Crimen Imperfecto - #SoyTalento

Crimen Imperfecto - #SoyTalento

Crimen Imperfecto - #SoyTalento

1

 

Hacía frío y la lluvia caía sobre la ciudad como una catarata interminable. Era uno de esos días opacos en los que las leyes cromáticas parecen alterarse y sólo se destacan los colores chillones, como el rojo o el amarillo, mientras que el resto se pierde en un amplio espectro de blancos, grises y negros. Las farolas, que se elevaban en grupos de tres a cada lado de la calle, emitían una mortecina luz amarillenta que reflejaba el paso de la lluvia y creaba una imagen de tristeza y desasosiego, como un pequeño barco que navega en alta mar en medio de una fuerte borrasca. Largas filas de coches avanzaban a paso lento, como un rebaño de enormes gigantes metálicos, mientras que la gente corría por las veredas buscando protegerse del temporal.

Habría podido ver todo esto a través de la ventana si hubiera tenido una que diera a la calle, pero mi oficina se encontraba justo a la mitad del corredor de la galería Mar del Plata y lo único que veía por el ventanal era la pared desnuda, tapizada con azulejos de dos por dos de color verde pálido, y un antiguo afiche que promocionaba un taller de teatro de dudoso nivel académico.

Puse la estufa en mínimo y me acomodé en la silla. Julie London cantaba Come Closer to Me desde la notebook y me transportaba sin esfuerzo a aquellos glamorosos años sesenta de los que tantas veces había oído hablar a mis tíos y abuelos en la sobremesa de las cenas navideñas o en algunos cumpleaños. Crucé las piernas sobre el escritorio y encendí un cigarrillo. Le di una pitada larga, cerré los ojos y me dejé transportar por la melodía.

Estaba por llamar al bar y pedir un café cuando tocaron el timbre. Eran las siete de la tarde y no tenía ganas de ver a nadie, mucho menos por trabajo. Estuve tentado de no atender, pero la curiosidad pudo más que la pereza. Apagué el cigarrillo, bajé un poco el volumen, me levanté y caminé hasta la puerta de entrada.

El tipo que encontré parado en el pasillo era alto y corpulento, como si de joven hubiera jugado al rugby y estuviera un poco pasado de peso aunque todavía en forma. Llevaba el cabello cortado al ras, tenía la piel colorada y una afeitada perfecta. Los ojos eran grandes y de un gris profundo. La nariz era recta y bien proporcionada. Vestía traje y llevaba un Rolex Oyster en la muñeca derecha. Calculé que tendría unos sesenta años. Me resultó conocido, pero en un primer momento no supe de dónde.

            —¿Señor Martínez? —preguntó con voz firme y gruesa.

            —El mismo —contesté.

            —¿Cómo le va? —dijo estirando una mano peluda y musculosa hacia mí—. Mi nombre es Néstor Arregui.

Se la estreché con fuerza. Yo no era un debilucho y aunque había puesto afán en el apretón él ni se inmutó. En ese momento supe de dónde lo conocía. Néstor Arregui era uno de los candidatos a intendente en las próximas elecciones municipales. Lo invité a entrar y cerré la puerta. Cruzamos la recepción y pasamos a mi oficina. Rodeé el escritorio y me senté en mi sillón. Arregui dejó el paraguas y el gabán sobre una de las sillas destinadas a los clientes y se sentó en la otra. Sus movimientos eran suaves y tranquilos. Tenía pinta de ser un tipo fuerte y poderoso en muchos aspectos.

            —¿Qué puedo hacer por usted? —pregunté.

            —Necesito que siga a una persona, una mujer.

            —¿Su esposa?

            —No.

Supuse que no era la esposa pero tenía que asegurarme. No parecía la clase de hombre que necesita de un detective privado para resolver sus problemas de pareja.

            —¿Un café? —ofrecí mientras levantaba el teléfono.

            —Un cortado, gracias.

Llamé al bar y a los pocos minutos llegó el mozo, dejó las tazas sobre el escritorio y se fue. Antes de salir me guiñó un ojo y formó un círculo imaginario con la mano. Era la señal que usaba para decirme que le podía pagar después. Yo asentí con un movimiento de cabeza. Arregui miraba el cuadro que colgaba a mis espaldas. Lo miraba pero no lo veía, estaba seguro de eso. Era una porquería que había puesto ahí para tapar una grieta de la pared, demasiado feo como para que alguien le prestara tanta atención.

            —Cuénteme de qué se trata —dije mientras revolvía mi café.

Retiró la vista del cuadro, me miró por unos segundos, apenas el tiempo que le llevó desprenderse de lo que fuera que estaba pensando, y tomó algo del bolsillo interior del saco. Era una foto. Estiró el brazo y me la alcanzó. La tomé, le di una mirada rápida y volví a dejarla sobre el escritorio.

            —Se llama Graciela Bertoldi —dijo.

            —Ajá, linda señora.

            —Sí, tuvo días mejores —gruñó.

Hizo una mueca con los labios y se pasó una mano por la cabeza. Daba la impresión de no saber muy bien qué decir o de cómo hacerlo. De pronto algo cambió en él, su mirada se tornó más firme y serena y dejó de mover las manos, como si hubiera arribado a una conclusión satisfactoria. Se recostó contra el respaldo de la silla, cruzó las piernas y apoyó ambas manos sobre su regazo. En ese momento parecía estar más cómodo que yo y cuando habló lo hizo con calma.

             —Por el momento necesito que la siga y me diga qué hace, a dónde va y con quién, esas cosas, dos semanas, como máximo. Detrás de la foto que le di están su dirección y el nombre de un bar, sé que va a estar ahí el sábado —concluyó.

Se me ocurrió preguntarle cómo sabía eso, pero imaginé que antes de acudir a mí él había hecho su parte del trabajo. Quizá lo único que podía hacer sin comprometerse o sin delatar sus intenciones. Eso no era extraño, muchos de mis clientes hacían una especie de investigación inicial hasta darse cuenta de que para avanzar necesitaban de tiempo y recursos de los que no disponían o, como pensé que sería el caso de Arregui, no podían hacerlo sin llamar la atención.

            —Bien, no hay problema —dije—. ¿Algo en especial en lo que deba enfocarme?

            —No, nada, sólo seguirla y darme todos los detalles, hasta los que puedan parecer tontos, ¿Comprende?

            —Perfectamente.

            —Muy bien.

A continuación Arregui volvió a meter la misma mano en el mismo bolsillo, sacó un sobre blanco doblado por la mitad y lo dejó sobre el escritorio. El sobre se estiró un poco y formó una medialuna con las esquinas apuntando hacia el techo.

           —¿Así está bien? —preguntó Arregui mientras deslizaba el sobre y lo dejaba al alcance de mis manos.

Lo abrí y al ver lo que contenía entendí que la pregunta era pura retórica. Levanté la vista y lo miré con genuino asombro. Dentro del sobre había un fajo de billetes de cien ajustados con una cinta de papel blanco. No los conté, pero supe que eran cien, ni uno más ni uno menos. Era mucho para un trabajo como ese, quizá demasiado, pero no iba a rechazar una oferta semejante. Él no esperaba una respuesta y no se la di. Tomé el sobre y lo guardé en un cajón del escritorio.

            —Confío en que todo se lleve a cabo de la manera más discreta posible, señor Martínez.

            —No se preocupe —aseguré—, soy un profesional.

            —Bien. Solo debe informarme a mí. Si llama y no atiendo no insista, yo me contactaré con usted después. Si atiende alguien más, que no creo suceda, corta y espera que yo lo llame, ¿Sí?

            —No hay problema.

            —También voy a necesitar que me envíe un reporte diario, muy breve.

            —Está bien. ¿A dónde quiere que se lo mande?

            —Tenga —dijo entregándome una tarjeta—, aquí está todo lo que necesita.

La tarjeta tenía impresos un número de teléfono y una dirección de correo electrónico, sin nombres ni logos. La puse encima de la foto que me había entregado minutos antes. Pensé que íbamos a conversar un poco más pero me equivoqué. Sin decir palabra, Arregui dio un golpe con los nudillos sobre el escritorio, se levantó de la silla, agarró su abrigo y el paraguas, que seguía goteando sobre la alfombra, y caminó hasta la puerta. Antes de que saliera de la oficina le hice una última pregunta, una importante.

            —Arregui, una cosita más. ¿Cómo llegó hasta mí?

            Me miró y sonrió.

            —Un conocido —contestó con la mano aferrada al picaporte.

Lo miré sin decir nada y asentí. Él esperó dos segundos, abrió la puerta y se fue. El cortado quedó intacto sobre la mesa.

Terminé mi café y me quedé un rato más en la oficina mientras pensaba en cómo iba a organizar mis cosas. Lo primero en la lista era pasar por el banco y ponerle nafta al auto.

 

2

 

Era temprano, estaba nublado y hacía mucho frío. La ciudad estaba desierta, nada extraño para un sábado por la mañana, y las calles mantenían ese reflejo de espejismo que les confería el vestigio de la lluvia que las había bautizado casi toda la semana anterior. Algunas mostraban orgullosas unos importantes baches, llenos de agua casi hasta el borde, que los muchachos de Vialidad Municipal reparaban cada tanto, pero que volvían a aparecer gracias al tránsito continuo y a un relleno que estaba lejos de ser el que la gente pagaba con sus impuestos.

Un lujoso Audi de modelo reciente se encontraba estacionado del otro lado de la calle, casi en diagonal, como si lo hubieran dejado a las apuradas. La mugre de los zócalos indicaba que no lo lavaban hacía semanas y tenía un golpe en la puerta de atrás. Me pregunté cómo alguien podía tratar así un auto como ese, pero no perdí mucho tiempo en ello, tenía cosas más importantes que hacer. Metí las manos en los bolsillos y caminé hasta la cochera.

El bar no era muy grande, apenas doce mesas pequeñas con dos sillas en cada una, una barra que ocupaba toda la pared del fondo y a un costado un pasillo que llevaba a los baños. La decoración incluía mucha madera, espejos y mozos de chaqueta blanca, camisa con moño, pantalones de vestir color negro y zapatos. A pesar de la hora varias mesas estaban ocupadas y los clientes parecían ser de la clase de personas que pueden salir a correr por el parque un martes a las cinco de la tarde sin preocuparse demasiado por los horarios.

Me ubiqué en una mesa junto a la ventana, pedí un café doble y el diario. Cuando el mozo se retiró, luego de dejar el pedido sobre la mesa, saqué la foto que me había dado Arregui y la estudié con atención. Esa mujer me resultaba familiar aunque no podía darme cuenta de quién era o de dónde la conocía. La foto sólo mostraba la cara y parte de los hombros. Era una señora rubia con un peinado y unos aros que se me hicieron bastante caros. En ese preciso momento se abrió la puerta y la mujer entró al bar.

La foto engañaba y mucho, aunque había atinado con la edad. Vista de cerca hubiera dicho que tendría sesenta años y casi no tenía arrugas, pero éstas no faltaban por algún costoso tratamiento o alguna cirugía de esas que estaban de moda sino porque era bastante gorda, y todos sabemos que los gordos no tienen arrugas. Cuando el mozo la saludó me acordé de dónde la conocía.

             —¡Buenos días, señora Bertoldi! Por aquí por favor, la están esperando.

Al parecer la señora iba a ese lugar lo bastante seguido como para ser considerada un cliente habitual. Además, a pesar de que ya no jugaba en las ligas mayores, era una persona famosa.

Graciela Bertoldi era una ex vedette y actriz de cine que en otra época había dado mucho que hablar y que hacía tiempo no aparecía en público. Esto lo sabía por mi viejo, que se había confesado un seguidor de las plumas de aquellos años y hablaba seguido de Bertoldi y de otras veteranas que habían sido del palo y ahora volaban bajito o ni salían del hangar. En algunas revistas de la época que el viejo conservaba, aparecía una Graciela Bertoldi muchísimo más joven y atractiva. En otras se parecía más a la persona que había entrado al bar esa mañana.

El mozo caminó hasta donde yo me encontraba, se dio la vuelta dándome la espalda y le indicó a la mujer una silla en la mesa que estaba delante de mí. El hombre que estaba sentado allí se levantó y la saludó casi a los gritos, como para que todos supiéramos de quién se trataba.

            —Graciela Bertoldi, ¡Increíble! ¿Cómo estás?

            —Hola Juan, bien, muy bien, ¡Con hambre! —dijo y largó una risotada estruendosa.

Casi me largo a reír yo también. Se despachó con una sinceridad tan admirable que daban ganas de felicitarla. Era gorda, tenía hambre y no le importaba confesarlo.

Ninguno de los dos se molestó bajar la voz al hablar por lo que pude oír casi toda la conversación. Desde hacía tiempo Graciela Bertoldi había dejado la farándula para dedicarse a los negocios inmobiliarios. Su acompañante resultó ser un periodista y el cambio de actividad de ella parecía ser una noticia importante. A mitad de la charla el tipo le preguntó sin pelos en la lengua con qué había hecho más dinero, si actuando o haciendo negocios.

            —Negocios. En estos años gané mucho —confesó ella.

“Y eso no fue lo único que ganaste” pensé divertido. El culo le sobresalía de la silla, la piel le colgaba debajo de los brazos y lo que una vez había sido un hermoso cuello de cisne eran ahora dos líneas de piel que colgaban de su barbilla. ¿Cómo había terminado así? No podía echarle la culpa a los años. Muchas mujeres de más de cincuenta se conservaban bien, acudiendo a cuanta receta se les cruzaba por el camino, sin mencionar los avances de la cirugía estética. Por qué Graciela Bertoldi había dejado de ser una de las mujeres más deseadas del mundo del espectáculo para convertirse en eso que tenía delante de mí, era una incógnita que sólo podría explicar su psicoanalista, si es que tenía uno. Una lástima. Ella, que hacía que los hombres se dieran vuelta para mirarla aunque estuviera vestida con la ropa de un pordiosero, se había convertido en una vaca.

Llamé al mozo, le pagué y me fui. Me metí al coche a esperar, pero no tuve que hacerlo por mucho tiempo. Media hora después el tipo que le había hecho la entrevista salió del bar y un rato después salió ella. Caminó hasta la esquina y se subió a un taxi. Yo los seguí de cerca mientras memorizaba el recorrido. A los veinte minutos el taxi se detuvo. La mujer se bajó, no sin cierta dificultad, y entró en el número 3324 de la calle Rivadavia. Graciela Bertoldi había ido a su casa. Conocía la dirección, era la que estaba escrita en la foto que me había dado Arregui. Anoté la hora en una libreta que llevaba y estacioné cerca de la esquina.

Dos horas después la señora volvió a salir. Caminó hasta la vereda y se quedó parada allí hasta que llegó un auto y se detuvo frente a ella. Era un Peugeot 307 color rojo con vidrios polarizados. Ella abrió la puerta del acompañante, subió y el auto arrancó enseguida. Yo los seguí a poca distancia.

El viaje no fue largo y al cabo de pocos minutos el Peugeot se detuvo frente a un chalet ubicado en el 2687 de la calle Mendoza. Yo estacioné en la esquina. Un hombre bajó, abrió la puerta del acompañante y la sostuvo con una mano mientras que con la otra ayudaba a Graciela Bertoldi a bajar del auto. Era un tipo de estatura mediana y de lejos se veía bastante robusto. Llevaba una campera de cuero que le quedaba un poco grande y vaqueros azules. Entraron a la casa y vi encenderse una luz en la planta alta. Anoté la dirección del chalet en mi libreta y me fui. En el camino le mandé un mail a Arregui con los detalles de ese día.

En casa busqué información sobre Bertoldi y mi nuevo cliente. Encendí la computadora, ingresé al buscador de internet y escribí el nombre de Arregui. De inmediato aparecieron varios links que conducían a noticias sobre él, publicadas en diversos periódicos digitales, pero casi todas referían a lo mismo. Las dudosas condiciones en las que se le había adjudicado la construcción de la Ferroautomotora y su incursión en la política local, que para sus detractores no era otra cosa que una forma de blanquear algunos de sus supuestos negociados. No encontré nada que lo vinculara a Graciela Bertoldi.

De ella encontré una biografía bastante escueta en Wikipedia, algunas publicaciones viejas, muchas fotos y el video de la última entrevista pública, en el que se notaba en ella un aumento considerable de peso.

Dos horas después volví a vigilar el chalet. El Peugeot seguía frente a la entrada y había luces encendidas por toda la casa. Me estacioné en la esquina, en la mano de enfrente. Saqué un paquete de cigarrillos de la guantera y me dispuse a esperar. Los árboles, desprovistos de hojas, se repetían a lo largo de las calles y parecían racimos de brazos delgadísimos que bailaban al compás del viento. Jugué con el dial de la radio y encontré una emisora de música clásica. En ese momento pasaban el concierto para violín número cinco de Mozart. Dejé que mi imaginación hiciera bailar a los árboles al ritmo de la melodía mientras los contemplaba a través del parabrisas.

Recordé un libro que había leído tiempo atrás. El título era Muchas Vidas, Muchos Maestros y estaba escrito por el doctor Brian Weiss. En él hablaba sobre sesiones de regresión a vidas pasadas en las que había participado o experiencias cercanas a la muerte que le habían relatado. En la mayoría de los casos se buscaba erradicar un padecimiento físico del paciente a través del reconocimiento de un hecho violento o traumático que había ocurrido en una vida anterior. Según Weiss, al revivir ese hecho la persona reconocía el origen de su padecer y de inmediato la condición desaparecía. No profundizaba mucho más en las conexiones que estas otras vidas tenían con la actual, pero tampoco hacía falta. Según esa corriente de pensamiento, dicha conexión era más que evidente y estaba avalada por un abanico de pruebas científicas en apariencia muy sólido.

A pesar de haberlo leído hacía mucho tiempo, cada tanto lo recordaba y, en noches como aquella, imaginaba mi propio universo de vidas anteriores y en los hechos que podrían haber originado mis males del presente.

Tres horas después la única luz que permanecía encendida era la del porche de entrada y no parecía que Graciela Bertoldi o Campera de Cuero fueran a salir otra vez.

Esperé media hora más y me fui.

 

3

 

Al día siguiente la ciudad amaneció cubierta por una espesa neblina que comenzaba a ceder ante el avance de los débiles pero efectivos rayos del sol. El murmullo apagado de la ciudad entraba por la ventana abierta de la cocina y se mezclaba con el rasgueo de una guitarra que alguien acariciaba en uno de los departamentos vecinos. Un pequeño círculo de luz, que se colaba por un orificio en el marco de la ventana que en algún momento había estado ocupado por un tornillo, se dibujó en la pared y parecía tomar consistencia sólida al atravesar la estela de vapor que despedía mi taza de café. Se desplazaba por las vetas del mármol blanco, en un recorrido de derecha a izquierda, mientras el sol se elevaba poco a poco sobre el horizonte y abandonaba la cuna del mar. El reflejo en la ventana de cristal esmerilado era cada vez más brillante, más irreal, como una imagen proyectada sobre un vidrio empañado.

            Terminé mi café y me di una ducha. Al salir del baño me serví otro café y desayuné en la cocina, de pie y en calzoncillos. Encendí un cigarrillo, le di un último sorbo al café, que ya estaba tibio, y preparé una vianda para llevar. Nada estrafalario: dos sándwiches de jamón cocido y queso en pan lactal, una banana y un alfajor que encontré en la puerta de la heladera. Metí todo en un tupper, me vestí y regresé a vigilar el chalet.

La calle seguía tan desierta como la noche anterior y me estacioné en el mismo lugar. Algún vecino desconfiado podía verme y llamar a la policía así que bajé del coche y caminé hasta la esquina. Me quedé un momento ahí y simulé jugar con el teléfono celular mientras espiaba la casa. Cada tanto miraba con impaciencia el reloj como si estuviera esperando a alguien, por si acaso algún pichón madrugador y curioso me observaba escondido detrás de las cortinas.

            Media hora después el tipo de la campera de cuero salió de la casa, subió al Peugeot y siguió por Mendoza en dirección a la costa. Volví al auto y lo seguí. Al llegar al boulevard giró a la derecha y se detuvo frente al Hotel Hurlingam. Yo estacioné en la cuadra anterior, cerca de Carlos Pellegrini. Tomé un par de fotos antes de que entrara al local de la esquina por una puerta del costado. Conocía el lugar, se llamaba Jazz y tenía fama de ser el refugio de hombres maduros con billeteras abultadas que buscaban chicas de compañía de alto nivel.

            Mi trabajo no era vigilarlo a él, pero por si acaso tomé nota de esa visita. Esperé diez minutos más y regresé a vigilar el chalet. Estuve allí toda la mañana y parte de la tarde, pero el tipo de la campera de cuero no regresó y Graciela Bertoldi no se movió de su casa ni recibió visitas. A las seis de la tarde me fui y pasé por el bar, pero el Peugeot rojo ya no estaba.

            En casa preparé un whisky doble y me sumergí en el sofá del living. Estaba por darle el primer sorbo cuando sonó el timbre. Un toque largo y molesto. Me levanté de mala gana y fui hasta la puerta.

            —¿Quién es? —pregunté haciéndome el enojado.

            —¡Abra, Policía Federal! —contestó una voz clara y potente desde el pasillo.

Conocía la voz que había pronunciado esas palabras. No era la policía de verdad, pero muchos años antes para mí había sido algo parecido.

            —Hola viejo —saludé al abrir la puerta y hacerme a un lado para que él entrara.

            —Hola, nene.

Entró, se quitó el abrigo y lo dejó sobre el sofá. Después se acercó y me abrazó. Era un tipo grandote y fuerte que representaba sin esfuerzo cinco años menos de los sesenta que tenía. En gran medida esto se debía a una dieta estricta, supervisada por mi vieja, y a una rutina de ejercicio diario, costumbre que había adoptado cuando sirvió en la Armada y mantuvo durante toda su vida. En su casa practicaba con un par de pesas caseras y una máquina de remo, pero lo que más le gustaba era realizar largas caminatas por la costa. De vez en cuando agregaba un par de kilómetros al recorrido y terminaba en mi casa.

Me liberé de su abrazo y volví a respirar.

            —¿Cómo entraste? —pregunté.

            —Me abrió una señora, se bajó en el segundo.

            —Qué raro, son bastante desconfiados estos viejos —dije—. ¿Qué andás haciendo por acá a esta hora?

            —Salí a caminar y pensé en pasar a ver si estabas —respondió.

            —Estaba ¿Querés tomar algo?

            —Fernet, una copita chica.

            Siempre tomaba Fernet en una copita chica. Le alcancé su copa y nos sentamos en el sofá. La foto que me había dado Arregui estaba sobre la mesa ratona. Él la tomó y la estudió durante un momento.

            —¿Graciela Bertoldi? —preguntó asombrado—. ¿Estás trabajando para ella?

            —No. Un tipo me contrató para que la siga unos días.

            —¿El marido?

            —Según él, no.

            —¿Un negocito que necesita controlar un poco más?

            —Puede ser. No me dijo y no le pregunté. La guita es buena.

            —¿Y cómo vas? — preguntó.

            —Voy bien. Recién empiezo, la señora se deja seguir y todavía es temprano para sacar conclusiones.

            Asintió con la cabeza y acabó lo que quedaba de Fernet en su copa. La dejó sobre la mesa y volvió a mirar la foto.

            —Qué lo parió, estaba linda en su época.

            —Sí, y en esos años no había Photoshop.

            —No, era todo más natural ¿Cómo se llama el tipo?

            —¿Qué tipo?

            —El que te contrató.

            —Ah, sí, se llama Néstor Arregui.

Al escuchar el nombre de Arregui levantó la vista de la foto y me miró con gesto serio, como cuando era chico y llegaba del colegio con una nota mala. Las notas malas iban en el cuaderno de comunicaciones, el que tenía forro araña color rojo y siempre estaba escrito con tinta roja, verde o negra, pero nunca en azul. La tinta azul era para las notas buenas.

            —Néstor Arregui es el tipo que ganó la concesión de la estación de micros. O la compró, según algunos. El asunto salió en todos los diarios. Un tipo áspero ese Arregui. Ahora quiere ser intendente ¿sabías?

—Sí, ya sé, hay fotos de él por todos lados —dije—. Encontré bastantes notas sobre sus actividades públicas, así como todo lo relacionado con sus aspiraciones políticas. El quilombo de la concesión también está en internet, pero sobre ese tema poco y nada. Lo de siempre, sospechas y nada más.

 En 2006 Néstor Arregui ganó la licitación para construir la nueva estación Ferroautomotora y en cuanto esto se hizo público, las sospechas de corrupción y arreglos secretos con el gobierno no tardaron en aparecer. Sin embargo, al poco tiempo el asunto cayó en el olvido, opacado por una nueva primicia. Aparecía una chica nueva dispuesta a quitarse frente a las cámaras de televisión la cantidad de ropa necesaria para rozar la delgada línea que divide la legalidad de un escándalo monumental, alguien famoso se dejaba descubrir jugando con drogas duras o se moría a causa de ellas y todos se olvidaban de Arregui, de las sospechas de corrupción y de la Ferroautomotora. La estación se inauguró a fines de 2009 y a nadie le importó mucho qué tan limpio había sido ese juego.

            —Bueno, me voy nene, sino tu vieja se va a poner como loca.

Dejó la foto sobre la mesa del living, tomó su abrigo y caminó hasta la puerta. Yo me levanté y lo seguí.

            —Te acompaño.

            —No, deja, quedate tranquilo.

            —Sí, yo me quedo tranquilo —dije—, pero si no voy con vos no vas a poder salir.

Bajamos juntos por las escaleras y lo acompañé hasta la parada de taxis que estaba en la esquina. Cuando el auto se perdió de vista al doblar por San Luís regresé al departamento. Estaba aburrido, no tenía sueño ni ganas de quedarme encerrado, por lo que decidí ir a dar una vuelta por ahí.

Mi departamento estaba en Alberdi y Santiago del Estero, frente a la plazoleta Roque Di Caprio. Era uno de los cuatro que mi viejo recibió como parte de su herencia cuando murió mi abuelo y que él me regaló como premio por ser un hijo atento y cariñoso. Los otros tres, junto con una casa en Sierra de los Padres, otra en el barrio Santa Mónica y dos cocheras en el centro que habíamos adquirido hacía poco, producían una renta que yo administraba y nos repartíamos con mis viejos y mi hermana.

El edificio no tenía cocheras propias, así que alquilaba una en el centro, en un garaje sobre Córdoba, a metros de la avenida Luro. Tomé mi abrigo, la billetera y fui a buscar el coche. Al salir de la cochera puse un CD de Simply Red. La idea era llegar hasta la Base Naval, dar una vuelta y volver. Me gustaba manejar así, sin apuro, escuchar música y dejar que la mente volara en piloto automático. Pensé que a la altura de Varese podía parar en Jazz a tomar algo y ver si el fulano de la campera de cuero andaba por ahí. Sin embargo, la costumbre fue más poderosa que las ganas de pasear y terminé otra vez frente al chalet de Graciela Bertoldi.

Estacioné en la esquina de Garay y no estuve más de cuarenta minutos. El chalet se encontraba a oscuras y el Peugeot no estaba afuera. Una de las posibilidades, una de muchas, era que lo habían guardado en el garaje y ellos dormían.

Al regresar dejé el auto otra vez en la cochera y decidí caminar un poco. Estaba nublado y húmedo pero no hacía frío. La atmósfera estaba cargada de electricidad, como si la naturaleza se preparara para regalarnos otra de sus clásicas tormentas de invierno. Me metí en Tumi, un bar que estaba por la avenida Luro, cerca del Correo Central. Eran casi las doce la noche y en el bar no había mucha gente. Me ubiqué en una mesa contra la ventana y pedí un café irlandés. A la media hora comenzó a llover, pero la temperatura no cambió demasiado. Me quedé mirando la calle, sin pensar en nada concreto, mientras terminaba el café y me dejaba llevar por la música. Habían elegido un compilado de los ochenta con aquellos inolvidables lentos de Madonna y las inconfundibles melodías de Genesis.

Recordé la última vez que había estado en ese lugar, casi cuatro años atrás, cuando todavía se podía fumar en los bares. Fuimos con Valeria, mi ex, y no lo pasamos nada bien. Ya estábamos en las últimas, dormíamos en habitaciones separadas, casi no nos hablábamos y esa noche la conversación giró en torno a fechas límite, división de bienes y los reproches de siempre, los suyos y los míos. Dos semanas después firmábamos los papeles de divorcio y yo me iba de mi casa, que ahora era suya.

Cerca de la una llamé al mozo, le pagué y me fui con toda la intención de tomar un whisky en casa y después meterme en la cama. Pensé en llamar un taxi pero estaba cerca y decidí ir caminando. Ya no llovía y la temperatura se mantenía agradable. La calle estaba desierta y mis pasos resonaban contra las paredes de los edificios. Cada tanto metía sin querer un pie en los charcos de agua que se formaban en las imperfecciones de la vereda.

Para matar el tiempo pensé en qué motivos tendría Arregui para vigilar a Graciela Bertoldi. En general la gente lo hacía por sospechas de infidelidad o asuntos de índole profesional. Este caso no parecía responder a ninguno de esos dos motivos, pero era temprano para empezar a elaborar hipótesis, por lo que decidí hacer lo que se me pedía y por lo que me habían pagado. A fin de cuentas, las razones de Arregui eran suyas y no tenía por qué compartirlas conmigo.

Cuando llegué al edificio encontré la puerta abierta y sonreí al pensar en las protestas que echarían mis vecinos. La mayoría eran unos viejos amargados con mucha plata, mucho tiempo libre y poco para hacer con él que se juntaban en confiterías como la Boston o la Jockey a recordar épocas mejores y criticar con ferocidad a la actual, como si no fuera de ellos y vieran todo a través de una ventana que separaba ambas realidades.

A veces yo mismo me sentía así, pero había aprendido a pensar en mi vida como mi única época. A fin de cuentas lo era. No había ventanas ni divisiones. Todos estábamos en el mismo barco y si la época actual no era tan buena como la anterior, quizá los responsables no fueran los jóvenes herederos sino sus predecesores, los viejos de mierda que tanto la criticaban y poco habían hecho por dejar algo mejor para las generaciones futuras.

Pensé en llamar a Alejandra, pero recordé que esa noche salía con sus amigas. Entré al hall, le di un buen tirón a la puerta para cerciorarme de que quedaba cerrada y caminé hasta los ascensores.

 

4

 

Omar Garrido era un hombre agradable. Calvo, obeso y siempre sudoroso, aún en invierno, tenía una pinta de gordito bonachón que ocultaba al tipo de carácter fuerte y convicciones firmes que era. Sus ojos, pequeños y alargados, se perdían en su cara redonda y fláccida, y un brillo especial en ellos delataba una inteligencia superior. A pesar de la imagen que proyectaba podía ser un adversario formidable. Tenía una esposa menudita y dos hijos, uno de siete años y otro de doce, que ya evidenciaban parecerse más al padre que a la madre.

Nos conocíamos de la escuela primaria, habíamos compartido algunas aventuras en nuestra época de adolescentes y jóvenes estudiantes de Derecho (muchas de ellas se mantenían en un hermético secreto de cofradía) y nos veíamos casi todos los días. En gran medida él era responsable del éxito en mi nuevo trabajo. Me había apoyado desde mis comienzos y como fiscal tenía contactos en la policía federal y en el poder judicial que no dudaba en poner a mi servicio cuando un caso se complicaba y necesitaba ayuda extra. En general no era un trabajo difícil. Al nivel en el que yo me manejaba, lo único que tenía que hacer era seguir a mi objetivo y volverme invisible. Cuando alguien mandaba seguir a su mujer o alguno de sus socios, era porque tenía más certezas que sospechas y sólo necesitaba pruebas. Ahí entraba yo. El que anda en algo raro tarde o temprano se descuida y mete la pata. Había que ser paciente, perseverante y estar atento. La mayoría de las veces bastaba con una sola foto.

Esa mañana Garrido me miraba divertido por encima de una montaña desordenada de carpetas y expedientes que junto a una taza de café, un teléfono de línea, dos teléfonos celulares y una piedra de color negro de origen desconocido, ocupaban casi todo su escritorio. El orden no era una de sus numerosas virtudes.

             —¿Qué pasó ayer? ¿La Bombonera se vistió de luto? —bromeó.

Reía pero de su boca salía un chillido tan agudo como irritante. Hice una mueca con los labios que intentaba ser una sonrisa y me rasqué el ojo con mi dedo medio. Cerré el puño para que el dedo se viera bien. Ante mi gesto el chillido se hizo más estridente.

             —No tengo idea —dije—. Ya sabés que yo de fútbol no sé nada.

Era mentira y él lo sabía, por supuesto. Boca Juniors era mi equipo favorito, pero yo no era fanático. Garrido era de River Plate y él sí se sabía los nombres de los jugadores, su historia personal y no se perdía un partido, como tampoco la oportunidad de bromear cuando los millonarios salían victoriosos frente a su clásico rival de todos los tiempos.

            —Claro —dijo—, cuando te conviene no sabés nada vos.

            —Exacto.

            —Dos a uno, pibe —gritó—. ¡Un partidazo!

            —Habrá sido pura suerte.

            —Sí, sí, claro, siempre que ganamos es pura suerte —dijo riendo—. ¿Qué te trae por acá?

            —Necesito que me ayudes con algo, si podés.

           —Por supuesto ¿Desayunaste?

            —A lo Fito Páez —contesté—. Un cigarrillo y un café.

            —¿Fito Páez?

            Hice un ademán con la mano para restarle importancia a la confusión. La frase pertenecía a un tema de los Enanitos Verdes, pero por alguna razón mi cerebro asociaba la canción de un artista con el nombre de otro.

            —Bueno, vamos —dijo. Miró su reloj y se levantó—. Tomamos algo y me contás en que andás.

Era temprano y el amontonamiento de autos y gente era el habitual para un día lunes. El cielo, de un azul profundo limpio de nubes, auguraba uno de esos días de invierno que se quedan en la memoria por largo tiempo. Salimos del edificio y cruzamos la calle en diagonal hasta el bar que estaba en la esquina de Tucumán y Brown. El lugar estaba tranquilo y nos sentamos a una mesa del fondo, junto a la ventana. Pedimos dos cafés grandes. A último momento Garrido sumó dos medialunas al pedido.

            —Contame ¿Qué necesitas que te averigüe? —preguntó.

Tomé mi libreta, arranqué una hoja y se la pasé por encima de la mesa. En ella había anotado los nombres de Arregui, Graciela Bertoldi, la dirección del chalet y la patente del Peugeot rojo. Garrido la tomó y la guardó en el bolsillo sin mirarla. Movió la cabeza hacia arriba y arrugó los labios como si fuera a silbar, en señal de interrogación. Conocía el gesto, era muy suyo.

            —Poca cosa —dije—. Nombres. Hay una dirección y una patente de auto también. Lo que consigas va a servir.

            —Ok, te llamo mañana —dijo y enseguida aclaró—: No, mejor pasado.

            —No hay problema, tengo tiempo.

            —¿Cómo andan tus cosas? ¿Todo bien?

            —Sí, normal, trabajando ¿Vos?

            —Bien, todo tranquilo. Mi suegra vino a pasar unos días en casa así que estamos de fiesta. ¡Por suerte los chicos van al colegio!

            —Y bueno che, es parte del paquete —dije divertido.

            —Como zafaste vos, ¿No?

            —¿Yo? ¿De qué zafé?

            —Sí, hacete el boludo.

            —Señor boludo para usted, fiscal.

            —Andate a la mierda.

           Miró su reloj, terminó el café de un sorbo largo y se levantó de la silla.

            —Me tengo que ir Enrique, hoy es lunes —bufó—. Después hablamos.

            Dejó un billete sobre la mesa y salió del bar. Lo seguí con la vista hasta que cruzó la calle y desapareció por la entrada principal del edificio.

 

5

 

Era jueves y llovía otra vez. Tenía el reporte de mi primera semana de trabajo a medio terminar y sólo me faltaba pasar en limpio algunos datos. Garrido había dicho que necesitaba más tiempo, que estaba complicado y que lo llamara el viernes a última hora. En los dos días siguientes a mi encuentro con él las cosas no cambiaron mucho. Me quedaba una semana completa de trabajo hasta terminar el plazo de quince días que había acordado con Arregui y Graciela Bertoldi no hacía otra cosa que ir todos los días a su oficina y pasar la noche en su departamento o en el chalet de la calle Mendoza. De vez en cuando almorzaba afuera con amigos o con algún cliente. El restaurante Piazza en Alem y la costa era el que más visitaba. El tipo del Peugeot nunca la acompañaba a esos almuerzos.

Casi todos los días, a las tres de la tarde Bertoldi dejaba su oficina e iba hasta su casa. Regresaba una hora después, con el pelo mojado y cambiada de ropa, y se quedaba en la oficina hasta las seis. Una mañana me hice pasar por un admirador y posible nuevo inquilino y hablé con el portero del edificio. Me aseguró que Graciela Bertoldi era una mujer simpática y educada, que no negaba el saludo a nadie y que nunca había tenido problemas ni había hecho escándalo. Su rutina era tranquila, normal y un tanto aburrida. Nada parecía justificar lo que me habían pagado para seguirla.

Una de las reglas básicas del oficio de detective es nunca entrar en contacto directo con el objetivo. Una vez, cuando recién empezaba, Garrido me consiguió un trabajo. Tenía que seguir a una mina. El marido sospechaba que le metía los cuernos y tenía razón. El tercero en discordia era uno de sus socios. Se encontraban en un bar de Güemes todos los jueves a las cinco de la tarde, cuando mi cliente jugaba al tenis. No había podido tomarles una foto decente. Eran precavidos y se cuidaban bien. El último jueves fui al bar poco antes de las cinco y los esperé. Ellos llegaron como siempre y se sentaron a una mesa del fondo. El bar estaba lleno de gente y no tuve mejor idea que sacarles una foto con el teléfono. Caminé hasta el baño y al pasar junto a ellos me detuve y simulé estar mirando algo en la pantalla mientras los enfocaba con la cámara. No me di cuenta de que uno de los mozos estaba detrás de mí y me espiaba. Se acercó y me preguntó si necesitaba algo. Me sorprendió y el teléfono se me cayó al suelo. Le dije que quería tomar una foto a las lámparas que estaban atornilladas en la pared del fondo y me metí al baño. Cuando salí, mis objetivos ya no estaban, pero la foto había salido bien.

Pese a todo, decidí saltarme otra vez los procedimientos del manual. No sabría explicar por qué. Fue puro impulso.

Encendí un cigarrillo, levanté el teléfono y marqué el número de su oficina.

            —Bertoldi propiedades, buenas tardes. —contestó una voz femenina, fría y muy profesional.

            —Graciela Bertoldi, por favor.

            —La señora Bertoldi está en una reunión ¿Puedo tomar su mensaje?

            —Me gustaría tener una entrevista con ella —dije, y antes de que la voz respondiera agregué—: Es por la venta de dos casas en Los Troncos.

Si del otro lado tenían alguna duda sobre acceder a mi pedido o no, mencionar una intención de venta en uno de los barrios más elegantes de la ciudad tenía que agilizar las cosas.

           —Sí, por supuesto señor…

           —Aldaba —respondí—, José Aldaba.

           —Excelente, señor Aldaba —dijo la voz en un tono muy diferente al que había usado antes. Yo había dejado de ser un tipo cualquiera y me había convertido en un cliente potencial—. ¿Le parece bien mañana por la mañana?

           —Preferiría hacerlo hoy. Si es posible, claro —respondí. Intenté dar a entender que si no accedía a mi pedido, quizá el negocio fuera a parar al escritorio de alguien de la competencia.

La chica no era tonta.

          —Sí, por supuesto, no hay problema —dijo.

Escuché ruido de papeles y dedos que trabajaban sobre un teclado. Al cabo de pocos segundos la voz volvió a hablar.

         —¿Le parece bien esta tarde a las cinco? —preguntó.

         —Perfecto, a las cinco entonces —respondí luego de una estudiada pausa de tres segundos.

         —Muy bien —dijo—, si es tan amable de dejarme un número de teléfono…

Cuando terminé de hablar tomé mi paraguas, salí de la oficina y caminé hasta mi casa.

La ciudad era un caos. Los coches, que en días como esos parecían aumentar su número en forma exponencial, avanzaban a paso de hombre por las calles atestadas y los vidrios empañados ocultaban las caras de hastío de sus conductores. La gente corría por la vereda para evitar que la lluvia los empapara, cosa que por supuesto no conseguían. Parecía que nadie había visto ese episodio de los Cazadores de Mitos en el que comprobaban que aunque uno corriera lo más rápido posible, mojarse era inevitable.

 

6

 

Graciela Bertoldi resultó ser una mujer encantadora. Me recibió en su despacho personal y antes de hablar de negocios tuvimos una conversación que llevé a la época en que ella era una figura conocida en el ambiente artístico. Hasta le pedí un autógrafo con la falsa excusa de que era para mi padre, que se autoproclamaba su admirador número uno. Ella sonrió complacida y no solo me regaló el autógrafo sino que lo plasmó sobre una fotografía. No era muy actual y se veía bastante más delgada y vestida de forma sobria y elegante, pero a un admirador de verdad eso no le iba a importar.

            —Si me permite, debo decirle que sigue usted tan atractiva como siempre —le dije después de mirar la foto y el modelo real varias veces con gesto exagerado.

            —José… ¿Qué dice? —respondió. Bajó la vista y movió de lugar unos papeles que tenía sobre el escritorio.

Sonrió, pero era una sonrisa triste, eclipsada por una comprensión de la realidad que era inevitable. Sabía que ya no se veía como antes y quizá una parte de ella, la que luchaba en vano contra su lado más realista, todavía añoraba aquellos años de gloria y juventud. Decidí seguir un poco más. Más allá de los kilos extra y los años que los acompañaban, era una linda señora y me caía bien.

            —Habrá leído El Principito le dije y levanté las cejas en un gesto de complicidad.

            —Por favor… dijo.

Rechazó la idea con un movimiento de la mano, pero la sonrisa en su rostro indicaba que la caricia le había gustado. A fin de cuentas, era mujer y le habían regalado un piropo.

Cuando dejamos de lado la parte social de la charla y nos ocupamos del tema que nos convocaba le dije que en realidad iba a vender sólo una de las casas porque con mi hermana todavía no decidíamos qué hacer con la otra. Respondió que no había ningún problema con eso y me pidió que le hablara un poco de la propiedad. La descripción que hice fue perfecta. Le describí el parque, con su cerco de ligustrina y la farola del fondo, que tenía un detalle en la base que imitaba las del puente Alejandro III en Paris; el quincho, con su mesa de cinco metros, horno de barro y una cocina que no tenía nada que envidiarle a la de la casa. Le di la distribución de los distintos ambientes y su tamaño aproximado, los pequeños arreglos que habría que hacerle antes de sacarla al mercado e incluso la dirección exacta. Y no mentí en nada, ni siquiera en el color de las paredes. Fue sencillo, era la casa de Garrido. Al final de la entrevista quedamos en fijar una fecha para visitar la propiedad.

            —Señora Bertoldi, ha sido un enorme placer —dije al tiempo que me levantaba de la silla—. Espero su llamado para coordinar la visita, aunque mejor me lo confirma por email —guardé silencio dos segundos y repetí—: Sí, mejor por email.

            —Está bien, una de las chicas de la oficina se lo enviará. Yo no me llevo muy bien con eso, ¿sabe? —dijo.

Me miró como disculpándose por algo que seguramente le pasaba a casi toda su generación y a la mitad de la siguiente.

            —No se preocupe —dije.

Me despedí y abandoné las oficinas de Bertoldi Propiedades con una sensación muy agradable.

 

7

 

El sábado a las dos de la mañana me despertó el teléfono que tenía a un costado de la cama, sobre mi mesita de noche. Era un aparato moderno con un timbre de sonidos suaves, pero a esa hora de la madrugada parecía una sierra eléctrica a toda máquina. Me había acostado apenas dos horas antes y se me ocurrió dejar que sonara o darle un tirón al cable y desconectarlo. Si era una emergencia podían probar con el celular, que tenía siempre encendido, pero lo pensé mejor y decidí atender. Estiré el brazo, tanteé en la oscuridad y tomé el auricular antes de que se activara la casilla de mensajes.

            Era Garrido.

            —Hola, ¿Te desperté?

Se escuchaba mucho ruido de fondo y él tenía que gritar para hacerse oír.

            —No, acabo de apagar la Play Station  —dije con voz pastosa, cargada de ironía. Garrido no se hizo cargo.

            —Mejor  —dijo—, estoy en medio de un operativo y pensé que podría interesarte.

            —¿Qué paso?

            —Una mujer se suicidó, al menos eso parece. Es Graciela Bertoldi.

Guardé silencio mientras me incorporaba y encendía la luz.

            —¿Dónde fue?

            —En un chalet de Los Troncos, la misma dirección que me pasaste el otro día ¿Eso te dice algo?

            —No realmente —dije—. Estuve ahí varias veces, supongo que era su segunda casa. Ella pasaba mucho tiempo en ese lugar con el tipo del Peugeot.

            —Ajá, un espécimen interesante tu amigo.

            —¿Averiguaste algo de lo que te pasé?

            —Sí, todo.

            —Bueno, me cambio y voy.

            —¿Vas a venir ahora?

            —Y, sí ¿Por qué?

            —Porque es al pedo, Enrique, esto es un quilombo y no puedo dejarte entrar —gritó. Muy cerca se escuchaba el ulular de una sirena—. Seguí durmiendo y nos vemos el lunes en mi oficina. Llamá antes de venir  —sugirió antes de cortar.

Dejé el teléfono sobre la mesita de noche, apagué el velador y me quedé tirado en la cama.

Cerré los ojos y recordé una novela que había leído muchos años antes. En ella, el personaje principal describía el método que utilizaba para poder dormirse cuando el sueño se negaba a llegar. Se imaginaba a sí mismo acostado sobre el piso de un bote, entre almohadones muy cómodos, mientras era transportado río arriba, adentrándose cada vez más en un bosque espeso. Cuanto más penetraba en la oscuridad del bosque, más se sumergía él en el sueño, hasta que finalmente caía rendido en los brazos de Morfeo.

Mientras navegaba por mis pensamientos el sueño me alcanzó otra vez. Los sonidos de la calle se hicieron más débiles, como el eco lejano de pasos sobre el césped, y me sentí arrastrado hacia el bosque de sombras, envuelto por una bruma espesa plagada de estrellas diminutas. Estaba a punto de dormirme por completo cuando una serie de ruidos que provenían del pasillo me sobresaltó.

Alguien intentaba entrar al departamento y zarandeaba la puerta con violencia como si así pudiera conseguir algo más que hacer ruido. Me levanté de la cama y caminé hasta el living. Pude ver el juego de luz y sombra de un cuerpo moviéndose del otro lado de la puerta. Mi visitante nocturno estaba empecinado en algo que sin la llave jamás podría lograr, aunque dudaba de que se hubiera percatado de ello. Lo primero que pensé fue que uno de mis vecinos había llegado pasado de copas y se había equivocado de piso, pero no escuchaba ruido de llaves que intentaran accionar una cerradura para la que no habían sido diseñadas.

De repente los ruidos cesaron, pero la sombra seguía moviéndose en el pasillo. Tenía sueño y quería terminar con aquello cuanto antes así que abrí puerta de un tirón, dispuesto a darle un golpe a mi visita inesperada si era necesario. Detenerme a tiempo me salvó de una corrida al hospital y de una buena puteada. Era Alejandra, mi novia, y estaba borracha.

Sin prestar atención a mi brazo levantado y al puño que casi le revienta un ojo me empujó a un costado y se metió al departamento. Hacía equilibrio sobre sus zapatos de plataforma con tacos de doce centímetros y se bamboleaba de un lado a otro como un marinero en una noche de tormenta. Casi no llega al sofá. Se tiró de cabeza y me miró con lujuria, levantándose un poco la minifalda.

             —Hola, soldado —murmuró con una voz pastosa que arrastraba las palabras.

Alejandra Milosevic era una morocha rabiosa que había conocido dos años antes, en la fiesta de cumpleaños de un juez amigo de Garrido. Imbuido del ambiente festivo bebí más de la cuenta y cuando la vi parada junto a la pileta de natación del patio trasero se me dio por hacerme el galán. No recordaba mucho de esa memorable ocasión y Alejandra se negaba a contarme lo que ella sí recordaba, mientras movía la cabeza de un lado a otro y decía “No, no” con una sonrisa pícara en el rostro. Lo que yo sí recordaba era lo que le dije cuando me acerqué a ella al borde de la piscina.

            —Hola —la saludé, y antes de que pudiera responderme agregué—: ¿Cuánto tiempo te dejan quedarte?

Ella giró hacia mí, abrió mucho los ojos e inició un esbozo de sonrisa.

           —¿Qué?

           —Que cuánto tiempo te dejan quedarte —repetí—. Imagino que los dioses te enviaron a la tierra para que nosotros, los pobres mortales, sepamos lo que es la verdadera belleza.

La frase no era mía. La había sacado de una novela de Sydney Sheldon, pero lo importante es que funcionó. La sonrisa en su rostro acabó por formarse y se acercó dos pasos hacia donde yo estaba parado.

          —Bueno, bueno… —dijo complacida—, ¿Tenés más de eso?

No recordaba qué le había dicho a continuación, pero debió ser algo bueno porque a partir de entonces comenzamos a salir con regularidad, la mayoría de las veces para repetir las cosas que habíamos hecho la primera vez que estuvimos juntos, que no fue la noche de la fiesta de cumpleaños del juez amigo de Garrido, por supuesto. Yo ni siquiera recordaba haberle pedido su número de teléfono y mucho menos haberle dado el mío. Tiempo después me enteré de que fue Garrido el que actuó como intermediario. Primero me salvó de un resbalón que me hubiera lanzado de cabeza a la pileta y fue él quien le dio mi número a Alejandra. Al otro día, cuando Garrido me contó parte de lo que había pasado esa noche, ninguno de los dos creía que Alejandra fuera a llamar, pero lo hizo.

Era una mujer muy bella, de esas que llaman la atención a quinientos metros y con neblina. Tenía cuarenta años, iba al gimnasio tres veces por semana y aparentaba diez años menos. Era abogada especialista en divorcios y trabajaba con Luciana, su mejor amiga y socia en el estudio. Se había divorciado dos veces, no tenía hijos y sus padres habían muerto cuando ella cursaba el último año de facultad. Tenía un hermano dos años menor que ella que vivía en España con el que hablaba poco y veía todavía menos.

En su trabajo era fría y despiadada, como deben ser los abogados, y se lo tomaba muy en serio. Pocas veces hablaba de él, pero cuando lo hacía me mantenía atrapado todo el tiempo que duraba su relato. Era muy inteligente y uno podía pasarse horas enteras escuchándola hablar sin aburrirse. En nuestra tercera cita, la primera en la que aceptó mi oferta de llevarla a su casa, descubrimos que vivíamos en el mismo edificio.

A pesar de que nuestras historias de vida eran muy diferentes nos entendíamos bien. Yo, el chico malcriado a quién nunca le había faltado nada y ella, la guerrera que había tenido que luchar por abrirse camino desde que era una adolescente. Podíamos hablar por horas sin percatarnos del paso del tiempo, sentados en el sofá mientras la música sonaba a bajo volumen en sus parlantes de un metro de alto, y habíamos descubierto que también podíamos compartir nuestros silencios, algo poco común entre las personas.

Cada tanto teníamos nuestras peleas, inevitables en toda relación, pero así y todo habíamos logrado que nuestras diferencias, lejos de ser un obstáculo, se convirtieran en una suerte de equilibrio. Ella decía que éramos almas gemelas y yo estaba de acuerdo. Sin embargo, a pesar de todo no había logrado decidirme a dar el paso siguiente, que en este caso era mudarnos juntos. No tenía una explicación concreta y me escabullía en evasivas o evitaba el asunto de plano. Ella respetaba mis tiempos y confiaba en que lo haríamos cuando yo estuviera listo.

            —Las chicas se fueron y me dieron ganas de verte —dijo recostada contra el brazo del sillón—. ¿Me acompañás hasta la cama?

Las chicas eran Paula y Florencia, sus otras dos mejores amigas. No se medían mucho con el alcohol cuando salían de parranda y más de una vez habían terminado las tres en mi casa, tiradas sobre la alfombra, roncando como chanchos hasta la mañana siguiente.

            —¿Y? ¿Qué vas a hacer, nene? —graznó con impaciencia.

Alejandra era tan linda como caprichosa y no le gustaba que la hicieran esperar. La oferta era tentadora, pero en ese estado seguro me vomitaba encima a la primera sacudida. Salí del paso con lo primero que se me ocurrió, aunque podría haber dicho cualquier cosa que al otro día no se iba a acordar de nada.

            —Tengo que levantarme temprano —mentí—. Surgió algo importante ¿Te quedás a dormir igual?

Me miró a través de la bruma del alcohol y movió la cabeza de un lado a otro.

            —No, me voy —ronroneó seductora. Me señaló con el dedo en forma acusadora y sonrió—. Me debés una, nene, acordate.

Se levantó como pudo y se acomodó la ropa, alisándose la camisa y bajándose la minifalda. Pensé que si se caía no se iba a levantar hasta las once de la mañana. Mientras la miraba caminar se me ocurrió que rechazar una oferta como esa no era muy inteligente de mi parte, pero prefería esperar a que se le pasara la borrachera. La ayudé a llegar hasta la puerta, me guiñó un ojo, me dio un beso largo y húmedo y se alejó taconeando por el pasillo. La seguí con la mirada hasta que se metió al ascensor y cerré la puerta.

De regreso a la cama recordé la llamada de Garrido y me pregunté si Arregui o Campera de Cuero tendrían algo que ver con lo que había sucedido esa noche en el chalet de la calle Mendoza.

 

8

 

En lugar de la oficina de tribunales nos reunimos en Barra 3, un café del centro que estaba en la esquina de La Rioja y Avenida Colón. Eran las nueve de la mañana y el lugar estaba lleno de gente. Afuera, la brisa hacía bailar a las hojas secas por toda la calle y el sol auguraba otra mañana sin lluvia y la promesa de un día agradable. Como de costumbre, Garrido no se conformó con un cortado y cuando llegó pidió dos medialunas, una bandejita de tostadas, manteca, mermelada y un poco de dulce de leche. Yo ordené un café negro con bastante azúcar. Tomé el diario que había estado leyendo mientras lo esperaba y lo dejé a un costado de la mesa. La nota de tapa mostraba a una Graciela Bertoldi joven y sonriente, debajo de un titular que rezaba EX VEDETTE MUERE EN CONFUSO EPISODIO ¿SUICIDIO O ASESINATO?

—Vedette pusieron, ¿Podés creer? —gruñí—. Son unos hijos de puta.

—Bueno, era vedette, ¿no? —dijo Garrido

—Sí, ¡Hace quinientos años!

—Bueno, ¿Qué querés? —dijo Garrido. Tenía pedazos de pan incrustados entre los dientes—. Si ponen “Actriz retirada devenida en empresaria se suicida. Los ribetes del caso siembran más dudas que certezas” les ocupa media portada y no la lee nadie.

Me toqué los dientes con un dedo y él removió los restos de comida con la lengua.

—Hubiera sido un poco más respetuoso que eso de “Confuso”.

—El respeto les importa un carajo, Enrique, a ellos sólo les interesa vender. Y eso vende —dijo mientras golpeaba el diario con el dedo índice.

—Sí, ya sé, pero igual —protesté.

Garrido se limitó a encogerse de hombros y atacó la última tostada. Yo esperé a que terminara de masticar.

—¿Y? ¿Cómo fue? —pregunté.

—Una vecina llamó a la cana el viernes a la noche. Dijo que en el chalet se oían ruidos extraños, gritos y que había escuchado un disparo. Mandaron un coche que estaba cerca. Uno de los agentes miró por la ventana del living y vio a la señora Bertoldi sentada en un sillón. Tenía los ojos abiertos y un agujero en la cabeza. No había cerraduras forzadas ni signos de lucha. Se realizó el peritaje correspondiente y constatamos que la bala pertenecía al arma que ella tenía en la mano cuando la encontraron. Es trucha, sin número de serie. La casa era un quilombo, eso sí, todo revuelto, pero hasta ahora nada indica que haya habido alguien más.

—¿Entonces? —pregunté.

—Entonces tenemos que seguir investigando. El juez quiere que quede todo clarito. Ya tiene demasiado con boludeces como esas —dijo señalando el diario—. Hasta ahora la gorda se deprimió, rompió un par de cosas y después se pegó un tiro, punto.

—Yo no la vi muy deprimida la semana pasada.

—Y yo qué sé Enrique, las personas son impredecibles, vos lo sabes tan bien como yo. Un día están bárbaro y al otro se fue todo a la mierda. Respecto a esta mina  —dijo bajando la voz e inclinándose sobre la mesa—, si en la casa no encontramos nada que indique otra cosa, será suicidio y caso cerrado.

—¿Qué averiguaste de su amigo misterioso?

—Bastante. Se llama Juan Carlos Liniers. Tiene 38 años, soltero, sin hijos. En el 92 estuvo tres meses en un calabozo de Inteligencia. La excusa era su supuesta participación en el ataque a La Tablada, pero lo llevaron ahí porque querían saber en qué andaba el padre. El viejo era un suboficial que hacía el trabajo sucio para algunos grosos del Alto Mando, pero el pibe nunca habló. Es posible que no supiera nada o que tenga unos huevos del tamaño del Planetario, la cuestión es que después lo mandaron a Devoto, al pabellón de menores. Perdió los botines, el uniforme y un par de dientes. Salió dos años después, más flaco y golpeado, pero entero. Ahora se dedica al negocio inmobiliario. Se conectó con algunos monos de las rancherías que salieron poco tiempo después que él y armaron un asunto bastante rentable. Básicamente rescatan propiedades que salen a remate y aprietan al que venga de afuera. Compran, venden, reparten y se quedan con algo. Les va bien y no joden a nadie. La gorda les tiraba changas importantes y ellos la protegían y le pasaban el dato si se enteraban de algún asunto para el que no les daba el cuero o la guita.

Garrido partió una medialuna por la mitad, se la metió en la boca y siguió hablando.

—El Peugeot está a su nombre, registrado en Pinamar, en el mismo domicilio que él, al menos el último declarado. No puedo estar seguro de nada hasta que la investigación avance un poco más, pero por ahora no se encontraron indicios de que él o alguien más haya estado con ella en el momento del disparo. Lo único que tenemos es la declaración de la vecina, pero no sirve de mucho. Estoy seguro de que Liniers decidió guardarse hasta que la cosa se calme. Con esos antecedentes yo hubiera hecho lo mismo —tragó lo que quedaba de la medialuna y se pasó una servilleta de papel por los labios—. De todas maneras, me gustaría hablar con el muchacho ese, che —dijo después.

Yo estaba seguro de que al muchacho ese la idea no le gustaría nada.

—¿Vive en Pinamar? —pregunté.

—No sé, Enrique, vas a tener que ir y tocar el timbre. Si lo encontrás avisame —me guiñó un ojo y me pasó dos hojas tipo A4, una completa y la otra impresa hasta la mitad—. Acá tenés todo lo que averigüé y un par de cositas más que te pueden servir.

Las doblé y me las guardé en el bolsillo.

—¿Y Arregui? ¿Algo interesante?

—No mucho más de lo se puede encontrar en internet. Tiene una cementera en Batán, un corralón acá y otros negocios relacionados con la industria de la construcción. Tres hijos radicados en el exterior, dos en España y uno en Canadá. Tiene ambiciones políticas y está muy conectado al gobierno provincial y nacional. Es posible que si todo le sale bien sea nuestro próximo intendente. Vive en una casona de Los Troncos, en la esquina de Sarmiento y Quintana, maneja un BMW y sus oficinas principales están en el local de ventas del corralón, en Luro al fondo, cerca de la vieja estación de tren.

—Sí —dije—. Hoy nos vemos ahí. Me llamó la secretaria para pasarme el mensaje.

—Bien —continuó Garrido que había aprovechado la pausa para darle un sorbo a su café—. Graciela Bertoldi y él fueron socios hace tiempo, pero la cosa se pudrió más o menos para la misma fecha en que Arregui tuvo el quilombito con la concesión de la Ferroautomotora. Parece que él y Bertoldi terminaron mal, pero no tanto como para considerarlo sospechoso. El otro tiene todos los números.

—Bueno, Arregui la mandó seguir, alguna relación había entre ellos.

—Eso no sirve. El tipo no hizo nada malo. Además, si voy y le pregunto cagaste, te quedás sin laburo y ninguno de los dos gana nada.

—Sí, tenés razón —dije.

Era verdad. Si Arregui se enteraba que había hablado nada menos que con un fiscal sobre su encargo me podía meter en problemas.

—La verdad que todo esto es muy raro, che.

—¿Qué cosa? —preguntó Garrido llamando al mozo con un brazo en alto.

—Todo, qué se yo, por ahí son cosas mías. Arregui me contrata para seguir a Bertoldi, la vigilo y a la semana aparece muerta. El tipo con el que andaba para todos lados se borra del mapa, cosa que en lugar de ayudarlo lo entierra más, sobre todo con ese currículum que tiene.

—Ya fue, Enrique, dejá que el asunto se mueva. Si me entero de algo interesante te aviso, pero cosas más raras que esa pasan todos los días, vos lo sabés bien.

—Sí, ya sé —dije, aunque no estaba muy convencido. Después pregunté—: ¿Tenés la dirección de la señora que llamó a la cana?

—Está en las hojas que te di.

—Bien.

—¿Arregui te dijo para qué la seguía? —preguntó Garrido al cabo de algunos minutos en los que yo me había quedado mirando por la ventana y él había hecho desaparecer los restos del desayuno.

—No, nunca me dijo nada.

—Bueno, pibe, después me contás, si es que hay algo para contar. Y ojo que ese puede ser tu futuro intendente, no hagas boludeces —dijo Garrido levantándose de la mesa—. Llamame y nos juntamos para hacer algo ¿Seguís de novio o ya te echaron flit?

—Sigo, che, ya llevamos dos años.

—¿Dos años?

—Sí. Mucho ¿no?

—¡Ja! No te hagás el pendejo ¿querés? ¡Cuarentón! Cuidala que se te escapa esta y terminás con una vieja chota y fea como la duquesa de Alba.

—Sí, sí...

—¿Y? ¿qué tal la abogada? ¿la chupa bien?

—No seas meterete, gordo ¿Querés?

—¡Ah, bueno! Meterete —dijo—, ME-TE-RE-TE, ¡Esa sí que es nueva, che!

Lanzó una de sus risotadas chillonas y no pude evitar contagiarme y reír con ganas, pero igual me defendí y contraataqué.

—¡Vos no te hagas el moderno que todavía decís “tirar la cadena” y la última que tuvo cadena en el baño fue tu tía Cata, que se murió hace ochocientos años!

—Sí, claro, porque es lo mismo. Y no te metas con mi tía muerta, ¡Meterete!

Estiró el brazo y me dio un golpe en el hombro.

—Bueno, se acabó lo que se daba. Llamame y arreglemos algo, cenar o lo que sea. Me voy a laburar pibe, chau.

Garrido salió del bar, paró un taxi en la esquina y se fue. Yo me quedé un poco más, pedí otro café y me puse a hojear el diario. Cuando terminé puse dos billetes de veinte debajo del servilletero, salí del bar y caminé hasta la oficina.

 

9

 

Esa tarde tenía que verme con Arregui en su despacho. Pensé ir en taxi, pero al final decidí usar el coche. Resultó ser una muy mala idea. La calle era un hervidero de vehículos y en la esquina de Alberdi y San Luís el semáforo cortó tres veces hasta que pude dejar el centro y acelerar un poco la marcha. Por suerte ya no llovía.

Atlanta Construcciones no era un simple corralón. Además de materiales de obra y una flota de camiones cementeros, que en la jerga del negocio se conocen como trompos, ofrecía a sus clientes una importante variedad de productos. Allí uno podía encontrar desde artefactos para el baño, para la cocina y el jardín hasta aberturas de todo tipo y color, desde las clásicas y más económicas de aluminio hasta verdaderos marcos y puertas de madera. La variedad de cerámicos y porcelanatos que tenían en los exhibidores ocupaba el espacio de dos habitaciones grandes. A la derecha del salón había una sala de casi seis metros de ancho por no menos de treinta de largo dedicada por completo a máquinas de riego y piletas de natación. Cinco vendedores muy atentos guiaban a los clientes que recorrían los exhibidores.

Me acerqué a la chica de la caja y le pregunté por Arregui. Ella me miró por un segundo, levantó un dedo e indicó un punto que se encontraba detrás de su escritorio, para volver enseguida a lo que fuera que estaba mirando en la pantalla de su computadora. Levanté la vista y seguí la línea imaginaria de su dedo índice hasta dar con la pared del fondo, donde se encontraban las escaleras que llevaban al piso superior. Antes de alejarme la saludé con exagerada educación, como si hubiera resuelto la mitad de todos mis problemas, y ella respondió con una casi imperceptible inclinación de cabeza. Se me ocurrió una elaborada hipótesis sobre su vida sexual, en la que ella simulaba ser un androide extraterrestre que al finalizar el juego amoroso descuartizaba a sus víctimas, envolvía los restos en papel de diario y los guardaba en un freezer. La idea casi me hizo lanzar una carcajada.

En el piso superior me encontré con otra chica cibernética. Me acerqué hasta su escritorio y le dije mi nombre. A diferencia de la otra, ésta me recibió con una sonrisa que casi parecía auténtica. Consultó una agenda enorme y recorrió la hoja con el dedo hasta que se detuvo en un renglón casi al final. Asintió con la cabeza, satisfecha, y me pidió que esperara. Esperé. Ella tomó un teléfono gris lleno de botones que tenía a un costado del escritorio y marcó uno largo y oscuro con algo escrito encima, pero no pude leer qué decía. Aguardó algunos segundos en silencio con el auricular pegado a la oreja, después dijo mi nombre completo y aguardó un poco más. Colgó y me habló con una voz finita e impersonal como la sonrisa.

—Pase, señor Martínez —dijo—. El señor Arregui lo está esperando.

—Gracias.

La saludé con una inclinación de cabeza, caminé hasta la puerta y entré sin golpear. La oficina era bastante austera, estaba a media luz y tenía la calefacción un poco alta. Un escritorio de líneas modernas, con mesa de vidrio y patas de metal, estaba ubicado en el centro. A un costado del escritorio había un archivero de dos cuerpos de madera oscura y pesada. En la pared de la derecha una ventana daba al patio trasero del corralón. Tenía una persiana americana color gris oscuro y debajo de ella había una planta. Supuse que estaba ubicada ahí para recibir luz natural más que por una cuestión de decorado.

En la pared de la izquierda había una biblioteca que iba del piso hasta el techo. Era de madera oscura y sus estantes estaban ocupados por algunos libros que se veían demasiado nuevos, dos trofeos de golf y algunas fotos. En la mayoría de ellas aparecía un Néstor Arregui muy sonriente, vestido de manera informal y con una boina color crema que parecía ser demasiado chica para su cabeza, pero que él exhibía con orgullo. En todas las fotos estaba solo o con otros hombres, en ninguna se lo veía junto a sus hijos o su mujer.

El piso de la oficina era de cerámicos de color blanco y las paredes estaban pintadas de un color crema claro que hacía juego con el piso y los muebles. Se la veía bastante funcional y muy cómoda.

Arregui estaba sentado en un sillón enorme detrás de su escritorio y hablaba por teléfono. Me miró y señaló una de las sillas que se encontraban frente a él. Eran de esas que tienen rueditas y apoyabrazos acolchados. Elegí la que se encontraba más cerca de la pared y me senté. La sonrisa que me dedicó contrastaba con el tono de la conversación que sostenía. Al parecer había problemas y él en persona había tomado cartas en el asunto.

—¡Vas y lo arreglás ya mismo! —gritó—. ¡Y no me importa si tenés el bautismo de tu sobrino o si se murió tu abuela!

Cortó con violencia y llamó a su secretaria. La chica, que por lo visto respondía a la instrucción “Nena”, y que seguro era una de las tantas variantes de su nombre que Arregui utilizaba, como “Piba” o “Che”, era la misma que me había recibido afuera de la oficina. A pesar de que tenía que mover la silla, rodear el escritorio y caminar casi dos metros hasta la puerta, demoró apenas milisegundos en aparecer.

—Llamalo al pelotudo de Juárez y decile que vaya a ver si Ramiro llevó los camiones al taller ¿Querés? —le dijo Arregui sin mirarla cuando la chica entró a la oficina.

Ella asintió con la cabeza dos veces y se quedó mirando a un punto que se encontraba a la derecha de Arregui y varios centímetros por encima de su cabeza.

—Bueno, andá ¡¿Qué esperás?! —espetó Arregui desde su sillón giratorio de trescientos dólares.

—Sí, señor —susurró la chica.

Dio media vuelta y desapareció más rápido de lo que había llegado.

Yo no sabía con quién trataba. La primera y breve conversación que habíamos tenido en mi despacho me había dejado una impresión muy diferente de él. Si bien Arregui poseía el aura que caracteriza a los hombres poderosos acostumbrados a dirigir y ser obedecidos, en nuestro primer encuentro no dejó ver nada parecido a lo que ahora tenía delante de mí. Aquella tarde en mi oficina Arregui podía ser el tipo más tranquilo del mundo o el peor hijo de mil putas, pero yo no habría tenido fundamentos para inclinarme por una u otra opción. Sin embargo, ahora conocía otra faceta suya, una que podía llegar a ser muy desagradable. Quizá las chicas robot no eran tan malas y con su actitud te preparaban para lo que ibas a encontrar detrás de la puerta.

Durante el breve pero intenso intercambio de palabras que Arregui mantuvo con su secretaria me entretuve contando las hojas de la kentia que estaba bajo la ventana y el número de uniones de cerámicos que había entre mi silla y la maceta de la planta. Cuando la chica se fue había llegado hasta siete. Arregui me miró y me dedicó su mejor sonrisa de estrella de Hollywood. Tenía una capacidad de metamorfosis asombrosa.

—Disculpe la escenita —dijo con un gesto de disculpa e incomodidad que no se veían muy auténticos. Se levantó un poco y extendió la mano a través del escritorio—. ¿Cómo le va, Martínez?

Me incliné, se la estreché y volví a sentarme. No se lo veía triste o preocupado por lo que le había pasado a Graciela Bertoldi y por un segundo pensé que no sabía nada.

—Muy bien, gracias ¿Problemas? —dije señalando el teléfono.

—No, no, nada grave —dijo—. Cosas del negocio.

—¿Tiene tiempo? —pregunté. Me interrogó con la mirada por lo que me expliqué—: Por el tema de las elecciones. Supongo que eso lo mantiene bastante ocupado.

—¡Ah, sí! Es verdad, pero siempre me hago un hueco para venir y ajustar algunas tuercas. Ahora no tengo opción. Mi socio está de viaje y regresa en dos o tres días.

—¿Cómo van las cosas? —dije—. Marchessi es un adversario fuerte.

En total los candidatos a la intendencia municipal eran cuatro y Marchessi no estaba entre los más fuertes. Lo dije para darle letra.

Arregui golpeó varias veces una de las esquinas del escritorio con la palma de la mano y lanzó una carcajada. Por un momento pensé que el vidrio se iba a partir y terminar hecho astillas en el suelo, pero resistió. El sacudón hizo que una birome que estaba sobre una carpeta verde rodara hasta el borde la mesa y cayera al suelo, pero él no se molestó en levantarla.

—Vamos, Martínez ¿Qué dice? ¿Marchessi candidato fuerte?

—Bueno, después de usted es el que más propaganda hace. Los otros como que están ahí, lejos.

—Marchessi tiene dinero para pagar publicidad, es cierto, pero con eso no basta. Hace falta algo más y él no lo tiene —dijo golpeándose la sien con el dedo—. Recuérdelo cuando vaya a votar —agregó guiñándome un ojo.

Levanté las cejas y sonreí sin hacer ningún comentario.

—Estará al tanto de lo que sucedió —dijo con voz grave.

Al principio pensé que me estaba comentando algún chisme político, pero enseguida me di cuenta de que se refería a Graciela Bertoldi.

—Sí, por supuesto, salió en todos los diarios.

—Sí... una verdadera tragedia.

Movió varias veces la cabeza arriba y abajo con el ceño fruncido y después respiró hondo y golpeó la mesa con los nudillos de la mano derecha, como había hecho en mi oficina antes de retirarse. Apoyé la carpeta que contenía el informe de Bertoldi sobre el escritorio y la empujé en su dirección. Se deslizó casi sin resistencia por la suave superficie del vidrio y se detuvo a pocos centímetros del borde.

—¿Bertoldi? —preguntó.

—Sí.

Tomó la carpeta y la empujó a un costado sin abrirla.

—Supongo que se preguntará para qué lo cité —dijo.

Giró el sillón hacia un costado y cruzó una pierna sobre la otra. Al inclinarse hacia atrás todo su peso cayó sobre el respaldo y el cuero crujió con un sonido muy agradable. Yo me removí en mi asiento y la estructura de la silla rechinó un poco.

—Bueno, sí y no —contesté—, usted y yo teníamos un acuerdo y ya no corre, al menos en lo que a Graciela Bertoldi se refiere, pero todavía dispone de mis servicios por otra semana. Intuyo que los va a aprovechar para algo.

—Así es Martínez, quiero que continúe trabajando para mí y no sólo por lo queda pendiente sino hasta dar con lo que necesito.

Se levantó y caminó hasta la puerta, abrió apenas lo suficiente como para sacar la cabeza, le pidió a la secretaria que trajera dos cafés y cerró de un portazo. Regresó al escritorio y se sentó sobre él dejando una pierna colgando al costado. Me obligaba a mirar hacia arriba cuando hablaba, pero me preocupaba más el vidrio. Había podido soportar los mamporros de Arregui, pero no estaba seguro si podría con su peso.

—Lo contraté para seguir a la señora Bertoldi porque necesitaba saber algo y pensé que de esa manera podría descubrirlo sin hacer mucho barullo. Ella está muerta, un hecho lamentable la verdad, y es posible que ese hombre con el que andaba tenga algo que ver, por lo tanto ahora su trabajo es encontrarlo a él ¿me sigue? —Asentí con la cabeza y él continuó—: Averigüe dónde está y me avisa enseguida.

Se levantó y volvió a su sillón. En ese momento golpearon a la puerta. “¡Pasá!” gritó Arregui. Era la secretaria. Entró sin decir palabra, dejó las tazas sobre el escritorio, se alejó dos pasos y esperó. Arregui la despachó con un gruñido de oso y cuando ella salió se dispuso a hablar otra vez, pero lo atajé levantando la mano frente a él.

—Un segundo, Arregui —dije—. Vamos por partes, a ver si entiendo. Usted quería averiguar algo sobre Bertoldi, pero como ahora ella está muerta ¿quiere que siga a ese tipo?

—Que lo siga no, Martínez, lo que quiero es que lo encuentre —dijo enfatizando la palabra “encuentre”.

—Arregui, la policía está investigando y tarde o temprano lo van a encontrar. No creo que eso demore mucho. Usted espera que lo agarren, habla con él y se ahorra mis honorarios. Imagino que no le faltan amigos en la fuerza.

Cuando terminé de hablar Arregui probó su café y puso cara de asco, tomó dos sobrecitos de azúcar, los abrió por un lado y los vació en la taza, revolvió apenas dos vueltas de pocillo y se lo tomó de un sorbo. Yo saqué el paquete de cigarrillos y se lo mostré a modo de pregunta, él asintió y me acercó un cenicero de bronce que estaba sobre el escritorio.

—No quisiera llegar a esas instancias —dijo mientras yo encendía el cigarrillo y me recostaba contra el respaldo de la silla—. Necesito que encuentre a Liniers y pronto, antes de que lo atrape la policía o se pierda por ahí. Yo me ocupo del resto. Los motivos no son relevantes para usted. Además le pagué por adelantado ¿recuerda?

—¿Por qué piensa que podría perderse por ahí?

—Encuéntrelo cuanto antes, Martínez —dijo.

Estaba a punto de decir algo cuando sonó el teléfono del escritorio. Arregui atendió y estuvo medio minuto lanzando monosílabos. Cortó y se levantó de la silla. Yo aplasté el cigarrillo en el cenicero e hice lo mismo.

—Me tengo que ir Martínez, una reunión importante. Dejo todo en sus manos —dijo.

Me dio una palmada en el hombro y salió de la oficina.

Lejos de aclarar algo, esa charla me dejó con más interrogantes. Arregui quería encontrar a Liniers y le urgía que fuera antes que la policía. ¿Por qué? ¿Qué podría decirle Liniers a la policía para que él se preocupara tanto?

 

10

 

Cuando llegué a casa encontré un mensaje de Alejandra en el contestador automático. Le habían recomendado un restaurant nuevo y preguntaba si quería ir con ella. No tenía ganas, pero a veces había que ceder un poco. Ella lo hacía todo el tiempo conmigo.

Levanté el teléfono y marqué su número.

—¿Hola?

—Hola Ale, soy yo, Enrique.

—¡Hola, amor! ¿Cómo estás?

—Bien, acabo de llegar y escuché tu mensaje.

—¡Muy bien! —dijo, como si ese fuera un hecho extraordinario—. ¿Vamos a ir? ¿Me pasás a buscar?

—Seguro ¿A qué hora te parece?

—A las ocho ¿querés? Termino unas cosas, me doy una ducha y vamos.

—Perfecto —dije. Estaba por cortar y se me ocurrió una idea—. Yo también me tengo que bañar ¿Qué te parece si ayudamos a la madre naturaleza y ahorramos un poco de agua bañándonos juntos?

—Mmm ¿Qué pasa, nene, estás animado esta noche? Vení que te espero —hizo ruido de beso y cortó.

Fui hasta el dormitorio y revolví el placard en busca de ropa limpia. Elegí un pantalón, una camisa, calzoncillos, un par de zapatos y salí. Después de un revolcón sobre el sofá del living nos duchamos juntos, nos vestimos y salimos. Fuimos en mi auto.

El restaurante se llamaba Miranda de Día. Llegamos a las ocho y media y tuvimos que esperar quince minutos en el bar antes de que se desocupara alguna mesa. El salón no era muy grande, pero estaba decorado con elegancia y buen gusto. Del techo colgaban tres arañas de hierro de seis luces cada una y en las paredes había apliques dobles con lámparas opacas. A la pared del fondo le habían quitado el revoque y mostraba filas desparejas de ladrillos de color rojo oscuro con vetas negras, unidos por líneas de cemento de dos centímetros de alto. Los ventanales que daban a la calle eran antiguos, de madera gruesa y dura, y estaban cubiertos por pesadas cortinas color crema con velo suizo.

En la puerta de entrada y en la tapa de cuero de los menús estaba el mismo dibujo, un águila bicéfala que sostenía una rama sin hojas con el pico de una de sus cabezas. Por mucho que lo intentamos, con Alejandra no pudimos encontrar la relación entre el dibujo y el nombre del lugar. Tomé el menú para estudiarlo, pero con ver el precio de las primeras dos opciones de ensalada fue suficiente. Lo cerré y volví a dejarlo sobre la mesa.

—¿Te gusta? —preguntó Alejandra con los codos apoyados sobre la mesa. Cruzó los dedos de las manos y apoyó la barbilla sobre ellos. Estaba hermosa. Se había puesto un vestido color rojo que hacía juego con el esmalte de las uñas y un collar de perlas que se perdía en la unión de sus pechos. No pude evitar que los ojos se me fueran a esa parte de su anatomía y ella rio divertida.

—¿Qué pasa amor, te quedaste con ganas?

—Con vos siempre me quedo con ganas —dije mirándola a los ojos—, pero podemos repetir.

—Por supuesto, aunque no creo que eso esté en el menú.

—Por los precios que ponen debería estar —dije tomándola por las muñecas.

Ella rio, con esa risa fresca que tanto me gustaba. Le solté las muñecas, pero dejó los brazos sobre la mesa. La punta de sus dedos llegaba casi hasta el borde y si se estiraba un poco habría podido desabotonarme la camisa. En ese momento llegó el mozo y Alejandra volvió a su lugar, tomó la carta de vinos y se dedicó a estudiarla.

—Buenas noches —saludó el mozo.

Era un pibe joven, alto y con el pelo saturado de gel y peinado hacia atrás. Llevaba lentes y parecía un Drácula adolescente vestido de etiqueta. Al acercarse no pudo evitar que sus ojos también se fueran al lugar donde el collar de Alejandra desaparecía de la mirada pública. Enseguida quitó la vista de ese sitio prohibido y giró hacia mí. Yo lo miré a los ojos, sonreí y le hice un guiño. El pibe entendió, pero igual se puso rojo de vergüenza. Se tranquilizó cuando vio que Alejandra no se había percatado de su desliz. Era temprano, así que lo ayudé un poco.

—Hola —dije—. Estamos mirando. A mí traeme un whisky doble, sin hielo, uno bueno, Jack Daniels o Johnny Walker. A ella un Martini dulce, solo. Ese sí con hielo.

—Muy bien —respondió.

Me miró otra vez, mucho menos rojo ahora y se retiró. En ese momento Alejandra levantó la vista  y se dio cuenta de que me estaba riendo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—El mozo —dije—. También quería postre.

—¿Qué?

—Nada, dejá. Contame cómo te fue hoy.

Ella inclinó la cabeza y frunció el ceño, pero no dijo nada. Sin ninguna necesidad acomodó los cubiertos y el plato, después movió la copa dos milímetros a la derecha y se apoyó contra el respaldo de la silla.

—Estoy pensando en vender el departamento —dijo como al pasar—. Es muy grande para mí sola.

—Ajá...

—¿Vos qué opinas?

No iba a caer en la trampa. De la idea de vender el departamento a la de mudarnos juntos había un trecho muy corto. Estaba seguro de que tarde o temprano iba a tener que dar una respuesta concreta y definitiva respecto a eso, por sí o por no. Esa noche era “No”.

Yo era un tipo solitario. Llevaba mi vida pública como el resto de los mortales, con una máscara ajustada al rostro, pero en mi interior bullía un número infinito de preguntas sin respuesta y de miedos inconfesados que a veces me visitaban en sueños y que, al despertar a la mañana siguiente, me dejaban un regusto amargo en la boca, como si hubiera dejado algo pendiente y ya fuera tarde para retomarlo. Quizá en vidas anteriores había sido un corsario errante que recorría los mares del mundo en busca de algo sin saber muy bien qué. O un asesino a sueldo que arrastraba una tragedia personal tan profunda y dolorosa que le había hecho seguir el camino de las balas, con la loca esperanza de que algún día una de ellas llevara su nombre. En esta quizá era el triste y solitario vagabundo que se adaptaba al mundo que lo rodeaba pero que no podía alejar a sus fantasmas. Fantasmas sin nombre ni rostro que lo acosaban desde los rincones más oscuros de su alma y sólo podía mantener a raya encerrándose en sí mismo y, de vez en cuando, ir a golpear alguna puerta, arrojar piedras a altas murallas y dejarse querer un tiempo, no mucho, para luego regresar a su caparazón y esperar el final para ver si cuando todo terminara por fin podría entender cómo era que funcionaban las cosas y tal vez, sólo tal vez, tener algunas respuestas.

Por supuesto que todas esas ideas no salían de mi cabeza y el resto de las personas veía en mí a un tipo maduro que trabajaba por gusto, coleccionaba libros y tenía un aparato de televisión demasiado grande para el living de su casa, pero sin servicio de cable. Alguien que parecía entender cuales eran las verdaderas prioridades en la vida y que se ajustaba más o menos bien a las convenciones sociales de su época. Pero eso no era otra cosa que la máscara. Ella me protegía del entorno y me permitía transitar por el mundo sin llamar demasiado la atención y, en algunos casos, evadir preguntas incómodas o tomar decisiones que sin duda me sacarían de mi zona de confort. Lo cierto era que salir de mi zona buena sería ingresar a otras mucho más agradables y menos solitarias, sobre todo en el caso de Alejandra, pero de momento no estaba preparado para hacerlo. Con ella me dejaba puesta la máscara de tipo que temía al compromiso y para salir del paso ante alguna pregunta incómoda, o cuando ella lo planteaba sin vueltas, inventaba alguna frase inteligente con un dejo de humor que delataba, para quien supiera verlo, todo cuanto residía detrás. Hasta ahora eso parecía ser lo único que podía hacer.

—No lo vendas todavía —respondí con voz grave—, el mercado inmobiliario está en alza. Mejor esperá un poco más, dos o tres años, quizá menos.

Alejandra me miró con cara de póker, frunció los labios y se largó a reír. Yo respiré aliviado.

Ella ejercía presión suficiente sobre el asunto como para dejar en claro cuáles eran sus deseos, pero al mismo tiempo me daba a entender que podía esperar. Yo todavía no conseguía descifrar las razones que la llevaban a tenerme tanta paciencia, pero no me animaba a preguntarle. Ambos teníamos ideas diferentes sobre el amor y el lugar que éste ocupaba en las relaciones. Ella lo llamaba Amor y yo Roma. Ella insistía en que era algo real y yo en que era química, sexo e intereses económicos. Ella sabía que lo mío era una postura falsa y yo también, pero ambos jugábamos a ser la chica romántica y el chico duro y frío.

—Está bien —dijo—. Tres años y lo vendo. Con eso y lo que pueda ahorrar me pago un buen geriátrico.

Festejé la broma con una risa sonora y exagerada. Mientras lo hacía pensé que quizá estaba tirando demasiado de la soga. No nos estábamos volviendo más jóvenes y ella no iba a esperar para siempre.

 

11

 

Cuando terminamos de cenar se me ocurrió que podía ir a Jazz y ver si encontraba a Liniers, pero esperé a estacionar frente a la entrada del edificio para decirle a Alejandra. Por supuesto, la idea no le gustó nada y me lanzó artillería pesada. Me dijo que habíamos acordado que esa noche iba a ser nuestra y que una cosa era jugar al gato y al ratón respecto de mudarnos juntos o no –y que esperaba que al final fuera un Sí– y otra muy distinta que yo actuara como si no estuviéramos juntos. Respondí que no actuaba como si estuviera solo, que mi trabajo no tenía horarios normales, que ella lo sabía y que no era la primera vez que me tocaba hacer algo así. Puse mucho énfasis en que no me iba de joda sino a trabajar, aunque no hacía falta aclarárselo porque ella también lo sabía. Esto último no ayudó pero ya estaba dicho y no podía volver atrás. Terminé diciendo que si íbamos a discutir por ese tema tendría que ser en otro momento. “No te hagas problema, no hay nada que discutir” dijo antes de bajar del auto. Esperé hasta que la vi entrar al ascensor y me fui.

            Primero pasé por el departamento de Graciela Bertoldi y después por el chalet, pero no vi el auto de Liniers por ningún lado. Cuando llegué a Jazz di un par de vueltas a la manzana, bajé por General Paz y estacioné cerca de la esquina.

            La entrada del bar tenía una puerta de doble hoja con marco de madera y cortinas blancas. Daba a un pasillo de tres metros de ancho y poco más de cinco de largo cuya única luz era una dicroica en medio del techo y el resplandor verde del cartel de SALIDA. Al final del pasillo se abría el salón principal. Estaba muy oscuro y de fondo se oía una melodía suave y a bajo volumen. A mi izquierda, contra los ventanales que daban a la calle, había varias mesas y unos sillones de respaldo alto tapizados de negro. Contra la pared del fondo había un sillón en forma de ele tapizado de rojo y frente a él una mesa baja, ancha y larga. Del otro lado estaba la barra. Tenía un espejo enorme que reflejaba las botellas y las copas que se apoyaban en tres filas de estantes de vidrio. Al final de la barra había una puerta de doble hoja con ventanas redondas que con toda seguridad daba a la cocina y a la puerta de servicio por la que había visto entrar a Liniers el domingo.

            Detrás de la barra estaban un pelado de músculos trabajados y barba candado y una morocha alta y muy bonita, con unas tetas de campeonato y tatuajes por todos lados. El pelado repasaba copas con un trapo blanco y a medida que terminaba las acomodaba debajo de la barra. Cada tanto paseaba la mirada por el salón y se comunicaba telepáticamente con el musculitos de la puerta. La chica charlaba con dos jovatos que vestían de traje y la miraban como dos lobos a una oveja que se hubiera alejado demasiado del rebaño. Ella les sonreía y se inclinaba para escuchar lo que le decían. No parecía molestarle que le tocaran el antebrazo o los hombros cuando le hablaban. Los jovatos tenían pinta de ser clientes regulares, de esos que dejan buenas propinas y piensan que por ello tienen derecho a un trato preferencial.

Me senté en la banqueta que estaba frente a la caja, cerca de la puerta. El musculitos se acercó y me preguntó qué quería tomar.

—Whisky, Jack Daniel´s —dije

Giró para mirar las botellas que se alineaban delante del espejo, ubicó una, la tomó y la puso delante de mí. Sacó un vaso petizo, ancho y pesado. Antes de apoyarlo sobre la barra me preguntó si quería hielo. Dije que no, sirvió una medida y puso la botella de vuelta frente al espejo. Era mitad de semana y el lugar no estaba muy concurrido. Salvo los jovatos de traje y una rubia que estaba sentada en la otra punta de la barra, el resto de las personas estaban ocultas por las sombras y la estudiada iluminación del salón, que creaba un ambiente de profunda intimidad. Terminé mi whisky y pedí otro. Antes de que el barman se retirara me incliné sobre la barra y le hice señas de que se acercara.

—Estoy buscando al dueño de un 307 rojo que viene seguido por acá ¿lo conocés?

Me miró y antes de que dijera nada deslicé la mano por la barra casi hasta el borde y la dejé ahí. Debajo había un billete de cien.

—Esto no es por el whisky —dije.

Le di el tiempo suficiente para que pudiera ver qué tenía entre mis dedos. Bajo las luces el papel adquiría una tonalidad verdosa, pero el número se apreciaba con total claridad. Cerró el puño con el billete dentro, se enderezó y caminó hasta la otra punta de la barra. Llamó a la chica rubia y le dijo algo al oído mientras me señalaba con el dedo. La chica se bajó de la banqueta y se tomó su tiempo para recorrer los siete metros que la separaban de mí. Caminaba despacio y movía el culo para todos lados, como si desfilara arriba de una pasarela. Quería que la miraran y lo conseguía sin mucho esfuerzo. Uno de los jovatos de traje se giró para verla pasar. El otro no le prestó atención y siguió conversando con la chica de los tatuajes. A él le interesaba otra cosa. Dos, en realidad.

La rubia llegó hasta donde estaba yo y se sentó en la butaca de al lado.

—Hola, ¿cómo estás? —dijo.

—Bien, gracias.

—Me dijo Juli que estás buscando a alguien.

—Sí, al dueño de un 307 rojo que viene seguido por acá, ¿lo conocés? Pensé que si es de algún cliente regular lo iban a ubicar.

—Ajá...

Tenía una vocecita aflautada que seguro volvía loco a más de uno, pero a mí me resultaba tan atractiva como un nene de tres años jugando con una ocarina de plástico. Giró en la silla, apoyó los codos sobre la barra y me miró de reojo mordiéndose una uña. Me daban ganas de bajarla de la silla de un bife y preguntarle si sabía algo, pero decidí que el barman era demasiado ancho de espaldas así que la dejé jugar a la gata seductora un poco más. Cambió de dedo y de uña, pero no dijo nada más. El pelado se acercó y se acodó sobre la barra, justo delante de nosotros. Ella lo miró, arqueó las cejas y le sonrió encogiéndose de hombros. Se conocían y no hacían falta palabras. La agarré al vuelo. La información, si me daban alguna, no iba a ser gratis.

—Servile lo que quiera—le dije señalando a la chica con la cabeza—. A mí poneme otro de estos.

—¿Qué es? —preguntó la rubia.

—Whisky.

—¿Whisky? ¡Qué aburrido! Yo quiero un Cosmopolitan, como la chica de sex and the city.

El pibe se fue a preparar los tragos y se tomó su tiempo para volver. Aproveché para conversar un poco y ver si la rubia valía los cien pesos y el Cosmopolitan.

Se llamaba María Paz. Rubia, alta y llena de curvas de las buenas, tenía nombre de puta fina, pero no era ni fina ni puta aunque según ella sobre esto último existían opiniones diferentes. Pura envidia me aseguró, pero no le creí. No aparentaba más de veinticinco años, aunque sin maquillaje seguramente se vería bastante mayor. Al verla caminar hacia mí pensé que era un espécimen interesante, pero la idea me duró hasta que la escuché hablar. No era el tono chillón con que pretendía hacerse la nena, ni sus estudiados y nada naturales ademanes de diva, sino la cantidad de estupideces que decía, que para colmo acompañaba con sucesivas palabrotas, cosa que no sólo acentuaba su imagen de mina linda pero tonta, sino que terminaba de quitar lo poco de fino que le quedaba al nombre. Una lástima. Como decía un amigo mío, esas eran las típicas chicas pescado: les cortás la cabeza y lo demás sirve todo.

—¿Tenés idea de quién es el dueño del auto?

—Sí —dijo—. Viene bastante seguido, aunque hace tiempo que no lo veo.

—¿Sabés cómo se llama?

—No. Le dicen Pupi, pero nunca supe por qué.

—¿Pupi? ¡Qué gracioso!

—Sí. No sé cómo se llama ¿Para qué lo buscás?

—Tengo que hablar con él. Es importante.

—Ah.

—¿Sabés si va a venir esta noche?

—No. A veces aparece, pero generalmente viene los fines de semana. Es amigo del dueño.

—¿Quién es?

—No sé. Un tipo grandote y canoso. Siempre se sienta allá —dijo señalando el reservado.

—Ajá.

—Sí. A veces Pupi está con él, pero se va enseguida.

—¿Sabés dónde vive?

—¿Quién?

—El tipo al que le dicen Pupi, el del Peugeot rojo.

La rubia me miró extrañada. Estaba seguro de que su cerebro catalogaba a los tipos en dos grandes grupos, los que se la querían llevar a la cama y los que no. Yo me esforzaba por hacerla ver que pertenecía al segundo grupo y eso no la entusiasmaba para nada.

—¿Dónde vive? ¿Qué sos, policía? —dijo casi con asco.

—No soy policía —respondí—, alguien me pidió que lo encuentre.

—¿Alguien?

—Sí, alguien —dije—. Alguien que necesita hablar con él y no tiene tiempo de buscarlo por sí mismo.

Mi tono no le gustó nada. Bajó de la silla y caminó hasta el fondo del salón. Esa vez ninguno de los dos jovatos le prestó atención.

El pelado la vio pasar y se acercó.

—¿Todo bien?

La pregunta no era pregunta.

—Sí. Todo bien —dije—. ¿Cuánto te debo?

Me mostró dos dedos y sonrió. Los primeros cien ya no contaban. Saqué la billetera, pagué los tragos y me fui. Estaba seguro de que tarde o temprano Liniers se iba a enterar de que alguien había estado preguntando por él. No había sido una de mis mejores ideas, pero era tarde para reproches. Salí del bar, crucé la calle, subí al auto y me fui.

Cuando llegué a casa pensé que me iba a encontrar con un kraken rabioso, pero Alejandra no estaba. No me animé a ir a buscarla a su departamento, era tarde y despertarla a esa hora hubiera sido un suicidio.

 

12

 

Era una mañana perfecta de invierno. El cielo, de un azul limpio y cristalino, estaba veteado por nubes blancas y alargadas, como si una mano gigante las hubiera desgarrado con los dedos. El sol asomaba tímido desde el mar, todavía sin fuerza suficiente para elevar la temperatura. El aire estaba impregnado de un agradable aroma a rocío y pasto húmedo. Estacioné cerca de la esquina y caminé por la vereda hasta el 2636 de la calle Mendoza.

El chalet tenía dos pisos y techo de tejas de color azul. El frente era una bonita combinación de piedra irregular con paredes pintadas de amarillo pálido. El césped del jardín estaba cortado con pulcritud y daba la impresión de ser suave y mullido como una alfombra. Bajo la ventana del living había plantas y flores en macetas de color naranja. La vereda era de cerámicos grandes de color gris oscuro. Un árbol joven, atado a un palo de escoba para mantenerlo derecho, se inclinaba con rebeldía hacia la casa.

Caminé hasta la puerta, toqué timbre y esperé. Segundos después escuché pasos dentro de la casa y ruido de llaves. La puerta se abrió todo lo que permitía una corta cadena dorada atornillada al marco de madera, pero lo suficiente como para que el ojo que estaba del otro lado me mirara con atención. Sonreí y puse mi mejor cara de galán de telenovela, guapo e inofensivo.

—Buenos días —saludé.

            —Buenos días —respondió el ojo.

—Mi nombre es Enrique Martínez —dije—. Tengo cita con la señora Mercedes Iraola.

El ojo me miró un poco más, pareció satisfecho con lo que veía y desapareció cuando la puerta se cerró. Escuché un sonido metálico y la puerta se abrió otra vez. Al ojo le siguió un rostro y después el resto del cuerpo. La mujer que me recibió tendría unos cincuenta años y a las diez de la mañana estaba vestida como para ir a una fiesta      

—Mercedes Iraola —dijo.

—Un placer señora —respondí estrechando con suavidad la mano que me había ofrecido.

—Por favor, recuérdeme el motivo de nuestra cita, señor Martínez.

Tenía una voz profunda y agradable, como de locutora. Llevaba una camisa de seda negra con un pañuelo color naranja al cuello y unos pantalones de vestir, también negros. Dos gotas de oro colgaban de sus orejas haciendo juego con un collar que apenas se veía detrás del pañuelo. Pensé que de joven no le habría costado mucho ponerse a la altura de Graciela Bertoldi. Saqué una tarjeta del bolsillo y se la entregué. La tomó, le dio una mirada rápida y me la devolvió.

            —Soy investigador privado y quisiera hacerle algunas preguntas respecto a lo que sucedió la madrugada del sábado.

—La policía ya vino a hablar conmigo.

—Lo sé, pero llevo adelante una investigación paralela del caso y todo lo que pueda decirme será de gran ayuda.

            —¿Paralela? —preguntó asombrada—. ¿Se puede hacer eso?

            —Por supuesto, siempre y cuando no se interfiera con las investigaciones oficiales y se brinde cualquier información que pueda ayudar a la causa.

            Me miraba directo a los ojos mientras acariciaba el pendiente que colgaba de su oreja izquierda. Cada tanto miraba la hora en su reloj pulsera, pero parecía más un reflejo involuntario que otra cosa.

            —¿Para quién me dijo que trabaja? —preguntó.

            Bella e inteligente la señora. No caí en la trampa.

            —No le dije y no puedo hacerlo, cosas de la profesión —respondí.

            —Ajá.

            Bajó la mano que jugaba con el pendiente y abrió la puerta un poco más.

—Pase, señor Martínez —dijo mientras se hacía a un costado para dejarme espacio—. Hace frío aquí afuera.

            Entré. Ella cerró la puerta, corrió la cadena dorada y pasó delante de mí. Olía a perfume importado. Hubiera apostado a que era el mismo que usaba Alejandra. Me hizo señas de que la siguiera y me llevó hasta un amplio living de estilo victoriano. Se sentó en un sillón individual de color blanco y me indicó el que estaba contra el ventanal que daba a la calle.

            En una de las paredes colgaba un espejo enorme y debajo de él un hogar de piedras oscuras. En la otra pared había una vitrina de diseño antiguo con puertas de vidrio repartido y frente a ella una mesa baja llena de adornos de porcelana. Pude ver parte del pasillo que daba al interior de la casa, una escalera y junto a ella una puerta de madera pintada de blanco que tenía toda la pinta de ser un guardarropas. Una alfombra blanca y muy gruesa cubría casi todo el piso del living.

            Me senté y esperé.

            —Usted dirá —dijo—. No dispongo de mucho tiempo, por lo que le pido que sea breve.

            Asentí y saqué mi libreta. Ella cruzó las piernas y siguió jugando con el pendiente de oro.         

            —¿Qué puede decirme sobre esa noche?

            —No más de lo que le dije a los policías que vinieron a hablar conmigo. Me preguntaron si era yo quién había llamado, les dije que sí y después quisieron saber qué era lo que había oído.

            —Ajá…

            —No mucho en realidad —continuó—. Este es un barrio tranquilo y varias de las casas de la cuadra permanecen deshabitadas durante el invierno. El chalet de esta señora es de un amigo mío y sabía que lo había alquilado.

            —¿La conocía?

            —Sólo de vista. Siempre llegaba cerca de las diez de la noche, a veces más tarde.

            —¿Cómo está tan segura?

            Dejó de jugar con el pendiente, se tocó la punta de la nariz y continuó hablando.

            —Lo sé porque, como le dije, este es un barrio tranquilo y no cerramos las ventanas hasta muy tarde. Generalmente a esa hora nosotros, mi esposo y yo, nos preparamos para cenar y de noche los ruidos de la calle se oyen con mucha claridad. A veces estábamos sentados aquí en el living, fumando o leyendo, y veíamos las luces de un auto o escuchábamos a esa señora hablar o reír. —se inclinó un poco hacia delante, como si fuera a contarme un secreto—. Hablaba bastante fuerte, incluso por teléfono. En una ocasión dejó la puerta del frente abierta y pude oír todo lo que decía —hizo una pausa y después continuó—: Se reía mucho, eso sí. Jamás hubiera imaginado que acabaría suicidándose.

            —¿Esa noche en particular notó algo extraño, fuera lo habitual?

            —No, salvo que llegó un poco más tarde, lo recuerdo porque mi marido recibió una llamada de mi hija. Ella trabaja en la facultad y nunca llega a su casa hasta pasadas las diez. Poco después de cortar con mi hija vimos las luces de un auto acercarse y detenerse frente a la casa. A la media hora oímos el murmullo de una conversación en la vereda y después el auto arrancó y se fue.

            —¿Recuerda la marca del auto o el color? —pregunté.

            —Siempre la traía un auto rojo, grande, no sé la marca. Esa noche no lo vi, pero imaginé que era el mismo de siempre.

            —¿Después de eso recuerda algo más?

            —Bueno, no, nada. Como era sábado mi marido bajó recién a eso de las once y media para cenar, pero antes vino aquí a fumar un cigarrillo y yo lo acompañé con una copa.

            Se quedó un momento pensativa, como si estuviera calibrando un recuerdo y tratara de resolver si era importante o no.

            —Hay algo más, no sé si será relevante, no le comenté a la policía porque en ese momento no lo recordé, pero ahora sí.

            Incliné la cabeza un poco y ella continuó:

            —Otro auto —dijo—. Paró cerca de la casa. Lo recuerdo porque dejaron el motor encendido y se fue casi enseguida. Pensé que era un taxi.

            —¿Qué le llamó la atención? —pregunté.

            —Un ruido —dijo casi con timidez, como si estuviera por decir una tontería frente a un auditorio de profesores universitarios.

            —Continúe, señora —dije animándola—. A veces los pequeños detalles son los que hacen la diferencia.

            —Un ruido —repitió—. Un tintineo, como de campanitas. Nunca lo había escuchado. Cuando el auto aceleró se hizo más fuerte y después no se escuchó más.

            Guardé silencio, esperando a que continuara.

            —Eso es todo señor Martínez —dijo—. Nos sentamos a cenar y a la media hora escuchamos ruidos que provenían del chalet, los oímos incluso desde la cocina, y poco después una detonación. Mi marido se dio cuenta de que había sido un disparo, él tiene armas y conoce el sonido que hacen. Llamamos a la policía y el resto ya lo sabe.

            Se levantó. Yo hice lo mismo, caminé hasta la puerta y esperé a que ella llegara. Me regaló otra ráfaga de perfume, quitó la cadenita y abrió la puerta.

            —Le agradezco mucho, señora Iraola —dije.

            —No tiene por qué.

            Me ofreció la mano, se la estreché y me alejé de la casa. No escuché la puerta cerrarse enseguida, pero no caí en la tentación de mirar hacia atrás.

Caminé hasta el auto y antes de encender el motor hice una última anotación en mi libreta: Auto. Ruido. Tintineo. Campanitas (?)

 

13

 

Mi única pista para encontrar a Liniers estaba en Pinamar. Garrido me había dado un número de teléfono y una dirección. Probé con el teléfono, pero las cinco veces que llamé no atendió nadie y la contestadora no tenía mensaje personalizado. Encendí la computadora, ingresé a internet y escribí el número de teléfono en el buscador. Google me devolvió veinte resultados tan sólo en la primera página, pero no conducían a nada. Intenté con la dirección de la casa y tuve un poco más de suerte. El segundo de los enlaces direccionaba con la página de Telpin, la cooperativa de teléfonos de Pinamar. Según esta página, la línea no estaba a nombre de Juan Carlos Liniers sino de una tal Mirta Rossi. Imprimí un plano de la ciudad, tomé un marcador negro y señalé la ubicación de la casa con un círculo.

Encontrarla no fue difícil. Al llegar al cruce de la ruta 11 con la 57, que va hacia General Madariaga, bajé de la ruta, pasé por la terminal de ómnibus y en la segunda rotonda doblé a la derecha. Anduve unos doscientos metros y giré a la izquierda en la esquina del club de tenis. El número 1289 de la calle Sílfides estaba justo a la mitad de la cuadra. Era un chalet de dos plantas pintado de blanco con techo de tejas rojas y persianas de plástico en las ventanas. Dos pinos gigantes adornaban el jardín del frente. El pasto estaba crecido y bastante descuidado. La puerta principal era de madera y tenía un picaporte de hierro con líneas que lo recorrían en espiral. Toqué timbre y después golpeé con los nudillos. A pesar de verse sólida la puerta se sacudió un poco con los golpes, como si las bisagras que la unían al marco no estuvieran bien atornilladas. No pasó nada. Saqué el celular y llamé. Sonó dos veces y a la tercera lo escuché dentro de la casa. Al sexto timbrazo atendió el contestador automático.

Corté y volví a guardar el teléfono. Miré el picaporte y pensé en esas alarmas silenciosas que avisan directamente a la policía. Si me agarraban dentro de la casa no me salvaba ni Garrido, pero no había viajado ciento veinte kilómetros sólo para tocar el timbre. Me puse de espaldas a la calle y me coloqué un par de guantes de látex que llevaba en el bolsillo. Accioné el picaporte y la puerta se abrió. Giró sobre las bisagras con suavidad y sin ruido y pensé otra vez en las alarmas silenciosas. Después di un paso largo, entré y volví a cerrar. Con la mano derecha sostuve el picaporte y con la izquierda empujé la puerta muy despacio hasta que chocó contra el marco de madera. La solté y la cerradura se acomodó en su lugar con un ¡Clac! que retumbó por toda la casa. Me quedé duro como un maniquí, con los puños apretados y la mandíbula tensa de tanto apretar los dientes. No era la primera vez que me metía en una casa sin permiso, pero no habían sido suficientes como para volverse un hábito. Esperé algunos segundos y como no escuché nada dejé de masticarme las muelas y estudié el lugar.

Había olor a madera, cera y barniz. Frente a mí estaba la entrada a la cocina y a la derecha un salón comedor de unos diez metros de largo que llegaba hasta una pared pintada de rojo de la que colgaban un montón de platos de decoración. A un costado del comedor había un living en desnivel que daba al frente de la casa. Del otro lado de la pared roja llena de platos una puerta de doble hoja daba al patio trasero. La cortina de plástico estaba levantada y dejaba entrar luz suficiente como para ver el interior de la casa sin necesidad de encender las luces. Entre la puerta de entrada y el living se encontraba la escalera que daba al piso superior. Tenía los peldaños de madera lustrada, pero se veían gastados y opacos. Era una casa linda, grande y se veía muy cómoda.

Bajé al living y me acerqué a la ventana. El cielo estaba más negro, corría algo de viento que levantaba remolinos de arena y todo parecía tranquilo. Cuando estaba por volver al hall de entrada noté un movimiento a mis espaldas. Antes de darme vuelta del todo vi que había alguien parado en el primer escalón del living. Era un hombre.

Se me vino encima enfurecido. Me acomodé y le lancé un izquierdazo al estómago. Cayó de rodillas sobre la alfombra y se golpeó la cara con la esquina de la mesa ratona. Estuvo un rato ahí, boqueando en busca de aire. Yo retrocedí y me puse en guardia. Cuando logró recuperarse un poco se puso de pie y se quedó ahí parado, con los brazos rígidos al costado del cuerpo y los puños apretados, los nudillos blancos de la fuerza que hacía. Un hilo de sangre le corría por la mejilla y los ojos le brillaban de furia contenida.

Antes de que se le ocurriera repetir la hazaña saqué la pistola y le apunté al pecho.

 —Quedate piola y no te hagas el loco —dije.

Abrió las manos y la sangre volvió a sus dedos. Sacó un pañuelo blanco de un bolsillo del pantalón, se limpió la cara y lo volvió a guardar.

             —¿Tenés permiso para eso? —preguntó con audacia. Tenía la voz finita como un clarinete desafinado.

Casi me largo a reír.

            —No, y tampoco está registrada —mentí mientras apuntaba unos veinte centímetros más arriba y liberaba el seguro.

Se dio cuenta. Miró el caño, que ahora estaba a la altura de su cabeza, y perdió algo de color. La furia de sus ojos se disipó por completo y la reemplazó un miedo incipiente. Me acerqué y lo revisé para asegurarme de que no tenía nada escondido. Cuando terminé me alejé un poco y señalé hacia arriba con la pistola.

—¿Estás solo? —pregunté.

—Sí.

—Bueno, vamos a ver si es verdad —dije—. Si hay alguien arriba es mejor que le avises.

—No hay nadie —repitió.

—Dale, caminá —ordené.

Cuando se dio vuelta lo tomé por el cuello y le apoyé la pistola en la espalda. Recorrimos la planta baja, que constaba de la cocina que había visto al entrar, una habitación de huéspedes con una cama de una plaza, una mesa de noche y un perchero de pie, de madera. A un costado de la habitación había un baño decorado en tonos amarillos y blancos. Cuando terminamos nos dirigimos a la planta alta.

Mientras subíamos las escaleras me esforcé en detectar algún sonido que delatara la presencia de otras personas en la casa, pero sólo se escuchaba el rechinar de los escalones de madera, que cedían bajo el peso de nuestros cuerpos. En la planta alta había tres habitaciones y dos baños más. Revisamos todo y cuando estuve seguro de que estábamos solos volvimos al living más chico. Lo empujé por la espalda y con un movimiento de cabeza señalé uno de los sillones.

—Sentate.

Obedeció sin chistar y yo me ubiqué en el sofá que estaba contra la pared. Me dediqué a observarlo con atención. No había visto a Liniers de cerca, pero estaba seguro de que ese no era él. El hombre que tenía frente a mí era más alto y bastante más delgado, casi elegante. Tenía hombros estrechos y un arito en el lóbulo de la oreja derecha, pantalones de vestir color negro, camisa blanca, un chaleco azul con rombos blancos y mocasines marrones sin medias. Estaba pálido y las manos le temblaban un poco. Tragó saliva, me miró, miró el caño y volvió a mirarme. Estaba asustado. Era lógico, había encontrado a un extraño en su casa, le habían dado un golpe y le estaban apuntando con un arma. Sabía que era más fuerte que él, así que volví a poner el seguro y dejé de apuntarle. La expresión de su rostro se relajó un poco, aunque seguía temblando y tan pálido como un fantasma de medianoche.

Empotrado en el hueco de la escalera había un mueble que tenía un par de libros, botellas, vasos de whisky y un teléfono. Me levanté y desconecté el cable del teléfono.

—¿Juan Carlos Liniers? —pregunté cuando me senté otra vez, aunque ya conocía la respuesta.

Demoró en contestar por lo que repetí la pregunta.

—¿Vos sos Juan Carlos Liniers?

—No.

—¿Sabés dónde está?

—No.

—Ésta es su casa —dije—. ¿Vos sos amigo de él?

—Esta no es su casa.

—Pero tiene domicilio acá.

Antes de cerrar la boca me di cuenta de la estupidez que había dicho.

—¿Y? —respondió.

Se pasó un dedo por la herida del pómulo que ya no sangraba y cruzó las piernas. Saqué el paquete de cigarrillos, tomé uno y lo encendí, todo con una sola mano.

—¿Me das uno? —dijo casi en un murmullo.

—¿Qué?

—Si me das un cigarrillo —repitió.

Me incliné y dejé el paquete y el encendedor sobre la mesa. Apoyé la pistola sobre la pierna por si se había olvidado de que la tenía en la mano. La miró y se puso pálido otra vez.

—No te preocupes que no te va a pasar nada —dije.

Me miró y sonrió. Cuando habló, la voz de clarinete sonó más estridente y nerviosa.

—¿Ah, no? ¿Y eso para qué es?

—Esto es para mantener las cosas en orden. Si no hacés ninguna boludez, acá se va a quedar —dije golpeándome la rodilla con la pistola.

—¿Y los guantes?

—Cosa mía —respondí con brusquedad—. ¿Dónde está Liniers?

—Ya te dije que acá no está.

—¿Y dónde está?

—No sé, no tengo idea ¿Para qué lo querés?

—Alguien está muy interesado en hablar con él y como está ocupado me pidió que le haga llegar el mensaje —dije.

—No te creo —graznó—. ¡¿Te metés a la casa, me pegás, sacás un arma, llevás guantes y encima me querés vender un buzón?!

—No te quiero vender nada, aunque sí me interesaría obtener algo de información. Vos me decís dónde lo puedo ubicar a Liniers, yo me voy y todos contentos. La policía también lo busca y quizá a él le convenga hablar primero conmigo

—No sé dónde está, ya te lo dije, hacé lo que tengas que hacer.

Encendió el cigarrillo y vi que le temblaban los labios y las manos. Estaba cada vez más nervioso y no me podía imaginar por qué.  Intuí que no era sólo por mi presencia en la casa o por el arma. Había algo más, algo mucho más grande que un intruso haciendo preguntas, o por lo menos así me lo imaginé. Sentado ahí repasé los acontecimientos de los últimos días, buscando algún detalle, alguna pista, pero no encontré nada. Al final decidí que lo mejor que podía hacer era irme. Estaba seguro de que Liniers no andaba muy lejos. Tenía que seguir a su amigo y tarde o temprano lo iba a encontrar. Tomé los cigarrillos y el encendedor, me levanté y caminé hasta la puerta.

—Graciela Bertoldi murió y hay gente que está muy interesada en hablar con él —dije—. Si él está limpio no tiene nada que temer ¿No te parece?

Una línea le cruzó la frente. Los ojos se le pusieron acuosos, abrió la boca y me miró con una expresión extraña que no pude descifrar. El cigarrillo quedó a mitad de camino entre su mano y sus labios. Dijo algo, pero no lo escuché. “¿Cómo decís?” le pregunté.

—¡Que Graciela no está muerta, la mataron!

—No, qué decís, se suicidó el sábado a la madrugada.

—No puede ser —susurró—. No... No puede ser...

Se agarró la cabeza con las dos manos y se largó a llorar. Dejó caer el cigarrillo sobre la alfombra. Un hilito de humo gris comenzó a elevarse donde la brasa chamuscaba las fibras y despedía olor a plástico quemado. Me acerqué y lo aplasté con la punta del zapato.

—¿Qué te pasa? —dije—. ¿La conocías?

No respondió. Se quedó ahí hecho un ovillo, llorando. No sabía si la conocía ni me importaba, a fin de cuentas mi trabajo era ubicar a Liniers y lo único que había conseguido era perder el tiempo. Di dos pasos en dirección a la puerta sin dejar de vigilarlo.

—Ese hijo de puta de Arregui... —masculló.

Me quedé duro. La mano a centímetros del picaporte y un hormigueo en el estómago, uno de los feos.

—¿Cómo decís? —dije girando la cabeza hacia él.

—Arregui, él la mató... —balbuceó sorbiéndose los mocos.

Se me ocurrieron un montón de razones para salir de la casa e irme, pero sus palabras me detuvieron. Las cosas parecían ser más complejas de lo que imaginaba, muchísimo más. Pensé en Garrido y en lo que él me diría: “Borrate, Enrique, no te metas”, pero yo siempre me metía, no lo podía evitar.

Desanduve el camino y volví al sillón. El tipo ya no lloraba. Tenía los ojos inyectados, estaba colorado como un tomate y me miraba con odio, un odio real, primitivo.

—Explicate —dije.

—No tengo nada que explicar ¡No me tomes por pelotudo! —bramó—. Vos sabés muy bien de qué hablo, sino no estarías acá.

La verdad era que no sabía, no tenía ni la más puta idea de lo que me estaba diciendo.

Se levantó y caminó hasta el mueble. Yo también me levanté y me puse en guardia. Agarró una botella de whisky y un vaso, lo llenó casi hasta el borde y se lo zampó de un trago. Apoyó el vaso sobre un estante de madera y habló sin darse la vuelta.

—No te preocupes —dijo—. No voy a hacer nada —Se sirvió un poco más, mucho menos esta vez, giró y volvió a sentarse. Yo hice lo mismo.

—No tenía por qué matar a Graciela —dijo. Bajó un poco la voz y agregó—: Ella se iba a ir del país, ¿Sabés? Ese hijo de puta lo sabía, pero quiso asegurarse. ¡Claro, ahora el señor quiere ser intendente!

Pensé que iba a escupir sobre la alfombra, pero en lugar de eso terminó lo que quedaba de whisky. Se había embalado. El alcohol le había quitado el miedo. Yo lo miraba en silencio. La cabeza me trabajaba a mil por hora, pero no sabía qué decir. Tenía muchas preguntas, pero él siguió hablando.

—Graciela Bertoldi no se suicidó —dijo—. La mataron y ahora nos quieren matar a nosotros también ¿Vos no viniste a eso? —después agregó elevando la voz—: No tengo miedo ¿Sabés? No me importa ¡Hijos de puta! ¡Todos ustedes son unos hijos de puta!

Se me tensaron todos los músculos. Esta vez pensé que se me iba a tirar encima como una fiera. Tanteé la pistola, quería tenerla a mano por cualquier cosa.

—Mirá, nene, no sé de qué estás hablando pero yo no tengo nada que ver —dije.

Me miró con atención. Quizá pudo leer en mi rostro que no mentía o tal vez quería creer que así era. Se recostó contra el sillón y cruzó las piernas.

—A ver, a ver —dijo—. O sos muy boludo, o sos un psicópata o te metiste en un baile que ni te imaginabas. Boludo no sos, eso seguro, y si fueras un psicópata no tendrías esa cara, así que debe ser lo último. ¿Quién sos?

—Soy detective privado, me contrataron para ubicar a Liniers y llegué hasta acá. Me metí en la casa porque pensé que podía averiguar algo. Mal hecho, lo admito. Me encuentro con vos y me largás una historia de asesinatos y misterios que no acabo de creerme ¿Cómo estás tan seguro de que la mataron?

Se largó a reír y no me hizo caso.

—¿Tenés nombre, detective privado?

Lo medité dos segundos. Busqué alguna razón para no darle mi nombre verdadero, pero no encontré ninguna. A fin de cuentas se suponía que ahí el malo era yo.

—Mi nombre es Enrique Martínez.

—Matías Lemos —dijo y levantó la palma de la mano.

Hice una inclinación de cabeza y él me imitó.

—Te contrató Arregui, ¿verdad? No me digas si no querés, no hace falta, estoy seguro de que fue él.

Se estiró hacia adelante y extendió la mano.

—¿Me das otro cigarrillo? —dijo—. Los míos están arriba, pero no creo que me dejes ir a buscarlos.

Saqué el paquete del bolsillo y se lo di, junto con el encendedor.

—Te voy a creer —dijo—. Supongo que si hubieras venido a matarme no estaríamos hablando.

Encendió el cigarrillo y dejó el encendedor y el paquete sobre la mesa, junto al vaso.

—¿Qué sabés de política vos?

—No mucho —contesté.

Era cierto, o casi.

—Te voy a contar una historia —dijo—. Si me pasa algo por lo menos vas a saber por qué fue. No vas a poder hacer nada, por supuesto, a menos que quieras terminar en una zanja —me guiñó un ojo, le dio una pitada larga al cigarrillo y después continuó—: En Agosto de 2004 el presidente anunció que se iba a financiar la construcción de la nueva estación de micros. En 2006 se llamó a licitación y se dieron detalles de la obra, el tiempo que se iba a demorar en terminarla y eso. Se presentaron dos empresas: Atlanta Construcciones, la empresa de Arregui, y Emepe S.A., que es un holding privado. En diciembre Arregui ganó y la gerencia de Emepe lo acusó de haber arreglado con el gobierno para quedarse con la licitación. No pudieron probar nada, pero se armó una linda fiesta ¿Me seguís?

Asentí con la cabeza y él continuó:

—Al final no pasó nada, como siempre. Días después anunciaron que las obras comenzarían en febrero del año siguiente, pero los chicos se tomaron un poco más de tiempo.

—Como dos años —dije.

—Exacto. Pero eso no es nada, es más, casi te diría que es normal en este país. El asunto es otro.

Estaba al tanto del tema, pero no veía qué relación podía tener con Bertoldi.

—¿Qué te pidió Arregui que hagas? —preguntó—. Y no me vengas con que él no te contrató porque eso se cae de maduro. De no ser así nunca hubieras llegado a esta casa.

En algún momento comenzó a llover. El ruido que producían las gotas al caer fue ganando fuerza hasta imponerse al resto de los sonidos con ese típico arrullo constante y monótono, como si cientos de dedos golpearan sobre una mesa. El aroma a tierra mojada y pasto húmedo se coló dentro de la casa. La temperatura bajó un par de grados y el cielo se volvió de plomo. La lluvia parecía continuar con el trabajo que habían comenzado las lágrimas en el rostro de Matías Lemos.

—Arregui me contrató para seguir a Graciela Bertoldi, nada más.

—¿Y? ¿Te dijo para qué?

—No, sólo seguirla y ver qué hacía, a dónde iba y con quién. Eso duró hasta que la señora murió. Después de eso me pidió que siga trabajando para él, ésta vez quería que encontrara a Liniers. Tampoco me dijo para qué.

—Yo te voy a decir para qué —dijo.

—Te escucho.

—Él necesitaba relacionar a Juan Carlos con Graciela.

—¿Y?

—Y que si hiciste bien tu trabajo sabrás que los antecedentes de Juan Carlos no son precisamente inmaculados.

—Ajá.

—Bueno, estableciendo una relación entre ellos, sumado a los antecedentes de Juan Carlos, le va a resultar muy fácil.

—¿Qué cosa le va a resultar muy fácil?

—Echarle el fardo a él, culparlo de la muerte de Graciela y hacer que lo metan en cana para siempre. Eso ¿entendés?

—Sí, entiendo, pero no veo la necesidad de contratarme a mí para relacionarlos a ellos dos. Andaban para todos lados juntos y no parecía que se estuvieran escondiendo.

—Puede ser. De todas maneras, después de tu trabajo la relación queda establecida y eso es lo que Arregui buscaba —dijo—. Flojito, es verdad, pero si le sumás los antecedentes de Juan Carlos es suficiente como para que la cana empiece a hacer preguntas y mirar qué hay debajo de la alfombra.

—Pero eso no explica nada —dije—. Y tampoco es un móvil de asesinato.

—¿Y si te digo que Arregui tiene una nota de chantaje?

—Eso sí explicaría muchas cosas.

—Por supuesto. Fue un error, un exceso de confianza que le costó la vida a Graciela y que nos pone a Juan Carlos y a mí en una posición delicada.

—¿Y vos quién sos? —pregunté.

— Digamos que yo soy un tercero involucrado en el asunto, alguien que iba a recibir ciertos beneficios.

—¿Dónde está Liniers? —pregunté.

—No sé, de verdad. Íbamos a viajar a Buenos Aires pero lo postergamos después de la muerte de Graciela. Me dijo que se iba a quedar en Mar del Plata a terminar unas cosas.

—Hace un rato hablaste de chantaje ¿Algo relacionado con el tema de la licitación?

Sonrió y encendió otro cigarrillo.

—Ay detective, las cosas están a la vista y no las ve —dijo haciendo una mueca con la boca y mirando hacia el techo—. Claro que es por eso. Arregui arregló con alguien del gobierno para quedarse con la licitación, ciento setenta millones, eso es mucha plata.

—Nunca se pudo probar nada —dije—. ¿Cómo entran ustedes en el juego?

—Nosotros no, Graciela, ella podía llegar hasta Arregui —explicó.

—¿Entonces?

—Graciela era mi hermana. Me quería ayudar a recuperarme de un revés financiero y no se le ocurrió mejor idea que intentar cobrar un favor de vieja data. Ese fue su primer error. El segundo fue minimizar la fuerza a la que se enfrentaba —bajó la vista y se mordió el labio—. Pero ella sólo era una actriz, una mujer común y corriente con un corazón enorme. Pero el amor y el chantaje no se llevan bien.

—¿Y Liniers? —dije.

Levantó la vista y noté que le brillaban los ojos. Pensé que se iba a poner a llorar otra vez, pero se compuso casi de inmediato.

—Juan Carlos y yo somos pareja. Él es... era su socio en la inmobiliaria. Nunca estuvo de acuerdo con lo que ella quería hacer y se lo dijo, pero Graciela era muy testaruda. Yo... yo nunca le dije nada, fui un egoísta y ahora está muerta por mi culpa.

Hay días en los que uno piensa que hubiera sido mejor quedarse en la cama, pero hay otros en que las cosas parecen estar guiadas por fuerzas invisibles y poderosas que ponen todo en el lugar que corresponde y nos hacen pensar que la suerte es algo real, tangible, incluso al punto de creer que podríamos atraerla con amuletos y pases mágicos. Yo no creía en la suerte ni en la casualidad, pero hubo momentos que me hicieron dudar bastante. Con el tiempo volví a recuperar mis creencias, pero por un buen rato estuve en el purgatorio de las ideas metafísicas. Volví a escuchar la voz de Garrido diciéndome que me fuera, que no me metiera, que le devolviera a Arregui el resto de lo que me había pagado y que continuara con los casos de infidelidad o fraude, sencillos, limpios y sobre todo inofensivos, pero sabía que no lo iba a hacer. Aquello, si lo que Lemos decía era verdad, era muy grande, demasiado como para dejarlo pasar.

Miré la hora, eran casi las cinco de la tarde.

—¿Y la nota de chantaje?

—Un correo electrónico, enviado desde la casilla de Graciela, al menos eso es lo que me contó Juan Carlos —dijo—. No es mucho, pero teniendo en cuenta lo que pasó después, es más que suficiente.

—¿Qué decía ese correo? —pregunté.

—No tengo idea. Supongo que Graciela le habrá mencionado a Arregui su deseo de cambiar información por dinero —dijo—. Sé que él la llamó al otro día y no para preguntarle cómo estaba.

—Tu hermana no era muy ducha con las computadoras —dije.

—Es verdad, pero a veces la necesidad ayuda un poco, ¿No te parece?

—¿Y ella nunca te dijo nada sobre esto?

—No —respondió—, me enteré de todo por Juan Carlos. La última vez que hablé con ella me dijo que tenía una sorpresa, por si pasaba algo. Intenté preguntarle de qué hablaba e insistí mucho, pero no quiso decir más. Me cortó diciendo que seguramente no iba a hacer falta utilizarlo.

—¿La información existe, es real?

—Supongo que sí, con esos tipos no se juega

—¿Por qué decís que están en una posición delicada?

—Porque es más que obvio que ahora que Graciela está muerta Arregui necesita asegurarse y cerrar todo. Exista o no esa información, no puede arriesgarse, tiene que sacarse de encima el lastre. El tema es que ahora somos dos, Juan Carlos y yo. No se sorprenda si un día ve nuestros nombres en la primera plana de Crónica.

—Arregui no sabe de ustedes. Yo no sabía hasta hoy y no le voy a decir si no hace falta.

—¿De verdad piensa que no se va a enterar? Vamos, no se haga el ingenuo que no le queda bien.

Apoyó la espalda contra el respaldo del sillón y no dijo nada más. Me levanté, guardé los cigarrillos y el encendedor, caminé hasta la puerta y abrí. Antes de salir miré hacia atrás, pero Matías Lemos tenía la vista clavada en la alfombra.

—No se meta, detective —dijo.

Cerré despacio y me fui. Ya no llovía.

El camino de regreso a Mar del Plata se me hizo demasiado largo.

 

14

 

—¡¿Qué hiciste qué cosa?!

—Shh, no te pongas así, no pasa nada.

—¿Cómo que no pasa nada? —gritó Alejandra—. ¿Estás loco? Allanamiento de morada, lesiones leves, privación ilegítima de la libertad, amenazas... ¿Querés que siga?

Estábamos en casa, habíamos terminado de cenar y ella me ladraba furiosa desde el otro lado de la mesa. Antes de que siguiera enumerando las figuras legales que me podían imputar, y que yo me sabía de memoria, la detuve con un gesto de la mano.

—No pasa nada —repetí—. Ese tipo estaba más asustado por lo que podría pasarle a él y en lo último que va a pensar es en hacer ruido por un tortazo y un par de preguntas, además no sabe quién soy. Lo que me preocupa es lo que me dijo.

—Pueden ser todas mentiras, Enrique ¿No pensaste en eso?

—Sí, lo pensé, pero se hizo el boludo hasta que mencioné que esa señora se había suicidado.

—¿Y qué?

—Y nada —dije—. Que él está seguro de que la mataron, que Liniers está en Buenos Aires o en el Congo Belga y no tengo idea de cómo voy a hacer para encontrarlo.

—Podés ir a Constitución —dijo—, seguro en algún boliche lo encontrás.

Seguía molesta por mi escapada de la otra noche, pero dejé pasar el comentario y no dije nada. Alejandra se apoyó contra el respaldo de la silla. Me miraba fijo y se pasaba un dedo por la punta de la nariz. Si ponía atención podría escuchar los engranajes de su cerebro girar dentro de su cabeza. Era buena analizando situaciones complejas, el trabajo la había entrenado bien, pero esto no era un caso difícil sino algo un poco más complicado. Se levantó y fue hasta la cocina. Al regresar trajo dos tazas de café, las dejó sobre la mesa y volvió a sentarse.

—No te metas, Enrique —dijo.

Tomó su taza de café y encendió la tele. Eso era todo, la conocía bien, había emitido su opinión y no había más que hablar. Contando la voz de Garrido en mi cabeza ella era la tercera persona que me decía lo mismo. Quizá debería hacerles caso.

Encendí un cigarrillo y me quedé mirando por la ventana. Nubes blancas y esponjosas como enormes manojos de algodón recorrían el cielo azul y a medida que avanzaban parecían formar figuras conocidas. A veces era un elefante que se estiraba hasta convertirse en un avión de pasajeros para después mezclarse con otro grupo de nubes y formar un globo aerostático sin canasta ni piloto. Cuando las nubes pasaban delante de las altas y escuálidas antenas de los edificios me recordaban los cables del teleférico de Salta.

 

15

 

Seguía sin encontrar una respuesta. La pregunta era, por supuesto, si le hacía caso a las voces de la sensatez, reales e imaginarias, y no me metía en un asunto que pintaba demasiado oscuro y peligroso, me olvidaba de todo y esperaba leer como acababa la historia en los diarios o si intentaba llegar un poco más allá y ver qué había detrás de la cortina. Aún si lo que Matías Lemos me había contado era una verdad a medias, las implicaciones de un caso así podían desatar una tempestad y perjudicar a mucha gente.

Yo no era un tipo al que le gustaba meterse en líos porque sí, pero tampoco me atraía dejar las cosas a medias, sobre todo si había vidas en peligro. Las piezas de ese rompecabezas eran muchas, estaban cada vez más desordenadas y yo no sabía cuál era mi verdadero papel en ese juego. No tenía idea de cuáles eran las intenciones de Arregui al contratarme para seguir a Graciela Bertoldi y temía que algo se me estuviera escapando de las manos, algo que podría involucrarme más de la cuenta. ¿Debía hacerle caso a las voces o no? Si lo pensaba bien la respuesta era sencilla. Y era una que a Alejandra no le hubiera gustado escuchar, pero eso tampoco era nuevo.

Con el tiempo uno se acostumbra a ciertas cosas. Los amigos se alejan, las relaciones se quiebran, lo que era amor se torna en una cosa gris y desagradable, la gente muere y en invierno siempre hace frío. En cambio, otras nunca llegan a hacerse amigas de la costumbre por más que se repitan una y otra vez. Como esas personas que uno no quisiera encontrarse nunca o esas situaciones que preferiríamos ver desde una distancia considerable o ni siquiera saber de ellas y sin embargo, por muchos esfuerzos que hagamos, tarde o temprano nos encontramos frente a una de esas personas o, lo que es peor, nos vemos envueltos en una situación desagradable junto a alguna de ellas. Cosas de la vida, diría mi viejo, aunque yo pensaba que también era cuestión de lo que uno hacía y con quién se juntaba para hacerlo.

Después de un rápido almuerzo en el bar de la galería volví a la oficina y me dediqué a analizar la información que tenía. Arregui me había pagado para encontrar a Liniers y se suponía que eso debía estar haciendo. Según Matías Lemos, Liniers estaba en Buenos Aires, pero esa información no era nada confiable y la fuente todavía menos. Además, viajar a Capital a ciegas no era lo mismo que hacerlo hasta Pinamar con una dirección y un número de teléfono. Se me ocurrió tocarlo a Garrido, pero ya le había pedido demasiados favores y no le había hecho ninguno. Contaba con una ventaja y era que podía llegar hasta Arregui, cuestionarlo, tirar algo de información sobre la mesa y ver como reaccionaba pero, si me hubiera visto obligado a emitir una opinión tendría que haber confesado que era él quien aparecía como principal sospechoso.

Mi trabajo ahora era encontrar a Liniers. Tenía que volver a Pinamar y vigilar la casa de Matías Lemos. No era mucho, pero no tenía otra cosa.

 Encendí un cigarrillo y en ese momento sonó el timbre de la puerta. Me levanté y abrí. Era mi hermana. Estaba de paseo por el centro y se le ocurrió pasar a visitarme. Tenía treinta años, estaba casada con un ingeniero en computadoras y trabajaba como diseñadora gráfica en una revista de surf. Ella y el marido habían regresado hacía dos semanas de una mini luna de miel en Brasil y todavía conservaba el bronceado.

—¡Uf, nene, que olor! —dijo ni bien entró.

—Parisiennes —dije—. ¿Te gusta? ¿Querés uno?

—¡Salí! Dejá un poco abierto.

Colgó la cartera del perchero y dejó la campera sobre el sillón de la recepción. Cerré la puerta y pasamos a mi oficina.

—¿Querés tomar algo? —ofrecí.

—No, me voy enseguida, Nico me espera en Manolo.

—¿Qué se cuenta?

—Todo bien. Mucho trabajo y poca plata, como siempre —dijo largando una risotada—. ¿Vos en qué andás?

—Todavía en el Bora —dije—. Mientras siga pagando las cuotas me lo dejan usar.

—Qué tarado —dijo haciendo una mueca con los labios—. ¿Y Alejandra?

—Bien, trabajando. Anoche casi me toca dormir en el sillón.

—¿Qué pasó?

—Nada, diferencia de opiniones. Ella piensa que no debería haber hecho algo y yo me opuse con todos los argumentos que tenía a mi alcance.

—¿Qué hiciste ahora?

—Poca cosa. Me metí a una casa y le di un sopapo a un maricón.

Abrió los ojos y levantó las cejas inclinando un poco la cabeza, imitando una expresión que denotaba mitad asombro, mitad duda.

—¿Qué?

—Nada, dejá, cosas del trabajo.

—¿En qué estás metido ahora?

—No sé —confesé—. Al principio era algo de rutina, pero la cosa se complicó un poquito. Estoy trabajando para el futuro intendente, che.

—¿Ah, sí? ¿Para cuál de todos?

—Arregui.

—Ah, sí, dicen que va a ganar ese. A mí me gusta Marchessi.

—Ese no, nena —dije haciéndome el superado—. Tiene plata pero le falta cerebro.

—Mirá vos ¿Y cómo sabés?

—Me dijo un amigo.

—Bueno, pasaron muchos con cerebro por la Muni y mirá como estamos —dijo.

—Sentados —respondí.

Ella no hizo caso de mi chiste malo y continuó hablando.

—Una vez lo cruzamos a ese Arregui, en Junín de los Andes.

—¿Y? ¿Qué onda?

—Nada, lo vi de lejos.

—¿Cuándo fue eso? —pregunté.

—Hace tres años, cuando fuimos a visitar a Eugenia, mi compañera de secundario ¿Te acordás?

—Sí, sí —dije.

No me acordaba, pero ese era un detalle menor.

—Bueno, fuimos a un restaurante muy lindo donde van tipos importantes, políticos y eso. Estábamos ahí cuando entró un grupo de seis, todos hombres, con chalecos de pesca y sombreros de vaquero. Hablaban fuerte y se sentaron al fondo del salón. Eugenia lo reconoció porque esos días su cara estaba en todos los diarios. No sé qué de una concesión o algo así, creo que era por la estación de micros.

—Sí, me sé la historia.

—Bueno, nos quedamos un rato más y nos fuimos. Camino a la cabaña, Euge nos contó que en ese lugar siempre se juntaban estos tipos a hacer negocios y cosas raras. Dicen que el presidente también pasa de vez en cuando por ahí y algunos ex también.

—Mirá vos.

—Sí —se encogió de hombros y se levantó—. Bueno, nene, me voy —dijo—. Pasá por casa que mamá quiere verte.

—Bueno, mandale saludos a Nico.

La acompañé hasta la vereda, nos dimos un beso y se fue. No tenía idea de lo que iba a hacer a continuación, así que me incliné por lo más fácil. Saqué el celular y llamé a Garrido. Para mi sorpresa contestó enseguida.

—Hola pibe, ¿Cómo andás?

—Bien, bien ¿Vos?

—Al pelo, laburando, como siempre ¿Todo bien?

—Sí, todo tranquilo —dije—. ¿Alguna novedad con lo de Bertoldi?

—No te puedo decir nada, por el secreto de sumario —me dijo con vos grave—, pero sí te puedo contar qué hizo mi mujer anoche para cenar ¿Dónde estás?

—En la oficina

—¿Almorzaste ya?

—Sí.

—Ok, en un rato estoy por ahí, prepará el mate.

Colgué y me fui a dar un paseo que resultó en media vuelta a la manzana. Hacía mucho frío y no estaba para andar por la calle sin motivos. Llegué hasta la esquina, bajé por Santiago y entré a la galería por Belgrano. Pasé por el bar, pedí que me llevaran un café y me metí otra vez en la oficina.

 

16

 

Mientras esperaba me dediqué a recorrer internet para ver si encontraba algo interesante. Al final me pasé casi todo ese tiempo leyendo los diarios. A las dos de la tarde llegó Garrido. Entró sin golpear, se sentó y se frotó las manos con fuerza.

            —¡Qué frío, la puta madre!

            —Hola —dije. Cerré la tapa de la notebook y saqué un cigarrillo.

            —Che, ¿Cuándo te vas a mudar de acá? —dijo mirando el techo y las paredes con un exagerado gesto de asco—. Esto parece cada vez más una cueva de ratas, dejate de joder.

            —Quizá por eso me quedo —contesté—. Es un lugar chiquito que no llama la atención.

            —Bué... puede ser —bufó—, pero igual es una porquería.

            —Es mi porquería y me gusta. En invierno es calentito y en verano tengo aire y todo. El bar está cerca y tengo WiFi ¿Qué más querés?

            —Pintura en las paredes, por ejemplo.

            —No, dejala así que está bien.

            —¿Y los clientes?

            —Hasta ahora nadie se quejó.

            —Bueno —dijo. Se quitó el abrigo y lo colgó del respaldo de la otra silla.

El tema de mi oficina era un clásico cada vez que nos reuníamos en ella. Yo había pensado muchas veces en mudarme pero esa cueva, como él la llamaba, tenía una onda underque me gustaba mucho.

            Me levanté, fui hasta la puerta y cerré con llave.    

            —Te dejé un mensaje ayer ¿Lo escuchaste? —preguntó Garrido cuando me senté otra vez.

            —No ¿Qué pasó?

—Nada, después te cuento ¿Averiguaste algo?

—Depende —dije—. No lo encontré a Liniers, pero me topé con el novio. Un tipo raro. Estaba en la casa de Pinamar.

            Garrido me miró con asombro y por la expresión de su cara me di cuenta de que no sabía si reírse o no.

            —¿El novio?

            —Ajá.

            —Me estás jodiendo —dijo. Una amplia sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios—. ¿El novio? ¿De verdad?

            —Según él, sí. El otro no estaba para negarlo o confirmarlo.

            Garrido se recostó contra el respaldo de la silla y asintió varias veces en silencio. Imaginé que pensaba en lo que había averiguado sobre Liniers y en que nada indicaba que fuera homosexual. Yo también lo había pensado, pero el asombro me duró muy poco. A fin de cuentas había conocido a hombres de aspecto masculino, altos, forzudos y casados con mujeres espectaculares que de noche se filtraban por los barrios de los travestis en busca de alguno que les hiciera el favor. Y muchos iban con bastante frecuencia.

            —¿Y? ¿Qué pasó? —preguntó Garrido.

            —Nada, la puerta estaba sin llave así que me metí a la casa, apareció el tipo este, practicamos un poco de lucha libre y después conversamos un rato.

            Garrido enarcó las cejas, frunció los labios como si fuera a silbar y se miró la uña del dedo gordo de la mano derecha. Se lo llevó a la boca con la intención de morderla, pero lo pensó mejor y bajó la mano. Se cruzó de piernas y me miró con expresión cómplice.

            —No escuché nada de eso —dijo—. Seguí.

            —Me contó una historia fantástica. Él está seguro de que a Bertoldi la mataron por orden de Arregui, supuestamente por un chantaje que le querían hacer y cree que ahora le están apuntando a Liniers.

            —Ajá...

            —Y no mucho más —continué—. Me dijo que Liniers está en Buenos Aires, que se tenían que ver allá el fin de semana y antes de irme me dijo que no me metiera.

            Garrido seguía jugando con su dedo, al que ahora le estaba cortando un pedacito de uña con los dientes. Yo encendí un cigarrillo y esperé.

            —Interesante —dijo ausente.

            Pasaron algunos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada. Levanté la tapa de la notebook y puse música. Elegí la primera de un total de siete listas de reproducción, una compilación de clásicos de los ochenta a la que había nombrado como A. Empezaba con In the Air Tonight, de Phil Collins.

            —¿Qué preparó anoche tu mujer? —pregunté cuando empezaban los golpes de batería.

            —¡Uhh, no sabés! Carne al horno con papas. Para chuparse los dedos —dijo—. De postre flan casero —y enseguida agregó—: Y Liniers no está en Buenos Aires.

            Yo no dije nada. Garrido se acomodó en la silla, carraspeó y se aflojó el nudo de la corbata.

            —¿Quiénes son tus vecinos? —preguntó.

            —De tu lado los ascensores. Del otro, veinte metros de nada seguida de un local de celulares, ¿por?

            —Porque te voy a contar cosas que no debería, boludo.

            —Entonces no me las cuentes —dije—. Tengo micrófonos por todos lados.

            —Me imagino, para escuchar a las ratas.

            —Por supuesto ¿Querés tomar algo?

            —Un café grande, solo.

            Levanté el teléfono y llamé al bar. Ordené un café grande, otro mediano y cuatro medialunas. Me levanté, abrí la puerta y la dejé entornada. A los pocos minutos llegó el mozo, entró y dejó todo sobre el escritorio. Le pagué ese pedido y el de la otra tarde, cuando había estado con Arregui. Lo acompañé hasta la puerta y cuando salió eché llave otra vez y volví a mi sillón. Garrido ya se había tragado una medialuna y tenía la segunda en la mano.

            —Bueno, te escucho —dije mientras revolvía mi café.

            —El tipo que visitaste en Pinamar se llama Matías Lemos —dijo—, es el hermano de la señora Bertoldi. Estoy seguro de que eso no es nuevo para vos —hizo una pausa, yo asentí y él continuó—: Apareció el viernes. Le informamos de los hechos y le pedimos que dejara una dirección o número de teléfono, por si había alguna novedad. La casa no fue liberada y la carátula no se cambió. No todavía.

            Terminé mi café, Garrido se comió otra medialuna y le dio un sorbo a su café doble sin azúcar. Siguió hablando y escupió algunas migas sobre el escritorio que tiró al suelo con la mano.

            —Lo que no le dijimos y tampoco se hizo público es que encontramos algo en la casa, algo interesante.

            —¿Qué cosa?

            —Como ya te conté, el arma y la bala coinciden. La casa era un despelote. Ropa tirada por todos lados y algunas camas sin sábanas, pero nada del otro mundo. No encontramos indicios de que alguien haya estado ahí esa noche salvo por un detalle, en la cocina había dos vasos sucios metidos en la pileta y un cenicero lleno de colillas sobre la mesada. Pero lo que nos llamó la atención fue otra cosa —se inclinó un poco hacia adelante y continuó—. En un cajón de la mesita de luz del dormitorio principal encontramos una libreta con algo adentro.

            —¿El arma era de ella?

            —No sabemos. Tenía el número de serie borrado. Seguramente la consiguió a través de Liniers.

            Garrido terminó su café y volvió a recostarse contra el respaldo de la silla. Yo procesaba la información que me estaba dando. Tenía un par de ideas, pero todavía nada concreto.

            —Los vasos y los cigarrillos pueden servir —dije.

            —Sí, eso fue lo que pensamos. Investigamos las huellas y coinciden con las de Liniers. Los chicos de la regional lo encontraron, pero no nos dijo nada útil. Iba seguido a esa casa y si la señora no era amante de la limpieza, los vasos y los cigarrillos no nos sirven de nada. Y esa noche Liniers estaba en un boliche de la costa, lo confirmamos.

            —¿Dónde lo encontraron?

            —En el departamento del centro.

            —¿Y?

            —¿Y, qué?

            —¿Qué dijo?

—Te repito, nada interesante. Es un tipo duro y sabe que no podemos hacer mucho más que romperle las pelotas con preguntas que no nos van a llevar a ningún lado.

            —¿Y la libreta que mencionaste? —pregunté.

            —Una común y corriente, de esas que tienen un espiral de acero. Lo curioso es lo que hay en la última hoja. Una anotación y un billete abrochado.

            —¿Un billete?

            —Sí, uno viejo, de un austral ¿Te acordás? esos verdes.

            —Sí, me acuerdo, mi viejo los colecciona.

            —Bueno, el billete está abrochado debajo de las anotaciones.

            —¿Y que anotaron?

            —Dos líneas: Para Matías, flores de la abuela y másabajo: cuidate mucho.

            Tomé mi libreta con toda la intención de anotar lo que me decía.

            —Si eso sale de acá te fusilo —dijo Garrido.

            —No te preocupes —dije—. ¿Cómo era? Flores…

            —Dale pelotudo, que me tengo que ir.

Cuando terminé de escribir se lo mostré y él asintió con la cabeza. Después se levantó y se puso el abrigo. Yo hice lo mismo y salimos juntos a la galería. Llovía otra vez y la brisa helada que corría por el pasillo nos hizo estremecer. Cerré la oficina con llave y caminamos hacia la salida de Belgrano.

            —¿Y Lemos no dijo nada? —pregunté—. ¿No mencionó algo sobre Arregui, el correo o que para él su hermana no se había suicidado?

            —No, no dijo nada. Asentía con la cabeza cuando le hablaban y nada más.

            —¿Qué vas a hacer? —pregunté.

            —Continuar investigando, aunque no parece que haya mucho de dónde agarrarse.

            —¿Y el departamento de Bertoldi?

            —Limpio. La mucama iba tres veces por semana y esa tarde le tocaba. Cuando nos fuimos quedó un poco menos ordenado, pero no encontramos nada raro.

            —¿Dónde está Liniers ahora?

            —Ni idea. Le dijimos que no se fuera muy lejos por si se nos ocurría hacerle más preguntas.

            —El arma tranquilamente puede ser parte del engaño —dije—. Le pegan un tiro y arman toda la escenita.

            —Puede ser —dijo Garrido—, pero esa teoría no se sostiene sin pruebas sólidas.

            Cuando llegamos a la calle el frío se hizo sentir de verdad.

            —Che, ¿Y Arregui? —pregunté

            —¿Qué pasa con Arregui?

            —Y, no sé ¿No le van a preguntar nada? —dije—. De alguna manera él estaba relacionado con Bertoldi, vos lo sabés, me mandó seguirla.

            Garrido guardó silencio durante unos segundos.

            —Mirá —dijo—. Arregui es un tipo raro, pero tiene mucha guita y amigos importantes. Ahora quiere ser intendente y hay muchas posibilidades de que lo consiga —se acercó a mí y me puso una mano en el hombro—. No creo que él haya tenido que ver con la muerte de Bertoldi, es más, estoy seguro de que la única que tuvo algo que ver con eso es la propia Bertoldi. ¿Por qué la mandó seguir? No tengo idea ni me importa, allá él. Si lo que te contó Lemos es verdad y él hubiera querido sacársela de encima lo habría hecho de otra manera.

            —Sí, lo mismo dijiste de Yabrán y mirá como terminó —respondí.

            —¡Já! Dejate de joder, Enrique, la mina está muerta, se suicidó, punto.

            —Bueno, está bien —dije—. Si vos lo decís.

            —Yo no lo digo, lo dicen los peritos que investigaron el caso y el juez que resolvió basado en esas pruebas, vos sabés cómo funciona. Lo demás son teorías ¿O me vas a decir que pensás que el boludo ese de Lemos tiene razón? —después dijo algo que lo delataba como el hombre que en verdad era, el puntilloso, detallista e implacable analista que cumplía funciones de fiscal en la ciudad de Mar del Plata— ¿O que todo lo que te dijo es verdad?

            No respondí, no hacía falta, era una pregunta retórica y la respuesta obvia era que no.

            —Bueno, pibe, me voy que ya es tarde —dijo subiéndose el cuello del abrigo hasta las orejas—. Otro día me contás vos qué te cocina tu mujer.

            —Hecho —dije riendo. Después agregué—: Gracias, gordo.

            Me guiñó un ojo y se alejó por Belgrano en dirección a la costa.

Una chica miraba la vidriera del local que estaba a un costado de la galería. Llevaba una campera de color amarrillo y debajo una remera azul con un estampado que decía Fuck the babysitteren letras blancas.

 

17

 

Garrido llegó a la esquina de Santa Fe y desapareció dentro del primer taxi que encontró. Pensé en ir hasta mi casa y descansar un poco cuando sonó el celular. Era Arregui.  

            —Buenas tardes, Martínez ¿Puede venir a mi oficina? —dijo.

Se oía preocupado.

            —Sí —respondí—, deme veinte minutos y estoy por allá.

            —Bien, lo espero.

            Demoré casi media hora en llegar. Llovía muy fuerte y la calle era un caos. En la esquina de Luro y San Juan había ocurrido un accidente de tránsito y eso me obligó a dar un rodeo bastante importante. Tuve suerte y encontré lugar para estacionar frente al local. Estacioné, me bajé y corrí hasta la puerta. Dos o tres personas recorrían el salón sin mucho interés, hablaban entre ellas y una señora examinaba con mucha atención una muestra de porcelanato tipo madera. A diferencia de mi última visita, esa tarde no se veía a ninguno de los vendedores zumbando alrededor de los clientes como disciplinadas abejas obreras. La chica de la recepción y la de arriba tampoco estaban. Imaginé que si hacía falta saldrían de su escondite de inmediato.

Subí las escaleras y caminé hasta la puerta. Golpeé y abrí al mismo tiempo. Arregui estaba en su sillón y frente a él, en una de las sillas con rueditas, había un hombre sentado.

            —Pase, Martínez —dijo Arregui cuando me vio.

            El otro tipo giró la cabeza, me miró de arriba abajo y se detuvo en mis ojos. Se quedó mirándome así hasta que me acerqué. Era un hombre de mediana edad, ancho de espaldas y vestía de traje y corbata, aunque la combinación de colores era bastante exótica: Pantalón caqui, saco azul y camisa amarilla. La corbata era color oro oscuro y tenía rayas verticales de color gris. Tenía el pelo cortado al ras como Arregui y usaba barba candado. Me dio mala espina apenas lo vi.

            —Buenas —lo saludé sin extenderle la mano.

            Me sostuvo la mirada, pero no me devolvió el saludo sino que se limitó a inclinar la cabeza. Después se levantó y caminó hasta la puerta. Era grande. Calculé que si se paraba bien derecho llegaría con facilidad a los dos metros de altura.

            —Te veo después, Néstor —dijo antes de salir. Tenía voz ronca, de fumador.

            Arregui le hizo una seña con la mano y el tipo se fue. Me quité el abrigo, lo dejé sobre una de las sillas y me senté en la otra. Arregui metió unos papeles dentro de una carpeta, la cerró y la guardó en uno de los cajones del escritorio. Abrió otro, sacó una hoja de papel doblada por la mitad y me la alcanzó. Me estiré un poco y la tomé. La sostuve en la mano y lo miré, interrogándolo.

            —Lea, Martínez —dijo—. Después hablamos.

            Abrí la hoja y leí lo que estaba escrito en ella. Era la impresión de un correo electrónico.

 

————— Original Message —————

From: <gracielabertoldi@ bertoldipropiedades.com.ar>

To: “Néstor Arregui” <nestor.arregui@gmail.com>

Sent: Wednesday, Jul 22, 2011 8:55 PM

Subject: cadenas rotas

 

Néstor, sé que las cosas entre nosotros no terminaron bien pero espero que eso no impida que podamos llegar a un arreglo. Como te dije ayer por teléfono, necesito que me ayudes con este tema. Sé que podés hacerlo. Estoy segura de que no te vas a negar sabiendo lo importante que es para mí solucionarlo (y para vos también). Lo que te pido no es otra cosa que lo que se me debe, quizá menos. Graciela

______ Información de ESET NOD32 Antivirus, versión de la base de firmas de virus 5125 (20110815) ______

             

Al empezar a leer se activó una alarma en mi cabeza que fue aumentando el volumen a medida que avanzaba en la lectura y acabó en un chillido estridente cuando llegué al final. Bertoldi no utilizaba su correo electrónico, ella misma me lo había dicho, y a menos que una de sus chicas fuera una espía entrenada, eso había sido escrito por alguien más. ¿Liniers? Podía ser. Era probable que Arregui lo supiera y por eso me pedía que lo encontrara antes que la policía, pero no dije nada, por supuesto, aunque las palabras de Lemos, que Alejandra sin saber había repetido la noche anterior, eran como un cartel de neón que flotaba sobre un fondo negro. NO TE METAS repetía el cartel mientras titilaba y rebotaba contra las paredes de mi pantalla mental, como la leyenda del reproductor de DVD cuando lo ponías en pausa por demasiado tiempo.

            Leí el correo dos veces y lo primero que noté fue la diferencia entre las fechas, pero imaginé que Arregui lo habría impreso para mí o lo había reenviado desde otra dirección de email. Cuando terminé doblé la hoja y la dejé otra vez sobre el escritorio. Nos miramos en silencio. Mantuve mi boca cerrada y esperé a que él hablara.

            —Yo no la maté, si es lo que está pensando —dijo.

            —No estaba pensando en nada —mentí—, pero a la policía esto podría interesarle mucho.

            —Lo sé, por eso lo llamé.

            —¿Quién más sabe de este correo?

            —Por ahora usted y yo —dijo—, pero estoy seguro de que eso va a cambiar muy pronto.

            Se lo veía muy preocupado. Yo no dije nada y él continuó:

            —La policía lo va a averiguar tarde o temprano, si es que ya no lo saben, por eso lo llamé Martínez, necesito de su ayuda.

            Me recosté en la silla y saqué un cigarrillo.

            —No veo qué puedo hacer yo —dije.

            —Dentro de dos meses hay elecciones. Si esto sale a la luz me va a perjudicar mucho. Necesito que encuentre a Liniers y aclaremos esto de una vez por todas.

            —¿Piensa que él tuvo algo que ver?

            —Por supuesto.

            Guardé silencio y lo invité a que continuara.

—Quiero que lo encuentre y arregle una reunión, Martínez. Debo resolver este asunto cuanto antes. Si esa información se hace pública y no puedo brindar una explicación convincente estoy seguro de que las cosas se van a poner difíciles.

            —Liniers estuvo con la policía —dije—. Lo encontraron en el departamento de Bertoldi. Le hicieron algunas preguntas, él las respondió y lo soltaron. Aparentemente lo que les contó los dejó tranquilos.

             —Pensé que usted lo iba a encontrar primero —dijo con cierto disgusto.

            —Yo también.

            —Martínez, este asunto es muy delicado.

            —Lo sé, lo sé.

            —¿Dónde está?

            —¿Quién, Liniers? En su casa supongo. Vive en Pinamar.

            —¿Usted lo vio, habló con él?

Estuve a punto de decirle que Liniers no estaba solo, pero decidí guardarme el nombre de Lemos un poco más.

            —No. Averigüé donde vive, pero fui hasta la casa y no había nadie. Parece que estaba de viaje. Después me enteré que el viernes lo encontraron acá.

            —¿Se enteró? ¿Cómo que se enteró?

            —Un amigo, alguien que tiene acceso a cierta información.

            —Necesito hablar con él, Martínez

            —¿Con quién? ¿Con mi amigo? No, eso es imposible.

            —No, con él no —hizo un gesto de impaciencia—, con Liniers.

            —La dirección de la casa y el número de teléfono están en su correo, Arregui, se los mandé esta mañana —dije.

            —Ah, sí... es que no tuve tiempo de abrirlo todavía —dijo. Luego de una breve pausa agregó—: Se imaginará que en este momento no puedo involucrarme en ese tipo de situaciones.

            Se recostó en su sillón y se quedó mirando el suelo. Estuvo así durante algunos segundos hasta que apagué el cigarrillo en el cenicero de bronce y el movimiento lo distrajo.

            —Necesito su ayuda, Martínez —dijo.

            Me tomé mi tiempo para responderle. Lo único que tenía era la información que Garrido me había proporcionado, la que yo mismo había recolectado durante la semana que había vigilado a Graciela Bertoldi y la teoría de Matías Lemos. No era mucho. En realidad era muy poco y necesitaba más datos. En principio saber cuál era la otra versión, la de Arregui. No esperaba que me lo dijera todo, pero con un poco de suerte podría llegar a completar los espacios vacíos.

—¿Por qué no empieza contándome de qué va eso? —dije señalando la copia del correo electrónico.

Arregui se enderezó y apoyó los codos sobre el escritorio. Yo me acomodé en la silla y me dispuse a escuchar.

—La deuda a la que se refiere en ese correo es un tema de dinero de vieja data. Lo que no está ahí, pero sí mencionó cuando hablamos por teléfono, es un disco que contenía cierta información, una que también la comprometía a ella aunque, claro, ahora eso ya no tiene ninguna importancia. Supongo que los motivos que la llevaron a contactarse conmigo después de tanto tiempo habrán sido muy urgentes. Graciela fue muy inteligente al no escribirlo en el correo.

            —¿Qué tipo de disco es? ¿Qué contiene? Si es que existe —pregunté.

            —Un pendrive. Contenía la grabación de una conversación telefónica que mantuvimos con cierta persona del gobierno. No hubo coimas o algo por el estilo, nunca nos pidieron nada. Cuando se abrió la licitación de la Terminal se presentaron dos empresas, la mía y Emepe, una compañía privada de capital extranjero, chilena. Sabíamos que ellos no contaban con infraestructura suficiente como para hacer frente a semejante obra, pero tenían contactos y eso les allanaba el camino. Nosotros, por otro lado, podíamos comenzar de inmediato —hizo una pausa corta y continuó—: Hubo una reunión secreta con el señor Equis, llamémoslo así, en Junín de los Andes. A las dos semanas hablamos por teléfono y se nos comunicó que las cosas seguían su curso normal, pero que la licitación prácticamente era nuestra.

            Encendí otro cigarrillo y me acomodé en la silla. Arregui se aflojó el nudo de la corbata y siguió hablando:

            —Como se imaginará, lo grave del asunto es que esa conversación telefónica tuvo lugar mucho tiempo antes de que se dieran a conocer los resultados de la licitación. Si bien la posibilidad de que mi empresa ganara el trabajo dependía de muchos factores y no era algo seguro, es más que obvio que para alguien del gobierno era de suma importancia que Emepe no ganara. Y nosotros no estábamos en posición de rechazar la oportunidad de conseguir ese contrato. Al final lo obtuvimos, pero no sabría decirle si fue en buena ley o si recibimos ayuda. La gente de Emepe no estaba nada satisfecha con el resultado de la licitación e iniciaron acciones legales. No sé si por intuición o fuga de información, pero su argumento fue que nosotros habíamos arreglado con el gobierno para quedarnos con el trabajo —explicó—. Nunca lo pudieron probar.

            Estuve a punto de preguntarle si la razón era que no había nada que probar, pero me callé la boca. Yo tenía mis luces, pero no era un genio, eso estaba claro, sin embargo, si pretendía hacerme creer que “la gente del gobierno” no le había pedido nada a cambio de un negocio de ciento setenta millones, ahí el tonto era él.

            —¿Qué tiene que ver Graciela Bertoldi en todo eso? —pregunté.

            —En ese momento éramos socios y ella estuvo en casi todas las reuniones. La idea de grabar esa última conversación fue suya. No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar y pensó que era buena idea tener un registro. A mí me pareció bien.

            —¿Qué dicen sus abogados?

            —¿Sobre esto? —dijo mirando la copia del correo—. No saben nada, todavía no hablé con ellos.

            —¿Por qué le dio el pendrive a Bertoldi? —pregunté.

            —Nunca estuvo en su poder. Lo guardé un tiempo y lo destruí cuando las cosas se calmaron. Graciela quiso hacerme creer que tenía una copia, pero eso era imposible. Al final pensé que quería asustarme para sacarme dinero, por eso no le di mucha importancia.

            —Pero no está seguro.

            —No, no realmente.

            —¿Y la deuda es real, le debía plata?

            —Técnicamente no, era un acuerdo de palabra. Cuando disolvimos la sociedad dijo que no quería nada.

            —¿De qué cantidad estamos hablando?

            —Mucho. Un millón y medio.

            La alarma en mi cabeza seguía sonando, no tan fuerte ahora, pero estaba ahí. Arregui parecía sincero, pero Graciela Bertoldi no estaba para confirmarlo.

—Eso es mucha plata —dije—. ¿Se la dejó así nomás?

—Graciela era especial Martínez, una mujer que prefería el borrón y cuenta nueva a meterse en situaciones desagradables. Había tenido mucho de eso en su vida y le costó superarlo. El dinero no le importaba demasiado. Ella tenía bastante y yo me aproveché de la situación.

Tomé la hoja que estaba sobre la mesa, la sacudí con fuerza y la devolví a su lugar.

—Si esto sale a la luz las cosas se van a poner feas, con o sin pendrive.

            Arregui sonrió, apenas un poco.

            —Ya lo creo, sobre todo porque la voz de la grabación falleció hace algunos meses.

            Mi expresión debe haber sido de asombro porque enseguida aclaró:

            —Tuvo un accidente de auto Martínez, no se imagine cosas raras.

            —Yo no imagino nada, pero convengamos que todo esto no lo deja muy bien parado —dije—. Bertoldi le envía ese correo, al poco tiempo aparece con un tiro en la cabeza y ahora me dice que la persona que hizo el arreglo de la licitación se mató en un accidente de auto. A los polis no les va a costar nada sumar dos más dos y apuntarle con todos los cañones, Arregui.

            —Lo sé, por eso es imperioso encontrar a Liniers.

            —¿Qué le hace pensar que él sabe algo del asunto?

            —Era su socio en la inmobiliaria, andaban para todos lados juntos y sé que pensaban encarar un proyecto grande, la construcción de un complejo de cabañas en la costa y unos dúplex acá, en Mar del Plata. Estoy seguro de que el pedido de Graciela fue en parte inducido por ese hombre. Quizá ella se arrepintió y por eso él la mató.

            —Está muy informado respecto de las actividades de su antigua socia.

            —Sí, de las suyas y de todos los potenciales competidores, Martínez.

            —Claro, me imagino —dije—. ¿Y de verdad está seguro de que él la mató, que no fue suicidio?

            —Absolutamente —dijo—. ¿Qué otra explicación puede haber?

            —Arregui, yo sería más cuidadoso con ese tipo de acusaciones —dije—. Hasta ahora no existen pruebas de que haya sido un asesinato. Bertoldi tenía un hermano, quizá él tuvo algo que ver —lancé como al pasar. Esperaba activar algo, cualquier cosa que lo pusiera en evidencia, pero su reacción me desconcertó.

            —¿Quién? ¿Matías? —preguntó con genuino asombro—. No, ese es un inútil que no sirve para nada, además no creo que haya estado al tanto de este tema, Graciela era muy cuidadosa en ese sentido.

            —¿Recibió algún otro mensaje aparte de ese correo?

            —No. Graciela me llamó por teléfono en varias oportunidades diciendo que necesitaba tratar un asunto importante y que quería reunirse conmigo. Me negué y por un tiempo dejó de llamarme. Me había olvidado del tema hasta que llamó otra vez insistiendo con reunirnos y conversar. Le corté y al día siguiente me llegó ese correo.

            —¿Volvieron a hablar después de eso?

            —Sí, la llamé al otro día.

            —¿Y?

            —Como se imaginará no fue una conversación amistosa —dijo—. Esta vez fue ella la que cortó la comunicación, no sin antes decirme que si íbamos a hablar que fuera en persona —hizo una pausa muy breve y continuó—. Pensé que estaba forzando la mentira hasta el límite, pero decidí asegurarme.

            Hice una nota mental sobre la palabra que él había escogido para resolver el asunto Bertoldi: “Asegurarme

            —¿Asegurarse? —pregunté.

            —Sí, por eso lo contraté —dijo—. Se me ocurrió que de esa manera podría averiguar algo sin exponerme y en poco tiempo darle un corte a la situación.

            Hice otra nota mental, esta vez de la palabra corte. Pensé que si Arregui había mandado silenciar a Graciela Bertoldi y no quería ser descubierto, tendría que decir precisamente todo lo contrario, pero por otro lado, si él podía probar que no tenía nada que ver con el asunto, su discurso lo presentaba como una víctima de las circunstancias y nada más.

            —Lo extraño es que ella se haya pegado un tiro ¿No le parece? —dije.

            No quería sonar mal, pero fue inevitable. Arregui me miró como si hubiera adivinado la idea que se escondía detrás de esa pregunta en apariencia inocente, una que me daba vueltas por la cabeza desde mi visita a Matías Lemos: Para matarla sin que fuera tan evidente, Arregui tendría que haber esperado un poco más, pero ese era un riesgo demasiado alto. Descubrir si la amenaza del disco tenía consistencia lo obligaba a quedarse quieto y las probabilidades de que algo saliera mal eran de cincuenta-cincuenta, mucho cuando lo que estaba en juego era tan grande.

Si estaba en lo cierto, ahora él necesitaba una cabeza de turco y Liniers le venía como anillo al dedo. Lo que no quise pensar en ese momento fue qué parte me tocaba jugar a mí en el asunto y cómo podría terminar si las cosas se desbarrancaban sin remedio.

            —Ella no se mató Martínez, se lo puedo asegurar, yo la conocía mucho —dijo—. Graciela tenía cáncer. Hacía tiempo venía luchando contra la enfermedad y la controlaba bastante bien. Sé que pensaba viajar al exterior para iniciar un tratamiento y nunca hubiera pensado en el suicidio como una alternativa.

            Me quedé sin palabras. Me dije a mí mismo que antes de hacer nada más necesitaba tiempo para evaluar todo lo que ahora sabía, tocar algunos botones y ver qué pasaba.

            —Bien. Respecto a Liniers quédese tranquilo, yo me encargo de él —dije—. Usted ocúpese de sus cosas. En dos días lo llamo.

            —Martínez yo no puedo quedarme sentado a esperar que la bomba explote, tengo que hacer algo.

            —¿Y qué va a hacer? Además de dejar que yo haga mi trabajo, que para eso me contrató ¿O no? —dije—. Usted se va a quedar piola, va a dar esos lindos discursos a los que tiene acostumbrada a la gente y a sacarse fotos para los diarios. Yo me ocupo del resto.

            —No creo que sea buena idea.

            —Es una idea excelente, sin mencionar que por ahora es lo único que puede hacer. Si Liniers tuviera una copia de ese pendrive ya se habría puesto en contacto con usted, pero no creo que lo tenga —tomé la hoja con la impresión del correo y me la guardé en el bolsillo—. Y por esto no se preocupe —aseguré—, si la policía estuviera al tanto ya habrían venido a buscarlo. Liniers no les dijo nada, si es que sabe algo.

            Me levanté de la silla, me puse el abrigo y caminé hasta la puerta.

            —Dos días —dije antes de salir—. Yo lo llamo.

 

18

 

Cuando dejé la oficina de Arregui la secretaria robot seguía ausente. La chica de abajo sí estaba, pero cuando pasé por su lado y caminé hasta la puerta ni se molestó en mirarme. Los vendedores habían regresado, pero como no había clientes a los que atender estaban reunidos frente a una computadora con cara de aburridos y las manos en los bolsillos.

El auto estaba encerrado entre otros dos vehículos y luego de un esfuerzo considerable conseguí sacarlo a la calle e irme. Pasé por la oficina, agarré la computadora y me fui a casa. Alejandra salía de trabajar a las ocho y habíamos arreglado que la pasara a buscar por el estudio para ir a cenar, así que tenía algo de tiempo. Me di una ducha rápida y al salir del baño me preparé un café y me senté en el sillón del living. Mientras estaba ahí sentado me dediqué a ordenar mis notas mentales.

Arregui afirmaba que Bertoldi no se había suicidado y le endilgaba el muerto a Liniers. Lemos, por otro lado, estaba seguro de que la habían asesinado por orden de Arregui. Y estaba el asunto de quién había enviado el correo electrónico. Con Graciela Bertoldi fuera de la escena era difícil probar que ella no lo había escrito, pero por el momento decidí tomar eso como cierto. Aunque Arregui había dicho que Lemos era un idiota yo no estaba tan seguro. Lemos no parecía ser ningún boludo y además estaba al tanto de todo. Todavía no conocía la versión de Liniers pero tenerla tampoco me serviría de mucho. Lemos le habría contado de mi visita y tendría algo preparado en caso de que yo o alguien más fuera a hacerle preguntas. La nota que Garrido había encontrado en el chalet era muy interesante y el mensaje era para Matías Lemos, no había dudas sobre ello. Sin embargo, lo del billete me tenía intrigado. Quizá era parte de un código que sólo él podría comprender, pero la verdad era que podía significar cualquier cosa. Incluso era posible que Bertoldi no hubiera terminado de escribirlo y al estar incompleto fuera indescifrable.

Uno de ellos mentía, estaba seguro, pero todavía no lograba darme cuenta cuál de los dos. Debía investigar un poco más y no tenía mucho tiempo. Era fija que Arregui no se iba a quedar quieto como le había pedido. A las siete y media me vestí y salí. Cuando estaba por subir al auto sonó el celular. Era Garrido.

—Se acabó, pibe —dijo.

—¿Qué cosa?

—El caso Bertoldi.

—¿Qué pasó? —pregunté. Por un momento pensé que Lemos o Liniers habían cantado todo.

—Negocios. El juez no quiere quilombos, piensa bajarse del sillón y meterse en política. Parece que le hicieron una propuesta interesante, así que al no haber encontrado nada que justifique continuar con la investigación la cosa queda en suicidio y listo. Caso cerrado, no se gasta guita y todos contentos.

Estuve a punto de preguntarle cómo se había enterado de eso, pero me quedé en el molde. Garrido era un tipo piola pero muy celoso de su trabajo y de los secretos que corrían por los pasillos de tribunales.

—¿Qué pasó con el hermano de Bertoldi?

—¿Lemos? Se borró. Después del funeral retiró algunas cosas del chalet y lo entregó. También vaciaron el departamento. No sé nada más.

—¿Se fue?

—Sí.

—¿A dónde?

—Yo qué sé, al Caribe. La hermana le dejó todo, dos palos en el banco y un par de casas en la costa.

            —¿Y Liniers?

            —Ni idea, se habrá ido con él ¿Por?

            —Nada —dije—. Me parece raro.

            —¿Raro? ¿Por qué? ¿Averiguaste algo más?

            —No, pero cuando estuve con él en la casa no parecía que planearan irse a ningún lado.

            —Será porque no eran millonarios —dijo mientras lanzaba uno de sus característicos chillidos de mono—. ¿Vos que hubieras hecho?

            —Sí, puede ser.

            —Por ahí no se fueron a ningún lado y siguen en Pinamar.

            —Mejor, queda más cerca que el Caribe.

            —¿Qué? ¿Los vas a ir a visitar de nuevo?

            —Quizá.

            —Ya fue Enrique, olvidate.

            —No puedo, mi nueva misión es encontrar a Liniers —dije—. ¿Sabés a quién le dejaron el departamento?

            —Sí, lo tiene Olivares-Reginatto.

            —¿Y el chalet?

            —igual.

            —Bien. Gracias.

            —De nada. Me voy que hoy tenemos joda loca en casa, es el cumpleaños de la vieja y me toca hacer el asado. Chau, pibe.

            —Chau gordo.

Me quedé algunos minutos pensando en lo que Garrido me había dicho. Algo no me cerraba, pero no tenía sentido seguir dándole vueltas al asunto, al menos no en ese momento. Puse el cerebro en neutral, encendí el motor y fui a buscar a Alejandra.

 

19

 

Lemos había dicho que él no tenía el disco y por lo visto tampoco lo tenía Liniers ya que nadie se había comunicado con Arregui para continuar con la supuesta extorsión. Si la teoría de Matías Lemos sobre el asesinato era cierta, las esperanzas de probarlo se habían esfumado con la decisión del juez de cerrar la causa como suicidio. Por otro lado, estaba el asunto del disco. Si es que existía y lo que Arregui dijo que contenía era verdad, algo que yo no creía, por supuesto. Y el correo electrónico no servía de mucho si el disco no aparecía.

Lo de la herencia me tenía intrigado ¿Por qué Graciela Bertoldi se arriesgaría a enfrentarse a un tipo como Arregui si tenía esa cantidad de dinero en el banco? Y una pregunta mucho más interesante era por qué hacerlo si pensaba matarse y dejarle todo al hermano. No tenía sentido. La policía no había encontrado indicios de violencia en la escena del crimen por lo que la conclusión era sencilla, o Graciela Bertoldi se había suicidado en un arranque de desesperación que nadie hubiera sido capaz de anticipar o la había asesinado alguien que ella conocía. La clave era el motivo y el único que parecía tener uno era Arregui.

            Esa noche Alejandra tenía trabajo atrasado y prefirió quedarse en su casa. Me di una ducha, me puse el pijama, me serví un whisky doble y repasé la información del caso en voz alta mientras daba vueltas por el departamento. Eso me ayudaba a ver las cosas en perspectiva y en ocasiones anteriores me había llevado a descubrir detalles importantes.

            Dos horas más tarde estaba medio borracho y no había conseguido nada. Lo único que podía servir como pista era la nota que Garrido había encontrado en el chalet y el ruido que la señora Mercedes Iraola había oído antes del disparo, la noche del supuesto suicidio. Una podía ser una nota a medias, irrelevante, que no tenía nada que ver con la muerte de Bertoldi, y el ruido que oyó la señora Iraola ser sólo eso, un ruido. Tenía la cabeza embotada y estaba muerto de hambre, así que me di otra ducha para despejar la cabeza, me cambié de ropa y salí a cenar. Cerca del departamento había una pizzería que todo el año abría hasta tarde, incluso los días de semana, y que yo visitaba de vez en cuando. El dueño era un viejo de setenta años que se llamaba Juan Spenatto y era muy amigo mío. Decía que yo le recordaba a un hijo suyo que vivía en Italia y quizá por eso siempre le ponía ajo extra a mis porciones de napolitana.

            Se llamaba Pizza Quick. El local tenía tres mesas contra el ventanal que daba a la calle y dos barras en medio del salón. Me ubiqué en una que estaba contra la pared y pedí tres porciones de pizza y una cerveza Quilmes de medio litro. Era tarde y el local estaba vacío. Juan salió de la cocina, me vio y vino a sentarse conmigo.

            —Hola Enrique —saludó dándome un golpecito en la espalda.

            —Hola, Juan ¿Cómo le va?

            —Bene, bene, noche tranquila hoy ¿Vos cómo estás?

            —Tranquilo nomás. Estaba trabajando y me dio hambre.

            —Molto bene —dijo riéndose fuerte. Juan era tan argentino como Alejandra o como yo, pero le gustaba mezclar los idiomas, aunque se cansaba enseguida—. ¡Viniste al mejor lugar para eso! —me dio una palmada en el hombro que casi me tumba de la silla. A pesar de la edad todavía tenía fuerza. En una época había practicado boxeo y cuando te pegaba, aunque fuera despacio, lo sentías.

—¿Y Alejandra? —preguntó.

            —En su casa, tiene que laburar —dije—. Me pidió que pasara más tarde, por eso vine a picar algo y hacer tiempo.

            —Bene, bene. ¿Y? ¿Qué más?

            No pude evitar reírme. El viejo era una máquina de hacer preguntas.

            —Nada nuevo, Juan —dije—. Mucho trabajo, por suerte, y sigo pensando en escribir un libro.

            —¡Ah! Un libro ¿Una novela?

            —Sí.

            —¿De qué se trata?

            —De policías y ladrones, pero todavía no sé por dónde empezar.

            —¡Bah! Eso es fácil —dijo—. Mirá, matás a alguien y ponés a un montón de canas a investigar. Podés ser uno de ellos o meter a un detective privado que pase un buen rato dando vueltas, haciendo preguntas y elaborando teorías. Después escribís doscientas páginas de más investigación, mucho diálogo irónico e inteligente y algunas escenas de sexo salvaje. Por último largás una pista clave, así de casualidad, que es la que lleva a resolver el crimen. Elegís quién es el que la encuentra y la sigue para descubrir todo y listo, tenés tu libro.

            —¡Ja! Puesto así suena fácil —protesté—, el tema son las doscientas páginas.

            —Eso también es fácil Enrique, una papa. —dijo chasqueando los dedos—. No lo hago yo porque no me gusta escribir y tampoco tengo tiempo ni paciencia.

            —¿Tan fácil? ¿Le parece?

            —¡Pero sí! Me extraña, che. Vos sabés que así se resuelven la mitad de los casos reales: de pedo o porque alguien larga algo. De la otra mitad, una parte queda en la nada y el resto depende de la cantidad de guita y amigos que tenga el sospechoso.

            Alguien entró al local y Juan volvió a meterse a la cocina. Mientras estaba ahí sentado pensé en lo que me había dicho. Podría comenzar con su idea. Era tan buena como cualquier otra y quizá no fuera tan difícil escribir el libro después de todo. Hacía tiempo que eso me daba vueltas por la cabeza, pero nunca me lo había planteado seriamente. Se me ocurrió que podría tomar el caso Arregui como inspiración. Todavía no sabía cómo iba a terminar, pero me podía inventar las partes que faltaban. Acabé lo que quedaba de la cerveza, pagué la cuenta y volví a casa con dos o tres líneas de arranque que me parecían bastante buenas.

            Pero esa noche no escribí nada. Cuando salí de la pizzería pasé por el departamento de Alejandra y encontré la puerta abierta. Empujé un poco, apenas lo suficiente como para poder mirar el interior. Todas las luces estaban apagadas y la claridad que entraba por la ventana no era suficiente para ver bien. Se me cruzaron un montón de ideas locas por la cabeza, pero intenté controlarme y mantener la calma. El corazón me latía como loco dentro del pecho y el “bum bum” de las pulsaciones aceleradas retumbaba dentro de mi cabeza como el tambor de un africano rabioso en pleno ritual Kanguram.

            —¡Alejandra! —grité.

Abrí la puerta de un empujón y di dos pasos dentro del departamento. Casi de inmediato alguien se me acercó por detrás y apoyó algo en mi espalda. En ese momento no supe si era una pistola o un cuchillo y la verdad no me importaba. Mi corazón dejó de latir y por un segundo pensé que iba a caer al suelo ahí mismo. Muerte súbita por emoción violenta escribiría el médico después de mi autopsia. Sin embargo, el músculo volvió a la vida y la adrenalina inundó mi cuerpo, como si me hubieran dado una inyección de algo muy frío que me recorrió las piernas, los brazos y el cuello. Los vellos de mi nuca y antebrazos se erizaron como los de un perro que presiente un peligro cercano e inminente.

Comencé a sudar y una serie de imágenes borrosas cruzó frente a mis ojos en cámara rápida. Mi cerebro se apagó, al menos la parte consciente, y pude sentir como un instinto irracional me invadía, anulaba cualquier rastro de civilización y dejaba lugar sólo para el animal primitivo. Los músculos se tensaron y mi cuerpo se preparó para enfrentar a lo desconocido. Quien estaba detrás de mí debió darse cuenta porque en ese momento se acercó y susurró en voz baja:

            —Quieto.

Una oleada de perfume se coló por mi nariz. Lo conocía, era el que usaban Alejandra y Mercedes Iraola. El aroma se mezcló con el acre olor de mi transpiración y me tomó dos segundos completos entender qué pasaba.

            —¿Te asustaste, papi? —dijo Alejandra con los labios pegados a mi oído izquierdo.

            Me dio un mordisco en el lóbulo y se largó a reír. Fue hasta la puerta, la cerró y encendió la luz. Me di la vuelta y la miré. Tenía un camisolín transparente color verde claro y nada debajo. 

            —Esta es mejor que la tuya —dijo levantando el índice y el dedo medio imitando el caño de una pistola.         

            —Sos una hija de puta —le dije.

Caminé hasta ella, la tomé por la cintura y la besé. Caímos juntos sobre el sofá de la sala, entre besos y risas, mientras yo intentaba quitarme la ropa sin caer al suelo. La broma, que casi me mata del susto, me había dejado listo para la guerra y tenía energía de sobra. Nos pasamos los siguientes veinte minutos revolcándonos por todo el departamento y terminamos tirados en la cama, exhaustos y relajados como si hubiéramos corrido una maratón.

El reflejo de la luna se colaba por la ventana y el sonido apagado de la ciudad llegaba hasta nosotros amortiguado, como un zumbido lejano y constante, mientras las luces de la calle creaban sombras indefinidas contra las paredes de la habitación. Alejandra giró, colocó un brazo sobre mi pecho desnudo y acercó su cuerpo como si quisiera fundirse con el mío. Yo puse una pierna entre las suyas y la abracé por los hombros. El perfume de su crema de enjuague me hizo pensar en una pradera verde que acababa en un lago azul, al que los rayos del sol arrancaban destellos a su superficie, como si fueran flashes de pequeñas cámaras fotográficas. Me imaginé tirado sobre el mullido césped, cerca de la orilla, con el sol acariciando mi rostro y nubes blanquísimas atravesando el cielo. Cerré los ojos y estuve a punto de quedarme dormido.

Fue ella la que me transportó de regreso con su voz suave y sedosa.

            —¿Cuánto hace que no me decís “Te Amo, Ale”?

            —Te lo voy a decir en dos segundos—dije—. Uno…, dos…, Te amo, Ale.

            —Bobo, sabés que no me refiero a eso —protestó con dulzura—. No vale si me lo decís porque yo te lo pido. A veces quisiera que fueras más abierto conmigo.

            —¿Más abierto?

            —Sí, abierto, demostrativo, no tan frío, más comunicativo. Estoy segura de que ahí adentro hay mucho más de lo que me dejás ver —dijo dando golpecitos sobre mi esternón.

            Lo que decía Alejandra era cierto, me resultaba difícil hablar de mis sentimientos. Supongo que siempre había sido así y me costaba cambiar, pero podía, y con un mínimo esfuerzo. Yo lo sabía y ella también, o lo intuía, que para el caso era lo mismo.

Alejandra era especial y en ella había encontrado a alguien que me dejaba ser yo mismo sin pretender cambiarme. Lo único que hacía cada tanto era eso, decirme las cosas que le gustaría que yo hiciera, aclarando que su única intención era informar y nada más. Yo conocía mis puntos flacos y sabía que ella merecía un esfuerzo de mi parte por ser “un poco más humano” como me decía a mí mismo a veces.

Quiero algo de vos. Algo tan tuyo que no le hayas dado a nadie más. Algo de vos y sólo para mí”, me dijo una vez. Yo no terminaba de entender a qué se refería. Durante un tiempo pensé que podría ser algún secreto, pero esas ideas me llevaban a terrenos cada vez más confusos. “Cuando llegue el momento lo vas a saber”, dijo aquella vez al ver el esfuerzo que yo hacía por encontrar la respuesta.

            —Sí que hay —dije—, hay muchísimo más ¿Querés que te muestre?

—No, no lo hagas —me atajó ella, casi en un susurro—, todavía no, a veces es bueno un poco de misterio.

 

20

 

Las respuestas a mis preguntas no iban a llegar solas, así que decidí ir a buscarlas. No tenía mucho por dónde empezar más que el mensaje de la libreta que Garrido había encontrado en el chalet y el sonido que Mercedes Iraola escuchó la noche en que murió Graciela Bertoldi. Tampoco podía descartar la teoría de Arregui de manera definitiva, pero ésta perdía cada vez más fuerza. Eran piezas sueltas sin orden aparente. La alternativa que se me ocurría para intentar armar el rompecabezas era volver a Pinamar e indagar otra vez a Lemos. Estaba seguro de que no podría decirme mucho más, salvo la ubicación de Liniers, aunque suponía que se iba a negar, sobre todo después de mi última visita. De todas maneras, eso fue lo que hice.

Llegué a la casa poco antes de mediodía. Estacioné en la otra esquina y fui caminando. El Peugeot estaba en la cochera y por la capa de polvo que tenía encima supuse que no lo habían movido en toda la semana. Toqué timbre dos veces y esperé, pero nadie atendió. La ventana del living seguía baja y a pesar de que algunas rendijas eran lo bastante grandes no pude ver nada del interior de la casa. Esta vez la puerta sí estaba cerrada con llave.

A un costado de la casa había un caminito de lajas que llegaba hasta una puerta de madera de un metro de alto adosada al alambrado. Daba al jardín trasero y estaba cerrada con candado. Mi primer impulso fue romperlo, pero en lugar de eso salté hacia el otro lado, no sin cierto esfuerzo. Aterricé en una pila de cartones y me quedé parado ahí con los músculos en tensión. Rogué que al salir al patio no me estuvieran esperando con una ración de perdigones o algo peor. Por un momento imaginé a un doberman macho de cuarenta kilos avanzar a la carrera y castrarme ahí nomás, de un solo mordisco, sin darme tiempo a nada.

            No me di cuenta de que había dejado de respirar hasta que volví a escuchar el ulular del viento entre las ramas de los árboles y el ladrido de los perros, amortiguado por la distancia y el rumor de los coches que circulaban por la calle.

Las ventanas del primer piso estaban cerradas y la única puerta que había en esa parte de la casa daba a la cocina. Miré por la ventana y descubrí el tablero de la alarma. Se encontraba a un costado de la entrada a la cocina y una luz verde brillante titilaba a ritmo pausado. “Si el color es verde no está activada” pensé. En contra de todos mis pensamientos, pero fiel a mi costumbre de hacer cosas que no debo, tanteé la puerta. Estaba sin llave.Entré a la casa y saludé a los gritos, pero no tuve respuesta. Recorrí primero la planta baja y después la superior. La casa estaba vacía y revuelta. Había cajas grandes de cartón amontonadas en el living. Eran seis en total y la mayoría estaba llenas de ropa. En otrashabía adornos, cuadros, vasos y platos. Sobre la mesa del comedor encontré una nota escrita a mano:

 

Baires. Hotel Colón

Transfer Ezeiza Ok

 

Dejé la nota sobre la mesa y revisé todos los cajones y huecos en busca de alguna pista, pero no hallé nada. Parecía como si hubieran dejado la mudanza a medias. De pronto tuve una idea interesante sobre el estado en que se encontraba aquella casa, pero me dije que antes de dejarla germinar y crecer hasta quitarme el sueño debía investigar un poco más. Además, Lemos, Liniers o tal vez Mirta Rossi podían aparecer en cualquier momento y no sabría cómo explicar mi presencia allí. Dejé todo como estaba y volví al coche. Decidí quedarme un rato y vigilar. En algún momento alguien tendría que regresar.

Dos horas después un taxi paró frente a la casa. Matías Lemos bajó, caminó hasta la parte de atrás y se quedó esperando. El chofer abrió el baúl sin bajarse del auto y Lemos sacó algo de su interior. Cerró el baúl y saludó al chofer levantando un brazo del que colgaban tres bolsas de supermercado amarillas. Caminó hasta la casa y entró. El taxi giró en U y se fue. Esperé quince minutos y encendí el motor.

Estacioné detrás del Peugeot y caminé hasta la puerta. Estaba por tocar el timbre cuando Matías Lemos abrió y asomó la cabeza.

—Hola, detective.

—Buenos días —saludé.

—¿Qué lo trae por acá?

—Casi lo mismo que la última vez.

—Espero que no vaya a golpearme de nuevo.

Negué con un movimiento de cabeza. Él se hizo a un costado para que yo entrara. Dejó la puerta abierta y nos quedamos de pie en el hall.

—Usted dirá ¿Martínez era, verdad?

—Sí. Necesito hablar con Liniers. En realidad es Arregui el que necesita hablar con él.

—Se hubiera ahorrado el viaje —dijo—. Arregui habló conmigo, me llamó por teléfono. Presentó sus condolencias por la muerte de Graciela, dijo que estaba muy dolido y que si yo necesitaba algo se lo hiciera saber —hizo una mueca de asco—. No le creí nada, por supuesto, pero me guardé las ganas de decírselo.

—¿Dijo algo más? —pregunté.

—Me preguntó si conocía al socio de Graciela y le dije que no, que sabía que ella trabajaba con alguien, pero que nunca lo había visto.

—Tengo que hablar con Liniers —dije—. Arregui está convencido de que ella tenía información delicada y ahora que está...

—Muerta —dijo completando la frase—. Dígalo, no importa.

—Ahora que ella está muerta —continué—, quiere saber si él la tiene o si sabe dónde puede estar, si es que existe.

—Así que de eso se trata. Sólo quiere hablar con él.

—Puede ser —dije—. Mirá, Arregui no está seguro, hubo un disco una vez, pero según él fue destruido. Quizá tu hermana quiso hacerle creer que tenía una copia para que la ayudara o ni siquiera se trataba de eso —hice una pausa mientras pensaba en lo que iba a decir a continuación—. Es posible que todo haya sido una confusión.

Lemos me miró extrañado.

—¿Confusión? —dijo—. ¿De qué confusión me habla? ¿Ese hijo de puta mandó a matar a mi hermana para cubrirse el culo y usted dice que fue una confusión?

Eso no lo sabés. La investigación de la policía concluyó que fue un suicidio.

—Ah, claro, porque si lo dice la policía es verdad, ¿no? No me tome el pelo, Martínez. Váyase de mi casa, hágame el favor, y no vuelva más.

—Necesito hablar con Liniers —dije sin moverme.

—Juan Carlos no le va a decir nada. Con usted no va a hablar y seguramente no le va a gustar que yo sí lo haya hecho —respondió—. Váyase y olvídese de todo. No hay disco, nunca lo hubo y si esa copia existe nosotros no la tenemos.

—¿Dónde está Liniers? —insistí.

—No está acá.

—El Peugeot que está afuera es de él —dije.

—Sí, es de él, pero no está acá —dijo con impaciencia—. Está a la venta ¿Le interesa? —respiró hondo y continuó. Al hacerlo bajó un poco el tono de su voz—: Martínez, Juan Carlos está en Buenos Aires, la semana que viene nos vamos a España, queremos dejar todo esto atrás. Mi hermana me dejó algo de plata, más que suficiente, así que no hay razón para quedarse, no después de lo que pasó. De todas maneras, ese era el plan desde un principio. ¿Está contento? Vaya y dígale a Arregui que no tiene que preocuparse por nosotros ni por ese disco, no lo tenemos y tampoco queremos tener nada que ver con él.

No estaba seguro de que estuviera diciendo la verdad, pero no iba a conseguir más de él por mucho que lo presionara. Lo saludé con un gesto de la cabeza y me fui.

Me quedé a vigilar en el auto. Si Lemos mentía y Liniers estaba con él, en algún momento tenía que regresar. A las once de la noche todo seguía igual. Por el momento Pinamar era una pista muerta. Antes de regresar a Mar del Plata tomé el teléfono y marqué el número de Arregui. No fue una conversación larga.

—Muy bien ¿Nos queda algo pendiente? —preguntó cuando terminé de contarle lo que me había dicho Garrido. Por el momento decidí guardarme lo que sabía sobre Lemos.

Me sorprendió su reacción, o en todo caso su falta de reacción. Se oía como si le hubiera contado algo que él ya sabía. Esto no lo pensé en ese momento sino mucho después, mientras me tomaba un Jack triple tirado en el sofá de casa y barajaba todas y cada una de las pistas que tenía como si fueran cartas de póker.

—No, no, estamos bien —respondí—. Es más, quizá hasta le quede algo a cuenta todavía.

—No se preocupe, tómelo como un bono extra por los consejos de la otra tarde.

—¿Y Liniers?

—Olvídese Martínez, su trabajo terminó. Le agradezco mucho y espero que todo esto quede entre nosotros.

—Por supuesto —aseguré—, pero...

¿Pero qué? ¿Que todavía no había encontrado a Liniers? ¿Que no sabía si el disco existía o no, si el email lo había enviado Graciela Bertoldi o alguien más, en su nombre o a sus espaldas? ¿Que tal vez, más allá de quién lo hubiera enviado, no era más que una amenaza vacía? ¿Que Lemos no era tan estúpido y quizá sabía más de lo que decía? Eso no era problema mío. A fin de cuentas, si Arregui quería seguir investigando o arriesgarse a que todo el asunto le explotara en la cara era cosa de él.

—¿Algo más?—preguntó Arregui.

—No... no, nada más —dije.

Le tocaba hablar a él. Tenía que regalarme otro Gracias o un Hasta luego, pero se tomó dos segundos de silencio extra.

—Adiós Enrique, cuídese.

Abrí la boca para decir algo, pero cortó antes de que pudiera hacerlo.

 

21

 

Las dos semanas posteriores a mi última charla con Arregui fueron bastante aburridas. El único caso que llegó a mi oficina duró apenas una semana y me dejó poco más que para el seguro del coche y los cigarrillos. Una joven universitaria de buena familia se había fugado con el novio y los padres estaban preocupados. Mi misión era encontrarla y convencerla de que volviera a su casa. Encontrarla fue sencillo, los chicos no se molestaban en esconderse, pero persuadirla fue imposible. Al final los padres de ambos se encargaron de eso.

No tenía nada que hacer y esa tarde pensaba sumergirme en dos novelas, la que estaba leyendo y la que había empezado a escribir. Una trataba sobre un grupo comando del ejército alemán que planeaba asesinar a Eisenhower. Era una misión ultra secreta y en la página doscientos sesenta, más o menos a mitad del libro, las cosas marchaban al pie de la letra. La otra, bastante más modesta en contenido y en páginas, trataba sobre un detective privado que trabajaba en un caso de infidelidad y descubría que las intenciones de su cliente iban más allá de querer vigilar a su pareja. En una era el lector y en la otra el escritor. A las dos les daba el mismo tratamiento en cuanto a dedicación, pero el avance era mucho más lento con la segunda.

Antes de salir, por costumbre más que por otra cosa, abrí la página web del diario y navegué por los titulares principales. Me detuve en uno que me llamó la atención. En letras de molde grandes se leía: “Violento y espectacular accidente en la Ruta 11”, seguido por la foto de un amasijo de hierros y plástico de color rojo. La nota no era muy extensa, pero abundaba en detalles como la marca del vehículo, el lugar donde había sido hallado y las diversas hipótesis que, según el periodista que las desarrollaba, explicarían el suceso. Para mí habría sido una más de las muchas que ocupaban la sección policial a excepción de un pequeño detalle. El nombre de las víctimas.

 

            Dos hombres perdieron la vida en un accidente de tránsito a la altura del kilómetro 335 de la Ruta 2 cuando el vehículo en el que se desplazaban, un Peugeot 307 de color rojo, perdió el control, cayó a la banquina y se detuvo después de dar varias vueltas. Ambos hombres fueron hallados sin vida cuando los servicios de emergencia arribaron al lugar. Las autoridades todavía no se explican las causas del accidente que terminó con la vida de Juan Carlos Liniers, de 38 años, y Matías Lemos, de 41. Lemos era el hermano de la recientemente fallecida vedette y actriz Graciela Bertoldi.”

 

            La nota seguía, pero no continué leyendo. Me salió la única palabra que podía decir ante semejante noticia:

            —Mierda.

            Me pasé los siguientes diez minutos mirando la pantalla y verificando si había leído bien los nombres de las víctimas, como si al hacerlo fueran a cambiar por arte de magia. Esa tarde no iba a leer ningún libro y mucho menos escribir. Tomé el teléfono y llamé a Garrido.

            —Hola Gordo.

            —Hola Enrique ¿Cómo estás?

            —Bien, bien —dije—, ¿leíste el diario hoy?

            —A la mañana, pero por arriba ¿Por?

            —Porque Liniers y Lemos están muertos.

            El silencio que siguió era normal así que esperé.

            —¿Qué?

            —Que están muertos —dije—, se mataron en la ruta.

            Más silencio. Imaginé la cara de Garrido, con el ceño fruncido y los ojos entornados, como si intentara resolver un problema complejo.

            —¿Cuándo? —preguntó Garrido.

            Desbloqueé la pantalla de la computadora y busqué la fecha en la página del diario.

            —Ayer a la madrugada, no dice la hora.

            —Que lo parió.

            —Decime que no te parece raro —dije.

            —¿Raro? ¿Por?

            Garrido sabía a qué me refería, yo había sacado el tema de Arregui en varias ocasiones, pero se había mostrado reticente a seguir dándole vueltas a un asunto que para él había concluido.

            —Bueno —dije—, quitando lo obvio, supongo que no es muy raro. La gente se mata todos los días en la ruta, pero convengamos que tres personas que estaban relacionadas con un mismo caso mueran en circunstancias sospechosas en menos de un mes como que te deja pensando, ¿no?

            —Sí —admitió—, la verdad que sí, che.

            —¿Qué vamos a hacer? —pregunté.

            —¡¿Qué vamos a hacer?! —dijo con su típica risita de mono chillón—. ¡¿Nosotros?! ¡Yo no voy a hacer nada!

            —Bueno, me parece que la cosa merece…

            —Pará, pará —me cortó—. La cosa no merece nada, Enrique, dejate de joder. ¿Qué vas a hacer? Vos no tenés nada que ver con eso.

            —Gordo, vos sabés que ahí hay algo raro, no me digas que no.

            No me iba a decir que no. No terminábamos de entender por qué un tipo como Arregui había contratado a un investigador de medio pelo que lo único que hacía era perseguir esposas infieles y chicas rebeldes. Además, había pagado mucho por el encargo, mi trabajo no le había dado nada a cambio, al menos nada que él no hubiera podido conseguir por sí mismo, y a mitad del juego mi objetivo aparece muerto con un tiro en la cabeza. Después me largaban el asunto del disco misterioso, Liniers que no aparecía por ningún lado y ahora, un mes y medio después, las únicas dos personas que podrían explicar algo se mataban en la ruta.

            —Enrique —dijo después de una breve pausa—, si nos ponemos a hacer conjeturas podríamos escribir un libro, pero no hay nada que hacer, vos lo sabés.

            Sí, lo sabía, pero una parte de mí también sabía otra cosa. Ese caso no me iba a dejar dormir. Garrido también lo sabía, me conocía demasiado.

            —A esos dos los hicieron boleta y te juego lo que quieras a que el disco existe y todavía no apareció.

            —¿Por dónde vas a empezar? —dijo—. Y metele que no tengo mucho tiempo.

            —No sé —confesé—. ¿Vos qué harías?

            —¿Yo? —preguntó con asombro—. ¡Me iría a pescar, boludo!

            Escuché que alguien entraba en la oficina de Garrido y le hablaba en voz baja.

            —Me tengo que ir, Enrique —dijo—. ¿Nos juntamos el viernes en casa?

            —Dale. Chau gordo.

            Dejé el teléfono sobre la mesa, encendí un cigarrillo y abrí el archivo donde guardaba la información del caso Bertoldi. Lo revisé todo otra vez y no se me ocurrió nada nuevo.

En ese momento llamó Alejandra y por un rato me olvidé del asunto.

 

22

 

Ese viernes, después de haber masticado un día entero la charla que había tenido con Garrido, me desperté con una idea en la cabeza. Quizá me había llegado en un sueño que no recordaba, porque al principio era algo borroso e indefinido, como una imagen reflejada en la superficie del agua. Salí de la cama, me di una ducha y con el primer sorbo de café esa superficie se volvió de vidrio y pude ver qué reflejaba. La única persona con vida que podría saber algo acerca de todo el asunto era Arregui, pero con él no podía hablar. Estaba en plena carrera hacia la intendencia y no tendría tiempo. Además era mi sospechoso número uno. Si no podía hablar con los muertos, al menos podía intentar con los vivos que los habían conocido. Me vestí y fui a buscar el auto.

            Las oficinas de Bertoldi Propiedades estaban en Falucho al 1200. Era una calle muy bonita, con los tradicionales chalets de frente de piedra a ambos lados, muchos árboles en las veredas y un pequeño hotel que se llamaba La Posada casi a mitad de cuadra. Al parecer seguían tan activas como siempre y la muerte de su dueña no había hecho mella en el negocio. Me pregunté quién se encargaría de llevarlo adelante con ella ausente, pero imaginé que la señora Bertoldi se habría ocupado de ese detalle mucho tiempo atrás.

            La chica que me atendió era la misma que la última vez, pero no pareció reconocerme. No era extraño, había estado ahí una sola vez casi dos meses atrás, y ella me había visto por menos de diez segundos. Me acerqué a su escritorio y me sonrió por encima de la pantalla de su monitor plano de diecinueve pulgadas. Tendría poco más de treinta años. Llevaba el pelo recogido en una coleta que le caía por encima del hombro y llegaba casi hasta el borde del escritorio. Usaba lentes de marco grueso, de color rojo, y casi nada de maquillaje. Los ojos eran oscuros y estaban coronados por dos cejas finitas y cuidadas. Era una linda morocha.

            —Buenos días —dije—, necesito hablar con la dueña o la encargada.

            —Sí, claro, soy yo —dijo ella—. ¿Por qué asunto es?

            —Se trata de Graciela Bertoldi —dije bajando un poco la voz. Tomé una de mis tarjetas y se la entregué.

            Ella dejó de sonreír al escuchar el nombre de su antigua empleadora. Tomó la tarjeta, leyó lo que decía, se levantó y rodeó el escritorio.

            —Venga por acá —dijo.

Se dirigió al pasillo que conducía a la oficina del fondo y yo la seguí. La puerta todavía tenía el nombre de Graciela Bertoldi estampado en el vidrio esmerilado. La chica abrió la puerta, entró y se hizo a un costado para dejarme pasar. Después cerró la puerta y señaló una de las sillas que estaban frente al escritorio. Ella se sentó en el sillón grande, al otro lado.

            —¿Qué puedo hacer por usted, señor Martínez?

            Empezar por ese lugar había sido mi primera idea y la consideraba una buena, pero hasta ahí llegaba. La verdad era que no sabía muy bien qué había ido a buscar. Ya no me podía ir, así que improvisé.

            —Sé que es tarde para decirlo, pero lamento mucho lo que le pasó a la señora Bertoldi.

            Ella asintió varias veces y frunció un poco los labios.

            —Sí, fue una sorpresa para todos —dijo—, nadie se lo esperaba. Aunque uno nunca se imagina que algo así pueda suceder, ¿verdad? —después agregó—: Pasa todo el tiempo, lo sé, pero uno lo ve en la tele y no piensa que…

            No se quebró ni comenzó a llorar, pero estaba triste, eso se notaba, y recordar la muerte de Bertoldi la conmovió. Algo que quizá había logrado mantener a raya hasta que a mí se me ocurrió visitarla y empezar a hacerle preguntas.

            Intenté ayudarla un poco.

            —¿Vos estás a cargo del negocio ahora? —pregunté.

            —Sí… digamos que sí.

            —¿La señora Bertoldi y vos eran…?

            —Mi madre —dijo—, Graciela era amiga de mi madre. Se conocían desde chicas.

            —¿Hace mucho que trabajás acá?

            —Bastante —dijo algo molesta—. ¿Qué necesita, señor Martínez?

Tenía mi tarjeta en la mano y jugaba con ella sobre el escritorio. Me incliné un poco hacia adelante y traté de sonreír, apenas un poco, lo suficiente como para verme amigable, pero no demasiado como para que se viera fingido.

            —Mirá…

            —Andrea.

—Mirá Andrea, no soy policía —dije—, y tampoco trabajo para alguien más.

            Asintió con un movimiento de cabeza y no dijo nada.

            —Estoy investigando algunas cosas, detalles que no cierran. Una especie de cruzada personal. Sé que te puede sonar extraño, pero es la verdad.

Ella enarcó las cejas, sorprendida.

            —No le entiendo, señor Martínez.

            —La señora Bertoldi se suicidó —dije sin pensarlo dos veces—. Esa es la versión oficial, pero yo todavía no me lo creo.

            La chica guardó silencio y se acomodó en el sillón. Parecía estar pensando qué decir a continuación. Yo era un extraño y no había tenido mucho tacto al decirle el motivo que me llevaba a hacerle esa visita.

            —Sigo sin entender qué necesita, señor Martínez.

            —¿Qué tan bien la conocías?

            —¿A Graciela?

            —Sí.

            —Hablábamos mucho —dijo—, sobre todo acá —señaló la habitación—. Del negocio y los planes que tenía para el futuro.

            —¿Sabías que estaba enferma?

            —Sí, cáncer, pero lo tenía controlado —dijo—. Yo la acompañé al último chequeo y salió todo bien.

            —¿Y no parecía…?

            No tuve que terminar la pregunta, ella entendió.

            —No —dijo—. ¿Usted piensa que ella…?

            —No, no —respondí—. Yo no pienso nada. Sólo trato de entender algunas cosas.

            —Bueno, no. No estaba deprimida ni nada —dijo—. Es más, estaba planeando un viaje.

            La idea pasó por su mente en una milésima de segundo, lo pude ver en sus ojos. La relación directa entre un viaje y la muerte. No quería hacerla sentir mal, aunque estaba seguro de que esa idea se iba a quedar con ella un buen rato.

—¿Lo conocés a Néstor Arregui? —pregunté.

No hubo una reacción inmediata. No parpadeó varias veces, ni se tocó la nuca o carraspeó y se revolvió en la silla con incomodidad. No hubo nada de eso, pero sí algo. Levantó las cejas y apretó la mandíbula con fuerza. Podía ver como se movían los músculos de la carretilla. Estaba masticando ideas.

—Sí, Graciela me habló de él en varias ocasiones —respondió—. Fueron socios hace tiempo y creo que no terminaron muy bien —bajó un poco la voz, como si fuera a confesar un secreto—. Ella estaba enojada con él, Arregui le debía muchísima plata.

—¿Y Graciela no te dijo si tenía intenciones de cobrar esa deuda o… no sé, que le haya propuesto algo a Arregui?

Traté de sonar casual y distendido, como si estuviera elaborando conjeturas en voz alta, pero la chica no era tonta.

—No, no tengo idea —dijo—, y de haberlo hecho no me lo habría contado. Graciela era muy reservada con sus asuntos personales.

—Claro.

Ella sabía algo, pero era evidente que no me lo iba a decir.

Intenté con otro nombre.

            —¿Y Juan Carlos Liniers?

            —¿Liniers? —preguntó con una leve expresión de sorpresa. Miró mi tarjeta una vez más y sonrió—. Juan Carlos es una especie de socio, hacían algunos negocios juntos. Hace tiempo que no lo veo. No estuvo en el funeral.

            —El hermano sí estuvo —dije.

            —Sí. Me sorprendió verlo. No se hablaban, ¿sabe? Aunque Graciela nunca me contó qué pasó entre ellos.

            Hice una anotación mental sobre eso. La primera mentira de Matías Lemos. Según él, la hermana quería ayudarlo, algo que no encajaba si estaban peleados y no se hablaban.

            —¿Sabés si ella tenía planes para un emprendimiento inmobiliario a gran escala?

            Guardó silencio durante unos cinco segundos antes de responder.

            —¿Le puedo preguntar algo? —dijo.

            —Claro.

            —¿Cómo sabe tantas cosas sobre Graciela? ¿Usted la espiaba?

            Tenía que inventarme algo, no podía contarle la verdad. La idea llegó sin esfuerzo, como había llegado otra algún tiempo atrás, en esa misma oficina.

            —Tengo algunos contactos en la policía y el poder judicial, por mi trabajo —dije—, ellos me pasaron información. Nada secreto, por supuesto, no mucho más que lo que salió en los diarios. Tengo tiempo libre y le dediqué algunas horas al expediente del caso. Algunas cosas no tienen mucho sentido —tenía ganas de fumar, pero me aguanté lo mejor que pude—. Por ejemplo, que la señora Bertoldi planeara un viaje y terminara suicidándose, pero es probable que todo sean ideas mías.

            Ella guardó silencio.

            —¿Viste algo raro los últimos días?

            —¿Cómo qué?

            —No sé, cambios en la rutina de la señora o actitudes sospechosas.

            Esa palabra le arrancó una expresión de asombro.

            —Cuando digo sospechosas me refiero a algo fuera de lo común —expliqué—, cosas que normalmente no hacía.

            —No… no que yo recuerde.

            —Bueno —dije—, no te molesto más. Gracias por atenderme. —tendí mi mano hacia ella y la tomó. El apretón fue breve, pero firme—. Cualquier cosa tenés mi tarjeta.

            Me levanté y caminé hasta la puerta.

            —¿Señor Martínez?

            —¿Sí?

            Se había puesto de pie y todavía tenía mi tarjeta en la mano.

            —Nada… —dijo y sonrió como disculpándose—. Buenos días.

            La saludé con un movimiento de cabeza y dejé la oficina. Salí a la calle y caminé hasta el coche. Antes de subir encendí un cigarrillo y le di una buena pitada. Podía conseguir el registro de llamadas de la oficina de Graciela Bertoldi y también del chalet y el departamento, pero no creía que eso fuera a servir de mucho.

Veinte minutos después de dejar las oficinas de Bertoldi Propiedades me di cuenta de que me seguían. Un Astra gris de cuatro puertas, del año 2007 a juzgar por las letras de la patente. Yo tenía varios cursos encima y muchas horas de práctica, conocía la mayoría de las técnicas de seguimiento y estaba seguro de que los dos tipos del Astra no conocían ninguna en absoluto. Se limitaban a mantener una distancia mínima, suficiente para no perderme de vista y evitar exponerse demasiado. Dejar dos coches entre el suyo y el mío era una buena forma de conseguirlo, o casi. Conducir un vehículo más alto que el Astra para tener mejor visibilidad hubiera sido más efectivo, pero igual les salía bastante bien. A mí me había funcionado con alguno de mis objetivos, pero ellos no estaban habituados a prestar atención a ciertos detalles. Ni al juego de los números.

            El juego de los números era simple: Uno tenía que memorizar los números de las patentes de los coches y, dentro de lo posible, también la marca y el color. Era bastante difícil y al principio se me escapaba la mayoría, pero con el tiempo conseguí recordar más. Seguir a amas de casa que se veían con el profesor de pilates o a esposos que lo hacían con sus secretarias no presentaba mucho desafío, por lo que mi entrenamiento en el juego de los números se limitaba a mirar por la ventana de mi departamento y después recordar lo que había visto cuando salía a la calle. Los chicos del Astra no sólo aparentaban desconocer la más rudimentaria técnica de encubrimiento sino que además tenían una patente bastante graciosa: GIL 091.

            Di un par de vueltas, bajé por Alem y los llevé hasta el centro por el boulevard. Allí, con un tránsito más pesado, comprobé que en efecto los tenía pegados a mí. Cuando llegué a Olavarría el semáforo estaba en rojo. Se me ocurrieron un par de maniobras evasivas que seguramente iban a funcionar, pero decidí quedarme en el molde. Si ellos no sabían que me había dado cuenta de su presencia, tenía algo a mi favor. Esperé que el semáforo se pusiera en verde y arranqué despacio.

 

23

 

El juego del gato y el ratón duró varios días. Los chicos del Astra me seguían cada vez que salía a la calle o se apostaban cerca de mi casa o de la oficina cuando no lo hacía. En esas ocasiones era más difícil ubicarlos entre los demás vehículos. Generalmente estacionaban por Santa Fe y como yo conocía el color del coche y la patente el camuflaje se desvanecía por completo. Si bien me lo tomaba con humor, lo que no me divertía tanto era que si aquello continuaba mucho más tiempo iban a conocer todas mis rutinas, el domicilio de mis familiares y me iban a relacionar con personas importantes, como Garrido. Decidí terminar con ese asunto de una vez por todas. Caminé hasta la cochera, saqué el auto y me tomé mi tiempo para que pudieran verme antes de sumarme al tránsito.

En Mar del Plata había varias calles cortadas. Muchas de ellas se unían al boulevard como afluentes de un río mientras que otras se fundían con la entrada de algún edificio de departamentos o un parque. En mi mente tenía los nombres de Urquiza y Alvarado. Me decidí por ésta última. Al salir de la cochera, fui por Buenos Aires hasta la avenida Colón y bajé hasta el boulevard. Al pasar el edificio Torreón del Monje subí por Viamonte hasta Alvarado, doblé a la izquierda y me dirigí hacia la costa.

Alvarado terminaba en una vereda de cemento que daba acceso al parque San Martín. A ambos lados se ubicaban las entradas de dos edificios hermanos, el Maral 27 y el Maral 51. Estacioné frente a la entrada del 27, apagué el motor, bajé del coche y caminé contramano por la vereda de sol. Los chicos del Astra no me vieron hasta que llegaron a la mitad de la cuadra y frenaron de golpe. Se quedaron ahí parados, con el motor en marcha y cara de sorpresa. Me detuve frente a un portón blanco y me los quedé mirando. Enfrente, un tipo destrozaba la vereda con un martillo neumático. Sonreí y los saludé con una inclinación de cabeza. El acompañante marcó números en un teléfono celular y lo puso sobre su oreja derecha mientras el conductor daba marcha atrás. Cuando el Astra despareció por Aristóbulo del Valle regresé al auto y fui a ver a Garrido.

 

El sol entraba por la ventana de la oficina en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Diminutas motitas de polvo se volvían visibles al cruzar los haces de luz para desaparecer después, como bailarines fantasmas que efectuaban una coreografía perfecta o como la espuma de las olas en alta mar. Garrido cerró la carpeta que tenía frente a él y arqueó las cejas a modo de pregunta. El aire que desplazó la tapa al cerrarse llevó el caos a la danza del polvillo fantasma.

Me están siguiendo —dije.

            Garrido abrió los ojos y me miró divertido.

            —¿Alejandra? —preguntó.

            —No seas pelotudo, ¿querés?

            —¡¿Qué?!

            —Los descubrí hace días —dije—, cuando salí de la inmobiliaria.

            —¿Qué inmobiliaria?

            —La de Bertoldi.

            —¿Y qué fuiste a hacer ahí? ¿Buscando casa para mudarte con tu novia?

            —Gordo…

            —Bueno, bueno, a ver, contame.

Le conté sobre mi reunión con Andrea, la chica de la inmobiliaria, y mi pequeña aventura con los muchachos del Astra. Al final expuse mi teoría sobre la participación de Arregui.

Él escuchó en silencio y se tomó un par de minutos para pensar.

            —Puede ser una coincidencia —dijo—. Capaz que no te seguían y te pareció.

            —¿Por dos semanas seguidas?

            —¿Dos semanas? —preguntó—, ¿Con el mismo coche?

            —Sí.

            —O te confundiste o son muy pelotudos —dijo. Después repitió—: ¿El mismo coche?

—Sí, boludo.

—¿Y estás seguro de que es Arregui?

No estaba seguro, pero era la única opción que veía como plausible. Además, una parte de mí deseaba que fuera Arregui y que toda la trama del caso se desarrollara exactamente como la imaginaba. Sin embargo, a Garrido no podía decirle nada de todo eso, así que fui sincero.

—No.

—Ok —dijo— ¿Hablaste con Ramírez?

Ramírez era el jefe de la comisaría primera y nos habíamos ayudado mutuamente en varias ocasiones. No éramos amigos, pero entre nosotros existía una cierta camaradería. Podría haber recurrido a él con el asunto del Astra, pero no me pareció que valiera la pena deber un favor por algo así. Yo no lo sabía realmente, pero estaba seguro de que Arregui estaba detrás de aquella maniobra. No me hacía falta comprobar nada.

—No —respondí—. No hace falta, tampoco es para tanto. No es la primera vez que me pasa.

—Es verdad —dijo Garrido. Se quedó pensativo durante algunos segundos y se quitó lo que fuera que estaba pensando con un leve movimiento de cabeza. Después sonrió y me preguntó—: ¿Encontraste algo?

—Todavía no —dije—, pero tengo una idea.

—Una idea… —murmuró—. Enrique, ¿Te puedo decir algo?

—Por supuesto —dije.

Apoyó los codos sobre el escritorio, juntó las manos y cruzó los dedos.

            —Imaginemos por un momento que encontrás ese disco o lo que sea —dijo—. ¿Qué vas a hacer después?

            —Bueno, yo…

            Garrido levantó una mano y la puso frente a mí.

            —Shh... esperá.

            Esperé y guardé silencio. Garrido no me estaba hablando a mí, pensaba en voz alta

            —Para empezar, todavía no sabemos por qué Arregui te eligió —continuó—. No estamos diciendo que no hagas bien tu trabajo, pero convengamos que no tiene mucho gollete, ¿no?

            No dije nada, él recién empezaba.

            —Pero te eligió. Se apareció en tu oficina, te encargó que siguieras a la vieja y te pagó un montón de guita para hacerlo. Demasiada, según vos.

            —Sí.

—Bien. Vamos a suponer, y pongo mucho énfasis en esto de suponer, que él mandó a matar a Bertoldi porque al parecer ella tenía algo que podría perjudicarlo mucho y no estaba dispuesto a arriesgarse, como vos dijiste —cerró los ojos y se rascó la cabeza—. Y ya que estamos, digamos que también limpió a los otros dos, Lagos y Liniers.

            —Lemos.

            —Sí, ese, Lemos, es lo mismo.

            Saqué el paquete de cigarrillos y lo miré, él negó con la cabeza y lo dejé sobre el escritorio.

            —Y ahora te siguen… —dijo casi en un susurro—. Como no estás metido en otra cosa, te doy el gusto y digo que fue él quien los mandó. Me recuerda un caso que tuve una vez, sobre un tipo que… —dejó la frase sin terminar.

Se recostó contra el respaldo de la silla y me miró a los ojos.

— ¿Por qué te interesa tanto, Enrique? ¿Qué te cambia a vos?

            Me tomó desprevenido. No me había planteado las cosas de esa manera. Estaba tan… ¿Qué? ¿Entusiasmado? Sí, podía decirse que sí. Entusiasmado con el enigma que rodeaba ese caso. La verdad era que a mí no me cambiaba nada, era pura curiosidad, la adrenalina de descubrir el misterio, aunque una parte de la verdad era que también tenía mucho tiempo libre.

—Yo… no sé —dije. No se me ocurrió nada mejor.

Garrido sonrió, pero era una sonrisa sin brillo.

—Un caso sencillo que se va a la mierda y nadie entiende muy bien porqué —dijo—. Y después dos fiambres más.

            —Tres, si contamos al señor Equis —dije—, pero por ahí eso es ir demasiado lej…

            —Dos fiambres más —repitió—. Y todo limpito —Se inclinó sobre el escritorio y cruzó los brazos—. No te metas, Enrique. Dejá todo como está. No es un juego. Arregui tiene guita, conexiones y seguramente muy pronto va a ser intendente. Con tipos así no se jode.

            La idea que se desprendía de ese comentario era que si las cosas eran como yo pensaba y Arregui se había tomado la molestia de matar a Graciela Bertoldi, a Lemos y a Liniers, no tendría ningún reparo en sumarme a la lista si seguía metiendo la nariz donde no debía. Los pibes del Astra eran la avanzada, un tanteo.

            —¿Y entonces? —dije.

            —Y entonces nada, boludo —dijo—, dejá todo como está, dedicate a lo tuyo, andate de vacaciones, no sé, cualquier cosa, pero dejate de joder con este asunto. Ya te dije, está cerrado y vos no tenés nada que ver.

Garrido era un tipo práctico que usaba su imaginación para desmenuzar casos difíciles y llegar a la verdad o por lo menos a un estado que fuera lo más cercano a ella. No tenía un espíritu que pudiera llamarse aventurero, no leía novelas ni le atraían los misterios. En muchos sentidos era un tipo práctico que se desenchufaba con los partidos del domingo, los asados con amigos y su bote de pesca. Para él, ese caso estaba cerrado y punto.       

“La clave es el disco, si lo encuentro se resuelve todo”, estuve a punto de decirle pero, como decía mi viejo, eso hubiera sido echar más leña al fuego. Además, yo ni siquiera sabía por dónde podría empezar a buscarlo.

—Bueno, gordo, me voy —dije—, tengo cosas que hacer.

            —Ok.

            Me levanté, caminé hasta la puerta y estaba por salir cuando Garrido me atajó.

            —Enrique.

            Giré y lo miré.

            —No te metas —dijo.

            Le sonreí, abrí la puerta y me fui.

 

24

 

Los siguientes diez días a mi conversación con Garrido no hubo grandes novedades. Jugué al escritor y avancé bastante en el borrador de mi novela. Comencé a leer una de mis más recientes adquisiciones literarias, el libro uno de la serie La Torre Oscura, de Stephen King, y me dediqué a analizar una propuesta de negocios que parecía interesante. Un amigo de mi viejo, un arquitecto de cierta fama en la ciudad, se dedicaba a comprar propiedades, reciclarlas y ponerlas a la venta. Tenía la posibilidad de adquirir dos casonas en la zona de Playa Chica y necesitaba inversores. Lo consultamos en familia y nos pareció una buena idea. Me auto designé como administrador de nuestra parte del negocio y me aboqué a la tarea de transformar un poco de dinero en más dinero. No era muy entretenido pero Alejandra estaba contenta con el cambio de rutina. Cada tanto ella deslizaba la idea de unificar domicilios y darle a nuestra relación un toque un poco más formal, pero yo seguía evitando darle una respuesta concreta al respecto y ella se dejaba convencer por mis excusas.

Mis perseguidores habían desaparecido. Quizá se habían aburrido o aprendido a hacerse invisibles, pero desde la jugarreta de la calle Alvarado no aparecían por ningún lado. De todos modos, yo me mantenía alerta. No verlos me daba cierta tranquilidad aunque debo confesar que también me embargaba una especie de decepción, como si el hecho que dejaran de seguirme implicara que mi participación en aquella aventura había llegado a su fin, que yo ya no era importante. No los extrañaba, pero en parte habían sido ellos los que me impulsaron a seguir adelante con la investigación, de no ser así quizá habría dejado todo ese asunto en el olvido, me hubiera dedicado a escribir y me habría inventado las partes que desconocía del caso Bertoldi.

El personaje que hacía de malo en mi novela se llamaba Osvaldo Barragán. Era un empresario celoso en extremo que estaba decidido a acabar con los amantes de su esposa, todos ellos producto de su mente enferma, pero que para él eran tan reales como el aire que respiraba. Sin embargo, a pesar de tener la historia completa en mi cabeza, no podía concentrarme. Mis pensamientos volvían una y otra vez sobre los detalles del caso Bertoldi y todas las aristas que presentaba. El juez había cerrado la causa como suicidio y las pruebas halladas por la policía justificaban esa decisión, pero eso no significaba que fuera cierto. Alguien podía haberse salido con la suya de una forma que era a la vez magistral y diabólica. Como fuera, era algo que me quemaba por dentro. Tenía que descubrir la verdad, no sólo porque Graciela Bertoldi me había caído bien y Arregui era un hijo de puta, sino porque muy dentro de mí sabía que había algo más, estaba convencido de que ella no se había suicidado. Lemos y Liniers tampoco habían muerto por accidente.

Eran sólo hipótesis y, para salir del terreno de las teorías y tener algo más concreto, era necesario encontrar el disco que supuestamente Graciela Bertoldi tenía para extorsionar a Arregui. Si es que existía. El Astra gris que me había seguido sin mucho disimulo me daba la pauta de que la respuesta a esa pregunta era afirmativa y lo único que tenía que hacer para probarlo era encontrarlo. Lo que nunca pensé fue qué iba a hacer con él si lo hallaba, pero ya tendría tiempo para eso. Primero lo primero.

La respuesta me llegó en un sueño, al menos una parte, la que pude recordar a la mañana siguiente. Alejandra se había pasado casi toda la cena hablando sobre sus deseos de mudarse (con o sin mí, según entendí) y se había decidido por una casa. Estaba cansada de los departamentos. Quería un lugar grande, luminoso, con parque al frente y un jardín en la parte de atrás que pensaba llenar de plantas y flores. También me dio una clase sobre decoración de interiores que también incluía flores. Terminó diciendo que, si de flores se trataba, no recordaba la última vez que yo le había regalado alguna.

            Mi sueño se desvaneció casi por completo cuando dejé la cama, pero una parte regresó mientras me duchaba. La conversación de la noche anterior debió activar algo en mi cerebro, porque mientras me quitaba los restos de la crema de enjuague de la cabeza recordé lo que Garrido me había dicho en la oficina. En el chalet de la calle Mendoza había encontrado una libreta que tenía dos oraciones y un billete abrochado. Y una de ellas hablaba de flores. “Para Matías, flores de la abuela”, había escrito Graciela Bertoldi y en ese momento supe que la clave estaba ahí. Todavía no lograba darme cuenta cómo, pero estaba prácticamente seguro.

            Flores. La clave eran las flores, pero ¿qué flores?

Esa mañana no tenía nada que hacer y me encerré en la oficina a estudiar el caso Bertoldi. Lo hice despacio y presté atención a cada detalle. Seguía convencido de que la clave eran las flores que ella mencionaba en la nota que había dejado para Matías Lemos.

            Una hora después fui a dar una vuelta. Eso me ayudaba a despejar la cabeza y aclarar las ideas. Salí por Rivadavia y caminé para el lado de Santa Fe. Mientras miraba las vidrieras de los negocios intentaba imaginar cómo haría yo para esconder un disco de esos. Se me ocurrían muchas posibilidades y no hubiera podido elegir una en particular si no fuera por la pista de las flores. El escondite tenía que estar relacionado con flores, de otro modo el mensaje no tendría ningún sentido. Sin embargo, no descartaba la posibilidad de que no estuviera completo o de que Arregui había mentido sobre ello. El disco en cuestión no existía y él se había sacado de encima a Lemos y Liniers por las dudas. A pesar de que esta última idea tenía mucho peso, decidí descartarla porque una parte de mí se negaba a aceptarlo. Era la que me decía que no era así, que el disco era real y seguía donde Bertoldi lo había ocultado. La misma que se negaba a seguir el consejo de Alejandra y Garrido.

Tenía que buscar un lugar donde hubiera flores. Por descarte, el jardín del chalet era la opción más lógica. Según Garrido lo habían puesto en alquiler y quizá continuara desocupado. Si era así, podía pedir una visita y ver qué encontraba.

            Cuando llegué a la esquina de Santa Fe me detuve a mirar un local que estaba enfrente. El ventanal estaba semi oculto por un toldo que daba lástima y un arbolito raquítico. Había letras pintadas sobre el vidrio. Desde donde me encontraba, a través de las ramas del arbolito, podía leer “lletes y Mon”. Mi cerebro completó las letras que no alcanzaba a ver y eso me terminó de convencer. Esperé a que el semáforo cambiara a verde y crucé la calle.

            El lugar no era muy grande. En el fondo había un mostrador de madera con una caja registradora encima y en la pared de atrás se veía un arco del tamaño de una puerta cubierto con una cortina de plástico. A la derecha había un exhibidor con armazón de madera y puertas de vidrio con una serie de billetes, monedas y medallas ordenados con una prolijidad que a Garrido le hubiera dado urticaria. En la pared de la izquierda colgaba un planisferio antiguo muy grande. Un perfume mezcla de jazmín y metal saturaba el ambiente, si acaso esa combinación era posible. El viejo que estaba detrás del mostrador tenía cara de tango tristón, estaba lleno de arrugas y tenía los dientes amarillos. Era idéntico al que adornaba la portada de mi copia de El Viejo y el Mar, sólo que llevaba una boina color crema en lugar de un gorro de lana. Los ojos, diminutos y grises, emitían un brillo que delataba a la vez conocimiento y picardía. Ese era un hombre al que no se le podría vender una moneda falsa.

            Me acerqué y lo saludé.

            —Qué tal, maestro, ¿cómo le va?

            —Buen día —saludó—. ¿En qué lo puedo ayudar?

            —Estoy buscando un billete de un austral —dije—, ¿tiene?

            Me miró como si le hubiera pedido una piedra. Era casi lo mismo, esos billetes no valían nada y mi viejo tenía unos cuantos en su colección privada.

            —Tengo uno que está casi nuevo —dijo el viejo.

            —No se preocupe, cualquiera sirve —dije—, no lo voy a colgar de la pared.

            El viejo sacó una caja de madera que tenía debajo del mostrador y la colocó frente a mí. Cuando abrió la tapa pude ver que estaba abarrotada de billetes de todos los colores. Reconocí muchos de los más antiguos por haberlos visto en el álbum de mi viejo y otros, como el de cien pesos de color rojo con la cara de un San Martín anciano y canoso, por haberlos visto cuando era pibe y sabía qué era el dinero, pero no tenía idea de lo que se podía hacer con él ni cuánto costaba ganarlo. Los billetes de un austral estaban en un fajo que en aquellos años habría representado una pequeña fortuna. El viejo estudió el montón y eligió uno que parecía haber sido impreso apenas días atrás. Lo retiró del fajo, cerró la caja y dejó el billete sobre la tapa.

            —Aquí está —dijo—. Un austral del año ochenta y cinco.

            Estiré la mano e hice un gesto a modo de pregunta. Él asintió con la cabeza, tomó el billete y me lo ofreció. Lo tomé y sonreí sin percatarme de que lo hacía. Al tacto se sentía como un billete cualquiera, pero todavía conservaba esa tersura del papel nuevo y de alto gramaje. Los colores se veían claros, sin esa decoloración que producen los años y el manoseo de miles de dedos. Lo dejé otra vez sobre la tapa de la caja.

            —¿Cuánto vale? —pregunté.

            El viejo me miró y volvió a regalarme una sonrisa. Parecía que los ojos le brillaban un poco más.

            —¿Para qué lo quiere?

            Era una pregunta válida. Esos billetes no se vendían, había por todos lados y eran los que menos buscaban los coleccionistas. Todos tenían uno y era difícil que se convirtiera en la figurita difícil del álbum, el fajo gordo que el viejo guardaba en su caja era prueba de ello.

            —Es probable que sea la clave para resolver un misterio importante —dije.

            Pensé que se iba a reír, pero se quedó serio y asintió varias veces con la cabeza como si supiera de qué le hablaba.

            —Muy bien —dijo y me tendió el billete. Cuando lo tomé guardó la caja debajo del mostrador y me regaló otra de sus sonrisas de dientes amarillos y desparejos.

            —¿Cuánto le debo? —pregunté.

            —Nada —dijo sin dejar de sonreír—. Si descubre el misterio puede venir y contarme.

            Me tocó a mí sonreír, aunque los dientes que yo le mostré no eran tan amarillos ni estaban tan desparejos como los suyos.

            —Cuente con eso —dije y estiré la mano. Él me dio un apretón fuerte, sonrió un poco más y la piel al costado de los ojos se le llenó de rayitas y cruces. Guardé el billete de un austral que podía llegar a develar el misterio del caso Bertoldi en el bolsillo derecho de mis pantalones y salí del local.

            Volví a la oficina, me recosté en el sillón, encendí un cigarrillo, acerqué el cenicero y me puse a jugar con mi billete nuevo. Lo giré para un lado y para el otro, como si de esa manera pudiera encontrar un secreto escondido entre las líneas, los dibujos y las filigranas. Me sentí una especie de Robert Langdon en su intento por desentrañar los misterios del Código Da Vinci. Sin embargo, a pesar de que puse todas mis energías en ello, no conseguí nada.

            Lo coloqué sobre el escritorio y dejé que mi mente navegara sola por el mar de las posibilidades. No pasó mucho tiempo hasta que se me ocurrió una idea. Arranqué una hoja de papel de mi libreta y en la parte superior escribí: Para Matías, flores de la abuela. En el renglón siguiente: cuidate mucho. Debajo de la última frase coloqué el billete. Estuve a punto de abrocharlo, como en la nota original, pero me dio lástima y lo dejé apoyado sobre el papel. No sabía cómo lo había hecho Graciela Bertoldi, pero decidí dejar el frente hacia adelante. Mi Última Cenaestaba lista, sólo faltaba encontrar el Santo Grial.

 

25

 

Mi versión del mensaje de Graciela Bertoldi se negaba a revelar sus secretos, si es que tenía alguno, por lo que decidí jugar un poco con lo que tenía a mano. No estaba muy seguro de qué hacer, así que comencé por lo más sencillo. Encendí la notebook, esperé que terminara de cargar el sistema y abrí un archivo Excel. Yo no era una luz, no tenía un IQ de 140 ni había brillado en la facultad. Estudiar leyes no te impulsaba por los verdes prados del pensamiento creativo pero, como cualquier carrera universitaria, te daba muchas herramientas para reflexionar sobre temas complejos. Además, era meticuloso y me daba maña para trabajar con poca información y alejar a mi cerebro del pensamiento lineal. La primera idea que se me ocurrió no fue original ni revolucionaria, pero era algo.

            Armé una lista con las palabras más relevantes de mis notas, dos o tres del billete y algunas del mensaje en la libreta. Fue una elección arbitraria que no respondía a ningún método en particular. Al terminar conseguí un número bastante grande de palabras. Lo primero que hice fue identificar aquellas que se repetían en ambas listas. El resultado fueron tres: Lemos, Liniers y Rivadavia. Los nombres no me decían nada nuevo. Lo único en común que encontré fue el nombre del prócer y la calle en la que se encontraba el departamento de Graciela Bertoldi. No era mucho y tampoco arrojaba una hipótesis clara por lo que decidí probar otro camino.

            Garrido me había mostrado fotos del departamento y yo había sacado copias. En total eran cuatro y estaban en el cajón del escritorio. Las saqué y las coloqué sobre la mesa, dos arriba y dos abajo, con la nota en el medio, y las estudié durante diez minutos en busca de algo que pudiera asociar a mi lista de palabras. Fue un proceso lento que no me llevó a ningún lado. Estaba por desistir cuando otra idea se sumó a las anteriores. Encendí otro cigarrillo, le di una pitada larga y lo dejé en el cenicero, abrí el explorador de internet y escribí Flores de la abuela. La cantidad de imágenes que aparecieron fue abrumadora y ninguna parecía guardar relación con el caso. Decidí refinar mi búsqueda y escribí todas las variantes que se me ocurrieron que incluyeran las palabras floresy abuela.

Veinte minutos y tres cigarrillos más tarde seguía sin encontrar nada interesante por lo que introduje una nueva palabra. Escribí Flores famosasy después Flores de pintores famosos. Con esto conseguí una lista de posibilidades más prometedoras.

El segundo link que mostraba Google pertenecía a un blog sobre pintura y arte y direccionaba a un artículo cuyo título era Las Flores de Vincent Van Gogh. Había seis imágenes en total y la lista comenzaba con una de las más conocidas, Los Girasoles. Dediqué bastante tiempo a mirarlas y cuando llegué a la última, Flores Azules, una pequeña pieza cambió de posición dentro de mi cabeza e inició una serie de movimientos en cascada que activaron los sistemas de mi memoria. Tomé la foto del departamento marcada con el número tres. Mostraba el pasillo que conectaba el living con los dormitorios y el baño. Lo que me interesaba de esa foto era la pared del lado derecho.

La imagen era de pésima calidad y había sido tomada con la intención de que se viera la entrada al dormitorio principal, que estaba al fondo y a la izquierda del pasillo. Sin embargo, aún en un ángulo demasiado pronunciado, el cuadro que colgaba de la pared se veía con suficiente claridad como para adivinar qué representaba. Eran flores y, aunque no se veían azules por ser una copia en blanco y negro, el parecido era innegable. Mi cabeza comenzó a trabajar a toda velocidad. Una milésima de segundo me llevó unir las palabrasRivadavia, FloresyAbuelay otra milésima descartar la palabra Abuelay quedarme con Floresy con Rivadavia.

El departamento de Graciela Bertoldi estaba ubicado en la calle Rivadavia y en él había un cuadro con flores.

 

26

 

El departamento que había alquilado Graciela Bertoldi seguía desocupado y conseguir una cita con la inmobiliaria no fue difícil. Olivares-Reginatto mantenía un perfil alto en cuanto a las propiedades que ofrecía y se mostraban especialmente amables cuando uno iba con intenciones firmes y ofrecía pagar por adelantado. Acordé una visita para el día siguiente a las tres de la tarde.

            Llegué quince minutos antes. Prendí un cigarrillo y recordé la tarde que había vigilado a Graciela Bertoldi desde el bar de enfrente y visto por primera vez el Peugeot rojo de Liniers. De esto hacía más de dos meses y el misterio de ese caso no paraba de crecer. Cuando terminé de fumar tiré la colilla del cigarrillo al piso y la aplasté con la punta del zapato. En ese momento alguien me preguntó si mi nombre era Enrique Martínez y me devolvió a la realidad.

La chica de la inmobiliaria era un pajarito raquítico de ojos verdes y pelo largo y rubio que llevaba sujeto por un moño a la altura de la nuca. Sonreía todo el tiempo y no paraba de hablar. Vestía un traje de dos piezas de color gris claro, camisa blanca y zapatos de color negro de taco bajo. Era linda, pero no habría arrancado una segunda mirada a la mayoría de los hombres. Se llamaba Helena.

Después del saludo de rigor y algo de conversación liviana entramos y tomamos el ascensor. La chica seguía hablando, pero yo no la escuchaba, mi mente jugaba con las distintas posibilidades que ofrecía la situación. Todo se resumía a tres opciones: El cuadro ya no estaba en el departamento; El cuadro estaba en el departamento, pero no había nada oculto detrás de él; El cuadro y el disco estaban allí. Sólo debía esperar algunos minutos para descubrir cuál de todas era la correcta.

            Subimos hasta el quinto piso, caminamos hasta la puerta, la chica abrió y me hizo pasar. Me quedé parado a un costado de la puerta hasta que ella entró y volvió a cerrar.

            —Bueno ¿empezamos? —dijo con su eterna sonrisa y voz de soprano.

            —Empecemos —dije. Sonreí y puse cara de entusiasmo.

            El departamento era grande. Frente a la puerta de entrada había un pequeño recibidor que daba a la cocina y a la izquierda un pasillo que llevaba al living principal. La cocina tenía una heladera de color gris plomo con un dispensador de hielo en una de las puertas, un microondas, una cafetera eléctrica, una tostadora, vajilla completa y una alacena que competía en lujo y tamaño con el placard de mi departamento. Los muebles del living me recordaron a la casa de Mercedes Iraola. La alfombra del piso era grande, gruesa y de colores cálidos. Las tres habitaciones tenían muebles de algarrobo y la habitación principal vestidor y baño en suite.

            —¿El departamento se ofrece amueblado? —pregunté.

—Sí, por supuesto —dijo Helena—. El dueño los cambió todos después de que se lo entregaron.

—¡Perfecto —dije—, eso me soluciona muchos problemas!

—¡Qué bien! —dijo—. Todo es de excelente calidad. Lo único que pertenecía al inquilino anterior es el cuadro de allá, pero lo dejamos porque es muy lindo.

Estábamos en el living y Helena señalaba hacia el pasillo que conectaba con el baño principal y los dormitorios. Como mostraba la foto número tres de mi archivo, la reproducción de Las Floresde Vincent Van Gogh colgaba de la pared del lado derecho.

—¿Los inquilinos no se lo quisieron llevar? —pregunté.

Ella se puso seria y bajó el tono de voz.

—No. Acá vivía Graciela Bertoldi, la actriz que se suicidó ¿se enteró?

—Sí, vi la noticia en la televisión —dije y puse mi mejor cara de sorpresa—: ¿Eso pasó acá?

—¡No, no! En otro lugar —dijo casi en un grito.

—Qué bien —dije—. Una tragedia la verdad, pero me alegro que no haya sucedido acá, me gusta mucho este lugar.

            Continuamos con el recorrido y Helena me describió las cualidades del departamento. Tenía calefacción central, bajas expensas y por los ventanales del frente ingresaba mucha luz. Estaba por decir algo sobre la pintura de las paredes cuando su teléfono celular comenzó a sonar. Estábamos en el dormitorio principal y ella lo silenció tres veces hasta que optó por disculparse y atender.

            —¿Hola?... ¿Hola?

            Entornó los ojos, bajó la cabeza y frunció el ceño. Vi que apoyaba con fuerza el teléfono contra su oreja, como si de esa manera pudiera escuchar mejor.

            —¡Hola! No se escucha bien ¿Cómo dice?... Ajá… Sí…sí… Deme un segundo.

            Me miró, con el teléfono todavía pegado a la oreja, e hizo una seña con la mano que interpreté como “Por favor, espere, regreso enseguida”. Asentí y ella salió del dormitorio. Entró y salió de todas las habitaciones hasta que llegó a la cocina y se quedó ahí.

La llamada, cuya intención era darme tiempo de revisar detrás del cuadro, había sido acordada de antemano con Joaquín, un actor amigo que de vez en cuando contrataba para cosas como esa. La consigna era simple: Llamar a Helena, presentarse con un nombre falso y decirle que el dueño de la inmobiliaria le había dado ese número para cerrar una venta que había tratado directamente con él. Si ella le pedía que la llamara en otro momento debía insistir, simular mala conexión y sugerirle que se acercara a una ventana para poder hablar. Lo haría dos o tres veces para alejarla de mí y darme espacio para actuar. Si el plan fracasaba tendría que improvisar algo o volver otro día.

Desde donde me encontraba podía escucharla repetir monosílabos a modo de respuesta. Era el momento. Salí del dormitorio y caminé con paso rápido por el pasillo hasta donde se encontraba la pintura. La descolgué, siempre atento a la voz de Helena, y le di la vuelta.

            En la esquina superior derecha del cuadro había una inscripción que se veía bastante antigua. Un nombre y un año: Micaela 1960. Debajo, como al descuido, un garabato a modo de firma. Debajo de la firma había un paquete del tamaño de un encendedor pegado con cinta. Lo arranqué y me lo guardé en el bolsillo. Volví a colocar el cuadro en su lugar y caminé hasta la cocina. En ese momento Helena venía a mi encuentro y se disculpó por hacerme esperar. Preguntó si quería ver un poco más o hacerle alguna pregunta. Respondí que no, que el departamento me había gustado y que me comunicaría con ella para transmitirle mi decisión.

Nos despedimos en la entrada del edificio y cuando la chica desapareció al dar vuelta la esquina saqué el paquete del bolsillo. Lo que contenía estaba envuelto en papel madera con varias vueltas de cinta scotch ancha. Tuve que usar la llave del departamento para romperla. Adentro había un pendrive marca Kingston de color rojo. Sólo restaba averiguar qué contenía. Tenía que ser muy importante porque había muerto mucha gente por ese aparatito de mierda. Lo guardé otra vez en el bolsillo y llamé a Garrido, pero no respondió. Después llamé a Alejandra y el contestador automático me informó que su teléfono estaba apagado o fuera del área de cobertura. Dejé pasar unos minutos, llamé otra vez y obtuve el mismo resultado. Era raro, ella nunca apagaba el teléfono y a esa hora tendría que estar en su casa.

Estaba entusiasmado e inquieto al mismo tiempo. Quería saber qué contenía ese disco. Tenía en mis manos lo que podía ser la respuesta a todas las preguntas, pero debía ser muy cuidadoso. Lo pensé dos segundos y llamé a mi viejo. Era la única persona en la que confiaba para lo que pensaba hacer. Le dije que fuera hasta la cochera donde guardaba mi auto y me esperara ahí. Él iba a demorar por lo menos media hora en llegar, así que crucé hasta el bar y me senté a esperar. Veinte minutos después salí a la calle y fui caminando despacio. Si me estaban siguiendo, quería asegurarme de que pudieran hacerlo sin problemas. Llegué a la cochera y bajé hasta el primer subsuelo. Mi viejo me esperaba junto al auto, apoyado contra una columna.

—Hola nene, ¿Todo bien?

—Sí, todo bien —respondí—. Necesito que me hagas un favor.

Estuve a punto de contarle sobre mis sospechas, pero decidí que por el momento era mejor no hacerlo. No tenía sentido preocuparlo y todo podía ser producto de mi imaginación.

—Muy bien, decime.

—Agarrá el auto, andá hasta la base naval, metete en el puerto y después volvé al centro. Subí por Juan B. Justo hasta Independencia, seguí hasta la diagonal Pueyrredón y entrá al estacionamiento del shopping. Buscá un lugar, dejá el ticket en el coche y salí por Rivadavia. Tomate un taxi y volvé a casa.  

—Perfecto —dijo.

—No bajes los vidrios —le advertí antes de que subiera al auto.

Le di plata para el taxi y esperé a que se fuera. Lo seguí con la vista hasta que desapareció por la rampa de salida y volví a llamar a Alejandra, pero tampoco atendió. Esperé diez minutos y me fui.

 

27

 

Llegué a la oficina y fui directo al escritorio. Abrí la notebook, conecté el pendrive y esperé a que el sistema lo reconociera. A los pocos segundos apareció en el árbol del explorador: STORE‘N’GO. Llevé el cursor hasta el disco y la flecha se convirtió en la mano de Mickey Mouse. Estaba por darle clic cuando sonó el celular. Era Arregui.

—¿Hola?

Arregui no perdió tiempo y fue directo al grano.

—Qué tal, Martínez ¿Tiene mi disco?

Un escalofrío me recorrió la espalda. No podía verme la cara, pero estaba seguro de que me había puesto pálido como un muerto. Cuando vi el número en la pantalla del teléfono una parte de mí supo qué sucedía. Esa que no duda, que tiene la certeza absoluta, pero que al mismo tiempo se resiste a aceptar, que cierra los ojos y no los abre hasta que es demasiado tarde, y está tan metida en el barro que le es imposible no atender a la humedad que le envuelve los pies. Mi peor pesadilla se había convertido en realidad, una que hasta ese momento no había cruzado los límites de mi imaginación. La idea había comenzado a gestarse con los primeros intentos infructuosos de localizar a Alejandra, pero me había obligado a no ponerme paranoico hasta que pasara el tiempo suficiente. Y como esa cantidad de tiempo siempre es relativa, no sabía cuánto debía esperar o cuántas llamadas sin éxito debía realizar antes de pensar en que algo podía andar mal de verdad.

Había sido sólo una posibilidad remota, la clase de cosas que les pasaban a los protagonistas de las novelas que leía, pero no a gente de verdad y mucho menos a nosotros. Sin embargo, ahí estaba Arregui preguntando por un disco que pocos días atrás hasta yo dudaba de su existencia. ¿Cómo podía él saber que yo lo tenía? ¿Y dónde estaba Alejandra? No quería pensar en la relación que podía existir entre las respuestas a esas dos preguntas. Otra vez esa parte de mí que a veces negaba hasta lo más obvio tomó el control y ocultó la mugre debajo de la alfombra. Si no lo ves, no existe, no sucede.

—¿De qué habla Arregui? ¿Qué disco?        

—No se haga el boludo, Martínez, que no le sale —dijo—. Usted y yo sabemos de qué disco estoy hablando ¿Lo tiene encima? ¿Dónde está, en su oficina?

—Sí, pero…, Arregui, le juro que no sé de qué me habla —repetí.

No hacía falta continuar con la mentira, pero tampoco se la iba a hacer tan fácil, por lo menos hasta averiguar cómo se había enterado. Si era necesario cortaría la comunicación. Además, seguía preocupado por Alejandra y encontrarla era lo más importante en ese momento. Arregui me dio una mano con ese asunto.

—Quizá esto lo ayude un poco —dijo. Se escucharon voces amortiguadas por la distancia y el ruido de una silla al golpear contra el suelo. Arregui gritó a cierta distancia del micrófono—: ¡Hablá!

—Enrique, soy yo, estoy bien, estamos en Jazz y… —la frase se cortó por la mitad y escuché un golpe que sonó demasiado fuerte. Contuve el aliento y apreté los dientes con tanta fuerza que casi me rompo una muela. Oí voces apagadas que daban órdenes con rapidez y seguridad, pero no conseguí entender qué decían, como si alguien tapara el micrófono del teléfono con una mano. Después silencio. Pensé que se había cortado y miré la pantalla. Los números que contaban el tiempo de llamada seguían avanzando. Me lo puse otra vez contra la oreja y esperé.

—¿Ahora se acuerda, Martínez? —dijo Arregui.

—¿Qué quiere?

—El disco ¿lo tiene?

—Si

—Bien. Quédese ahí, mis muchachos le van a hacer el favor de traerlo por si se le ocurre otra idea extraña como la del shopping —rió con ganas, pero era una risa fría y falsa—. Estuvo muy bien, Martínez, muy bien, sí señor.

En ese momento supe que la jugada del Astra no había sido más que un truco, una distracción. Ellos me seguían, se dejaban ver y otro vehículo era el que realizaba el verdadero trabajo. Eran esos otros sabuesos los que me habían visto ir al departamento y regresar con el disco a la oficina. Me había creído muy vivo, pero mientras me ocupaba del ratón, el elefante bailaba a mis espaldas y yo no lo veía. Y ese elefante había esperado el momento oportuno para actuar. Tendría que haberme dado cuenta, pero tenía la cabeza metida en el culo, como decía Valeria, mi ex, cuando yo me empecinaba en defender una idea que al final también resultaba equivocada.

Pero no era momento de reflexiones ni de mea culpas. Puse el altavoz y regresé a mi escritorio. No sabía cuánto tiempo tenía. Estaba seguro de que no era mucho y no me iba a arriesgar a perderlo, por poco que fuera, en divagaciones sin sentido. Se me ocurrió llamar a Garrido, pero era probable que aunque atendiera el teléfono no tuviera tiempo de contarle todo. Mi segunda idea era la más práctica en ese momento.

—Arregui, no sé qué piensa hacer, pero creo que esto es demasiado ¿no le parece? —dije acercando la cabeza al teléfono que había dejado sobre la mesa.

—No se preocupe Martínez. Usted me trae el disco, se lleva a su novia y todos contentos ¿Qué le parece?

Estuve a punto de decirle que Alejandra no iba a estar nada contenta, que era abogada y que lo iba a perseguir sin descanso hasta verlo preso, pero no hubiera sido muy inteligente de mi parte, no con ella en su poder. No sabía hasta qué punto estaba dispuesto a llegar con tal de terminar con ese asunto y quizá deshacerse del disco no fuera lo único que pensaba hacer. La verdad era que no tenía dudas al respecto, pero por el momento me obligué a quitar esa idea de mi cabeza. Decidí quedarme callado o decirle cualquier cosa con tal de mantenerlo ocupado, pero no hizo falta porque había cortado la llamada.

Sin perder tiempo cargué la información del disco en un correo y rogué a todos los santos que los ocho megas que pesaban los archivos que contenía no excedieran el límite del servidor. Introduje la dirección de Garrido, que se generó de manera automática al teclear letra G, escribí la palabra URGENTE en el campo Asunto y pulsé Enviar.

Garrido no tenía el correo electrónico configurado en su teléfono y podía pasar mucho tiempo hasta que lo viera. Incluso podía perderse entre la cantidad de mensajes que recibía cada día. La única manera era avisarle de inmediato. Tomé el teléfono y busqué en la lista de contactos. En ese momento vi dos figuras acercarse a la oficina y un segundo después golpes fuertes contra la puerta. Estaba sin llave y mi tiempo de llamar se había agotado. Pensé en varias alternativas a la velocidad del rayo. ¿Llamar y dejar el teléfono sobre la mesa? No, eso podía funcionar en las películas, pero no en la vida real. Lo más práctico era enviar un mensaje de texto. Escribí tan rápido como mis dedos temblorosos me lo permitieron: “urgente email jazz bar”, cuatro palabras que esperaba transmitieran a su destinatario la premura con que habían sido enviadas. Dejé el teléfono sobre el escritorio y apenas tuve tiempo de quitar el pendrive de la notebook cuando mis visitas ingresaron a la oficina. Les llevó tres segundos cubrir los cuatro metros que separaban el recibidor de mi despacho.

Eran dos. Uno tendría treinta años y el otro parecía ser de mi edad. El más joven vestía jeans, un sweater negro de cuello alto y una campera de cuero del tipo que usan los motoqueros. El mayor iba vestido con un traje de dos piezas de color gris claro y camisa azul sin corbata. Eran chicos bastante grandes y tenían pinta de ser pesados y duros, por lo que ni se me pasó por la cabeza hacerme el héroe. Además, ellos tenían a Alejandra y eso les daba toda la ventaja que necesitaban. El más viejo se quedó parado en la puerta, me apuntó con un chumbo grande y brillante y le hizo una seña al otro con la cabeza. El joven se acercó, agarró mi teléfono y se lo guardó en un bolsillo del pantalón. Me miró y estiró la mano. Yo le devolví la mirada y levanté las cejas a modo de pregunta. El que respondió fue el viejo. Al parecer era el que dirigía la fiesta.

—El disco —dijo.

Extendí la mano y se lo alcancé.

—¿Eso qué es? —preguntó.

—El disco —respondí.

—No te hagas el vivo.

—No me hago nada —dije—, eso es lo que encontré.

El viejo hizo una seña con la cabeza y el otro lo agarró y se lo guardó en un bolsillo interior de la campera. Se acercó a mí, me tomó de un brazo y me llevó hasta la puerta. Me dejó ahí, pasó frente al viejo y salió al pasillo.

—Vamos —dijo el viejo y me puso el arma contra las costillas—, el coche está afuera. Caminá despacio y que no se te ocurra hacer ninguna boludez, acordate de la flaquita esa con la que andás.

Al salir al pasillo el viejo guardó el arma, pero me aferró del brazo con unos dedos que parecían funcionar con un mecanismo hidráulico. El Astra gris plata que me había seguido durante varios días estaba estacionado justo frente a la entrada de la galería, por Rivadavia. El motoquero abrió la puerta de atrás y me invitó a subir, a lo que accedí sin dudar. El viejo se sentó a mi lado, y el otro se ubicó en el asiento del conductor. Puso el motor en marcha, esperó a que la luz del semáforo cambiara a verde y arrancó. Escuché un ruido bastante particular y me acordé de Mercedes Iraola y de lo que ella me había dicho en su living de estilo victoriano. Era un sonido que pasaría desapercibido la mayor parte del tiempo, sobre todo en calles muy transitadas, pero que de madrugada y en un barrio tranquilo… Campanitas. O el sonido que hacen las chapas sueltas dentro de un silenciador que necesita ser reemplazado, como el del Astra gris. Aquello me hizo mucha gracia y debí haber reído sin darme cuenta porque el viejo me miró por un momento, sorprendido por mi reacción, pero no dijo nada y se limitó a mirar por la ventana. Cada tanto vigilaba que no se me fuera a ocurrir nada extraño, como intentar arrebatarle el arma o arrojarme del coche. Ninguna de las dos cosas me había pasado por la cabeza.

 Doblamos por Santa Fe, bajamos por Luro hasta el boulevard y enfilamos hacia el sur. La cantidad de vehículos disminuye mucho los fines de semana, pero eso no quita que en la costa uno encuentre largas filas de coches que avanzan a baja velocidad, por lo que mi chofer decidió cortar camino y al llegar a Buenos Aires continuó hasta Alberti y después bajó por Pellegrini.

Estuvimos callados todo el tiempo que duró el viaje. Ellos hacían su trabajo y se los veía sólidos, seguros y además iban armados, lo que los volvía peligrosos. Por mi parte, poco podía decirles ya que ellos eran simples peones y tendrían instrucciones precisas. Si iba a hablar con alguien, era con Arregui.

Cuando tomamos por Pellegrini y enfilamos hacia la costa el mar se abrió frente nosotros devorando las esquinas del paisaje a medida que avanzábamos, como el telón de un teatro que al descorrerse deja ver el decorado, las luces y los actores en escena. El sol, que a esa hora recorría la última parte de su viaje hacia la cuna del mar, acariciaba con sus pálidos rayos anaranjados los pequeños barcos pesqueros que también regresaban a puerto después de una larga jornada de trabajo. La vista se abría ante mí con una belleza especial, casi como si la viera por primera vez, y tuve esa sensación de libertad, frescura y espacios infinitos que me acompañaba desde chico y había extrañado tanto en mi primera visita a Buenos Aires, cuando salí a pasear en colectivo y recorrí calles y más calles sin ver otra cosa que edificios, autos y gente amontonada. Esa fue la primera vez que extrañé el mar de verdad. Quizá era por haber nacido en una ciudad costera y llevarlo en la sangre, como decía mi viejo, o por alguna de esas vidas anteriores de las que hablaba el doctor Weiss en su libro.

Era una imagen muy bella y podría haberme quedado contemplándola un buen rato, pero mi mente estaba en otro lugar, en Alejandra y en lo que podría suceder en las próximas horas, si es que disponíamos de tanto tiempo.

 

28

 

Nos detuvimos frente a la entrada de servicio que estaba por Pellegrini. El conductor bajó primero, caminó hasta la puerta, tocó el timbre y esperó. El otro se bajó después, sacó el arma y con un gesto me indicó que lo siguiera. Alguien abrió la puerta y los tres entramos al bar. Mi escolta, que ahora contaba con un nuevo integrante, me hizo cruzar una especie de cocina en la que había una vieja heladera de roble con manijas de metal, cajones de cerveza color azul con el logo de Quilmes en los costados, una mesada de acero inoxidable sobre la que estaban amontonadas unas cajas de cartón sin inscripciones y en un rincón un balde, una escoba y una pala de plástico. También había latas de cerveza apiladas junto la puerta. La atmósfera estaba saturada de olor a lavandina y ambientador de vainilla.

El lugar impresionaba vacío, opaco y un poco hostil, como si sólo cobrara vida de noche, cuando la música tronaba por los parlantes ocultos a la vista y la gente colmaba los espacios con sus conversaciones y risas de alcohol. Hacía frío y los muebles se veían deslucidos y sin brillo. Las alfombras parecían pieles de animales muertos. Las banquetas altas estaban apoyadas patas arriba sobre la barra y las sillas vueltas de revés y apoyadas sobre las mesas. En el centro del salón estaban cinco hombres sentados. Mi escolta me dejó ahí y se unió al grupo.

Arregui se encontraba en uno de los reservados del fondo del salón. Tuve que admitir que, a pesar de todo, era un tipo elegante con una presencia imponente y cautivadora, la clase de hombres que no pasaban desapercibidos y generaban confianza y seguridad, un engaño a prueba de balas que les funcionaba muy bien sin importar qué tan mal estuvieran de la cabeza. A su lado estaba Alejandra sentada en una silla. Tenía las manos apoyadas sobre las piernas, el pelo revuelto y rastros de rímel le corrían por las mejillas. Detrás de ella estaba un mastodonte con cara de mono y un cuello que no hubiera podido abarcar con mis dos manos. Con la mano izquierda la tenía agarrada del hombro y la vigilaba casi sin pestañear. Con la derecha sostenía una pistola, pero apuntaba hacia el suelo. Cuando ella me vio entrar le brillaron los ojos una décima de segundo, el tiempo que demoró en darse cuenta de que las cosas no habían cambiado nada.

Un pensamiento real, concreto y sin adornos, acudió a mi mente. No fue una reflexión profunda, ni pasaron frente a mis ojos las cosas que nunca había hecho, lo que iba a perder, los rostros de familiares y amigos, ni recuerdos de mi infancia. Tan sólo la certeza dura y cortante, como un vidrio roto aferrado en un puño desesperado, de que no había salida posible. Una parte de mí, con la voz de Alejandra y Garrido mezcladas en dos tonos superpuestos, me gritaba a la cara lo bien que salían las cosas cuando uno se ocupaba de sus asuntos y dejaba a los demás ocuparse de los suyos. No había héroes victoriosos en la vida real. Los héroes de verdad terminaban mal y muchas veces en el anonimato, desconocidos para el mundo, presas de su propia gloria, vacía e inútil, que al final no les dejaba más que un sabor amargo en la boca.

Arregui hizo una seña con la mano y el tipo que había visto en su oficina cuando me mostró la copia impresa del correo electrónico de Graciela Bertoldi apareció de la nada, me tomó del brazo y me arrastró hasta el reservado. Me dejé llevar sin protestar mientras calculaba el tiempo que había pasado desde que había enviado el mensaje a Garrido. Antes de retirarse, el tipo se acercó a Arregui y le entregó el pendrive que yo le había dado al motoquero en mi oficina.

El sol había desaparecido bajo la línea del horizonte y el lugar estaba en penumbras. Alguien había encendido las luces de la cocina. Las del salón seguían apagadas. Alejandra me miró con los ojos muy abiertos, pero no dijo nada. El rastro de sus lágrimas, que delataba el maquillaje corrido, se veía con claridad en sus mejillas. Con cierto alivio pude ver que no tenía golpes en la cara ni sangre en la nariz. Quizá le habrían dado algún tirón de pelo y un par de sopapos con la mano abierta para dejar en claro quién mandaba, pero nada más. Como si hubiera leído mis pensamientos Arregui se levantó del sillón, rodeó la mesa y me encaró.

—Ella está bien, Enrique, no se preocupe —dijo y se giró para mirar a Alejandra—: ¿Verdad, nena? Nadie te hizo nada —se volvió hacia mí y habló en voz baja, como si me fuera a contar un secreto—: Un empujoncito quizá, pero nada más. Es brava su chica, pero eso lo debe saber, me imagino.

Lanzó una carcajada y fue hasta a una mesa en la que había una notebook con la tapa levantada. Antes de que diera el primer paso le hablé a sus espaldas, lo bastante alto como para que escucharan todos.

—Interesante material, Arregui —dije—, para el Oscar. Algo por lo que una persona podría llegar a matar, ¿no? Sin prisioneros ni testigos.

Arregui giró para mirarme y sonrió, una sonrisa que casi se podría haber tomado como auténtica, amistosa e inofensiva. Una sonrisa ancha y llena de dientes que irradiaba superioridad y satisfacción. Una que metería miedo a las personas indicadas en los momentos correctos, pero que a mí, en esa situación en particular, me dio terror. Él era un tipo poderoso y decidido que tenía lo que quería, se sentía en control de la situación y eso lo volvía todavía más peligroso. Ahí no había garantías, él lo sabía y yo también. Alejandra comenzó a sollozar y se limpió los ojos con las manos, lo que acentuó el aspecto de nena desvalida que tenía. La miré, sonreí y le guiñé un ojo. La idea era calmarla, pero su mirada delataba tal resignación que me retorció las tripas por dentro.

—Un hombre hace lo que debe hacer, Martínez —dijo sin dejar de sonreír—. Así fue siempre y así seguirá siendo. El pez grande se come al chico. Un cliché de los malos, pero tan efectivo como el mejor.

—¿Y Liniers? —pregunté.

Quería ganar tiempo y también conocer los detalles. Si esa era mi última noche en la tierra y no podía pasarla como me hubiera gustado, por lo menos quería tener todas las piezas y poder ver la imagen completa.

—Liniers no supo darse cuenta de cuál era su lugar —respondió—, tan simple como eso.

No habría sido tan simple como eso, pero entre líneas había dejado espacio suficiente como para meter los dos volúmenes de Los Miserables en edición limitada, grandes y de tapas duras. Liniers habría exigido más dinero por su silencio o se habría negado a exiliarse durante un tiempo demasiado largo para su gusto y así, de un momento a otro, se habría convertido en otro cabo suelto. Un arma cargada que podría dispararse sin previo aviso y echar por tierra un plan que se había ejecutado casi a la perfección. Quizá no se había dado cuenta de que en el mapa de esa historia desaparecer era lo más lógico, lo mejor que podía hacer para su propio bien y el de todos. Arregui se lo habría dado a entender pero él, que seguro se veía como uno de los engranajes importantes de la maquinaria, decidió que ya había sido suficiente de jugar con libreto ajeno y quiso participar un poco más.

Lo único que Arregui necesitaba era el disco y como Liniers no lo tenía y tampoco sabía dónde estaba, decidió no arriesgarse y liquidarlo. O quizá ese había sido el plan desde el principio. Era lo más probable. Lo malo es que ese plan ahora me incluía a mí. Y peor todavía, incluía también a Alejandra.

—Nada es tan simple, Arregui —dije—, pero imagino que el señor Liniers se habrá cansado de jugar al amante de la gorda y del puto sin que ninguno de los dos se diera cuenta. O quizá pensó que le estaban pagando poco por representar dos papeles tan importantes, ¿no?

Arregui guardó el disco en el bolsillo interior de su saco, se acercó, puso ambas manos sobre mis hombros y me habló sin dejar de sonreír. Sus ojos se calvaron en los míos, grises como un invierno de Groenlandia y filosos como navajas suizas.

—¿Sabe qué pasa, Enrique? Algunas personas nacen para martillos y otras para clavos. ¿Y uno qué hace con un clavo que se tuerce y ya no sirve? —me dio dos palmadas en el hombro izquierdo y asintió con la cabeza varias veces, como reforzando la idea.

Sin decir otra palabra se dio la vuelta y caminó hasta la mesa que tenía la computadora encima. Se sentó, conectó el pendrive y le hizo una seña al tipo que vigilaba a Alejandra. El mastodonte la obligó a levantarse, la tomó del brazo y le puso la pistola en las costillas. La trajo hasta donde estaba yo y se colocó detrás de nosotros. “Ya está”, pensé, “Olvidate de Garrido, de escribir una novela, de mudarte con Alejandra y del asado de los domingos”. De repente me sentí viejo y cansado.

—Enrique… —dijo Alejandra en un sollozo apagado y me miró sin poder contener las lágrimas. No había reproche en su mirada, tan solo una triste y vacía resignación. La clase de mirada que aflora en los ojos de aquellos que al final deciden soltar las frágiles cuerdas de una esperanza que no querían dejar escapar, pero que se ve opacada por una realidad cruel y aplastante.

Alejandra había soltado las cuerdas, pero yo todavía no. Me jugué la última carta. Si ese era el final del camino quería irme con el recuerdo de la cara de Arregui cuando supiera que las cosas iban a salir un poco diferentes a como él pensaba. Era un disparo al aire, un manotazo de ahogado que quizá nos daría unos minutos más pero que en la situación en la que nos encontrábamos podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

—Si va a hacer lo que creo —dije con una voz que temblaba menos de lo que esperaba—, yo que usted me lo pensaría bien, Arregui.

—No sea boludo, Martínez. La historia termina acá, no hay nada que pueda hacer, hágase a la idea y no joda.

—Vamos Arregui, nadie merece morir por algo así —dije.

Levantó la cabeza de la computadora y me miró durante uno o dos segundos. Por un momento pensé que había tocado una fibra en su interior.

—¿Merecer? —dijo—, ¿Merecer? ¿Usted cree que la muerte es una cuestión de mérito? ¡Ja! Morirse no es algo que se gana con esfuerzo, Martínez, es una cuestión de tiempo y geografía. Nos toca en un determinado momento y lugar. A todos. Yo no sé cuándo me va a tocar, pero este momento y este lugar es el de ustedes. Sencillo, ¿Entiende?

Volvió a mirar la pantalla de la computadora, que en ese momento le estaría revelando si sus sospechas eran inventadas o reales, y sin levantar la cabeza le habló a nuestro guardián, el mastodonte con cara de mono y cuello de búfalo.

—Llevalos al campo. Que Juan y Adolfo te acompañen —fue lo único que dijo.

A continuación cerró la tapa de la notebook, se la dio a uno de sus muchachos, se levantó y caminó en dirección a la puerta que daba a la cocina del bar. El mastodonte tomó a Alejandra del cuello y a mí se me vino encima otro, que debía ser Juan o Adolfo.

Antes de que nos sacaran del bar y nos llevaran a nuestra última y con total seguridad anónima morada, lancé otro manotazo al aire.

—Oiga, Arregui —grité—, ¿y si esa no es la única copia del disco? ¿Y si existe otra y está en poder de un fiscal que en este momento viene para acá con toda la caballería a cuestas y un montón de preguntas?

Arregui se volvió hacia mí y me miró con expresión divertida, como cuando el hijo dice una burrada y el padre lo mira y murmura "nene, nene..." mientras mueve la cabeza de un lado a otro.

—No tuvo tiempo, Martínez —La sonrisa se estiró un poco más, lo que hizo que sus ojos se llenaran de pequeñas arrugas.

Ese fue mi turno de sonreír y lo hice con ganas, con muchas ganas.

—No sabe nada de computadoras, ¿verdad Arregui? —dije en el mismo tono condescendiente que él había usado conmigo—. Claro, no le hace falta, para eso tiene a sus secretarias robóticas —dejé de sonreír y lo miré fijo—, pero ¿sabe qué? debería. La información de un disco como ese puede enviarse tranquilamente por email y eso fue precisamente lo que hice antes de que sus chicos me llevaran a dar una vuelta en el Astra del Terror.

La sonrisa de su rostro desapareció y la reemplazó una expresión de recelo que se hizo cada vez más evidente a medida que los circuitos de su cerebro procesaban a toda velocidad la información que se les había suministrado y se acercaban a la conclusión de que aquello era en efecto posible. Los hombres de Arregui se miraban entre ellos con expresión neutra, pero una sombra de duda flotaba detrás de sus rostros curtidos de tipos duros.

—¿Lo hizo? —preguntó. Su voz era firme, pero ni por asomo como apenas un minuto antes—, ¿lo copió?

—Sí —respondí—, y lo otro también.

Era mentira, pero él no lo sabía. Había enviado copia de los archivos a Garrido, que lo comprobara si quería, ahí mismo tenía una computadora y conexión a internet. Lo que ninguno de los dos sabía era si Garrido lo habría recibido a tiempo y se había puesto en marcha. Si no aparecía pronto, las cosas se iban a poner feas de verdad.

—Vamos Arregui, ¿Qué va a hacer? ¿Nos va a matar? ¿Qué sentido tiene? Para el juez, Bertoldi se suicidó y la causa está cerrada. Liniers y Lemos eran sus únicos cabos sueltos y se mataron en un accidente de auto, así que ya no tiene de qué preocuparse.  

Arregui parecía una estatua, las luces de la calle bañaban de un amarillo pálido un costado de su rostro mientras que el blanco rabioso de las dicroicas del techo, que alguien había encendido, arrancaba destellos a las pequeñas gotas de sudor que iban perlando su frente ancha y lisa. Estaba embalado así que continué. Pensé que aunque Garrido no llegara a tiempo todavía teníamos una oportunidad.

—¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que sus aspiraciones políticas se vayan al carajo cuando la mierda llegue al ventilador? ¿Y? Mejor eso que ir preso por matar a dos personas inocentes. Déjenos ir Arregui, nosotros ya no tenemos nada que ver con todo esto. Usted sigue con su vida y nosotros con la nuestra.

Néstor Arregui podía ser corrupto, violento y un reverendo tirano hijo de puta, pero no estaba loco y tampoco era estúpido. Lo pensó tres segundos, lo pude ver en su rostro, pero la idea original tuvo más fuerza que mi discurso. Hizo una seña con la mano a nuestros guardianes y se dirigió a la puerta de la cocina. "Bien, ya está, hasta acá llegamos", pensé. Miré a Alejandra y la expresión que descubrí en su rostro me sumió en una tristeza apocalíptica.

En ese momento se escucharon sirenas a lo lejos. Arregui se volvió y tuve la impresión de que me miraba a los ojos, pero en realidad veía más allá, a través de los cristales de las ventanas, hacia la calle. Pude ver como la duda se reflejó en su semblante. Un pequeño gesto que creció hasta convertirse en una mueca de auténtico terror cuando el sonido se amplificó a medida que se acercaba y los destellos de luz azul que lo acompañaban se intensificaron, se multiplicaron y a los pocos segundos, como una cerúlea lluvia de meteoritos, ingresaron por los ventanales del frente e inundaron el interior del bar.

Su cara era una pétrea máscara de cera.

 

Las luces intermitentes de los coches de policía acariciaban las paredes con hipnóticas pinceladas de azul y blanco que rebotaban contra los cristales de las ventanas y las lajas de la vereda. Alejandra me miró y sonrió, pero era una sonrisa nerviosa que no conseguía ocultar la sombra del miedo que se vislumbraba detrás de sus ojos como una cortina pesada y gris. Me acerqué a ella y la abracé. Podía sentir como su cuerpo temblaba sin control. Hundió la cabeza en mi pecho y se aferró a mí con ambos brazos. Besé sus cabellos oscuros y murmuré palabras sin sentido. Ya no había peligro, pero iba a pasar bastante tiempo hasta que las cosas volvieran a estar bien.

Garrido me miró y asintió en silencio. Habíamos estado muy cerca del precipicio, los dos lo sabíamos, no hacían falta palabras. Acompañé a Alejandra hasta el patrullero que nos iba a llevar a casa y la ayudé a subir.

Aquella iba a ser una noche muy larga.

 

29

 

—Bueno, dale, como ejercicio mental está bueno —dijo Garrido—, pero te aclaro que podríamos estar toda la noche sin descubrir nada nuevo.

A pesar de sus protestas a Garrido le gustaba el juego, la sonrisa y el brillo en sus ojos lo delataban. Había pasado el tiempo suficiente como para que pudiéramos hablar de esa historia con soltura y hasta con un poco de humor, aunque Alejandra todavía estaba nerviosa y muy enojada. El famoso disco, que yo pensaba era la clave a todo el misterio, resultó no tener nada importante. Un archivo de audio, con la grabación de la que Arregui me había hablado en su oficina, cuando me mostró la copia del correo electrónico que le había enviado Graciela Bertoldi, y documentos con detalles de transferencias de dinero que nunca había declarado. Fue suficiente para que le iniciaran un proceso por evasión fiscal y abandonara temporalmente su carrera política, pero nada más. Había tantos intermediarios estratégicamente ubicados, que con toda certeza la mierda nunca llegaría a tocarlo directamente. La suya, como tantas otras causas que involucraban a personajes importantes de alto vuelo, seguramente acabaría juntando polvo en algún despacho de tribunales.

Pero algo no cerraba, estaba seguro. Era evidente que Arregui no sabía qué contenía el disco hasta que lo tuvo en su poder y nunca se hubiera arriesgado a cometer un asesinato por algo que podía arreglarse con abogados y guita. Estaba preocupado por algo más que un video inofensivo y un par de millones sin declarar. Algo mucho más oscuro. La clase de información que sí ameritaba llegar al extremo de matar para mantenerla oculta. Si eso era cierto yo no tenía nada de dónde agarrarme y lo único que podía hacer era generar conjeturas y nada más. A menos que él mismo lo confesara, nunca lo iba a descubrir. Y las únicas personas que podrían haber echado algo de luz sobre el asunto estaban muertas.

A eso jugábamos esa tarde en mi oficina. Garrido hacía tiempo antes de volver a su casa y yo esperaba que Alejandra llamara para encontrarnos en el centro. Íbamos al cine a ver Sherlock Holmes. Ella no quería saber nada de detectives y había elegido Avatar, pero insistí hasta que aceptó. El esfuerzo no me sirvió de nada, fuimos a ver la otra película una semana después.

—¿Quién la mató entonces? —lancé.

—Liniers. Era el único que tenía acceso a la casa y al departamento. O Lemos, que seguramente había estado en el asunto desde el principio y acabó siendo devorado por el pez más grande. Un clavo enfrentado a un martillo, como dijo el amigo Arregui. O...

—O en realidad no la mató nadie y ella sí se suicidó —dije para terminar la frase que Garrido había empezado —. A pesar de todo decidió meterse un tiro en la cabeza, Dios sabrá por qué, y eso desencadenó una serie de sucesos imposible de detener, como una avalancha de nieve en la montaña más alta.

—Estás escribiendo, ¿no? Se nota —dijo Garrido con una sonrisa.

—Sí —respondí.

—Un día lo quiero leer.

—Por supuesto —dije—, cuando lo termine.

—Te tomo la palabra.

Por decisión propia, y algo de ayuda de parte de Alejandra, había optado por dejar las aventuras de detective un tiempo y comenzar a escribir. Me decanté por una historia policial. El caso Arregui había sido una inspiración demasiado fuerte como para pensar en escribir sobre otra cosa. Además, tenía todos los elementos principales y el trabajo más arduo sería darle coherencia a la historia y agregar los condimentos necesarios para volverla interesante. Tenía unas cincuenta páginas escritas y la historia avanzaba. No me iba a hacer rico como novelista, pero disfrutaba mucho haciéndolo. A fin de cuentas, de eso se trataba.

Como Garrido no decía nada me salté su turno e hice la segunda pregunta.

—¿Y Arregui?

—Supongo que en un principio le encargó a Liniers el asunto de Bertoldi. Cuando Lemos se enteró habrá pensado que además podían ganar algo extra apretándolo. Acordate que él conocía la historia del disco. No sé qué tan bien se llevaría con su hermana o qué hubo de cierto en lo que te dijo cuando fuiste a su casa, probablemente fue todo mentira para proteger a Liniers y el chanchullo en el que estaban metidos. Cuando Liniers la mató por orden de Arregui, si es que fue así como sucedió, las cosas se habrán puesto muy tensas entre ellos. Quizá Lemos no esperaba que llegaran a tanto y se puso pesado. Liniers le dijo a Arregui y éste, que no es ningún boludo, decidió matar dos pájaros de un tiro. Gracioso sería que la vieja se haya matado sola y todo lo que vino después fue tu linda avalancha.

—¿Y qué dijo?

—Nada, el que habla es su abogado. Le echó el fardo al otro, a Liniers, pero ahí no podemos hacer nada.

 Encendí un cigarrillo y ninguno de los dos habló durante un rato largo. Cinco minutos después Garrido se levantó de la silla y caminó hasta la puerta. Antes de salir le hice una última pregunta.

—¿Y el accidente en la ruta? ¿Fue un accidente?

Me miró y sonrió. Yo sabía la respuesta, era una que estaba en mi cabeza desde que había leído la noticia en el diario.

—Eso no lo vamos a saber nunca.

—No fue un accidente, gordo, vos lo sabés. Lo de Bertoldi tampoco.

—Quizá —dijo en un tono que revelaba pesar y dudas—, pero hoy por hoy no podemos probar nada. —me miró directo a los ojos con una expresión muy seria—. Y Arregui está lejos de verse involucrado en algo más que la fiesta a la que los invitó a ustedes en Jazz ¿Van a hacer algo con eso?

—No —dije—, después de una larga charla pude convencer a Alejandra de que no valía la pena. A fin de cuentas Arregui cuenta con más guita y recursos que nosotros y la verdad es que no podemos acusarlo de nada. Al menos nada que se pueda sostener en el tiempo.

Garrido esbozó una media sonrisa y me palmeó el hombro con fuerza.

—Muy bien, conociendo el paño es lo mejor que podían hacer.

—Yo no estoy tan seguro —dije—. La verdad que todo esto es una reverenda cagada.

—Bastante bien nos va para la mierda de mundo en el que vivimos, Enrique —dijo Garrido con esa manera tan particular que tenía de explicar las cosas.

Yo no comulgaba del todo con esa idea, pero no podía negar que en nuestro caso, si tenía en cuenta lo que habíamos vivido los últimos meses, aplicaba de manera casi perfecta.

—Quizá Arregui sea el cerebro de todo el asunto Bertoldi, pero sin pruebas no podemos hacer nada —dijo Garrido. Hizo una pausa y después continuó—: Si es que tuvo algo que ver en eso, claro. Sin pruebas… No crime, no time, baby —me guiñó un ojo y salió por la puerta.

 Al final el hombre de leyes tuvo la última palabra.

Cuando Garrido dejó la oficina me embargó una tristeza enorme y no supe por qué. Me sentí vacío y seco, como los cascarones traslúcidos que encontraba de chico en la playa y mi viejo decía que eran huevos de tiburón, aunque nunca me tomé el trabajo de averiguar si realmente eran de tiburón, de tortuga o de algún otro bichomarino, pero siempre estaban rotos y vacíos. Exactamente igual a como yo me sentía en ese momento.

 

30

 

Dos semanas después Néstor Arregui fue imputado en otra causa por estafas y lavado de dinero. Lo que encontraron en el pendrive no servía de mucho pero despertó la curiosidad de los fiscales y decidieron desempolvar los archivos del municipio y revisar los de la constructora. Descubrieron irregularidades en la licitación por la Ferroautomotora y una serie de maniobras financieras ilegales, hechas por los directivos de Atlanta Construcciones, esta vez con Arregui a la cabeza. Esa noche Garrido me contó los detalles durante la cena, pero no le presté mucha atención. Nada de eso iba a permitir reabrir el caso Bertoldi.

—Bueno pibe, me voy que se hizo tarde ¿Te quedás?

—Sí.

—Bueno. Pagá y después arreglamos.

—Andá tranquilo.

—Olvidate Enrique, ya fue —dijo—, te conozco. Ahora sí se terminó.

—No va a pasar nada y vos lo sabés.

—¿Y? ¿A vos qué te importa? Arregui igual termina en cana por evasión.

Se levantó de la silla, tomó su abrigo y me miró en silencio. Se quedó ahí parado un momento, después se agachó y puso una mano sobre mi hombro. Yo giré la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Olvidate —dijo—. Tenés cosas más importantes en las que pensar ahora. No lo arruines.

—Chau gordo.

Le regalé media sonrisa, él me guiñó un ojo y se fue.

Poco después salí del bar, encendí un cigarrillo y me entretuve mirando los coches que pasaban por la avenida. Más allá, oculto en parte por el majestuoso edificio del Casino Central, el mar batallaba con el viento, que lo obligaba a estrellarse contra las piedras de la escollera. Una lucha sin sentido que lo llevaba una y otra vez a morir en la orilla mientras una bruma espesa cubría parte de la playa y el reflejo plateado de la luna se deslizaba con suavidad sobre las olas.

Era tarde y la noche se consumía a ritmo de saxo, lenta y suave, como una caricia que no desea terminar. El humo del cigarrillo danzaba entre mis dedos y se elevaba sobre mi cabeza, desvaneciéndose en remolinos desordenados. Le sonreí a la luna una vez más, dediqué un último pensamiento a Graciela Bertoldi y me dirigí a casa. Me perdí en la noche de la ciudad y en sus calles vacías y oscuras, mientras dejaba el efímero rastro de mi sombra sobre las paredes.

 

31

 

Ella me miraba en silencio desde el otro lado de la mesa. Trataba de sonreír, pero se notaba que debía hacer un esfuerzo muy grande para mantener la ilusión. Las secuelas de lo que habíamos pasado seguían ahí, como un recordatorio constante y doloroso. Alejandra había empezado terapia. Decía que le ayudaba bastante, y no sólo a manejar su miedo de ahora sino con todo en general. Me sugirió que hiciera lo mismo, pero yo no confiaba mucho en los psicólogos. Prefería resolver las cosas a mi manera. Sin embargo, de entre todo lo malo había aparecido algo bueno, un cambio radical. Ya no existía lugar para las dudas ni los juegos. Todo se podía ir a la mierda en cualquier momento y había que disfrutar de la vida al máximo. Por eso decidimos resolver algunas cuestiones pendientes. Alejandra se encargó de la mudanza y yo compré los anillos. Ella habló con la agencia de viajes y yo con los pintores y el albañil. Un solo departamento, una ceremonia, la fiesta, el viaje a México y nosotros dos. Por el momento no nos hacía falta nada más.

En Miranda de Día los precios seguían siendo un afano, pero eso no nos importaba. Teníamos mucho por lo que brindar.

Le hice una seña al mozo y pedí la cuenta.

            —¿Ya nos vamos? —preguntó Alejandra—. ¿Y el postre?

            —El postre lo tomamos en casa —respondí y le guiñé un ojo.

            —Mmm, ¡buenísimo! —dijo. Entrecerró los ojos y levantó una ceja—, pero esta vez empiezo yo primero.

El mozo trajo la factura y el ticket de cargo. Firmé, guardé la tarjeta de crédito y puse un par de billetes debajo de mi copa.

—¿Vamos?

—Vamos —dijo Alejandra. La ayudé a levantarse y fuimos hasta la puerta.

Al dejar el restaurante caminamos hasta la esquina de Alem y Almafuerte, bajamos por el Golf Club y de ahí hacia la costa. La temperatura era agradable y una brisa suave que provenía del mar nos regalaba aromas a sal. Cruzamos el boulevard, caminamos un poco más y nos sentamos frente al hotel Costa Galana. Alejandra apoyó la cabeza sobre mi hombro y me abrazó. El anillo en el dedo anular de su mano izquierda emitía destellos de luz dorada. Lo tenía frente a sus ojos y giraba la mano a un lado y al otro, mientras observaba como las luces de la calle se reflejaban en la pulida superficie y parecían imprimirle movimiento. Yo llevaba uno igual.

El horizonte era una explosión de rojos y naranjas que se iban diluyendo de a poco, devorados por un azul oscuro que acabaría en un cielo negro y lleno de estrellas. Un barco pesquero que volvía tarde a puerto se recortaba contra el horizonte como una sombra chinesca. No podía ver la estela de agua revuelta que dejaba a su paso, pero sabía que estaba ahí.

—¿Cómo le vas a poner? —preguntó Alejandra.

—¿Qué?

—A tu novela, la que escribiste basada en el caso Arregui.

Lo pensé por un momento. Al final se me ocurrió el mismo nombre de siempre. Supongo que porque era el indicado.

—Crimen imperfecto —dije.

—Crimen imperfecto —repitió ella, pesando las palabras—. Tiene fuerza, me gusta, es un buen título.

—Sí, es un buen título.

Me quedé pensando en la imperfección y en los esfuerzos que hacemos por encontrar lo perfecto allí donde no existe. Lo sabemos, pero igual insistimos, como si con ello pudiéramos cambiar la realidad. Lo buscamos en las personas, en los trabajos, en las relaciones y hasta en la vida misma. Una pérdida de tiempo que nos aleja de las cosas buenas que sí tenemos y merecen ser cuidadas. Pero basta con atravesar una situación límite o estar al borde de la muerte para recuperar la perspectiva. Si tenemos suerte y le ponemos ganas, los efectos pueden llegar a ser permanentes. Y si somos más afortunados todavía, los eventos que nos lleven a ese estado de iluminación puede que no sean tan drásticos.

La sombra chinesca había desaparecido junto con el barco y la noche se había adueñado del cielo y de la ciudad. Volvimos a casa caminando, tomados de la mano y tejiendo sueños en voz alta.