LA BÚSQUEDA DEL TESORO

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LA BÚSQUEDA DEL TESORO

Era el segundo día del año y ya todos habíamos vuelto a la realidad. Mientras el árbol de navidad perdía su sentido paulatinamente, la alegría decembrina se desvanecía en el calendario. Y nosotros sabíamos que la amnistía se había acabado.

Estábamos quebrados, sin un peso entre el bolsillo, con el refrigerador vacío y con un piso de tres habitaciones que no podíamos mantener. ¿Qué cómo llegamos aquí?, lo explicaré más adelante. El caso fue que David y Cristina, y los Tassone, una partida de neuróticos, quebrados como nosotros, se mudaron a nuestro apartamento. 

Descolgué las lucecitas, una por una, con cuidado: verde, roja y azul; verde, roja y azul, cuando los de la mudanza trajeron el primer sofá, la mole verde oscura. Guardé los adornos en una caja de cartón: primero las bolas de vidrio, las que todavía se rompen (las que mamá me heredó), luego los muñecos con forma de galleta de jengibre; cuando trajeron el segundo sofá, el esquelético y ultramoderno gris plateado. Después removí por completo el árbol de navidad y lo amarré dentro de una caja.  —Secuestrado hasta nueva orden —le dije, suspirando. 

Para el final del día ya nos habíamos engarzado en nuestra primera GRAN discusión: No cabían tres sofás en la sala, ¿de cuál nos desharíamos? Yo quería quedarme con el mío, mi cómodo, esponjoso, calientito sofá de gamuza aterciopelada color durazno. Pero algo era seguro, y era que solo mantendríamos uno. El dinero de los otros dos nos iba a servir de mucho, al menos para llenar el primer compartimento de la nevera Samsung de 564 litros que reposaba en la cocina. 

Ana propuso que cada uno expusiera sus argumentos respetuosamente y que luego decidiéramos. Benjamín y yo, por nuestra parte, no estábamos dispuestos a dejar que nuestros amigos nos invadieran con el sofá del bar de leche de la Naranja Mecánica, ni mucho menos con la reliquia Victoriana traída de los mismísimos confines del castillo de Cumbres Borrascosas.

             

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Y con esto doy por inaugurada la «búsqueda del tesoro» —sentenció Ana con la emoción mal disimulada en sus ojos verdes, después de recordarnos que la habíamos nombrado Tesorera Honoraria y Encargada Suprema de la Economía del Hogar. Su objetivo era lograr que sobreviviéramos juntos hasta que alguien consiguiera empleo, o dinero, o algo, y para esto tenía poder amplio y suficiente de hacer lo que le viniera en gana con nosotros mientras permaneciéramos en el apartamento, así de grave era nuestra situación. Nadie, NADIE quería hacer este trabajo, pero ella se mostró interesada con la perspectiva de poder que el puesto le confería, así que se lo dimos sin pensarlo dos veces.

—Entreguen todo lo que tienen por las buenas y eviten requisas innecesarias —nos decía medio en serio, medio en broma, batiendo una bolsa profunda de tela, sin poder ocultar la felicidad que le daba poder mandarnos a su antojo—. iPods, iPhones, tablets, relojes inteligentes, pulseras de ejercicio…

—¿Quién tiene un iPod hoy en día? —La interrumpió su esposo, Oliver, con tono de sarcasmo y amargura—, y dale un poco de lógica a las cosas —continuó con su desgastado acento argentino, observándola por entre sus rastas amarillas mientras se amarraba los cordones de los zapatos.

Todos nos quedamos tiesos, jamás habíamos escuchado a Oliver dirigirse así a Ana. Una espina de suposición se me alojó en el fondo del estómago; ¿era así como nos íbamos a tratar de ahora en adelante, que ya no teníamos que mantener las apariencias?

Pero Ana, en lugar de acobardarse, se plantó frente a él con expresión comprensiva y alargó una mano firme, palma hacia arriba, como pidiéndole algo que nadie más sabía qué era. Todos nos quedamos pegados a nuestro puesto, observando con anticipación toda la escena, pendientes de lo que sucedería a continuación. Mis apuestas iban a que Ana iba a darle una cachetada a Oliver. Mis ojos se encontraron por un segundo con los de Cristina y supe que ella estaba pensando lo mismo, y que las dos lo deseábamos un poco; es cierto que la violencia física nunca debería ser condonada, pero Oliver por lo general nos desesperaba a todos y la forma en la que le había hablado a su esposa era simplemente inaceptable, así que, por el momento, las tres mujeres de la casa estábamos de acuerdo en algo. Mientras tanto, los hombres se miraban entre ellos, también con nerviosismo, sin saber de qué lado ponerse, pero sabiendo de antemano que iban a escoger cualquier lado que sus esposas les dijeran.

Un movimiento rápido nos hizo perder concentración y todos nos levantamos al mismo tiempo cuando Oliver, pasando una pierna por encima del espaldar del sofá, dio un salto felino y huyó como un rayo hacia la cocina. Ana lo siguió con igual rapidez y agilidad batiendo su pelo negro y con una expresión de total determinación en la cara.

—Oh por dios, Ana lo va a golpear —dijo Benjamín entre un suspiro, y a nadie se le hubiera hecho raro, dado el estado de inestabilidad en el que nos hallábamos.  Corrimos hacia la cocina y más allá aun, al cuarto de ropas, por donde todos tratamos de meter la cabeza al mismo tiempo. Hubo una expresión, un jadeo general, y yo, que no había podido meter mi cabeza a tiempo porque se me había aplastado la oreja contra el marco de la puerta, luche por abrirme espacio entre las piernas de Cristina, solo para encontrarme a Oliver tirado en la pequeña cama del servicio forcejeando con todo su poder y su vida. ¿Forcejeando para qué? ¿Qué estaba pasando?

—¡Esto es mío, Ana, vos sabés que fue un regalo de mis viejos!, ¡vos sabés! —Oliver gritaba como un poseso, agarrándose de los cordones de sus zapatos mientras que Ana trataba de quitarle el del pie izquierdo.

¿Por qué nadie los detiene? Me pregunté, pero al mirar hacia arriba solo vi bocas abiertas y ojos brillantes y ansiosos: nadie sabía qué hacer con seguridad, era Ana la que estaba atacando a Oliver y, por otro lado, hay una especie de conocimiento tácito y popular que consiste en que nadie debe meterse entre una pelea de esposos.

Finalmente, y con un gruñido profundo de triunfo, Ana soltó los pies de su marido y un aparatico cuadrado y plateado salió volando hacia la cocina, pasando por entre los pies de todos y en medio de mis rodillas. Ahora todo estaba muy claro, Oliver lo tenía escondido entre el zapato de su pie izquierdo: era un iPod shuffle.

—Te vas a ir al infierno, Ana —le dijo Oliver con una mirada de profundo odio. Estas palabras me llegaron al corazón, no por el sufrimiento que debían estar despertando en Ana, su esposa, sino también por la tristeza y la amargura que ahora sabía que tenía Oliver por dentro… por culpa de nuestra falta colectiva de dinero. ¿Era tan frágil todo el establecimiento de nuestra cotidianidad?

Pero Ana pareció no haber oído bien las palabras de Oliver, y mientras nosotros nos desenredábamos los unos de los otros para escapar de la probable discusión que se venía a continuación, ella se sentó junto a Oliver en la cama y le acarició la cabeza, luego lo observó con amor y le dio un beso en la mejilla.

—Entonces… ¿Alguien más tiene algo que entregar? —dijo a continuación, con la respiración entrecortada y las cejas por lo alto. 

Todos nos apresuramos a vaciar los bolsillos.

Después de ver esto, entregamos voluntariamente nuestras pertenencias susceptibles de vender, mientras Ana hacía un inventario y una valoración previa. Ninguno quería repetir el episodio de lucha contra «la Gestapo» (el apodo que se ganó Ana de aquí en adelante). Yo entregué mis joyas, el televisor led de la habitación, cuatro floreros de cristal, todas las copas y los vasos finos y una botella de whisky de seiscientos dólares. Como único miembro de la casa que aún conservaba su trabajo, aunque fuera uno escasamente remunerado, y por lo tanto la única persona aportante, me fue permitido quedarme con mi smart phone y con mi computador portátil. Benjamín entregó, con los ojos aguados, el X Box, el Play Station, el sistema de sonido con todos sus parlantes, todos sus videojuegos, su pulsera de hacer ejercicio, su computador portátil, su lapicero especial que grababa lo que escribía, el rúter Cisco súper poderoso repetidor de señal de internet… Benjamín era un aficionado de la tecnología (pero supuse que ya no lo sería más, por ahora). 

Cristina entregó dos carteras Loui Vuitton y una Chanel Vintage; todas sus joyas, unos Louboutin con aplicaciones de Swarovski, entre otras cosas… (y con ese nivel de gasto, no me quedó más duda de la razón por la que se habían terminado de quebrar ella y David). David, su esposo, entregó unos audífonos Noise Cancelling de seiscientos veinticinco dólares, su teléfono, un iPod, sí, el segundo en la casa; y entre otras cosas, unas primeras ediciones en excelente estado de obras de Henry James y otros libros que no alcancé a ver porque me distraje con la expresión de desesperanza que tenía; tan distinta a la de los demás, que nos veíamos simplemente frustrados. 

Aun así y como medida de precaución, Ana insistió en revisar personalmente cada habitación para hacer «futuras incautaciones».

—¿Me vas a quitar mis Cheetos? —le gritó Benjamín, ya sin poder resistir una pérdida más, cuando Ana revisó nuestra habitación y encontró su caleta personal de golosinas. Benjamín no los estaba ocultando, a él siempre le había encantado tener su propio mini bar junto a la cama para que cuando tuviera hambre a media noche pudiera tan solo estirar la mano y alcanzar un tubo de Pringles con las cuales llenar todo de migajas, que yo me encontraba luego, a las tres de la mañana, cuando despertaba para darme cuenta de que una de ellas se me había clavado en la mejilla. Aun así, me enterneció su expresión de desconcierto, y traté de consolarlo abrazándolo por la cintura.

—La comida es para todos y todos debemos compartir la que consigamos con los demás — diciendo esto, Ana se llevó los paquetes, utilizando un ademán que hubiera hecho creer a cualquiera que estaba confiscando cocaína en el aeropuerto.

 

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Esos Cheetos y esas Pringles no durarían dos días en la cocina.

—La verdad es que estamos todos muy malcriados —dijo Cristina entre suspiros al sexto día— , ya no hay prácticamente nada que valga la pena para comer.

—¿Qué? ¡Pero si fuimos al mercado hace cuatro días! —la regañó Ana, que estaba tumbada en la sala sobre el sofá color durazno. De inmediato agarró el cuaderno rojo donde mantenía todas las cuentas, del que no se separaba nunca.

—Sí, pero alguien ha estado comiéndose el queso crema a cucharadas, otro chistoso se comió lo que yo llamo una olla de arroz, la carne que trajo Samantha de su reunión de trabajo se disminuyó «mágicamente» a la mitad. Iba a hacer un calentado para el desayuno pero ahora tendrán que conformarse con tortillas con queso —finalizó con una torcedura de boca y cerrando los ojos— . No comamos nada, entonces —añadió por lo bajo y con mucho sarcasmo, y luego se dedicó a trenzarse el cabello castaño una y otra vez.

Yo había tenido un almuerzo de trabajo con algunos clientes y no había sido capaz de terminar ni la mitad de mi filete (el cual había pedido precisamente por su tamaño, y sabiendo que ellos pagarían), así que lo había traído para ver qué podría hacer Cristina con él. Sacarlo del restaurante fue toda una odisea: no se ve muy bien que uno salga de una reunión con clientes cargando con las «sobras para el perro» como si fuera una cita.

Cristina, aunque tenía las manos más blancas y delicadas que yo había visto jamás, había tomado algunos cursos de culinaria y por lo tanto la habíamos nombrado Chef Honoraria y Suprema Mandataria de la Cocina, y se suponía que nadie debía entrar ni salir de allí sin que ella se enterara, pero todos habíamos estado colándonos a escondidas y saliendo con paquetes de papas, platos de arroz con jamón, burritos de microondas y en mi caso, cucharadas de leche condensada, el único «postre» que Ana se había permitido comprar.

Esa noche nos despertamos con un ruido como de gruñidos y gemidos. No vi el reloj, pero pensé que debía llevar dormida ya por lo menos unas tres horas. Estaba segura de escuchar la voz etérea de Cristina regañando a lo lejos, ¿era ella la que estaba gimiendo?, ¿y el gruñido qué?

—No puede ser —dije, rodando sobre la cama y poniéndome una almohada en la cabeza—, hasta cuando tienen sexo están peleando.

Pero nadie me respondió. Estaba sola en la cama. Escuché más atentamente y luego quedé sentada en mi sitio. Me levanté, metí los pies entre mis pantuflas de conejos y salí con cautela hacia el pasillo y luego hacia la sala. En la oscuridad, me golpeé con un bulto oscuro que se asustó al sentirme. Era David, que también había despertado con el alboroto y se había rezagado en la sala, serenamente confuso sobre lo que debía hacer, y ahora yo sabía la razón de esa confusión: dentro de la cocina solo se podían oír los regaños bajos de Cristina, no sabíamos si eran de ofuscación o de temor… o de otra cosa, y los gemidos inconfundibles de Benjamín. Si, de mi esposo.

¿Y qué hacían Benjamín con Cristina, mi esposo con su esposa, gimiendo y gruñendo respectivamente en la cocina a las tres de la mañana?

Y así fue como terminamos, al sexto día de nuestra convivencia, con un candado en la puerta de del refrigerador y con una cadena alrededor de la alacena: Cristina había decidido quitar la luz del refrigerador y poner dos trampas para ratón dentro «como medida preventiva», sin avisarle a nadie. Y allí había caído Benjamín, bautizado a partir de este momento como «El señor ladrón de media noche». No pudo teclear durante cuatro días y se le cayeron dos uñas. Yo traté de tranquilizarlo masajeándole el cuello por las noches antes de dormir, pero la rabia que él tenía con Cristina tardó algunos días en disiparse y al principio se negó a comer cualquier cosa que ella preparara. 

De cualquier forma, al final la beneficiada fui yo: ¿No tiene todo esto un poco de justicia divina? Porque no encontré más migajas de frituras clavándose entre mi mejilla y la almohada, y a Benjamín no se le ocurrió nunca jamás volver a traer ningún paquete de comida a la cama.

 

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Y mientras tanto, nuestra preocupación por la invasión de sofás había sido infundamentada; el sofá verde botella de David y Cristina era por un amplio margen el más valioso y por el que recibiríamos más dinero. Después de hacer una votación rápida que quedó cuatro a dos, los hombres cargaron de nuevo con él y lo dejaron reposando en el garaje subterráneo junto a mi camioneta.

—Allí van los últimos vestigios de nuestra vida —oí qué David le susurró al oído a Cristina cuando se lo llevaron, aunque no supe si se lo dijo con resignación o con indiferencia, y no me tomé en serio estas palabras hasta pasada una semana, cuando noté que entre las pocas pertenencias que habían traído con ellos había escasamente dos muebles más. Tal vez los habían vendido todos antes de llegar… tal vez su situación había sido más precaria que la nuestra y durante más tiempo, ¿quién lo sabe?, aun así me sentí culpable después de esto y todavía más cuando fui yo misma la que entregó la reliquia verde en la tienda de antigüedades, días después, a cambio de unos cuantos billetes, bueno… en realidad fueron bastantes billetes, pero me sentí mal, igual, y al final terminé deseando que hubiéramos vendido nuestro sofá color durazno en lugar.

El día en el que entregué todo en tres tiendas de antigüedades y dos tiendas de empeño, amaneció blanco y con nieve. Me levanté y decidí que me lavaría el cabello y que me pondría la mejor ropa que tenía. «Tal vez me haga pasar por una prestigiosa comerciante de antigüedades», pensé mientras me restregaba el odioso champú dos en uno que había traído Ana del supermercado. La perspectiva de ir a mostrar mi cara de necesidad no me apetecía para nada; era algo que jamás había tenido que hacer en mi vida. Por un momento perdí el rumbo de mis pensamientos y me pregunté qué diría papá si me viera en una de estas tiendas, prácticamente mendigando por monedas y regalando todo lo que él se había asegurado de que yo tuviera. 

Pero tuve que tragar saliva y detener el flujo de culpabilidad que se me vino encima. Tenía que salir de la ducha, vestirme e ir a hacer lo que tenía que hacer. Era mi misión y mis compañeros confiaban en que la haría, así como yo confiaba en que ellos llevaran a cabo las suyas, por horrorosas que fueran. 

Suspiré, y en medio de mi suspiro pensé que no había escuchado bien: tres golpes sonoros y desconcertantes en la puerta.

—Estoy en la ducha —dije con algo de fuerza, esperando que quien estuviera afuera (probablemente Benjamín) diera media vuelta y se fuera. Agarré el jabón de barra olor a fresa, todavía sin desempacar sobre el estante, y volví a refugiarme bajo el vapor y el agua caliente.

—Puedes hacerlo —me dije, susurrando—, puedes ir y vender todo esto y hacer como si nunca hubiera sucedido —Peleé un momento con la envoltura del jabón y luego un olor dulzón, horrible y afresado, se me metió por la nariz. Tomé la barra en mis manos y dudé en ponérmela sobre el cuerpo, ¿cuándo vendría el día en el que pudiera volver a comprar mi aceite de baño de almendras? que, por cierto, no olía ni remotamente parecido a esto. Luego me recosté sobre la pared, jadeando. —No tengas un ataque de pánico, no tengas un ataq…

TOC-TOC-TOC

Tres golpes resonaron contra la puerta una vez más, mientras que yo quedé tiesa bajo el agua.

—¡Samantha! —oí la voz agitada de Benjamín al otro lado de la puerta—, sal ya, amor, es en serio. Es la Gestapo, ya le dije que te diría, pero está vinien…

—¡Sam! Soy yo, Ana. Perdóname, pero llevas quince minutos en la ducha. Tú sabes que el agua caliente nos la cobran por aparte. Lo siento, de verdad, pero apúrate. Por ser la primera vez lo dejamos en advertencia, ¿vale? —y luego la oí alejarse a zancadas.

¿Advertencia? Lo que se supone que quería decir con eso, no lo entendí. Tal vez me sacaría desnuda y goteando la próxima vez. 

Me sentí miserable el resto del tiempo en el que me vestí, me sequé el pelo (supongo que tenía permiso para esta clase de gasto eléctrico, porque la Gestapo no apareció durante los diez minutos en los que lo hice) y salí de la habitación hacia el estudio tratando de evitar a los demás.

—Vamos, Benja, ya estoy lista y no quiero que se llene el sitio de antigüedades, tu sabes cómo se ponen en la tarde, no nos darán nada de dinero.

—¿Por qué no salimos después del almuerzo? —me respondió Benjamín poniéndose una mano sobre el estómago; desde que Cristina estaba encargada de la cocina se mostraba mucho más entusiasta respecto a la comida que cuando yo era la que la hacía.

Pero yo no tenía ni la menor intención de quedarme y soportar un minuto más de ese circo. Simplemente había sido suficiente por el día. 

—Hagamos algo —le propuse sin ganas—, yo voy a entregar el sofá y luego nos encontramos en la estación frente a los juzgados. Ahí te recojo y vamos a ver si en las tiendas de empeño nos reciben el resto de las cosas. —De cualquier forma, no teníamos dinero para almorzar fuera.

Benjamín aceptó y me dio un beso fugaz en la mejilla antes de volver a la pantalla del computador, donde se sumergió casi de inmediato en el código que estaba escribiendo.

—¿Qué haces? —pregunté con curiosidad.

—Ahm —me dijo distraído, sacudiendo la cabeza, pero sin dejar de mirar hacia la pantalla—, estoy… ahm, eso… lo de la… lo de…

—¡Benjamín! ¿Puedes dejar de mirar la pantalla un segundo y darme una respuesta completa?

Él dio un salto en la silla, de forma que casi se le caen las gafas, ahora estaba mirándome —Eh, sí, amor. Lo de la aplicación.

—¿Cuál aplicación? —pregunté, confusa.

—La que te dije el otro día — respondió con una sonrisa orgullosa, arreglándose las gafas sobre la nariz—, la que te dice en cuanto tiempo te vas a quedar pobre a partir de que notas que te estás quedando pobre.

 

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Las puertas del ascensor se abrieron hacia el sótano húmedo y oscuro unos cinco minutos más tarde. A veces creía que Benjamín, el pobre, estaba perdiendo por fin la cabeza. Después de tanto por lo que le había tocado pasar en este año, era perfectamente normal que se descocara un poco.

A veces también me preguntaba si no seríamos todos los descocados: venir a vivir juntos, a un apartamento que, aunque grande, ya se nos estaba quedando pequeño. Seis personas con personalidades y egos desbordantes, dignos de un reality show (aunque esto último nunca lo había compartido con Benjamín, no fuera que se le diera por instalar cámaras escondidas).

Viajé como un autómata por entre la ciudad y a través del puente hasta llegar a la muy lejana tienda de antigüedades donde un letrero de neón titilante me aseguró que estaba en el lugar correcto. 

—¿Usted es el Señor Lucio? —le dije al hombre tras el mostrador, estirándole un papel con la transacción impresa. Ana se había comunicado con él y le había enviado fotos del sofá verde de terciopelo, a lo cual él había respondido con un precio estimado.

Lucio observó el papel durante algunos segundos y luego se secó el sudor de la frente. 

—Es una belleza —dijo con un chasquido, aun mirando el papel con los correos electrónicos impresos—, ¿dónde lo tiene?

—En la parte de atrás de mi camioneta. 

—Excelente, excelente —dijo el hombre saliendo de atrás del mostrador. Era muy grande, calvo y de cejas pobladas, y tenía puesto un saco tejido con un reno que se estiraba sobre su panza, aunque la temperatura de la tienda era ideal para andar en camiseta.

El señor Lucio y otros dos asistentes bajaron de la camioneta, casi sin dificultad, el sofá verde de David y Cristina, y lo trasladaron a la tienda.

—Fiiiuu —silbó Lucio cuando lo tuvo dentro, paseando a su alrededor como si fuera una presa y soplando con delicadeza los residuos de nieve que le habían alcanzado a caer encima—, dos puestos y medio, terciopelo capitoneado —luego estiró un dedo rollizo y lo paseó con delicadeza por los brazos de madera— caoba, cabriolé.

—¿Entonces?, ¿nos dará lo que decía en el estimado?

—¿Por qué quiere venderlo?

Aquí venía por fin la pregunta de la que Ana me había advertido. «No le digas que es porque necesitas el dinero, dile que eres la asistente de una persona equis que te ha designado para venderlo»

—Ahm —y al principio, me tembló un poco la voz—, la identidad de mi jefe debe permanecer en el anonimato, pero es una pieza que ha traído de uno de sus viajes —recité como un robot.

Lucio me miró con algo de sospecha —¿Y por qué quiere venderlo?

Me encogí de hombros y miré hacia un estante a mi derecha, fingiendo que revisaba las repisas repletas de objetos dorados.

—Está bien. Le daré lo que dice en el estimado y si tiene más piezas como estas no dude en traerlas, por favor. —dijo por fin, aflojando una sonrisa, y luego se quitó el saco de reno por sobre la cabeza con múltiples gruñidos de esfuerzo.

Yo metí la mano en el bolsillo instintivamente. Acaricié su contenido y dudé. Luego, sin que realmente me hubiera dado permiso a mí misma para hacerlo, saqué un broche de unos diez centímetros de longitud y lo sostuve en la palma de mi mano temblorosa, como si sospechara que el tal Lucio agarraría la joya y saldría a correr.

El hombre lo observó por el rabillo del ojo y luego perdió interés, solo para recobrarlo menos de medio segundo después. Observó el broche con la cautela del que observa un pajarito que quiere salir a volar: boquiabierto y conteniendo la respiración.

—¿Puedo? —dijo después, mirándome a los ojos y haciendo ademán de querer agarrar el broche.

Asentí y, con las puntas de los dedos, Lucio lo trasladó a una superficie de tela que tenía sobre el mostrador, bajo una intensa luz blanca. 

El broche brilló con toda su intensidad, rebotando vectores de luz sobre todas las superficies cercanas.

Había sido forjado como una pequeña rama de árbol, un delicado trazo curvo del cual se desprendían ocho racimos de hojas cubiertas de diamantes y tres flores de cinco pétalos cada una, con patrones de cristales sobre ellos. Tan solo verlo era un deleite.

—Si no me equivoco es de…

Lucio le dio un giro y observó la marca del diseñador con una sonrisa de emoción contenida.

—Quince —dijo con resolución, estirando una mano hacia mí y esperando que se la estrechara para cerrar el trato.

—¿Quince? —pero quince mil dólares parecía una cantidad casi indignante por él. No. No iba a venderlo. Lo agarré de nuevo y me lo metí en el bolsillo sin preguntar nada más.

 

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Media hora después estaba frente a los juzgados, sentada en la camioneta ahora libre del sofá, tamborileando con los dedos sobre el timón.

A Benjamín se le estaba haciendo tarde. Di un resoplido: estaba segura de que se había quedado demasiado tiempo haciendo esa estúpida aplicación. Seguramente llegaría tarde y me diría que se habían parado los trenes por cualquier excusa mentirosa. Todo me esperé, menos que no viniera, y que en su lugar apareciera a la lo lejos nada más y nada menos que David. 

Caminaba en medio de la multitud, un poco encorvado para cortar el paso del frío, distraído e inmerso en sus pensamientos, con el pelo oscuro alborotado por el viento, el cuello de su cazadora negra cerrado hasta la barbilla y las manos en los bolsillos. Al pasar, algunas personas giraban el cuello para mirarlo. Era alto y hoy tenía una barba medio nacida con la que se veía despreocupado. Me revolví en mi silla para poder observar mejor, tal vez Benjamín venía detrás de él o tal vez su presencia aquí era solo pura casualidad. Pero no, no podía ser.

Solo hasta llegar a la acera, David levanto la mirada para buscarme entre la fila de carros que se acumulaban al otro lado de la calle. Me encontró en menos de dos segundos y me dirigió una sonrisa cerrada.

—Sammy —me dijo cuándo le abrí la puerta para que pudiera entrar en la camioneta y sentarse a mi lado. 

—¿Qué haces aquí?, ¿y Benja?

—No te muestres tan alegre de verme —me dijo con sarcasmo, mientras se quitaba la nieve de los hombros

Ladeé la cabeza a modo de disculpa, no me molestaba su presencia, pero quería saber qué había pasado con mi esposo.

—Se quedó haciendo una… aplicación. Eso dijo —respondió por fin y yo sentí cómo la sangre caliente me subía al cerebro, gota a gota, calentándome la mejillas y la nariz, antes heladas.

—¡¿Qué?! —fue lo que dije, con la furia saltándome de neurona en neurona— ¿Y qué espera?, ¿Qué venda todas las cosas yo sola? ¿Qué cree él, que yo he ido alguna vez a una casa de empeño? De pronto cree que es que son amigos míos, ¡sí!, como ir a tomar el té donde una tía. Nada traumático ni vergonzoso, no, y que yo voy a poder bajar todas las cajas sin ningún problema, y que me puedo defender sola en esos barrios… y que nada me va a pasar. Samantha, la ninja…

Tuve que interrumpir mi discurso ante la mirada con sonrisa que noté en la cara de David.

—¿Te da risa? —le pregunté con rabia, a punto de bajarlo de mi camioneta.

—No. Es solo que pasé por el estudio varias veces y al final estaba seguro de que no iba a venir. En su defensa, sí lo vi haciendo el intento de desprenderse de la pantalla, pero estoy seguro de que cuando lleguemos aun va a estar ahí. Así que me ofrecí a venir en su lugar.

—Siempre es igual, se queda absorto en cualquier «proyecto nuevo» y no hace nada más…

—Yo sé, es mi mejor amigo —me interrumpió David mirándome fijamente con sus ojos profundos como el mar.

Tragué saliva.

—¿Supongo que ya entregaste mi sofá? —me pregunto, cambiando de tema y dando un vistazo por encima del hombro hacia la parte de atrás de la camioneta.

—Sí… —le respondí con un sentimiento renovado de culpabilidad.

—No has comido nada, vamos a comer una hamburguesa, debes estar ladrando del hambre.

—Debemos ahorrar —le dije entre un suspiro (sí, esta historia está llena de suspiros) y encendí el auto. Pero sentí una mano tibia sobre mi antebrazo y otra sobre mi hombro.

—No, logré esconder algunos dólares de la Gestapo —me dijo David con una sonrisa muy burlona—, y precisamente los estaba ahorrando para esto. Vamos, yo invito, ¿por favor? El sitio está aquí al frente, vamos.

—¿Entonces estabas ahorrando «precisamente para esto»?, ¿para una hamburguesa? —le dije dudosa cuando nos bajamos de la camioneta y empezamos a andar entre la corriente de gente.

—Sí — me aseguró muy serio, arrugando la frente, y luego sonrió. Varias mujeres se quedaron mirándolo boquiabiertas, y yo recordé lo anormalmente atractivo que resultaba David para el resto de los mortales, es decir para el resto de las personas que no se habían acostumbrado a él todavía; yo lo conocía hacía más o menos ocho años.

Una mujer con un bolso gigante pasó a mi lado y lo estampó completamente sobre mi hombro izquierdo. Me desplomé, pero antes de caer, David me agarró de las manos y me levantó.

—Esta estampida de idiotas…—murmuró con las cejas juntas, y luego no me volvió a soltar hasta que estuvimos dentro del sitio de hamburguesas, haciendo fila para comprar.

—Entonces… ¿sin cebolla y con malteada de fresa? —preguntó.

Me quedé mirándolo mientras me sobaba el brazo, todavía adolorido por el golpe del bolso gigantesco.

—¿No es lo que te gusta? —volvió a preguntar, ahora dudando.

—¿Cómo sabes lo que me gusta? —le pregunté, sintiéndome un poco halagada.

—Es lo que siempre comes —dijo, encogiendo los hombros.

—Es verdad… aunque hoy preferiría malteada de vainilla, más que de fresa —dije torciendo la nariz ante el recuerdo desagradable de mi baño matutino.

David soltó una pequeña carcajada —¿Ana también te dejó la barra de jabón de fresa? No sé dónde consiguió eso, no tengo idea a qué tipo de supermercado tuvo que ir  para conseguir algo así, creo que era de alguna marca genérica.

Suspiré —Sí, tengo que confesarte que hoy casi lloro cuando recordé que ya se me había acabado mi aceite de baño de almendras

—¿Uno amarillo con envase redondo?

—Si…

—Ah, sí. Cristina también usa ese… Usaba ese —dijo con la mirada en el techo.

—Está haciendo un buen trabajo con la cocina, ¿no te parece? 

—Ahm… sí. Oye, Sam, ¿tú crees que sea posible que no le digamos nada a Cristina? Tú sabes, sobre hoy. 

—¡Ah! —dije, comprendiendo—, claro que sí, no le diré nada de la hamburguesa.

—No, no solo de eso —y luego se acercó hacia mí hasta que quedamos a menos de un paso de distancia—, de que vine hoy a hacer esto contigo, lo de la venta de las cosas.

—Ah… ¿y por qué no?

En este momento una de las cajeras nos llamó y tuvimos que dejar de hablar para hacer nuestra orden. 

David pagó con algunos billetes arrugados que sacó del bolsillo. En ese momento pensé que debía ser verdad que los tenía escondidos, aunque no debía sorprenderme, ¿en este momento, quien no tenía algo escondido?

 

—¿Por qué no debo decirle nada a Cristina? —le recordé mi pregunta minutos después, con la boca llena de papas fritas— ¿A dónde le dijiste que ibas?

—Dije que iba por ahí… el caso es que tú sabes que nunca estuvo de acuerdo con lo de la venta del sofá. Así que si sabe que además de todo he venido contigo a entregarlo, se va a poner como loca —dijo, alzando una ceja.

—No entiendo, ¿el sofá no era tuyo, finalmente?

—Sí, era de una prima de mi mamá. Ella me lo dejó, pero a Cristina le gustaba muchísimo.

—Lo siento…

David torció la boca y encogió los hombros, un gesto que le veía hacer cada vez más en estos días. —Está bien, supongo. No tenemos dinero y si el sofá va a ayudar a que sobrevivamos pues… Es solo que a Cristina le gustan mucho todas esas cosas vintage.

Tuve una punzada de culpabilidad y lo que llevaba en el bolsillo pareció haber aumentado su peso en un trescientos por ciento. Metí la mano en el bolsillo y lo acaricié con los dedos.

—¿Sabes? —dije de pronto, actuando más rápido mis labios que mi pensamiento, de nuevo—, ¿te importa acompañarme de nuevo al lugar de antigüedades?... creo que tengo algo que entregar.

—Claro que no, no hay problema —respondió David sin preocupación.

—Comes como una loca, ¿sabías? —añadió luego, y me pasó una servilleta de papel por la comisura de la boca, que luego retiró con manchas de mostaza

—Es que… gno cummma ambaaace gcho mpo.

—¿Qué?

Hice mi mejor esfuerzo para tragar. —Que no comía hamburguesa hace mucho tiempo

—¡Pues me alegra que la estés disfrutando! —me dijo con satisfacción genuina, pasándose las manos por el pelo y elevando las cejas.

 

Nos dirigimos de nuevo a la tienda de antigüedades donde ya había dejado el sofá verde. Le pedí a David que condujera porque yo no estaba segura de poder hacerlo; tal vez me arrepentiría a mitad del viaje, giraría a la derecha y volvería a casa con el broche intacto en el bolsillo. Una parte de mi quería conservarlo con todas sus fuerzas, y otra parte quería desprenderse de él.

—¿Te pasa algo? —preguntó David, preocupado por el silencio—, parece que estuvieras a punto de llorar.

—¿Ah? No. Sino que se me olvidó entregar… eh… una cosa que había traído.

—¿Qué cosa?, ¿y no te la reciben en las casas de empeño?

Tuve que tragar saliva antes de contestarle, la idea de mi broche explayado en una vitrina de casa de empeño me revolvió el estómago con todo y hamburguesa.

—No. Es una antigüedad… y bueno. Como tú dices. Nos va a ayudar a sobrevivir.

David detuvo el auto a unas pocas cuadras de Lucio’s Antiques & Odds y se giró hacia mí.

—No te ves bien, Sam. ¿Te cayó mal la comida? —preguntó, con las cejas muy juntas.

—Estoy perfectamente, tal vez ha sido todo este paseo por la ciudad… estoy bien, no sé por qué dices que no —terminé, girando la cara hacia la ventana, para que no pudiera verme.

—Bueno… por una parte porque estás agarrando la manija de la puerta como si tu vida dependiera de eso, tienes los nudillos blancos y creo que tus dedos ya van a pasar a morado si no sueltas un poco. Y por otro porque puedo oír tu respiración, parece que acabaras de correr la maratón.

Me quedé muy quieta y callada.

—¿Qué pasa, Sam? 

—Si no me dices, nos devolvemos ya mismo para el apartamento, y allí le voy a aconsejar a Benjamín que te lleve al médico, entonces —aseguró con calma.

La camioneta se encendió con un rugido y vi con una mezcla de horror y de alivio que David giraba el timón hacia el lado contrario, listo para volver a la ciudad.

—¡No!

Detuvo el auto en el mismo segundo que lo dije.

—Tengo algo que entregar… pero es que no lo quiero hacer.

—Veo —dijo David apagando el auto de nuevo—… no estas obligada a entregarlo. Si no lo haces no le diré nada a la ges… a Ana

—Ana estará esperando el dinero que me den por él, le dije que era una baratija, pensé que si le decía eso, no lo registraría en su cuaderno y no tendría que venderlo.

—¿Y cuánto dinero crees que esté esperando? —pregunto David, de repente alarmado.

—No sé —dije mirando hacia el suelo— al menos unos cien dólares, creo.

—¿Y lo tiene anotado en el cuaderno?, ¿en el cuaderno rojo?

—Si —dije ya sin voz.

—Bueno… si es tan importante para ti, tal vez yo podría, tú sabes —hizo un gesto con la cabeza, ladeándola rápidamente—… «tomar prestado» el cuaderno rojo de la inquisición y desaparecer la existencia de eso que no quieres entregar.

—¿Cómo?

—Escribe las cuentas con lápiz —sonrió maliciosamente—grave error, grave error… ¿Puedo saber qué es?

Volví a meter la mano entre el bolsillo, lancé un suspiro y extraje el broche con las fuerzas que me quedaban en la mano derecha, luego lo sostuve sobre la palma abierta, de nuevo.

—Uao —murmuró David cuando se lo puse bajo los ojos—, es muy lindo, Sam

Los dos suspiramos, de nuevo.

—No lo entregues

—¿Ah? Tengo que entregarlo, así como tú entregaste el sofá, para que todos sobrevivamos, ¿te acuerdas?

—No. Pero Sam, puedo decir que no quieres hacerlo, y no tienes qué. Ya estamos viviendo en tu casa, utilizando tus cosas. La prima de mi tía, o quien fuera en realidad la dueña del sofá, no significaba nada para mí. Pero esto es diferente, puedo ver las lágrimas a punto de salir; quien te lo regaló importaba.

Aquí ya no pude soportarlo más. Lagrimones empezaron a salir de mis ojos, muy a mi pesar. No soy una persona débil, normalmente, aunque mi apariencia pueda dar esa impresión. Me apresuré a limpiarme las lágrimas con la manga de la chaqueta y David secó algunas que se encontró cayendo hacia mis piernas.

—Era de mi mamá, y de mi abuela, y de su mamá y de su abuela a su vez… es muy antiguo. De principios del siglo pasado. Mamá me lo entregó, pertenece genuinamente a ella, y tienes razón, no quiero de ninguna forma entregarlo. Pero estas son las circunstancias y yo estoy con Benjamín, y me comprometí a hacer una familia con él y ahora también me comprometí con ustedes…

—Pero Sam —interrumpió David— cien dólares no son nada, los conseguimos de otra forma, no sé… tocando música en el metro, tu podrías hacer caricaturas. 

Esto me arrancó una sonrisa.

—Lo digo en serio. ¿Crees que no? Puedo traer mi guitarra…

—Es que no lo voy a vender por cien dólares… sino por quince mil.

Bajé del auto dejando a un David muy boquiabierto. Me dirigí a Lucio´s caminando y terminé con el asunto.

 

___

Al llegar a casa, después de haber vendido el resto de las cosas en las casas de empeño y después de haberle hecho jurar a David que no diría nada sobre el broche a NADIE, ni siquiera a Benjamín (mi esposo no distinguía muy bien entre un vidrio y un diamante, y, aunque me había visto usarlo en nuestro matrimonio, nunca le dije su valor ni lo que significaba), le entregué a Ana un sobre con el dinero y el historial de todas las transacciones, incluida, supuestamente, la de los cien dólares de mi broche.

Ella se puso de inmediato a hacer cuentas con los billetes desplegados sobre el escritorio en el estudio, anotando juiciosamente en el cuaderno rojo, a su lado aún estaba Benjamín,  programando como un loco y quejándose mucho porque lo «interrumpíamos con nuestras charlas».

Pero lo que suscito más comentarios y expresiones de incredulidad fue el segundo paquete, una caja de cartón envuelta en papel kraft que Lucio había llenado de billetes. Ana abrió la caja emocionada, sin saber aún que había adentro.

—Es un pequeño regalo para nuestra supervivencia —le dije antes de que lograra abrirla. Giré la cabeza y vi que estábamos todos, menos David, quien había insistido con angustia durante todo el camino en que debíamos volver y reclamar el broche.

Nunca había visto los ojos de Ana más iluminados que aquel día cuando sacó ese gran fajo de billetes. Los sostuvo con la boca abierta mientras que los demás tomaban bocanadas de aire.

—Sam… ¿de dónde sacaste todo esto? 

Me encogí de hombros.

—No te hagas tantas ilusiones. Es para pagar los impuestos del apartamento y de la camioneta, no va a sobrar mucho —le aseguré.

Benjamín, quien hasta ahora había seguido pegado a la pantalla del computador haciendo muecas de desespero para que saliéramos de «su estudio», giró la silla súbitamente y se quedó mirándome. Hacía algunos días habíamos hecho el trato de que yo le pediría dinero a mi papá para pagar los impuestos, sólo por esta única vez. Pero él sabía que nada había entrado a mi cuenta todavía.

—¿De dónde sacaste tanto dinero? —preguntó Ana de nuevo, con expresión de sospecha.

No respondí.

—¿Encontraste tu anillo de compromiso? —insistió.

¡Eso era, eso era lo que debía decir! Asentí varias veces con la cabeza.

Hace algunos días, cuando Ana había hecho la primera redada por las habitaciones, habíamos decidido entre todos que los anillos de compromiso serían empeñados. Yo misma había entregado hoy el de Ana y el de Cristina, pero le había dicho a Ana que no había encontrado el mío aún, y que creía que lo había perdido entre las cosas de la mudanza. Le dije que la última vez que lo había visto había sido en la cocina, cuando me lo había quitado para lavar los platos.

Todos eran conscientes del tamaño de la roca amarilla que me había regalado Benjamín por nuestro compromiso, así que los tres hombres pasaron un hermoso día revisando el botadero de basura en el garaje. Pero el anillo no apareció y, hasta ahora, Benjamín creía que yo lo había escondido.

—¡¿Dónde estaba?! —preguntó Oliver con indignación—, ¿hubieras podido recordar antes, no?, no sé si te habrás dado cuenta, Samantha, pero mi hobby no es revisar carros de la basura.

—Ahm… Lo encontré en el bolsillo de mi abrigo… ehm… el forro se había rasgado, y supongo que ahí estaba. Lo encontré y lo vendí —dije con voz temblorosa, y por un segundo mis ojos se desviaron hacia la biblioteca, más exactamente hacia «Design your self», el libro de Karim Rashid que estaba segura que nadie leería jamás en esta casa, y sobre el que había convencido a Ana que no podía vender porque era indispensable para mi trabajo.

Volví los ojos con rapidez hacia los demás.

—Bueno… tengo sueño —dije. 

Me dirigí a mi habitación dejando a los demás en un sopor silencioso. Mientras caminaba, inconscientemente pasé los dedos por la venda que cubría la punta de mi dedo índice izquierdo. Había llevado esta venda durante los últimos días y les había dicho a todos que me había hecho una quemadura con el horno. 

Sentada en la cama retiré la venda y revisé la herida. Estaba cerrada del todo. Era una raya larga y profunda sobre la piel, y me la había hecho con un bisturí hacía dos semanas mientras luchaba por hacer un hueco en medio de las páginas de «Design your self»; removí pedazos de hojas y virutas de papel hasta que quedó perfecto y medianamente liso, y luego escondí allí seis cosas. 

«Seis tesoros sobre los que Ana nunca pondrá sus garras», pensé con resentimiento. Y luego me puse la pijama y me quedé mirando hacia el techo, creo, hasta que me dormí.

LA CANCIÓN