OJOS VERDES

OJOS VERDES

OJOS VERDES


Se levanta de su particular precipicio y ahí está él, tendiéndole la mano, recogiéndola de su caída.

Un prado, verde como sus ojos, se extiende bajo las nubes que no se ven, nubes que han quedado reducidas a estelas de humo en la madrugada soleada. Él la persigue en una danza que forma un juego de niños. Ríen, hablan, corren. Él la ama de aquella manera que prometió que la amaría siempre.

Las nubes empiezan a acariciar su pelo, su piel, su rostro y su cuerpo con suaves gotas de lluvia que mojan sus ropas y provocan que tirite de frío. Escucha su risa, la de él, a lo lejos. Asustada, sin saber por qué, grita, corre, huye. Dibuja círculos en ese prado y su cerebro no le indica a sus pies que no llevan ninguna dirección. Le busca a sus espaldas, escudriñando cada matorral con la mirada, escaneando el lugar para encontrarle. Pero él no está, se ha ido. Y, sin embargo, sigue escuchando su risa, la misma de cada vez que la dañaba.

La chica de ojos verdes no tiene ojos verdes.

La chica de ojos verdes se ha quedado dormida, para siempre, con los ojos abiertos y el reflejo en sus ojos del césped verde en nocturnidad iluminado por farolas colorea sus iris del tono que se le antoja, semejante a sí mismo.

Un hilo de sangre decora su frente y tiñe su melena.

La chica de ojos verdes no tiene los ojos verdes.