Disolverse

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Disolverse

Tenía unos ocho años, recuerdo toda la escena perfectamente: mi madre hablando en la mesa del comedor, bien vestida y peinada como era usual cuando recibía una visita, en la silla a su lado, una amiga cuya identidad no recuerdo. Curioso. Comencé acotando que recordaba a la perfección. Dos cafés. Sí, eso sí lo recuerdo. También las palabras de mi mamá: “ese embarazo me dañó los planes de irme de aquí”. Tragué saliva. “Tuve que dejar de trabajar y me quedé atrapada en este infierno, con ella”. No hablaba de mi hermano entonces. El recuerdo finaliza conmigo llorando debajo de mi cama. Sólo un lugar seguro en toda una casa.

Sin gastar dinero en psicólogos comprendí hace muchos años que mi insistencia en complacer a los demás se remonta a aquel día. El día en que supe que no era suficiente ni para la persona que debía quererme desde antes de conocerme. Por eso le dije que sí. Por eso acepté cuando mi profesor de literatura me preguntó si quería participar en aquel concurso. Me gustaba el sentimiento. Alguien pensaba que era buena en algo.

Claro que no pensé bien las cosas. En tan solo dos semanas debía entregar un relato corto que venciera a los otros cuarenta y nueve relatos provenientes de mentes que ya habían generado dos historias más interesantes que una película de John Hughes antes del desayuno. Así que pase la primera semana asistiendo a clases como de costumbre, me gustaba ir a clase y pasar el tiempo libre con mis limitados amigos. En ocasiones me dedicaba a idear una buena historia para contar, y muchos temas llegaban, hasta que terminaba culpando al profesor por elegirme. No a mí por aceptar sin dudar. Tal vez era su venganza por lo que había pasado el sábado.

Después de asegurarle al profesor Díaz que tenía más de la mitad del relato hecho, decidí que era tiempo de comenzar a escribir algo. Ese mismo día decidí saltarme las clases de la tarde y me fui al apartamento. Había cartas en el piso. Cuentas, seguramente. No eran mías, aún más seguro. Revisé mi celular. Sólo mensajes de mi mamá. Seguro otra vez había olvidado la clave de su correo electrónico.

Me devoré una pizza como almuerzo. Estaba muy buena. Ya mi figura no puede quejarse más. Abrí mi computadora y al ver esa página en blanco frente a mí, comencé a pensar. No tardé demasiado, sólo tuve que visualizar tres cosas: las cartas dirigidas a otro nombre que puse sobre la mesa, los mensajes en mi celular, mejor dicho, los mensajes que no estaban en mi celular; y todo, en general. Mi pasado. Fue imposible no pensar en el futuro. Y en ese momento, la idea llegó. Aunque a estas alturas estoy segura de que había estado en mí desde hace rato, pero de alguna manera la estaba evitando. Era una idea maravillosa y liberadora, pero también oscura y determinante. Decidí escribir sobre mí, embriagada con el sentimiento creado a raíz de todo lo antes mencionado.

En el reglamento especificaban que el escrito debía llevar menos de doscientas cincuenta palabras, así que fue un tanto difícil dejarlo tan corto. Pero después de reformular una y otra vez, y revisar como una loca obsesiva cualquier error ortográfico, mi obra maestra estaba terminada.

 Mientras escribía había notado un par de mensajes que habían llegado a mi teléfono. Pensé que eran de mi señora madre así que no les presté atención. Debí hacerlo, puesto que eran mensajes del profesor Díaz alentando mi talento y disculpándose por el incidente del sábado. ¡Ah! ¿Por qué ignoré esos mensajes? Bueno, todos tenemos grandes arrepentimientos en esa vida. Así que yo, ciega de la situación actual, le envié por e-mail mi valiente escrito.

Lo leyó justo cuando le llegó. Esperaba una obra maestra. Lo era. Comienzo flojo y sentimental, él odiaba eso. Pero me enseñó que debes colocar un final que los golpee, que los deje pensando y queriendo más. Eso lo logré, porque el profesor no tardó dos minutos en levantarse de su silla, agarrar sus llaves y salir de su casa. ¿Qué pensamientos habría por su cabeza cuando estaba en camino? ¿Sentiría orgullo? Sólo él lo sabrá por siempre. Él y su mente. Esa cajita compleja y juguetona en la que escogemos guardar muchas ideas que normalmente refutamos y llamamos “disparates”. No lo hagan. Hagan más “disparates”.
El profesor llegó como un torbellino al tercer piso. No esperó el ascensor. Llegó como en piloto automático al apartamento 8-C. Pero como había pasado aquel fatídico sábado, el profesor Díaz llegó muy tarde. Ya me había disuelto en la nada.