CAPÍTULO UNO

Maruja San, detective de andar por casa #SoyTalento

CAPÍTULO UNO

     Maruja San es mi madre, y me atrevería a decir que una de las mejores madres del mundo. En realidad se llama Maruja Sánchez Lumbreras, pero se cambió un poco el apellido porque así quedaba más chulo para su nuevo y peligroso trabajo.

            Hace unos cuantos meses se separó de mi padre. Al parecer, el motivo que la indujo a ello fue, según escuché que le contaba a una vecina, porque Ubaldino (ese es el nombre de mi padre) es un cacho de carne con ojos y un burro. ¡Casi nada! También dijo, gracias a Dios, que en el fondo es un buen hombre. No obstante, la versión oficial que me hizo llegar a mí fue mucho más light, o sea, menos chunga. Me dijo que no se entendían y que habían dejado de quererse. Lo típico. La separación se hacía necesaria o empezarían a tirarse los platos a la cabeza. Bueno, qué se le va a hacer, así son las cosas, y además, cómo podía seguir casada con un hombre que en muchas ocasiones la trataba como a una criada. No, desde luego que eso no era posible. Aunque entiendo la decisión tomada por mi madre, tengo que reconocer que a pesar de todo, yo a mi padre le quiero. Estoy convencido de que entre Maruja y él todavía hay algo, y no sería de extrañar que una reconciliación los volviera a unir.

             Ahora, mi padre está viviendo con mi abuela, que ha jurado no perdonar a mi madre en lo que le quede de vida. No se me olvidará nunca como lloraba, la pobre, el día que se enteró. Ella estaba en el tresillo con un disgusto tan grande que yo pensé que le iba a dar un arrechucho y todo. «Pero cómo se os ocurre separaos ahora, después de tantos años casados». «Qué va a decir la gente..., los vecinos». «Pero... por qué... qué es lo que ha pasado para que un marido no pueda perdonar a su mujer», preguntó a moco tendido.

            —No, Remedios (ese es el nombre de mi abuela) —le dijo mi madre—, yo no he hecho nada que deba perdonarme su hijo, lo que ocurre es que ya no nos entendemos, y es mejor así, que cada uno haga su vida.

            Vaya trago. Mi abuela no entendía nada, y sólo hacía que llorar y llorar. Y mi padre callado, porque en realidad él tampoco comprendía los motivos que habían llevado a  Maruja a querer la separación. Creo que yo era el único que estaba sobre la pista. Ella me había dicho en alguna ocasión que uno debe buscar y perseguir aquello que le dé la felicidad, sea lo que sea..., bueno, dentro de unos límites, claro, porque si a uno le hace feliz matar, pues no coge y mata a todo el que se cruce en su camino. Mi madre no era feliz con mi padre, ella quería tener otra vida distinta. Estaba harta de ver pasar la vida desde la ventana, y mi padre no compartía sus inquietudes, ni siquiera las entendía.

             Una mañana, mi madre me dijo:

            —José Luis, hijo, como no andamos sobrados de dinero, he pensado montar un negocio. ¿Qué te parece?

            —¡Ah!, me parece estupendo —contesté yo, pensando que se refería a una frutería, pescadería, tienda de modas o algo por el estilo—, ¿y qué negocio has pensado? —le pregunté.

            —Una agencia de detectives —me contestó como si nada.

            —¿Una agencia de qué... ?

            —De detectives. ¿Me vas a decir que con diecisiete años que tienes ya no sabes qué quiere decir eso?

            —¡Cómo no lo voy a saber! —exclamé—, es que me has dejado de piedra.

            —¿No te parece bien? —dijo mi madre, desilusionada.

            —¡¿Que si no me parece bien?!, ¡me parece estupendo!, ¡me parece genial! —exclamé eufórico—, ¿y de dónde has pensado sacar al detective? —se me vino esa pregunta a la cabeza, así..., casi sin pensarla.

            —Pero hijo, no hace falta sacarle de ningún sitio, yo voy a ser el detective.

            —¡Anda!, esto sí que es guay: Maruja Sánchez, detective privada. Me encanta.

            —¡A que sí!, a que es buena idea —dijo mi madre—. Lo que no me ha gustado mucho es eso de Maruja Sánchez, detective... ese nombre... no... no me parece que sea adecuado para...

             En ese momento tuvo la gran  idea de quitarle el «chez» al Sánchez y llamarse San, Maruja San. Ese nombre era mucho más detectivesco, más original.

            Y así fue como empezó nuestra emocionante y arriesgada aventura como detectives privados en busca de la verdad oculta, de atrapar al culpable y de hacer cumplir la ley... o algo así. La verdad es que la experta en estos temas, es mi madre, Maruja San, mi detective de andar por casa.

            En cuanto obtuvo el diploma y las licencias necesarias colgué un anuncio en Internet: MARUJA SAN, DETECTIVE LAS 24 HORAS. SI TIENE UN PROBLEMA, UN MISTERIO QUE RESOLVER, NO LO DUDE, MARUJA ES SU MUJER.

            No sé, a mí me parece que no nos quedó muy bien, que algún mal pensado podría entender otra cosa, pero mi madre se empeñó ya que decía que rimaba y todo. A mi madre no se la puede contradecir porque cabezona es un rato, y no se habló más del asunto.

            El despacho lo montamos en el salón de casa aprovechando la mesa de comedor y el tresillo de imitación a piel de color negro, aunque estaba un poco rozado. En las paredes blancas de gotelé, y para que hiciesen juego con el tresillo, habíamos colgado las fotos enmarcadas en negro de actores de cine como Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Mi madre las había sacado de una enciclopedia de cine en fascículos, que con paciencia y dinero había ido comprando en el kiosco que hay enfrente de la iglesia de Nuestra Señora de la Purificación. Unas cuantas plantas por aquí (de plástico por supuesto, que Maruja no era buena jardinera y las naturales se las cargaba todas), y unos cuantos libros por allá, y habíamos conseguido crear el despacho perfecto para una detective como Maruja San, y su ayudante, que soy yo: José Luis Morillo Sánchez.                

             El primer día hubo lleno total. La gente hacía cola en la escalera. Claro, que no era de extrañar, puesto que con motivo de la apertura Maruja ofreció un paquete de magdalenas y una docena de huevos como si fuera la inauguración de un supermercado. En este barrio, y me imagino que lo mismo ocurre en casi todos los demás barrios de una ciudad como Madrid, a la gente le molesta mucho esperar en el médico, en la oficina de empleo o en la carnicería, pero cuando se trata de que a uno le den algo gratis pueden pasarse horas y horas de espera, y tan contentos.

          

                               

                                                                                    

 

          

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