Prólogo

Conseguiré tu perdón

Prólogo

Seis años antes...

Cálida, suave y deliciosa... Daniel estaba verdaderamente sorprendido, no recordaba que Mariam, su novia, tuviera una piel tan tersa y blanda, su olor era distinto, tan dulce como la miel y tan hechizante como cualquier elixir. Tal vez se debía al exceso de whisky que consumió, pero le parecía estar mucho más excitado que nunca por su novia.

—Ábrete... —ordenó, mordisqueando la tierna piel de su areola, mientras sus manos separaban los muslos desnudos.

Los gemidos se hicieron lastimeros y la sintió tensarse, cosa que lo desconcertó. Suficiente tenía con que todo estuviera oscuro como para tener que sopesar que su novia estaba algo tímida.

—Vamos, cariño, ábrete para mí —espetó con delicadeza, y las delgadas piernas se abrieron sin objetar, dejando que él rodee su cadera con una para tener una mejor posición.

Con una sonrisa ladina, envolvió el pezón con su astuta lengua, robándole un gritillo ahogado gracias a sus audaces dientes que la abrasaron en un asfixiante placer.

Sin preámbulo la penetró con el dedo, notando que la hendidura estaba muy estrecha —cosa que Mariam nunca fue—, con su dedo gordo presionó la protuberancia hinchada y húmeda para relajarla, estaba tan suave que le urgía hundirse en ella.

—Aah... —No recordaba que su voz fuera tan apacible y sumisa, todo en ella era tan diferente como fascinante. Con ávidos movimientos, introdujo un segundo dedo, retorciéndola debajo de él.

Tan sensible como nunca.

—Me encantas. Hoy más que nunca —confesó, bajando sus besos por el vientre plano.

Ella intentó alejarse y Daniel presionó su cintura, esta vez no lo dejaría con las ganas, no por nada vino a visitarlo esta noche, ¿no? Solo Mariam y Andrés sabían el código de su departamento, así que ella estaba ahí con claras intenciones.

Inspiró su olor, uno tan delicioso que por un momento le costó reconocer, mas prefirió ignorarlo porque probarlo fue una necesidad que pronto demandó ser saciada.

La saboreó sin penas, pasando su lengua por cada punto cardinal que la hacía estremecerse de placer, fue tanto su goce que no escuchó las ahogadas súplicas que pedían que se detuviera.

Incorporándose, asaltó su boca y la calló con apremio, haciéndola probar su propio sabor. Los delgados brazos lo abrazaron por el cuello en respuesta y la suavidad de sus labios lo engatusaron, sin perder el tiempo, Daniel introdujo su mano entre sus cuerpos y guió su miembro hacia la entrada palpitante, con sólo posar el glande en la cavidad, consiguió que el pequeño cuerpo se sacudiera bajo el suyo.

Entrando un poco, logró aquietarla, sin embargo, la rigidez hizo que soltara sus labios y el sollozo femenino brotara de la garganta.

—¿Qué sucede? —Frunció el ceño, con la mandíbula apretada, empujando un poco más—. Estás muy tensa, Ma...

—¿Daniel?

La luz de la alcoba se prendió, y por varios segundos no pudo respirar, ni siquiera se atrevió a salir de la pequeña cavidad que aún no lo había recibido en su totalidad. No obstante, al ver la cálida lágrima vagar por la pálida mejilla, se apartó de sopetón en un brusco movimiento que no hizo más que reflejar la desnudez de ambos.

Su cuerpo se puso rígido, y su reflejo fue cubrir a la rubia que yacía en la cama con el cuerpo tembloroso.

—¿Qué hiciste, Daniel? —musitó Mariam con un hilo de voz, y él negó al instante.

No lo sabía... Ni siquiera entendía por qué la hermana de su mejor amigo estaba en su cama, por lo cielos, ¿en qué estuvo pensando Aria? ¡Era una niña! Ni siquiera tenía dieciocho años.

El alcohol lo abandonó, y la rabia lo asaltó, mas lo único que pudo hacer es sujetar su pantalón e intentar ponérselo para seguir a la mujer que se alejaba —una que él amaba con cada fibra de su ser—, dejando atrás a la hermana de Andrés —la mujer que acababa de arruinarle la vida—.

Capítulo 1