La náufraga del metro

Náufraga en el metro

La náufraga del metro

Como cada mañana, intento evitar salir de mi escondite de franela abrazándome a la almohada.

Como si ella me fuera a salvar de caer en un abismo.


Como cada mañana, llego tarde y salgo corriendo entaconada con mi pelo alborotado, como mi corazón.

Dejé de intentar peinarme al ver que siempre hace lo que quiere.

Es indomable, como él.


Como cada mañana, al entrar en el vagón intento que no se me caigan los tapper... ni el bolso, ni el libro, ni la poca energía con la que empiezo el día.  

Mientras me como una manzana rodeada de caras medio dormidas y desilusionadas, la banda sonora de BlackBear que escupen mis cascos contextualiza el plan de estratégico con el que pretendo arreglar mi vida en 5 pasos. A veces hasta me los creo y otras una duendecilla desalentada se apoya en mi hombro encendiéndose un cigarro diciendome: “¿Cuando vas a aprender muñeca?


Me pregunto si algún día dejaré de levantarme triste los lunes, llueva o no...Aunque si llueve más, para que mentir.

Como cada mañana, me pisan con las prisas..Por eso discuto con los que entran cuando tengo que salir. Todos empujan, nadie respeta turnos…Todos tienen prisa, pero nadie va con (c)alma.

Si no sabemos respetarnos en simplezas, ¿Cómo pretendemos no lastimarnos en historias importantes?

Por eso siempre acabo llegando a la conclusión de que si no somos respetados para salir de un vagón, es normal que tengamos hecho trizas el corazón.


Así que, como cada mañana, dejo a mis demonios en ese vagón y me sonrío delante del ascensor de la oficina, mientras se abren las puertas a mi planta.

Hoy va a ser un gran día.