Capítulo 1

Cimi (La dama gris I) #SoyTalento

Capítulo 1

Cinco años después…

 

Todo el mundo ama a los guerreros solares. Son poderosos, son majestuosos, son los encargados de mantener el equilibrio entre las criaturas de Peumayen. Son las criaturas elegidas para obtener un poder más allá del entendimiento.

Yo soy una de ellos. Pero a mí no me aman.

Soy la portadora de la muerte.

Nadie ama al Enlazador de Mundos. Vengo de una larga descendencia ermitaños y autistas, si han tenido suerte. Si no es así, terminan como psicópatas o peor, no me gusta pensar en esa opción.

—Anda. Apura el paso —me recrimina Muluc que va un par de pasos por delante mío, apenas me dedica unos segundos, y luego, sigue caminando.

Trato de no quedarme atrás, pero tampoco intento quedar junto a él. Sé que no le agrada mi presencia, en su favor tengo que decir que con el resto de los guerreros es igual. La camaradería que esperaba encontrar entre mis hermanos guerreros, no estaba hecha para mí, la veo en ellos, pero jamás la he recibido.

¿Quién recibe a la muerte con los brazos abiertos?

Muluc disminuye el paso, lo que me hace levantar la vista que estuvo todo el tiempo fija en mis pies, rogando porque este viaje acabara pronto. Me sorprendo lo suficiente como para detenerme del todo y, estoy bastante segura, quedarme con una expresión estupefacta bastante ridícula.

El Castillo Amarillo se encuentra a solo unos kilómetros de distancia, pero es tan imponente y majestuoso que puedo verlo desde fuera del reino. He leído sobre él en la biblioteca del Castillo Rojo o lo que queda de esta. Aunque he vivido estos últimos años en uno de los cinco grandes castillos, ver el Castillo Amarillo me emociona de sobremanera.

Los veinte guerreros solares somos criaturas escogidas que cargan con la marca de uno de los veinte sellos, los que se encuentran divididos en cuatro razas: amarilla, blanca, roja y azul. Existen cinco castillos, uno para cada raza y el último perteneciente a un pueblo oculto en el centro del Bosque de Bollelemu, el bosque más grande y poderoso que se encuentra en Peumayen.

Todo lo que he aprendido sobre Peumayen y los guerreros lo he hecho gracias a los libros que están en la biblioteca del Castillo Rojo, todos son escritos a mano y existe solamente una copia de cada uno. A pesar de que mi sello pertenece a la raza blanca, jamás he visto el Castillo Blanco, además, es posible que ni siquiera siga existiendo.

—Recuerda que debes cubrir tu cabello —dice Muluc a medida que nos acercamos a las puertas del reino.

Sin decir palabra alguna me subo la capucha. Sé que mi cabello de color rojo cercano al anaranjado no es normal, al menos no en el Reino del Huilli, donde nos encontramos ahora. Mi apariencia es la típica de alguien perteneciente a los Mares del Lafquen, que es de donde provengo. Cabello rojo, ojos de color pardo, piel blanca y pecas. Por el contrario, lo más común en el Reino del Huilli es el cabello rubio y los ojos azules. No significa que todos sean así, ocasionalmente ocurren algunas mezclas de razas, pero no son bien vistas.

—Recuerda mantenerte en silencio… —ruedo los ojos, por suerte Muluc no lo nota.

—Mantenerme en silencio y con la vista baja —termino por él, lo que provoca que bufe y siga su camino sin siquiera mirarme.

Me aseguro una vez más de que la capucha está en su lugar y lo sigo.

El acceso al reino es amplio y ruidoso, entra y sale gente de todos los tipos. Los olores son tan fuertes que los siento aun cuando falta para que crucemos las puertas, son en su mayoría de comida y especias, pero varios no los reconozco. Mi alimento en el Castillo Rojo ha sido bastante simple durante estos años, no nos podemos permitir mucho. La idea de una comida diferente, con todos estos condimentos hace que mi boca haga agua.

—El castillo se encuentra al final del camino.

—Todos los caminos llevan al Castillo Amarillo —murmuro distraída por la cantidad de gente que me rodea, más de la que he visto en toda mi vida. Todo está tan lleno de colores, olores y sonidos, que resulta casi asfixiante.

—A veces olvido que eres un ratón de biblioteca.

—No me ofende —replico.

—Pero jamás olvido que eres una asesina.

Eso tampoco me ofende, solo me lastima.

No lo digo, guardo silencio porque no quiero que lo sepa, no quiero que sepa lo mucho que me duele, o peor aún, no quiero que sepa lo mucho que deseo su cariño y el de todos los demás. Por sobre todo el de él. Desearía tanto borrar el recuerdo del día en que recibí el sello casi tanto como desearía borrarlo de la mente de Muluc.

—Debemos buscar un lugar donde alojarnos, por lo que parece la comitiva del Guerrero todavía no llega —habla más para sí mismo que para mí, así que me limito a seguirlo en silencio y con la cabeza gacha.

No es difícil encontrar donde hospedarse, lo complicado es encontrar un lugar donde haya espacio, por suerte después de tres intentos encontramos un hostal con dos cuartos simples libres. Me encierro dentro del mío lo más rápido que puedo, necesito un momento para procesar todo, un momento para respirar. Después de cinco años viviendo siempre con las mismas seis personas ver a tantas me abrumó un poco. Me dejo caer sobre la cama, es un colchón duro y pequeño, pero en este momento no me importa. Cierro los ojos.

Me muevo un par de veces de un lado a otro y cambio de posición, pero nada logra calmarme lo suficiente como para conciliar el sueño. Ya cansada, me siento y saco un libro desde mi bolso, es el único que traje conmigo, no porque fuera mi favorito, sino porque es el que me parece más útil para la misión en que nos encontramos.

En la portada de cuero aparecen los veinte sellos. El libro contiene la información de cada uno de nosotros, del sello en general y del portador contemporáneo al escritor. También narra hechos anteriores a la traición de los guerreros amarillos. Habla del mundo previo a este, cuando las criaturas mágicas eran libres de andar por su cuenta y todos los guerreros eran respetados. Es tan diferente al mundo actual que me asusta la idea de pensar que todo puede ser un mito.

A la mañana siguiente nos juntamos en el comedor a tomar desayuno. Bebo un sorbo de mi leche y, aunque intento controlar la arcada, me es imposible. Sabe horrible. Toda mi ilusión sobre la comida huillinche se desvanece. Intento otro sorbo, pero desisto, así que opto por probar el pan. Está duro y apelmazado. Lo dejo caer con un gran suspiro.

—No podemos permitirnos grandes lujos —dice Muluc al notar mi reacción. Estamos frente a frente, lo que no significa que me mire directamente, así que aprovecho de hacerlo yo.

Sé que debe tener entre ocho o diez años más que yo, su estatura es impresionante y su espalda es como dos veces la mía. Su piel es bronceada y su cabello negro, su mandíbula es cuadrada y una barba negra cubre su rostro, se afeitó antes de que dejáramos el Castillo Rojo.

Es guapo, en un sentido rudo y varonil. En lo personal me asusta un poco, lo que puede deberse, principalmente, al hecho de que jamás me ha tratado bien o siquiera sonreído una vez. Desde que llegamos al reino he visto cómo las mujeres lo miran, y es algo extraño, él finge que no lo ve, pero sé que lo hace.

—Deja de mirarme —gruñe mientras bebe de su vaso.

—No lo hago —replico bajando la vista.

—Siempre me miras.

— ¿Cómo lo sabes si tú nunca lo haces?

—Para que sepas eso tienes que mirarme —y lo hace, me mira a los ojos y por primera vez puedo ver que no son negros sino que de un color castaño no tan oscuro como siempre creí.

Ruedo los ojos, más que todo porque me atrapó, no tengo cómo replicar a eso.

—El Guerrero va a llegar hoy —agradezco el cambio de tema, así que dejo mi triste intento de encontrar una parte comestible en mi desayuno y lo escucho con atención—. Estuve preguntando y se espera su llegada para hoy al mediodía.

—Está bien.

— ¿Pero? —Al comienzo se siente extraño que pregunte mi opinión, tanto que considero no responder o dar una evasiva, entonces, lo pienso mejor. No tiene sentido que me calle las dudas, no ahora y no con él.

— ¿De qué nos sirve? —Me animo a preguntar—. Lo más importante es encontrar una manera de entrar al Castillo Amarillo y encontrar la localización de Carcerem —que es la prisión donde creemos que esconden a los guerreros.

—Él es quien tiene la localización —responde Muluc con un tono sombrío.

— ¿Anotada? —Pregunto, y algo en su forma de mirarme me dice que acabo de sonar como una idiota.

—Es el único que la conoce.

— ¡¿Quieres interrogarlo?! —Susurro de forma demasiado brusca, por lo que sale como un grito ahogado. Muluc me hace callar con un gesto furioso y mira en todas las direcciones, esperando que nadie nos haya oído—. ¿Cómo…? —Intento decir.

—De la única forma posible —me interrumpe.

Me quedo en silencio tratando de ordenar los pensamientos en mi cabeza, sabía que era una misión prácticamente imposible, pero jamás consideré que fuera suicida.

—Es el guerrero de la sabiduría, ¿qué te hace pensar que podremos obtener algo de información de él?

— ¿Tienes alguna otra idea?

—No.

—No critiques la mía, entonces. Además Manik me apoya, sabes que es la única forma de recuperar al resto.

—Si es que siguen vivos.

—Sabes que lo están.

Tomo una respiración profunda, lo entiendo, sé cómo funcionan los sellos. Los veinte sellos son poderes que superan a los mortales. Si un guerrero muere, el sello pasa a otra persona, al discípulo escogido por el maestro y si este no escogió, a una persona que el sello considere adecuada. Eso garantiza que siempre existirá un guerrero. Sin embargo, la duda sigue existiendo, el Guerrero es el poseedor de la máxima sabiduría. Si alguien puede encontrar una forma de acabar con los demás sellos es él.

—Confío en que... —dejo la oración a la mitad. La sola idea de que seamos los últimos guerreros no amarillos, me asusta y no sé por qué. No he recibido cariño o compañía por parte de los tres que conozco y nada me asegura que lo haga con los demás, pero de alguna forma extraña me siento unida al resto. Perdí a mis padres años atrás, aunque fui obligada a ser una guerrera solar ahora son mi familia. La única que me queda y voy a luchar por ella—. Sabes qué haré lo que sea.

— ¿Incluso matar al Guerrero?

— ¿Qué ganamos con eso? —Pregunto antes de controlarme, me obligo a bajar el tono porque sin darme cuenta volví a elevar la voz—. Es este guerrero el que sabe la ubicación de la prisión, no es el sello... —me quedo en silencio cuando una idea cruza por mi cabeza.

— ¿Qué pasa?

¿Qué pasa, Cimi? ¿Tanto cuesta decirlo? Es mi nombre, después de todo.

Me pongo a pensar, porque eso es lo que hago en los momentos más inoportunos y descubro que Muluc jamás me ha llamado por mi nombre. La idea me molesta. ¿Tanto le ofende decir el nombre? ¿Tan desagradable resulta el nombre del Enlazador de Mundos en los labios de la Luna?

Obligo a mi cabeza a volver a concentrarse para continuar con la idea que antes dejé inconclusa.

—Si el actual Guerrero muere, lo hace con él la ubicación de la prisión. Lo que no tendría sentido. No se puede perder una información así de importante como si nada —explico con calma, mientras, mis manos juegan con los trozos de pan, formando pequeñas bolitas con las migas.

—Tiene que haber alguien más que lo sepa... ¡Por supuesto! —Esta vez es Muluc quien se ve obligado a controlarse.

Casi veo una sonrisa asomarse en sus labios, pero desaparece antes de que se forme. Dar una buena idea no puede borrar lo que hice. No importa cuánto lo ayude, jamás dejaré de ser una asesina frente a sus ojos.

—Deberíamos conformarnos con espiarlo por ahora, ver si hay alguien en quien confíe o algo de lo que jamás se separe, además de intentar colarnos entre sus cosas para buscar —comento sin despegar la vista del montón de bolitas frente a mí.

—Está bien. Iré a dar una vuelta por el pueblo para ver qué puedo encontrar —me pongo de pie, desarmando la pirámide de bolitas, con la intención de hacer lo mismo, pero me detiene—. Tú te quedas aquí —voy a reclamar, mas no me deja—. Es una orden.

Me muerdo los labios para no replicar y caigo de vuelta a mi silla. Lo veo tomar sus cosas y salir por la puerta, no me vuelve a dirigir la palabra o siquiera una mirada. Se va como si yo no existiera. Varios minutos después, dejo la mesa y subo a mi cuarto, cierro con pestillo y me siento en la cama. Sé que no soy la mejor persona para venir a esta misión, de hecho soy la única entre los cuatro guerreros que vivimos en el Castillo Rojo que no es capaz de hacer esto.

Por desgracia, los demás están incapacitados. Manik es ciego y Men no tiene habilidades físicas. Son excelentes usando sus sellos, tienen un control absoluto de sus poderes, pero en este momento necesitamos algo más que los poderes, y eso son cuerpos ágiles y fuertes, y Muluc y yo somos los únicos que cumplimos con ambas características.

Muluc es el guerrero de la Luna, controlador del agua. Su sello pertenece a la raza roja, la que habita en la Cordillera de los Pueles donde se encuentra el Castillo Rojo.

Confío en él con mi vida. Confío en su poder y en su deseo de devolver a los guerreros a su estado original. Cuando estos fueron atacados la Luna fue el único que logró escapar. Es el único sello que jamás fue hecho prisionero, por este motivo es el que más conoce de su herencia. Hay mucha información que debe pasar de maestro a discípulo, con el ataque se perdió todo eso y los sellos comenzaron a ser traspasados de forma aleatoria, teniendo como consecuencia una generación de guerreros que ha tenido que ir aprendiendo todo por su cuenta.

Capítulo 2