Prólogo

Drakán

Prólogo

"Lo horrendo, grotesco y desconcertante, lo atrozmente impactante, también puede ser bello” – Laoconte.

Recordaba las espigas de trigo meciéndose con el viento seco del desierto. El cielo sin nubes, el sol incandescente calentando su piel, haciéndolo sudar mientras frotaba una piedra contra el acero de su espada.

Los niños corriendo a su alrededor, las mujeres enlazando paja en fuertes trenzas que cubrirían los techos de las tiendas durante el crudo invierno. Los hombres bromeando y arando la tierra, volviendo de la caza y de la pesca.

Su pueblo, su tribu. Los últimos descendientes de los dragones sobre la tierra. La pletórica estirpe que se ocultaba del mundo y de sus gobernantes. No poseían ambición, solo un utópico sueño de paz y años venideros; un sueño que les fue arrebatado.

—¡Camina!

Jalaron la soga que se amarraba en su cuello, haciéndolo tropezar con los pies y caer de bruces al suelo. Las piedrecillas sobre la tierra enterrándose en sus rodillas.

Un jadeo sordo escapó de su boca maltrecha. Sus labios partidos, su cabello grasoso y sucio pegándosele al rostro. La serpiente del hambre acalambrando sus movimientos, volviéndolo torpe y débil.

Él, un príncipe caído; un guerrero.

Su padre, el antiguo rey, seguramente se encontraba derramando sangre en lágrimas desde el Oslovana, el cielo de los dragones.

Cada respiración desgarraba los músculos de su garganta y cada paso dado hacía sangrar sus pies. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba caminando descalzo sobre las ardientes arenas del desierto; no lo recordaba.

Lo único que podía recordar era  la sangre esparcida cual marejadas tempestuosas, el grito de los niños siendo arrancados de los brazos de sus madres y sus hermanos guerreros dando la vida por defender a su pueblo; todos caídos.

—Este se muere. Dejémoslo aquí, Orias —dijo uno de sus captores.

Levantó la vista, extenuado y con un esfuerzo sobrehumano. Hombres opulentos, con vestimentas de seda bordadas con hilos de oro, lo rodeaban.

—No. No podemos darnos el lujo de perder más esclavos de guerra. No vine a ver la masacre para terminar con las manos vacías.

—Bah, lo que digas. Seguro se morirá en el camino y verás que tenía razón.

—La razón es cosa tuya, la suerte es cosa mía y hoy me sonríe.

Tiraron de la soga una vez más, su cuerpo colapsando ante el sol abrasador y cayendo al suelo.  Estaba consiente, mas sin fuerzas para continuar caminando.

—¡¿Ves?! Te lo dije.

—Cállate, no está muerto. Dale un poco de agua y súbelo a tu caballo.

—¡¿Al mío?! ¿Qué hice para merecer este castigo, Orias?

—Casarte con mi hermana, ahora súbelo a tu caballo o el único que se quedará en el desierto, serás tú —dictó la orden y vio al otro hombre bajar del caballo, gruñendo y maldiciendo mientras tomaba al esclavo desfallecido y lo lanzaba sobre el lomo del pura sangre.

—Maldito el día en que acepté un matrimonio sin tener dote para ofrecer. Miradme ahora, el perro de tu familia, eso es lo que soy.

—La noche de bodas no te quejabas —bromeó antes de retomar el viaje.

—¡Y ahora pago el precio por ello! —gritó al mismo tiempo que soltaba su cantimplora de cuero curado y vertía un poco de agua sobre los labios del esclavo—. Malditos linajudos. Algún día tendré el respeto que merezco.

El viaje continuó por incontables horas hasta que el sol hubo menguado y ellos llegado a una caravana establecida. Tambores sonaban y hombres bebían vino sobre negras alfombras con diseños bordados en dorado y carmín. Los dos hombres fueron saludados entre vítores y aplausos por sus iguales.

—Llévalo con los otros —demandó Orias.

El príncipe derrotado fue bajado del caballo y lanzado sin piedad dentro de una jaula de barrotes donde había decenas de otros esclavos; su pueblo. Desesperados se lanzaron sobre él, tocando su desfallecido cuerpo y ahogados en llanto. Sus cuerpos cubiertos con contusiones, sangre y tierra seca.

¡Príncipe!

Una mujer lo arrolló en su seno materno y acarició su rostro. Lavando las heridas de sus mejillas con lágrimas.

Lentamente abrió los ojos, el color verde de ellos mutando en un cetrino brillante. La característica que distinguía a los descendientes de los dragones del resto de los humanos; el color de sus ojos. Todos verdes durante el reinado del sol y cetrino durante el reinado de la luna.

Príncipe, sáquenos de aquí. Por favor.

Sálvenos.

Drakán.

¡Príncipe!

¡Ayúdenos, Drakán!

Gritaban a su alrededor zamarreando su cuerpo. Abrió la boca, pero no pudo hablar. No podía responder a sus súplicas, no podía salvarlos… No en ese momento.

Él, quien alguna vez fue el Drakán, el príncipe de la orgullosa tribu de los dragones, ya no era más que un simple esclavo moribundo.

Dos de los captores llegaron a la jaula, espadas enfundadas a un costado de sus caderas. Uno de ellos señaló al Drakán y torció una sonrisa. Su cabello tapado con un turbante y cubierto con piedras preciosas.

—Por la bendición de Armis, mira esos ojos. Esto es oro —murmuró sonriendo con crueldad—. ¿Cuál de ellos es el que te tiene tan contento?

—Míralo, ese es… El de cabello largo. Lo venderemos en el mercado de Rosalles.

—¿Ese? Pero parece que va a morir. Eres un hombre demasiado optimista, mi buen Orias.

—No, no morirá… —aseguró—. Podremos sacarle un buen dineral. Quizás hasta unas cuantas monedas de oro.

—Siempre apuntas alto.

—Oh, esta vez no lo hago, créeme. Cuando se corra el rumor de que estaremos subastando el príncipe de la tribu de los dragones, nos lloverá el oro, Taellas.

El nombrado parpadeó asombrado, intercalando la vista entre Orias y el Drakán.

—¡¿Por qué no lo dijiste antes?! ¿Sabes a quien le gusta coleccionar esclavos de sangre real?

—Ilumíname.

—Al príncipe del trono de Rosalles. Al príncipe Nethery.