probablemente Benjamín. Caminé, entumecida aun, hacía el computador y observé la pantalla.

—¡Sí! —chillé con alivio; el archivo que había estado tratando de entregar durante casi la totalidad de la noche había sido enviado con éxito a la editorial para la que trabajaba como FreeLancer.

—¿Lograste enviar el archivo? —preguntó Benjamín detrás de mí. Traía un vaso de jugo de naranja exprimido en cada mano.

—Sí, sí, dice que se envió a las tres y veinticuatro. Espero que lo hayan recibido bien, aunque si no, ya lo sabría —dije con una sonrisa cansada, arrebatándole uno de los vasos.

—Buenos días, Sam, ¿se envió bien tu archivo? —preguntó David, apareciendo detrás de Benjamín, aun en pantalones de pijama y camiseta. También traía dos vasos de jugo de naranja en las manos y pude ver su expresión sorprendida, la que sofocó rápidamente después de ver que no estaba sola y que además ya había terminado con un vaso de jugo.

—Ya le traje uno —le dijo Benjamín un poco serio, señalando los vasos de David.

—Sí —y sospeché solo por un segundo que su mente trabajaba a toda prisa—… éste es para Cristina.

—Pensé que Cristina estaba en la sala

—… estaba, pero ahora no la encuentro.

Hubo un silencio incómodo en el que David y Benjamín se miraron a los ojos.

—Benja, gracias por cubrirme con la colcha anoche, me hubiera muerto de frío —le dije a mi esposo mientras levantaba la colcha verde y empezaba a doblarla.

Benjamín no dijo nada, pero de inmediato se volvió para mirar a David de nuevo.

—En fin, vine para decirles que Ana nos quiere a todos en la sala —dijo David después de aclararse la garganta, y se devolvió por donde había venido.

Agarré el vaso vacío de jugo y le tome la mano a Benjamín para caminar juntos a la sala.

—¿Sabes qué quiere ahora? —le pregunté con fastidio, la verdad era que prefería pasar mi mañana durmiendo.

—Sí, de hecho. Quiere que discutamos el sistema que nos inventamos entre los dos para hacer que lo de la música funcione para todos.

Bueno, ese era un tema que me interesaba a mí también y saber que Benjamín se había despegado de la aplicación para trabajar codo a codo con Ana me hacía sentir emocionada y curiosa por ver la solución a la que habían llegado.

En la sala solo faltábamos Benjamín y yo, nos sentamos y los demás me hicieron algunas señas de saludo: todos estaban igual o más dormidos que yo, con el pelo alborotado y en batas de dormir. En la pared frente a mí, Ana había colgado el tablero blanco en el que se anunciaban todas las reglas que se habían acordado hasta ahora, y que nos permitían vivir sin asesinarnos los unos a los otros. Cada vez que llegábamos a un acuerdo, Ana lo anotaba en un Post-it de algún color brillante y luego lo pegaba en el tablero, organizadamente, de izquierda a derecha.

—Gracias a todos por venir a esta reunión —empezó Ana con una sonrisa. A veces pensaba que le emocionaba demasiado todo lo que implicaba planeación y que nos veía a los demás como a las figuritas de su propia casita de muñecas. Aun así, yo estaba dispuesta a dejar que ella halara los hilos, dormida como estaba y con la mitad de la cabeza en el trabajo.

—Quiero que sepan que Benjamín y yo nos hemos metido en la tarea de resolver el asunto que yo llamo «La pelea por la música» —y dicho esto fijó sus ojos en Oliver solo durante unos momentos—, y que hemos llegado a una solución que esperamos que les guste a todos. ¿Dime, Cris? ¿Tienes alguna pregunta sobre el proceso…?

Cristina había levantado la mano cómo si fuera una niña en el colegio.

—¿Por qué tenía que ser tan temprano? —dijo, en medio de un bostezo.

Ana no pudo responder. Se quedó tiesa con la boca abierta.

—Porque queremos que el acuerdo empiece a regir inmediatamente para los que se levantan a trabajar temprano, no queremos tener otro episodio como el de ayer —respondió Benjamín, rescatando a Ana.

—Sí, exactamente por eso —dijo Ana retomando el mando—. Y así va la cosa: Tenemos una sola bocina —abrió su cuaderno rojo de la inquisición (como todos lo llamábamos a escondidas) y leyó—, marca Bosé, propiedad de Benjamín Arenas y Samantha Diez-Arenas... ¿Dime, Oliver? Oliver había levantado la mano también.

—¿Y cómo hacemos para utilizarlo si nadie tiene un celular decente, e incluso, a algunos de nosotros nos fueron arrebatados nuestros iPods? —dijo con aire de revolución, dirigiendo la mirada hacia cada uno de nosotros, por turnos.

—Eso es muy fácil, Oliver —respondió Ana sin perder ni un ápice de su calma—, Benjamín y yo hemos revisado todas las opciones posibles y pensamos que esta ésta es la más adecuada. Cómo todos saben, la mayoría de los aquí presentes contaban con audífonos de marcas reconocidas, de alta fidelidad y, por lo tanto, de un alto costo. Estos elementos fueron vendidos y hemos recibido una cantidad de dinero que nos ha ayudado y que nos ayudará a cumplir nuestras metas financieras…

Perdí el rumbo. Ana hablaba cómo una entrenadora de ventas en una reunión de oficinistas recién bañados. Mis ojos se cerraron contra mi voluntad y dejé caer la cabeza sobre el brazo del sofá.

—¡Samantha! —gritó Ana con mirada de reprobación, e hizo que quedara derecha, sentada en mi silla, tratando de fingir que pondría atención—, ¡son solo cinco minutos! —dijo, y abrió de nuevo el cuaderno rojo de la inquisición—. Unos audífonos Bosé resistentes al agua propiedad de Benjamín Arenas por el valor de…

Volví a perder el sentido, solo que esta vez tuve el cuidado de hacerlo con los ojos abiertos, y creo que durante un segundo soñé con notas musicales que me ahorcaban. David me dio un codazo suave en las costillas.

—¿Ah?

—Sam, qué si estás de acuerdo —me preguntó.

—Ah, sí, sí claro —balbuceé, pero no sabía a lo que había accedido.

—Perfecto —continuó Ana—, ahora que todos estamos de acuerdo, voy a pegar el Post-it oficialmente en el tablero.

Los demás se levantaron y se desperdigaron por el apartamento, yo me fui caminando como una zombi. Solo quería mi cama y tal vez un plato de huevos revueltos, pero antes me empiné, con curiosidad, para ver el último cuadrado de papel pegado sobre el tablero. 

Allí estaba, al lado del papel verde que decía «Los hombres bajarán la tapa del inodoro cuando usen el baño de visitantes so pena de serles prohibida la entrada» (el cual había sido tachado varias veces por Oliver), el pequeño papel rosa con el nuevo acuerdo:

Cada persona tendrá derecho a poner la música que desee en la bocina del estudio  durante dos horas al día siguiendo el orden de llegada al recinto al comenzar la mañana.  El volumen será moderado. Los demás habitantes deberán respetar las escogencias de la  persona de turno y deberán salir si quieren atender llamadas.

 

—Esto es una total estupidez —murmuré para mí misma, y me dirigí a la habitación.

 

___

Antes de que cayera el sol, estaba sobre mis pies de nuevo. Tomé una ducha caliente y relajante durante cinco minutos contados con cronómetro y luego miré la pantalla del celular: la mayoría de las ilustraciones habían sido aceptadas, pero habría que hacer unos cambios.

Calculé el tiempo; me tomaría cerca de cinco horas hacerlos y otras dos para hacer el envío, siempre que Oliver no estuviera descargando «música». Con suerte me podría ir a la cama a la una de la mañana. Aun después de dormir durante todo el día, me sentía exhausta.

Arrastré los pies por el corredor hasta llegar al estudio y lo que encontré hizo que me quedara en el marco de la puerta con una sonrisa en la cara. 

Este era el pozo de la felicidad. Cristina y Ana cantaban al unísono meciéndose de un lado al otro en perfecta sincronía, David parecía feliz y las observaba sin dejar de teclear en el computador, Oliver bailaba frente a la ventana tratando de hacer el moon walk y haciendo morir de risa a los demás; y lo mejor, Benjamín se había despegado de la pantalla y tarareaba la canción de Michael Jackson que salía del parlante solitario sobre el último anaquel de la biblioteca.

Después de todo, esto de la música por turnos había sido una buena idea. El grupo me recibió con ánimos renovados y, aunque me hicieron campo en el sofá, Benjamín me cedió el escritorio casi de inmediato. Era verdad que hubiera preferido un poco de silencio y la lista de «Impulso Creativo» en Spotify, pero me alegraba ver la moral alta que rondaba por el estudio, y eso tendría que bastarme como inspiración.

Era el turno de David para poner la música y había estado divirtiéndolos poniendo canciones viejas que todos recordaban mientras que Oliver bailaba en el centro de la habitación. Al parecer, él y Ana se habían arreglado por fin, porque hubo un momento en el que estiró los brazos hacia ella y la invitó a bailar. David cambió el rock por un tango de Gardel, en su honor. 

La música volaba desde el parlante hasta nuestros oídos y hasta sus pies. «El mundo fue y será una porquería ya lo sé», cantaban los que sabían la letra, y una pierna de Oliver se deslizaba entre las de Ana. Apoyé la cabeza sobre el espaldar de la silla de rodachinas y me dispuse a observar la escena, el trabajo había quedado olvidado. Me di cuenta de que estaba sonriendo, ya iba a ser más de media hora desde que lo había empezado a hacer, y era el tiempo más largo en el que había mantenido una sonrisa en las últimas dos semanas.

Ana y Oliver bailaban con un ritmo impecable y pausado. «…Hoy resulta que es lo mismo, ser derecho que traidor», la voz grave de Gardel flotaba en el ambiente y ellos tenían los ojos del uno clavados en el otro, como si todo hubiera quedado perdonado. El estudio volvió a ser por un breve momento mi lugar favorito en el mundo.

—¿Imagino que tendrás hambre? —me susurraron al oído. Giré el cuello y me di cuenta de que era Cristina. 

—Eh —dudé, había interrumpido el momento más mágico de toda mi semana, miré a los demás, quienes observaban embelesados a la pareja que se movía con la precisión del magnetismo, y sentí un poco de resentimiento hacía Cristina, aunque era verdad que el estómago me gruñía— …Sí, Cris, ¿quedó algo del almuerzo para mí? Dime donde está e iré a servirme un poco —le dije por lo bajo, para no interrumpir el ritmo de la música.

—No te preocupes —respondió arrugando las cejas—, yo te lo traigo, ¿te gustan las aceitunas?

—S- sí —dije tartamudeando. ¿Cristina?, ¿me iba a traer la comida hasta el estudio?, ¿la iba a servir ella misma?, ¿desde cuándo le importaba si yo tenía hambre, o no? Tal vez todo este ambiente amoroso también le estaba afectando. 

Y antes de que pudiera decir «Gracias», ella había salido hacia la cocina.

La parejita terminó de bailar con un ademán pomposo, Ana fue a sentarse con los ojos vidriosos y Oliver hizo una venia ante nuestros aplausos —Ok… —añadió inmediatamente después— David, se ha acabado tu reino del terror, ¡por que ha llegado mi turno de poner la música! Son las seis p.m., todo el mundo. Prepárense para una experiencia inolvidable—Y diciendo esto se dirigió hacia su iPad.

Yo volví a mi trabajo y unos diez minutos después Cristina me trajo una bandeja con un sándwich de pollo, el cual le agradecí con miradas de extrañeza, igual que las de todos los demás que observaban sorprendidos. Ella no dijo mayor cosa, y fue a sentarse en el sofá de nuevo. 

La música de Oliver no resultó ni la mitad de mala de lo que nos imaginábamos. Por lo general eran canciones nuevas, con ritmos pegajosos y fáciles de digerir. La única que lanzó un gruñido de protesta aquí y allá fue Cristina; «Qué canción tan mala», se quejó un par de veces, y «No… pues, ésta pega en Navidad», le oímos decir con sarcasmo al menos otras tres. 

Pasada una hora y media, más o menos, desde que había empezado el turno de Oliver, comenzó a sonar una canción que nos atrapó a todos (a todos menos a Cristina), desde el comienzo. Era algo nuevo, que ninguno de nosotros había escuchado antes. Pies empezaron a golpear el piso rítmicamente, hombros y cabezas a moverse de un lado al otro y de arriba abajo, y manos a serpentear por el aire frente a ellas.

Era una canción simplemente maravillosa, con mucha fuerza y energía, que llevaba una alegría subterránea, llena de detalles instrumentales. Empezó con un ritmo lento y pegajoso que luego evolucionó hasta un suspenso emocionante. La voz del cantante se movía entre la música con fluidez, sin esfuerzo pero con determinación, casi con rabia. El coro era complicado, pero  predeterminado y perfectamente encajado; pronto todos estábamos cantándolo. La canción finalizaba con un segmento totalmente diferente y retador que todos quisimos cantar al instante, pero no pudimos, porque no conocíamos la letra, y el ritmo de la voz era tan justo e intrincado que no pudimos repetirlo y, por supuesto, esto hizo que la canción fuera aún más fascinante. Quedamos enganchados con ella, incluso Cristina tuvo que reconocerlo, había sido una buena escogencia de Oliver, algunos aun movían los pies cuando terminó. Era la canción que necesitábamos para completar un día sin problemas.

—Genial, ¿de dónde la sacaste? —le pregunté.

—Nada —se encogió de hombros—, está de moda, está sonando por todas partes.

Pero nosotros ya no salíamos de casa, ni oíamos la radio, así que no sabíamos. Aun así, en tiempo de escasez, parecía que Oliver se daba las mañas de estar «a la moda».

«Al menos alguien se preocupa por mantenernos al día» pensé. 

—Yo quiero oírla de nuevo —dijo Benjamín, como siempre sin despegar la nariz del computador.

—Sí, voto por lo mismo, Cone, estuvo muy buena, ¿cómo se llama? —preguntó Ana a su vez. Yo miré a Benjamín y sonreí, él me sonrió de vuelta con algo de complicidad: Cone era el apodo cariñoso con el que Ana llamaba a Oliver cuando no estaban peleados, entonces podíamos inferir que la pelea de verdad se había acabado.

—Ahm… déjame ver —respondió él, tecleando un poco sonrojado, tal vez por la palabra de cariño de su esposa, o porque le daba vergüenza cuando lo llamaba así en público.

Y la canción volvió a sonar.

Cantamos. El primer párrafo se metió en nuestras cabezas y las letras nos salían sin esfuerzo por la boca.

«…And now that I write and think about it, And the story unfolds,

You should take my life, you should take my soul»*

*En español: «Y ahora que escribo, y que lo pienso, y que la historia se desenvuelve, deberías tomar mi vida, deberías tomar mi alma»

 

Y fue de esta manera cómo «Holding on to you» de TwentyOnePilots, nos salvó el día.

 

___

Al día siguiente me levanté temprano, muy temprano, cuando no había jugo de naranja exprimido todavía ni ruido alguno en los corredores del apartamento. Me paré junto al marco de la ventana, por donde entraba todo el sol de la mañana, disfrutando del silencio. Cerré los ojos e imaginé que giraba sobre mis pies, que abría los ojos y que allí estaban aún el tapete de colores y el sofá mullido de cuero, las sillas, las pantallas y los libros. Que todo esto no era más que una realidad paralela a la que me había escapado, y que, bueno… ya era hora de volver. 

Abriría los ojos y allí estaría mi vida, intacta, esperándome, así como las de todos los demás. David y Cristina estarían tres pisos abajo y tal vez vendrían a desayunar, y si enfocaba con esfuerzo los ojos, allí, al otro lado del parque, podría ver las ventanas del apartamento de Ana y Oliver, que nos llamarían más tarde para ir a dar un paseo en bicicleta o para salir a comer.

Pero era jueves, y esta no era una realidad paralela, así que encendí el computador y aprovechando que era la única habitante del estudio busqué la lista de reproducción, puse el dispositivo de Bluetooth en la bocina y la música me inundó los oídos con su halo de cotidianidad: esto era lo que yo conocía. 

Estaba teniendo la hora más productiva del mes, hacía trazos con precisión, coloreaba sin siquiera detenerme a pensar en la paleta, tan solo guiada por la intuición, cuando escuché un ruido de pasos apresurados que se aproximaban por el corredor. Giré la silla y Oliver se detuvo en la puerta casi sin aliento, con sus rastas amarillas sobre la cara y sosteniéndose con una mano en el marco como si hubiera subido tres pisos de escaleras corriendo.

—¡Samantha! —dijo entre bocanadas de aire, sorprendido— No sabía que te habías levantado ya.

—Sí —atiné a decir antes de que se devolviera por donde había venido. No entendí a que venía esto, pero volví a apoyar el lápiz sobre la tabla. Nada fue igual, sin embargo. Había perdido mi concentración.

Un ruido de cacerolas irrumpió en mi santuario pasados unos minutos. Luego el sonido del exprimidor de naranjas y de un cuchillo que cayó al suelo. No sé por qué, tal vez por el extremo silencio en el apartamento o tal vez porque yo estaba tremendamente molesta con la vida por no regalarme unos minutos, ¡solo unos minutos más!, de concentración y silencio, pero podía oír todo cuanto sucedía en la cocina.

—Puedo oír todo lo que el torpe hace —murmuré sin darme cuenta.

Al rato vino a pasearse frente a la puerta del estudio, mirando el reloj como quien no quiere la cosa y tomándose un jugo de naranja lleno de pulpa y semillas.

—¿Necesitas algo? —le pregunté, tratando de evitar que mis ojos se parecieran mucho a dos rayas— Puedes sentarte en el sofá, o aquí a mi lado, si necesitas trabajar.

—Y… no, no —solo dijo, y volvió sobre sus pasos una vez más.

Lo oí revoloteando por la casa, abriendo y cerrando puertas, silbando, el sonido de sus chanclas soltando aire sobre la madera lacada del apartamento.

Al cabo vino de nuevo y se recostó sobre el marco de la puerta del estudio. —¿A qué hora llegaste, Sam? —preguntó con un poco de zalamería en la voz.

Esta vez ni siquiera me molesté en girar la silla. Respondí entre dientes sin dejar de mirar la pantalla, aunque mi talento ya no fuera el mismo y aunque estuviera temblando un poco el trazo. —A las siete, más o menos, ¿por qué? 

—Ah… no —dijo, arrastrando las palabras como alguien que quiere pedir un favor—, no, es solo que… ya casi son las nueve

—¿Ah? —dije con brusquedad, girando completamente sobre las ruedas de la silla. Ya sospechaba a donde iba a todo esto.

—Sí, y pues que yo fui el segundo que llegó al estudio —continuó sin mirarme a los ojos y jugueteando con un pequeño roto en el dobladillo de su camiseta negra—, entonces ya me toca a mí poner la música.

Luego se atrevió a levantar la mirada, que se encontró con la mía, que supongo que era tan amenazante que, para arreglar un poco las cosas, añadió —Bueno… no ya, todavía te quedan como cinco minutos…

Me quedé mirándolo con los labios torcidos hasta que cerró la boca. ¿Era esta la razón por la cual había estado molestándome, haciendo ruido por toda la casa desde hacía media hora?, ¿huyendo en busca de «algo que hacer» para no estar solo conmigo en el estudio? Eso sin contar que no me había ofrecido de lo que fuera que había estado haciendo en la cocina sin permiso de Cristina.

La indignación y la furia se apoderaron de mi cuerpo. Pero no soy una persona agresiva y casi nunca me he mostrado reactiva. Cuando las emociones me sobrecogen casi siempre tiendo a la parálisis y a la ironía.

Con los puños cerrados y la mandíbula encajada, entre dientes, logré articular algunos sonidos.

—¿Para qué esperar? ¿Por qué no poner tu música ahora mismo? —mascullé sin poder tragar saliva, a lo que el idiota de Oliver se dirigió hacia su iPad tratando de disimular la ansiedad.

«Para esto vive», pensé. «Déjalo» seguí pensando. Con dificultad, giré la silla e hice que mi mano derecha pusiera el lápiz sobre la superficie de dibujo de nuevo. Aun temblaba de furia cuando la canción maravillosa del día anterior comenzó a sonar en el parlante, esto me alegró un poco y perdí algo de mi rigidez.

Para este momento habíamos empezado a sentir movimiento fuera del estudio y en menos de dos minutos, no sé si por la canción en sí o por que francamente ya era hora de levantarse, Benjamín me dio un beso en el pelo y se sentó a mi lado sin decir más, tarareando. La canción terminó y Oliver volvió a ponerla. Durante esta segunda vez, el olor de los huevos revueltos de Cristina se esparció por toda la habitación y fuimos hacia el comedor, listos para desayunar.

Y durante el desayuno hubo unos minutos de silencio, en los que Oliver se apresuró a volver al estudio y poner de nuevo la famosa canción, que ya todos conocíamos. Para este momento iban unas cuatro veces en las que había sonado, pero a nadie pareció molestarle. Estábamos felices, era un nuevo día, estábamos comiendo los magníficos huevos revueltos con queso y champiñones de Cristina y el apartamento olía a chocolate caliente. Así que cantamos otra vez y una más, «…And now that I write and think about it, and the story unfolds, you should take my live, you should take my soul»

Después de desayunar fuimos todos al estudio. Holding on to You siguió sonando sin parar mientras que los demás desenrollaron sus cables amarillos y azules,  y aun después de media hora continuó sonando una vez tras otra sin interrupción. 

Pronto, todos empezamos a aburrirnos un poco de ella.

—Cone, ¿te importa cambiar la canción? —preguntó Ana con tono cariñoso.

—¡Sí! —gritamos casi al tiempo todos los demás, pensando que Oliver la cambiaría al instante y que pronto estaríamos moviéndonos a otro ritmo.

—A mí me gusta —respondió Oliver simplemente, sin desviarse ni por un instante del libro que tenía entre las manos.

Los demás nos quedamos perplejos.

—Cone —intentó de nuevo Ana, paseando su mirada nerviosa por los ojos de todos los que la miraban—… estamos cansados, por favor cámbiala.

—Y… no.

—¡Oliver! —le gritó ella, finalmente.

Oliver se levantó de su silla súbitamente y salió del estudio casi trotando. Hasta yo paré mi trabajo para mirarlo.

—¿Y ahora qué? —dije, no podía permitirme otro día de tiempo perdido por los dramas parroquiales.

—Aquí dice claramente —dijo Oliver, entrando en la habitación con un cuadrado de papel rosa entre los dedos—, que los demás habitantes deberán respetar las elecciones de la persona de turno —aseguró con arrogancia—, y, lamentablemente, estas son mis escogencias y tienen que respetarlas hasta, déjenme ver —y consultó su reloj—, dentro de cuarenta y cinco minutos, es decir a las once, cuando se termine mi turno.

Y diciendo la palabra turno se desplomó de nuevo sobre la silla de brazos frente a la ventana y abrió su libro.

Nadie sabía qué decir. Mi furia con parálisis volvió y fue la primera vez que vi a David verdaderamente desconcertado por algo, cuando él ya pensaba que lo había visto todo (según me había dicho).

En efecto, tuvimos que aguantar Holding on to You durante cuarenta y cinco minutos más, en los que sonó nueve veces (las conté). Nadie más movió los hombros, ni las manos, y vi algunos dedos furtivos deslizarse por los oídos con la esperanza de bloquear el sonido. 

Yo decidí soportar con estoicismo aquellos cuarenta y cinco minutos, y aunque hubiera podido irme a mi habitación, como hicieron Benjamín y Ana, no sé por qué me quedé allí, probando mi resistencia, alucinando por momentos que tal vez esta sí era, en efecto, una realidad paralela. 

Nadie quiso poner más música durante el resto del día. Nos lo pasamos en un limbo silencioso en el que el tiempo no andaba y el internet era lento. Oliver pareció no enterarse de nada, ni siquiera de las dos o tres lágrimas que su esposa se limpió rápidamente antes de que le cayeran por las mejillas, yo estaba segura de que eran de pura vergüenza.

 

Cómo era lógico, Ana convocó a una reunión de emergencia la mañana siguiente antes de que Oliver se hubiera siquiera levantado. Todos asistimos con los ojos aun pegados y el pelo revuelto, pero a nadie le importaba la hora, con tal de solucionar ese pequeño hueco legal en el que habíamos metido la pata.

Allí, bajo el papel amarillo de  «La ducha solo podrá ser utilizada durante un máximo de cinco minutos continuos y una vez al día» se le hizo el anexo No. 3 al pequeño cuadrado rosa:

 

Cada persona tendrá derecho a poner la música que desee en el parlante del estudio  durante dos horas al día siguiendo el orden de llegada al recinto al comenzar la mañana.  El volumen será moderado. Los demás habitantes deberán respetar las escogencias de la 

persona de turno y deberán salir si quieren atender llamadas. *Anexo No. 3: Las 

canciones escogidas no podrán ser repetidas durante el lapso  de un mismo día.

 

Aprobado por unanimidad y sin tener en cuenta la opinión del pequeño desgraciado de rastas amarillas que aun roncaba en su habitación.

 

Y fue de esta manera cómo «Holding on to you» de TwentyOnePilots, nos dañó el día, la semana y el mes, porque Oliver no dejaría pasar esto así como así, como si nada.


 

AMIGOS