PARTE I. DIMENSIONES. CAPÍTULO 1

Árboles de ceniza ( Ganadora concurso #SoyTalento )

PARTE I. DIMENSIONES. CAPÍTULO 1


Me despierto. Bostezo… ¿por qué nuestro cuerpo hace este tipo de cosas involuntarias? Está visto que incluso ha sido un bostezo sonoro, porque cuando comienzo a cerrar la boca, me encuentro con el gesto de reproche de la señora que tengo sentada en frente y aunque le sonrío tímidamente para ganar puntos con ella, sé que ya me ha tachado de maleducada para toda la vida. Cuando le pregunten qué tal el día, ella hará alusión a la antipática muchacha que ha conocido hoy y seguramente empleará su preciado tiempo en hacer un larguísimo discurso hablando de esta juventud de hoy en día, que no tiene ni la más mínima educación. Ya estoy divagando… ¿qué más da? No la voy a ver nunca más. Ha sido una casualidad coincidir con ella, podría haber compartido cabina con otra persona, o más fácil aún, no haberme despertado bostezando…

Salgo de mis pensamientos apartando la vista de mi querida acompañante de cubículo y al mirar por la ventana recuerdo a dónde me dirijo. Hay que ver lo desubicada que te encuentras cuando te despiertas en un lugar extraño, y yo ahora mismo estoy en un tren…

Voy a la ciudad, a hacer un curso preuniversitario, que solo unos pocos afortunados tienen oportunidad de hacer. Los dos meses de verano en una ciudad que apenas conozco, lejos de mi casa, compartiendo clase con un montón de desconocidos…

No estoy muy convencida de que esto sea un buen plan, pues tengo por costumbre sentirme fuera de lugar, pero el curso lo imparte una eminencia de la neurociencia, el doctor Victor Walsh y sólo por eso ya tiene que merecer la pena. Sería una tonta si dejara pasar una oportunidad así.

Saco el folleto que llevo en el bolsillo y lo observo, intentando convencerme de que esto va en serio: “El sueño: estudio y demostración”. Dicho así parece poca cosa, pero lo cierto es que el sueño influye en nuestra existencia más de lo que nos imaginamos y en este curso, lo estudiaremos desde todas las perspectivas: filosófica, médica, psicológica...

Me gustan las ciencias pero siempre he querido estudiar filosofía. Mientras a otros les resultaba tremendamente aburrido intentar entender a los filósofos, yo los leía en mi tiempo libre, disfrutando de cada página, meditando sobre las fascinantes ideas que esas mentes privilegiadas intentaban mostrar. Lo que más adoraba de la filosofía era que te enseñaba a pensar y a desarrollar tus propias ideas. A ser visionario. Aunque a día de hoy eso signifique ser diferente. Un bicho raro en resumidas cuentas.

Por eso se supone que ahora debería encontrarme cómoda, porque por fin no me tengo que esconder, y puedo participar en algo que realmente me apasiona.

Veo por la ventanilla que el tren está entrando en la enorme estación central, así que me apresuro a recoger mi escueto equipaje y salir del compartimento la primera, deseando poder bajar por fin y estirar las piernas. “¿Y ahora qué?”. Recuerdo que me comentaron que me recogerían en la misma estación para llevarme a la academia, así que me dirijo hacia la salida buscando a la persona con el “cartelito” adecuado pero dada mi buena suerte y mi despiste, no solo no consigo encontrarlo si no que para mi desgracia me pierdo y vuelvo a aparecer en el andén del tren. “Esto es desesperante. Ni siquiera sabes salir de la estación“. Emprendo de nuevo el camino hacia la salida y al llegar a la puerta principal veo subir a un autobús un hombre con un cartel en el que a duras penas consigo leer “Academia Foucault”. Echo a correr como si me persiguiera el mismísimo diablo, sin embargo sé que es una carrera perdida y no voy a llegar a tiempo pues las puertas ya se están cerrando y el autobús se ha puesto en marcha. Freno en el borde de la acera a la vez que otro chico, que totalmente enfurecido suelta su maleta y comienza a protestar mientras intenta recuperar el aliento.

—¡Maldita sea! Podía haber esperado, ¿no crees? Además estoy convencido de que el conductor nos ha visto y directamente ha decidido pasar de nosotros. ¿Qué pasa, que llegábamos un minuto tarde? Tampoco es una academia militar, no creo que les costara tanto…

Ya no le estoy escuchando. Veo cómo mueve los labios, pero ya no presto atención a sus palabras. Me he quedado sin aliento y puedo asegurar que no es por la carrera, sino por él. Es alto, bastante más que yo, tiene un bonito cabello castaño claro, casi rubio, que lleva despeinado, no se si a propósito o por las prisas… y unos maravillosos ojos verdes. Me doy cuenta de que ha dejado de hablar y yo debo tener cara de una completa idiota, mirándole embobada. Por su expresión creo que me ha preguntado algo.

—Perdona, ¿qué decías?

—Decía que por tu carrera he supuesto que querías coger el mismo autobús que yo, que por lo tanto tú también vas a participar en el curso del doctor Walsh y que igual estabas interesada en compartir taxi para llegar a la academia. Por cierto, me llamo David.

Me tiende la mano a la vez que esboza una fantástica sonrisa y me doy cuenta de que vuelvo a poner la misma cara de boba que hace un momento. “Si sigo poniendo esta cara cada vez que hable va a pensar que soy tonta. Bueno pero entonces no me habrían invitado a un curso tan exclusivo como este. Así que tiene que pensar que como mínimo soy más inteligente que la media… Ya estoy hablando conmigo misma otra vez. ¡Eh! Reacciona, está esperando una respuesta”.

—Ari, me llamo Ari. Es una buena idea lo del taxi, siempre que seamos capaces de encontrar uno libre…

Antes de que haya terminado la frase le veo silbar a la vez que levanta el brazo y en menos de un segundo tenemos un taxi al borde de la acera. Que envidia, siempre he querido hacer algo así… pero ni siquiera sé silbar.

El trayecto hasta la academia resulta de lo más interesante. David no deja de hablar, parece entusiasmado con este curso y me sorprende, porque me parece demasiado guapo para que pueda estar interesado en algo así. No estoy diciendo que no haya chicos atractivos que sean inteligentes, pero la mayoría de los que he tenido la desgracia de conocer, no cumplían ambos requisitos. Eso te hace pensar que es algo que no se da con demasiada frecuencia. Me dedico a escuchar la mayor parte del viaje, primero porque no sé qué decir y segundo porque parece que no puede parar de hablar. Me cuenta que es la primera vez que está sólo en una ciudad tan grande, cosa que ya tenemos en común. Me habla de su familia, de sus tres hermanos y de su perro Nerón, un mastín de proporciones descomunales del que no se había separado nunca. Hasta ahora. Es sorprendente ver con qué cariño habla de todos, da la impresión de que son una familia muy unida. Todo lo contrario a la mía.

—Parece que estamos llegando —me dice mientras señala con el dedo hacia la ventanilla.

Cruzamos una verja de hierro adornada con el típico cartel que anuncia “ACADEMIA FOUCAULT” y el taxi reduce velocidad mientras se adentra en una zona boscosa. La estrecha carretera discurre flanqueada por gigantescos árboles que apenas dejan traspasar la luz del sol y al final del camino se alza el imponente edificio de piedra de la antigua institución. El autobús se encuentra a la entrada y la mayoría de sus pasajeros están aún recogiendo sus maletas. Parece que no nos han sacado mucha ventaja. Bajamos del taxi rápidamente y David paga al conductor antes de que me de tiempo a buscar mi cartera. Mientras nos acercamos al resto del grupo con nuestras pertenencias le recuerdo lo del taxi.

—Dime cuanto te debo por el viaje y te lo pago ahora mismo.

Me mira con cara de extrañeza y acto seguido esboza una sonrisa que yo ya he catalogado de encantadora.

—No hace falta, ha sido más que suficiente que hayas escuchado durante todo el trayecto sin protestar. Después del largo viaje en tren, necesitaba alguien con quien hablar. De todas formas si te sientes en deuda conmigo puedes invitarme a un café y te prometo, que incluso te dejaré hablar.

—Si, claro, por supuesto. Un café estará bien. —Me resulta extraño que después de apenas un viaje compartido, quiera seguir manteniendo contacto conmigo, pero supongo que será porque al igual que yo, no conoce a nadie más. Seguro que en cuanto pasen unos días haremos otros amigos y nos olvidaremos el uno del otro.

Miro alrededor, fijándome en el resto de compañeros y la verdad es que la mayoría tiene una pinta un poco friki, vamos, que parecen programadores informáticos que hace mucho que no ven la luz del sol. Eso me hace pensar si tendré yo esa misma pinta o por el contrario me parezco más a David y ninguno de los dos encajamos en este ambiente.

Aparece un hombre de mediana edad con unas hojas en la mano y da varias palmadas para llamar, nuestra atención.

—Buenos días. —Vaya, tiene una voz de lo más agradable—. Soy el profesor Martin y quiero daros a todos la bienvenida a esta institución. Durante las próximas semanas realizaremos un duro trabajo que esperamos, sea muy satisfactorio para todos y por eso lo mejor es no perder más tiempo y empezar cuanto antes con el programa. Os iré nombrando uno a uno y os facilitaré vuestro número de habitación. La residencia se encuentra atravesando esta puerta de aquí detrás. En la planta baja los salones, el comedor etcétera y en la plantas superiores las habitaciones. Una vez os comunique el número podéis ir a dejar vuestras cosas y a las doce debéis estar en el aula 214 para la presentación. Las aulas están en ese edificio que veis a la derecha. Bueno eso es todo de momento. Comencemos…

La retahíla de nombres hace que me despiste porque no tardo en darme cuenta de que solo somos tres chicas entre más de cuarenta chicos. ¿Significa eso que nos estamos moviendo en un territorio mayoritariamente masculino? Me asquea esa idea y espero que realmente no sea así. Oigo como llaman a David y este se acerca a mi oído para decirme:

—Luego nos vemos, guardarme un sitio en el aula.

Y se va. Yo me quedo mirando cómo se aleja pensando en qué suerte o giro del destino lo ha puesto en mi camino…

No sé si alguna vez he dicho que no debería pensar tanto. Resulto totalmente ridícula cuando me doy cuenta de que están repitiendo mi nombre varias veces y teniendo en cuenta que ya no queda ninguna chica más, el profesor solo puede referirse a mí. Los que quedan, me miran esperando una reacción por mi parte y yo, totalmente embobada pensando en David. No tengo remedio.

Hago un leve gesto con la mano y mientras noto cómo mi cara arde oigo alguna risita a mi alrededor.

—Habitación 111.

Recojo mis cosas e intento desaparecer lo antes posible de allí, porque como siempre, parece que tengo que empezar dando la nota. Entro por la puerta que nos ha indicado el profesor Martín y no puedo menos que disfrutar de cada detalle del interior del edificio. Paredes empapeladas con motivos florales, grandes columnas de mármol, enormes ventanales, suelos de madera noble. “Es increíble. Parece el internado de una película inglesa”. Cuál es mi sorpresa cuando al subir a la segunda planta y después de recorrer la mitad del largo pasillo abro la puerta de mi habitación. “No me lo creo”. Salgo de nuevo y miro el pasillo: madera en el suelo, cuadros en las paredes, puertas clásicas… Vuelvo a entrar en la habitación y sigo convencida de que algo no encaja. “Demasiado moderna, vacía, aséptica”. Paredes blancas y lisas sin ningún tipo de adorno. Cama, mesilla y escritorio con silla es todo el mobiliario que encuentro en ella. Todo blanco. Un pequeño armario empotrado con un espejo en su interior. Y no hay baño. Supongo que habrá uno común en alguna parte de esta misma planta. “Ya lo buscaré”. Me acerco a la ventana, lo único de la habitación que mantiene su formato original además de la puerta. Veo el patio de entrada en el que nos encontrábamos hacía unos minutos, más allá, hay un césped con mesas y bancos de piedra donde me imagino que los estudiantes comerán y estudiarán los días de buen tiempo. Por último está el bosque, grande y frondoso, tanto que ni siquiera puedo ver dónde acaba. “Seguro que es un buen sitio para esconderse si necesitas estar tranquilo”.

Miro el reloj y son ya las doce menos cuarto. Como no voy a poder deshacer la maleta la guardo dentro del armario junto a mi otra bolsa y antes de irme saco de ella a “Alfie” mi peluche favorito. Pienso que resulta un poco infantil, en realidad mi madre se empeñó en que lo llevara conmigo, pero ahora me alegro de tenerlo. Lo coloco sobre la cama como un acto de rebeldía contra esta habitación impersonal y fría. Miro el peluche desde la puerta. “Como estar en casa”. Bajo a la carrera la escalera y veo que no soy la única que tomo el camino hacia el edificio contiguo en el que se encuentran las aulas, así que me resulta muy fácil encontrar la nuestra ya que somos los únicos en la academia -en este momento no se imparte ningún curso más- y todos nos dirigimos al mismo sitio.



CAPÍTULO 2