Prólogo

Cimi (La dama gris I) #SoyTalento

Prólogo

Un gemido escapa de mis labios cuando me clavo una esquirla en la palma derecha, pero como voy a mitad del ascenso ni siquiera considero detenerme. Cada vez que logro apoyar la mano un escalofrío recorre mi columna. No es por el dolor, es por el sonido que hace la esquirla en contacto con la roca. El constante click comienza a martillear mi craneo.

Maldito anciano loco, pienso a medida que me sujeto de los bordes sobresalientes y apoyo los pies. Tengo los dedos entumecidos por el frío, casi he perdido la sensibilidad en ellos. Están rojos e hinchados y en las zonas en que me sujeto voy dejando un camino de huellas sangrientas.

Bufo, provocando que mi aliento salga como vaho y, por unos segundos, me nubla la visión. Me detengo un momento, aprovecho para recuperar el aliento y calmar mis temblorosos miembros.

Y tan bien que había partido el día.

Desperté con una seguridad de la que tardé en encontrar su origen. Después de pasar tantos meses sola en la Cordillera de los Pueles, los amaneceres se volvieron oscuros y desesperantes. Sin embargo, este era especial. Me sentía extrañamente feliz, porque por primera vez en mucho tiempo no estaba sola. Una sonrisa adornó mi rostro al recordar al anciano que rescaté la noche anterior. No estaba del todo cuerdo, pero, al menos, era compañía. Alguien con quien estar, con quien conversar, alguien con quien contar.

Agito la cabeza y retomo el ascenso. No es bueno detenerse con este frío y con el cuerpo caliente, es una de las cosas que he ido aprendiendo por ensayo y error. El sudor, bajo la chaqueta de cuero que estoy usando, es frío y baja por mi columna hasta el cinturón de mis pantalones. Siento el irrefrenable deseo de quitármelo, pero estoy a varios metros de altura siendo golpeada por un viendo inclemente. No hay forma de que eso acabe bien.

Mi respiración sale entrecortada por el esfuerzo. Lanzo un gemido cada vez que apoyo la mano. No sé si seré capaz de llegar a la cima de este montón de rocas, pero tengo que intentarlo. Ese anciano es lo último que me queda, él es lo único que tengo. No lo conozco, no fue capaz de decirme más de él que su nombre, Cimi, y que tenía hambre. No obstante, es suficiente para mí.

Un sonido extraño suena sobre mi cabeza, es como un… un movimiento de algo grande y pesado… es constante… como…

Ay no.

Levanto la vista para encontrarme con las alas metálicas de un alicanto reflejando la luz del sol que comienza a brillar por el este. Parece llevar mucho tiempo dando vueltas sobre mí, pero al no proyectar sombra no lo noté antes. Es extraño. Las criaturas mágicas estamos prohibidas, más que eso, estamos olvidadas. Somos mitos, cuentos que se les narran a los niños antes de dormir. ¿Qué hace una criatura tan magnífica como un alicanto en esta zona?

Sin que pueda preveerlo, el ave disminuye la altura de su vuelo y pasa cerca de mí, peligrosamente cerca de mí, para ser más precisa. Tanto así que debo sujetarme con más fuerza de la roca para no caer. Cuando creo que se ha ido, vuelve a hacerlo. El sonido del aire pasando entre sus plumas metálicas es agudo y persiste en mis oídos.

—¡Ya basta! —Exclamo—. Tengo algo que hacer, no puedo… —vuelve a pasar, pero esta vez acompañado de su gañido tan característico. Ahora sé de qué animal es ese sonido que llevo escuchando varias semanas por las noches. He tenido de compañero de viaje a un alicanto.

Vuelve a gañir, aunque ahora desde la cima de las rocas. No somos del mismo ambiente, así que sus gañidos no tienen sentido para mí, pero algo me dice que está apurándome. De alguna forma me insta a que suba más rápido y así lo hago. Subo a toda prisa los últimos metros que faltan. A medida que el final se acerca, la luz del amanecer ilumina todo lo que me rodea. Las rocas pierden el color gris oscuro para tomar uno verdoso con manchones blancos.

Mis brazos y piernas tiemblan cuando subo la última roca. Me dejo caer de espaldas, esperando que mi respiración se normalice en algún momento para seguir moviéndome. Estoy cerca de él. Casi puedo escuchar sus murmullos. Ruedo mi cuerpo y me apoyo en las rodillas. Quito la esquirla con dedos temblorosos, una gota de sangre recorre mi mano hasta la muñeca para perderse en la tierra.

Algo suena y esta vez sé que no estoy imaginando. Soy capaz de escuchar los murmullos del anciano. Enderezo mi cuerpo, aunque mis piernas siguen débiles. Lanzo un grito ahogado al verlo en el borde del acantilado. No distingo sus rasgos, porque está a contra luz, pero me los sé. Lo conozco como conozco cada línea en las palmas de mis manos. Uno conoce a lo que se aferra. Y en este momento, me aferro al anciano con uñas y dientes.

—¿A dónde va? —Pregunto con un hilo de voz.

Al igual que anoche, sus ojos tardan en encontrarme, solo que ahora parece peor. Su mirada vaga de un punto a otro incapaz de dar conmigo.

—Aquí estoy —levanto la mano, intentando ayudar.

Por favor, mírame. Aquí estoy.

Mis ojos se adaptan a esta luz y sus rasgos comienzan a tener algo más de sentido. Veo que sus labios se mueven formando frases y palabras que no logro oír. Hago un movimiento con la mano y, al fin, logra dar conmigo. Quiero creer que la mueca en su rostro es un intento de sonrisa.

—Ya vienen —esta vez sí está dirigiéndose a mí.

—¿Quiénes? —Le pregunto, disminuyendo con lentitud esos pocos metros que nos separan, aunque todavía se encuentra cerca del borde.

—No lo sé, pero ellos dicen que me quieren atrapar —responde y su vista vuelve a perderse—. Sí, todos dicen lo mismo.

—No hay nadie más que nosotros en este lugar —murmuro al ver que retrocede un paso, provocándome un dolor en el vientre—. Estamos solos.

—Nunca estamos solos, ahora mismo puedo verlos —da otro paso hacia atrás y yo avanzo dos en su dirección—. Pronto tú también podrás verlos. Lo harás mejor que yo, niña —la forma en que dice eso me pone todos los vellos de punta. No lo pienso mucho, me lanzo hacia él, pero se me adelanta y retrocede el fatal paso que lo separa del vacío.

Un grito más parecido a un gruñido sale de mi garganta. Me abalanzo hasta el borde, donde caigo de rodillas, apoyando ambas manos mientras lo busco en el fondo. Solo soy capaz de distinguir la ropa de color gris a medida que cae. Cuando el final se aproxima, me alejo y cierro los ojos, rogando porque no haya eco.

Sí lo hay, o quizás fue mi mente la que creó el sonido de aquel golpe.

Lágrimas de pena y de frustración caen por mis mejillas, vuelvo a estar sola y ni siquiera soy capaz de entender lo que hice mal. Me duele el pecho, me duele… lanzo otro grito, porque mi cuerpo parece rasgarse.

Un hilo de sangre comienza a brotar desde mi cadera. Ya no sé lo que está sucediendo, el dolor es ensordecedor y parece sacarme de mi cuerpo. Puede sonar absurdo pero sé que no estoy muriendo, pues siempre asumí que la muerte era todo menos dolorosa. Más aún, creo que la muerte es el escape final de este dolor que genera la vida. La muerte es mi última opción.

Poco a poco, aunque se siente como si hubieran transcurrido años enteros, el dolor va remitiendo para pasar a ser uno latente.

Estoy de espaldas en la tierra, el sol sale y me baña con su luz, todo mi cuerpo recibe su calor, pero ya no soy capaz de absorberlo. El frío parece haberse asentado en mí y sé que ya no podré volver a sentir calor, lo perdí tal como sucedió con mis padres, tiempo atrás.

Cuando mi respiración logra normalizarse, me animo a abrir los ojos.

Estoy bañada en sudor y la sangre de mi cadera. Ni siquiera considero quitarme la ropa, tampoco moverme. Mi chaqueta está toda roja, manchada en sangre. Tendré que conseguir otra.

No obstante, algo pasa. Oigo un ruido a lo lejos. Siempre los hay en la cordillera, pero esto es algo diferente. Un sonido tan ajeno como yo, aunque no es una criatura. La tierra tiembla y crece a cada segundo, como si se preparara para algo grande. Algo terrible.

Lágrimas caen por mis mejillas, no sé si lloro por su muerte o por el abandono que significa. Solo sé que estoy igual que antes, sin compañía, desamparada en un mundo que no tiene compasión con los de mi especie.

Nunca estamos solos, las palabras del anciano resuenan en mi cabeza.

Vienen por ti, me dice una voz suave, etérea. Un escalofrío me recorre el cuerpo, porque se supone que estoy sola en este lugar.

Abro mis ojos y los veo. Decenas de ellos, rodeándome, estirando sus manos hacia mí esperando que les dé algo que ni siquiera estoy segura de poseer. Mi respiración sale como vaho, pues la temperatura ha disminuido considerablemente. Paso las manos por mis brazos, pero no logro entrar en calor.

No tiene sentido, dice una voz a mi lado, volteo y me encuentro con el anciano, o algo muy similar a él. Es como si lo viera a través de un vidrio sucio. No distingo los detalles, solo lo suficiente como para saber que es él.

—Me dejaste —le recrimino y siento como las lágrimas quieren volver a salir.

Sí, lo hice, admite y, aunque tiene un tono de pena, sé que no lo lamenta.

—Vete —ordeno, porque ya no quiero seguir viéndolo. No espero que lo haga, pero lo hace. Se va, solo que no sé a dónde. Ni siquiera sé si realmente estuvo aquí conmigo.

Vuelvo a ver a todas las personas que me rodean y me miran de forma anhelante, siento su presencia como antes era capaz de sentir la tibieza del sol. Los siento en cada parte de mi cuerpo, como si fueran una extensión de mis extremidades.

¿Será posible que mi soledad haya acabado? ¿Qué precio he pagado por ello?

Me pongo de pie y observo a mi alrededor: los cerros iluminados por el sol, toda aquella luz y calor que de alguna forma no me alcanzan.

El galope de varios caballos llama mi atención y, en este trágico instante, me doy cuenta de que es cierto.

En efecto, vienen por mí.

Capítulo 1