Capítulo 1

El Asesino de Novias #SoyTalento

Capítulo 1

Era el día de su boda, el mismo día en que pasó de novio a marido en cuestión de horas y de marido a viudo con la misma rapidez.

Antonio visualizaba en su mente los últimos acontecimientos previos al fatal desenlace. Cientos de pensamientos inquietantes se le agolpaban en la cabeza y una mezcla de imágenes hirientes y perturbadoras dominaba su mente a través de ‘flashbacks’ fugaces y repetitivos.

La espectacular llegada de la novia con su flamante vestido blanco, el emotivo momento del ‘sí quiero’ y su posterior beso, el romántico reportaje fotográfico en la playa y finalmente, el trágico y repentino final de su efímero matrimonio.

No hubo baile nupcial ni brindis ni momento estelar de partición de la tarta ni corte de la liga o de la corbata. No hubo nada más allá de lo estrictamente eclesiástico. Todo lo concerniente al acto de celebración posterior al enlace dejó de tener sentido, pasó a ocupar un insignificante segundo plano. Y todo ello porque la novia dejó de existir...

Sonia jamás regresó de la suite nupcial a la que se había ausentado momentáneamente para cambiarse de atuendo y lucir un segundo traje de novia para el banquete. Jamás llegó a exhibir ese segundo vestido.

Fue su madre, Maribel, quien encontró su cadáver al acudir en su busca en vistas de su tardanza. Sus desgarradores gritos al descubrir el cuerpo sin vida de su hija resonaron por todos los rincones del hotel, desde la recepción hasta la tercera y última planta.

Nadie sabía lo que había ocurrido pero todos los allí presentes estaban plenamente convencidos de que fuera lo que fuera lo que causó sus estremecedores gritos, debía ser algo verdaderamente aterrador.

No se equivocaron. En efecto, la escena era estremecedora.

Antonio fue consciente casi de inmediato de que nunca conseguiría sacarse de la cabeza esa última instantánea de su ya difunta esposa, un imagen deplorable que lo atormentaba sin cesar y que había superpuesto inconscientemente al dulce recuerdo de Sonia.

A partir del momento en el que contempló su cadáver, cualquier imagen suya anterior que intentara atraer a sus recuerdos era sustituida automáticamente por esa otra visión de su rostro desfigurado a golpes, esa sonrisa del payaso plasmada en su cara y sus ojos desorbitados y ensangrentados.

Estaba sentada en una silla a la que la habían atado con su propio velo. Su traje lucía a jirones malamente cortados a tijeretazos con las mismas tijeras que su asesino penetró en su carne una y otra vez hasta acabar brutalmente con su vida. Las mismas tijeras que asomaban discretamente entre sus piernas, donde también se había entretenido recortando sus genitales salvajemente.

La figura de Sonia con su media melena rizada de color negro, los dos luceros que simulaban sus ojos y su encantadora sonrisa eterna, se tornaba cada vez más lejana.

Las lágrimas rodaban plácidamente por las mejillas de Antonio a la misma velocidad que la secuencia de imágenes se reproducía en su cabeza. Escaneaba en su mente cada minuto exacto de ese preciso día en busca de algún detalle, algún invitado misterioso, alguna señal, cualquier indicio que lo ayudara a comprender por qué el mundo lo había castigado así, por qué le había entregado ante Dios su tesoro más preciado para horas después, arrebatárselo por siempre sin piedad, convirtiendo su alma en un puñado de añicos que sabía que nunca más lograría recomponer.

Antonio observaba su propia imagen en uno de los espejos integrados en las puertas del armario. Le costaba reconocerse a sí mismo. Su cabello despeinado y su prominente barriga eran las únicas partes de su cuerpo que todavía le resultaban familiares. Sus ojos azules y vivarachos habían dado paso a una mirada apagada y nostálgica y la amplia sonrisa que lo acompañaba a diario desde los inicios de su relación con Sonia, se había disipado de forma drástica, dejando una melancólica expresión de amargura en su lugar.

Durante unos segundos, perdió la noción de la realidad y se adentró en un mundo repleto de divagancias. Analizaba devastado la imagen de su propio rostro desencajado y sus ojos enrojecidos por el llanto.

“Estoy acabado”, fue su desgarradora conclusión.

Cuando ya no pudo soportar más la penosa visión del despojo humano en que se había convertido, agachó la cabeza y fijó la mirada en el suelo, donde fueron a parar las cientos de lágrimas que se le escaparon involuntariamente de los ojos. De repente, una voz desconocida lo devolvió al mundo real, del que se había ausentado para sumergirse y navegar nuevamente a través de la tortuosa secuencia de imágenes de la escena del crimen.

“Inspector Rojo, los compañeros de Científica han finalizado con el proceso de recolección de pruebas y la toma de huellas. ¿Quiere hacerles alguna pregunta o hablar con alguno de ellos antes de que abandonen la escena?”

El inspector, que estaba sentado en una silla con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza sostenida sobre las manos y la mirada fija en el suelo, se incorporó lentamente y observó detenidamente al agente que había de pie frente a él. Se trataba de un chaval joven, moreno, alto y atlético alrededor de la treintena, con las facciones acentuadas y la mirada profunda. Iba vestido de paisano bajo un look informal. Unos jeans, una camiseta lisa blanca y unas playeras negras, además de la clásica bandolera negra cruzada en el pecho que tanto caracteriza a cualquier agente independientemente del cuerpo al que pertenezca.

El inspector se tomó su tiempo para pensar en la respuesta. Por primera vez en su vida y después de tantos años de carrera policial, no sabía cómo debía proceder. La situación tan surrealista en la que se había visto envuelto lo había superado, literalmente lo había arrollado, estaba devastado.

“Deja que se vayan. Comuníqueles que quiero ser el primero en enterarme de los resultados de las pruebas y adviértales que como cometan un solo error en el procedimiento, me las arreglaré para que encabecen la lista del paro el mes que viene por muy funcionarios que sean. Eso es todo. Ahora déjame solo, como quiera que te llames”

“González, soy el oficial González del...”

“Está bien”, lo interrumpió bruscamente. “Puedes irte. Necesito estar solo”

El oficial captó la indirecta a la primera, asintió con la cabeza, se dio la vuelta y desapareció sin más. Antonio permaneció de pie con la mirada clavada en él hasta que abandonó la suite. Una vez lo perdió de vista, se volvió a sentar en la silla abatido, dispuesto a dejar fluir finalmente la desesperación y la rabia que lo carcomían por dentro. Necesitaba llorar, sentía la profunda necesidad de romperse de una vez por todas y gritarle al mundo a los cuatro vientos que se estaba muriendo por dentro poco a poco, con la suficiente lentitud como para que nunca olvidara la insufrible agonía que lo acompañaría por el resto de sus días.

No obstante, el inspector solo pudo disfrutar de su ansiada soledad durante unos escasos quince segundos. Apenas se había liberado de la chaqueta, la había colgado en la silla y acababa de desanudarse el nudo de la corbata, que le colgaba a ambos lados del pecho, cuando escuchó el tono repelente de la voz de Francisco Carvajal, también inspector del Grupo de Homicidios pero de la Jefatura de Policía de Sevilla, lugar de nacimiento de Antonio y de celebración de su enlace.

A pesar de que hacía meses desde su último encuentro, reconocería su voz en cualquier parte del mundo. La detestaba con la misma intensidad que lo aborrecía a él.

“Vaya, vaya… Mira a quién tenemos aquí, al mismísimo súper inspector Antonio Rojo, del Grupo de Homicidios de Almería. ¿Dónde ha quedado ese súper héroe a quien no había asesino que se le resistiera? Mírate, estás en las últimas, no eres más que un saco de mierda”, fueron las primeras palabras de Francisco, con quien Antonio había estado a punto de llegar a las manos en más de una ocasión cuando se habían visto forzados a colaborar en algún caso entre ambas jurisdicciones y quien, a juzgar por su discurso de bienvenida, venía con ganas de gresca.

El inspector Francisco Carvajal, un hombre con exactamente su misma complexión esquelética, barriga prominente y melena despeluzada, no venía solo. Lo acompañaba el inspector jefe Manolo Cobos, su superior inmediato, un hombre corpulento y de baja estatura de unos sesenta años de edad apodado ‘el chino’ por su marcado aspecto oriental.

Cobos no conocía del mote por el que lo llamaban cariñosamente sus compañeros a sus espaldas. No era partícipe ni de las bromas ni de los apodos, que calificaba de infantiles, y el cuerpo entero lo sabía, al igual que también eran conscientes de la razón de ese comportamiento arisco y desapegado.

El inspector jefe fue una persona alegre y divertida en su día, amante de las bromas y fiel admirador del buen sentido del humor. ¿La razón de ese cambio tan brusco en un individuo con una naturaleza tan pura y optimista?

La trágica muerte de su única hija a manos de su esposa, una experiencia lo suficientemente desgarradora como para quitarle las ganas de vivir a cualquier ser humano. Yurena solo contaba con tres semanas de vida cuando su madre, sumida en una profunda depresión postparto desde su nacimiento, decidió que la mejor forma de acallar la llantina de su hija era con la ayuda de una almohada, de la que se valió para ahogar su llanto para siempre…

El mismo día del funeral de su pequeña fue el día que Cobos enterró el recuerdo de su esposa Macarena, a la que un juez envió a un centro psiquiátrico y del que por suerte, no saldría jamás. Cobos sabía que nunca la olvidaría pero también era consciente de que jamás podría amarla sin odiarla. Su enfermedad no era motivo suficiente para perdonarle la muerte de su hija, no había consuelo que lo resarciera y verla a ella sería volver a revivir ese momento tan amargo día tras día. Yurena era un calco en vida de su madre, su enferma asesina.

Esa era la verdadera razón de que a Cobos se le hubieran acabado las alegrías en la vida y por la que había acatado el papel de mero observador, rol que estaba desempeñando en esos precisos momentos en que permanecía de pie con los brazos cruzados en medio de la sala, lanzándoles miradas escépticas a ambos inspectores.

Francisco solo tuvo que aguardar un par de minutos para obtener una respuesta clara y concisa por parte de Antonio, cuyas consecuencias resultaron de lo más desastrosas para él. Tras pasar por el Centro de Salud para que le curasen las heridas producidas por la pelea en la que se enfrascaron tras el primer directo lanzado por Antonio, Francisco fue trasladado a las dependencias policiales, donde pasó las siguientes tres horas discutiendo con sus superiores su disconformidad con su nueva asignación como miembro indiscutible del Grupo especial encargado de la resolución del caso del trágico asesinato de Sonia.

El inspector Antonio, por su parte, solo sufrió un par de rasguños sin importancia pero su rostro no denotaba ni un ápice de satisfacción por la lluvia de golpes que tantas veces había imaginado en su mente y que finalmente, había acabado propinándole al impresentable del inspector Francisco Carvajal.

Su comentario inapropiado y su descarada falta de tacto desencadenaron la furia de su compañero, alimentada por la impotencia de la situación, y ahora se encontraba en su coche rumbo al lugar del crimen, donde permanecía Antonio, quien se negaba en rotundo a abandonar la escena hasta encontrar alguna pista que lo llevara hasta el autor del macabro asesinato de su recién estrenada y fallecida esposa.

Francisco activó el limitador de velocidad a setenta y se preocupó por mantener el pie lo bastante separado del acelerador. No tenía prisa por llegar a su destino y reencontrarse con su recién enviudado compañero, a quien detestaba ahora con muchas más fuerzas. Sin embargo, esa furia que ardía en su interior se iba disipando poco a poco a medida que avanzaba en el camino y solo aparecía de forma intermitente cuando se hacía patente el dolor por las heridas consecuencia de la pelea.

Para cuando llegó al hotel donde se encontraba la suite donde habían asesinado a Sonia, el único que quedaba en la escena del crimen era el alma desvalida de Antonio, quien permanecía sentado en la misma silla en la que lo encontró horas antes exactamente en la misma posición.

Parecía que no hubiera transcurrido ni un solo segundo, era como si hubiera viajado en el tiempo y hubiera retrocedido al minuto exacto en que se lo encontró por primera vez ese día, como si la vida le ofreciera un segundo intento, como si le brindara la oportunidad de enmendar su estúpido error.

Tras observar a su compañero desde la puerta de la suite durante un par de minutos, entró en silencio, arrastró una de las sillas dispuestas en uno de los rincones hasta la posición donde se encontraba Antonio y se sentó junto a él.

“Lo siento mucho”, fueron sus primeras palabras. “Me he comportado como un verdadero cretino. No sé en qué demonios estaba pensando. Merezco los puñetazos que me diste y seguramente, incluso alguno que otro más. Pierdes a tu esposa de una forma espantosa el día de tu boda y a mí me puede más mi resentimiento hacia ti que mi calidad como persona. No sé en qué momento me convertí en esta clase de monstruo que soy ahora. A lo mejor, todo comenzó con la muerte de mi hermana, creo que nunca superé su pérdida”, le confesó desolado a la vez que se giraba y le daba la espalda para que no se percatara del torrente de lágrimas que comenzaba a descender de forma afanosa por sus mejillas.

Antonio, quien a pesar de haberse percatado de su presencia no había realizado ni un solo movimiento desde su llegada, lo observaba desconcertado. Su extraño comportamiento unido a su repentina sinceridad lo habían pillado totalmente desprevenido, tan desprevenido que no pudo contener una inexplicable sensación de empatía y lástima por él.

Era incapaz de culparlo por su reacción inhumana y por su conducta cruel y desnaturalizada claramente derivadas de su falta de hipocresía. Entendía su actitud y ese afán por humillarlo y maltratarlo, conocía bien ambos sentimientos porque ese mismo deseo desbordante corría impetuosamente por sus venas en esos precisos instantes.

Experimentaba cada segundo esa misma sensación de aborrecimiento y desprecio por la persona que horas antes lo había despojado cruelmente de Sonia, el ser que más había amado en este mundo, la luz que alumbraba sus días y que con su partida, había abandonado su alma a su suerte en los confines de la oscuridad eterna.

Se habían conocido tres años antes cuando Antonio aún era oficial y acudió a su domicilio junto a un compañero ante la llamada anónima de una vecina alarmándoles de gritos y ruidos en el piso superior.

Ese escándalo que se escuchaba desde la calle se debía a que Sonia se había enterado de una supuesta infidelidad por parte de Berto, su actual novio, y acababa de romper con él. Al parecer, su ya expareja no se tomó la noticia con la mayor de las alegrías y decidió destrozar el apartamento donde convivían antes de abandonarlo definitivamente. 

Por suerte, Antonio y su compañero llegaron justo cuando apenas había comenzado con su venganza y lograron tranquilizarlo y convencerlo de que abandonara el piso pacíficamente ante la amenaza de una denuncia inminente. Berto ya contaba con un extenso y variado curriculum de antecedentes por violencia de género, por lo que optó por no jugársela y se marchó del piso tras media hora de gritos e insultos contra Sonia y todo aquel que se le cruzara por delante.

Antonio no volvió a verla hasta pasado un mes en la boda de un compañero, casualmente el mismo que haría de padrino en la suya. Sonia era amiga íntima de su mujer Andrea, la primera persona que conoció cuando se mudó a Almería, donde Antonio había sido trasladado unos meses antes.

Fue ella quien se acercó a él, quien no la había reconocido aunque sí que había reparado en su presencia, él y todos los invitados varones solteros que se encontraban en el enlace. Sonia y su vaporoso vestido rojo pasión no pasaron inadvertidos para nadie. De hecho, Antonio no había podido quitarle el ojo de encima en toda la tarde, razón por la que ella acabó acercándose a él.

"¿Por qué demonios me miras tanto si no piensas acercarte a saludarme? ¿Te han dicho alguna vez que eres muy maleducado?", le susurró descaradamente al oído.

Antonio ni le replicó ni hizo amago de detenerla cuando se marchó. Se quedó allí, de pie, inmóvil, como petrificado, observando boquiabierto cómo se daba la media vuelta y regresaba a su mesa contoneando las caderas de una forma extremadamente sensual y prácticamente irresistible.

No pudo contener su fervoroso deseo por conocerla y saber de ella, y a la media hora ya se las había ingeniado y estaba sentado a su lado, ansioso por descubrir hasta el más secreto de todos sus secretos.

La adoraba, la idolatraba, era su alma gemela, su ‘yo’ femenino, la mujer perfecta con la que ansiaba compartir hasta el último minuto del resto de sus días. Lamentablemente, el plazo se acortó más de lo que hubiera previsto jamás y Sonia dejó de formar parte de este mundo sin preaviso y de la noche a la mañana. Su imagen se había desvanecido, lo había abandonado, sumiéndolo en un eterno estado de tristeza que lo aprisionaría por siempre jamás.

“¿Y ahora qué?”, era la única pregunta que taladraba su cabeza una y otra vez y cuya respuesta se hallaba en el más allá, en algún recóndito lugar fuera de su alcance.

Una mezcla de emociones y sentimientos desalentadores se apoderaba de todos y cada uno de sus pensamientos. Una escandalosa fusión de sensaciones de fracaso e impotencia lo perturbaba de forma insolente y cruel. Se sentía perdido, desorientado. Por primera vez en su vida, presentía que no podía controlar la situación, que se le escapaba desbocada de entre las manos.

Sentía pavor, le horrorizaba la idea de tener que enfrentarse a la cruda realidad, un escenario en el que Sonia ya no era la protagonista de la novela de su vida, y no estaba preparado para soportar su ausencia ni tenía claro si lo estaría algún día. No se sentía con fuerzas para asomarse al mundo real, motivo por el cual permaneció la noche entera sentado en una silla en la suite nupcial, el último lugar donde estuvo Sonia, el último sitio donde sintió su presencia por última vez y donde todavía se podían respirar las últimas gotas del aroma de su perfume.

Francisco no se separó de él ni un solo minuto, no lo dejó solo ni siquiera un momento a pesar de sus más que notables discrepancias y diferencias de pareceres. Sus superiores lo habían enviado allí en un último intento desesperado de que arreglaran sus diferencias definitivamente. Ambos gozaban de unas aptitudes psicológicas fuera de lo común que los convertía en individuos enigmáticos con unas dotes extraordinarias, y sus jefes sabían que la combinación de ambas facultades resultaría en un arma potentísima, por lo que no cesaban en su intento de convertirlos en compañeros inseparables. Finalmente, lo consiguieron.

Nadie tenía ni la más remota idea de lo que había ocurrido entre las cuatro paredes de la suite nupcial donde habían pasado la noche pero lo cierto es que inexplicablemente, cuando el inspector jefe Cobos acudió al lugar del crimen al día siguiente a primera hora de la mañana, se los encontró allí, sentados en el borde de la cama, el uno junto al otro con la mirada perdida en el suelo y el rostro desencajado.

Cobos sonrió para sus adentros al presenciar tal escena. Él sí que alcanzaba a entender lo que había ocurrido esa noche y no se equivocaba. Los dos inspectores habían compartido una noche de lo más aguada entre lágrimas, secretos inconfesables y reflexiones inocuas que no venían a razón pero que sin embargo, habían logrado que conectasen.

“Os he traído unos cafés. En recepción me han informado de que habéis pasado la noche entera aquí”

Cobos actuaba de forma natural, como si dentro de la normalidad existiera la posibilidad de que los dos inspectores se llevaran bien de una vez por todas.

Francisco fue el primero en levantar la mirada y saludar a su superior. Antonio, por su parte, permaneció sentado en el borde de la cama y acechaba a su compañero, quien había abandonado de un salto su asiento junto a él y se apresuraba hacia la puerta desde donde Cobos los observaba ensimismado.

Su opinión sobre él había cambiado radicalmente de la noche a la mañana. Esa sensación de aborrecimiento que lo inundaba y lo asfixiaba cada vez que se lo cruzaba, se había desvanecido en el aire. Francisco, ese hombre por el cual había sentido verdadera repulsión durante tantos meses y contradictoriamente, la única persona que había estado junto a él aguantando sus lamentos e insolencias en los momentos más caóticos de su vida, el único ser que había permanecido a su lado durante toda la noche velando el recuerdo de su esposa, era un individuo idéntico a él. Mismas virtudes y mismos defectos, un calco perfecto.

Ese descubrimiento repentino de sus similitudes unido a su inesperada confesión, lo convirtieron en su compañero más fiel de la noche a la mañana. Su compañero y ahora mejor amigo se había sincerado con él esa misma noche y le había confesado la razón de su aversión hacia él.

Francisco no lo detestaba por sus evidentes cualidades sobrehumanas, sino porque había sido incapaz de atrapar al asesino de Clara, su única hermana.










Capítulo 2