MEMORIA VACÍA

MEMORIA VACIA #SweekStars2018relato

MEMORIA VACÍA

Cojo las llaves y salgo, simplemente salgo a la calle, sin saber por qué ni dónde me dirijo. Personas me sonríen o paran a saludarme y no sé quiénes son. Me hablan como si los hubiese conocido durante los 70 años que tengo de vida, creo que esa es mi edad, aunque la verdad ahora que lo pienso, tampoco la conozco.

Gente que me mira, me pregunta por una mujer, la mía dicen, una tal Luisa. Dicen algo de mis nietos, ¿tengo nietos?, que hombre tan afortunado debo ser. Camino aunque no reconozco las calles, ni ningún rincón de la ciudad o pueblo por el que paseo. Ya ni si quiera recuerdo hace cuanto que he salido de casa, o de donde estuviese, ni el motivo.
De pronto una mano alcanza mi hombro y un hombre me llama, Antonio dice.

- Antonio, ven conmigo, Luisa está preocupada por ti, cuando ha vuelto de la compra no te ha encontrado.

Intento escapar de su mano, que me dirige hacia un banco con techo dónde hay más personas, que miran nuestra pequeña representación teatral. Solo que yo no tengo ningún guión, ni sé qué personajes tienen que hacer entrada. Ni si quiera sé quién es este señor.

- Antonio, ¿no me reconoces ya? - dice el mismo mientras sus ojos se inundan de lágrimas. Y ahora, ¿por qué llora? - soy Santiago, por dios, vamos a llevarte a casa.

Cuando entro en la que Santiago dice que es mi casa, no reconozco nada. Luisa me mira, llorosa. No sabía que se llamara Luisa, pero ahora que la veo llorando recuerdo su sonrisa.

Pasan los años, o quizá hayan sido solo un par de horas, veo un aparato redondo en mi muñeca con unos números y unos palos que van moviéndose poco a poco, pero no sé qué es ni para qué sirve. En realidad no sé qué es nada y no sé quién es nadie. No sé ni quién soy yo. Pero sí que recuerdo que hace dos días estuve dando de comer a unas gallinas, sonrío al recordarlo y muevo la mano, imitando al hombre que fui hace dos días, el que alimentaba gallinas, reproduzco el gesto de echar la comida a los animalitos. Una y otra vez, aunque a mí me parece la misma.

Ha venido una niña. Es pequeña, parece frágil, tiene los ojos verdes y un pelo dorado. No sé cómo, no recuerdo cómo se llama, pero por alguna razón me viene algo a la cabeza. "Tú vas a ser mi ojito derecho", le dije yo. Era la misma niña. Así que la abrazo aunque no sé nada sobre ella. Solo siento que la quiero, igual como me pasa con Luisa, quien me dice que es mi nieta Bea, y que va a pasar el fin de semana en casa porque tiene que ir a la iglesia por su comunión. ¿Ya es fin de semana? Pero no era ayer... No recuerdo qué día era.

Paseo con Luisa y la niña por la que se supone que es la ciudad en la que vivo, y veo un edificio. Sin saber por qué empiezo a gritar un nombre. Pablo. No sé quién es, ni qué edificio es este. Simplemente chillo ese nombre dos, tres veces. Pero nadie responde. La niña aprieta mi mano, veo como se enrojecen sus ojos. ¿Por qué todo el mundo llora?

La niña ya no es una niña. Me sienta en un banco junto a un hombre de pelo canoso y cejas negras como la tiza. Le aprieto la mano, porque últimamente tengo la costumbre de apretar las manos bien fuerte, tanto que mis nudillos se hacen puntos blancos rodeados de rojo, aunque no sé por qué. El hombre me aprieta de vuelta la mano, diciendo "nos ha jodido, qué fuerte estás" y sonrío, no sé por qué sonrío pero lo hago.

Un pequeño árbol triangular está junto a una pantalla que tiene dentro a dos hombres hablándome de frente. Lo decoran varias bolas de varios colores. Un hombre entra a la sala, deja una caja que parece pesada y me coge la mano. Me mira directo a los ojos y me habla, aunque no le escucho. Con la otra mano doy de comer a las gallinas. Una tela me sujeta el pecho contra un sofá. Luisa me da agua, aunque no tengo sed, bebo.

Se enciende la luz y una mano suave me acaricia la cara. Allí esta ella, la mujer más guapa que he conocido, aunque la verdad que no recuerdo otra, así que no tengo mucho con lo que compararla. Me habla, y yo le sonrío, porque sus ojos tristes parecen necesitar un descanso.

Hoy recuerdo todo de nuevo. Estoy con mi madre, y sé que falleció hace ya muchos años, así que yo también debo de estar muerto. Veo a la gente que antes no reconocía y están todos. Mi mujer, Luisa. Mis cinco nietos, Arancha, Pablo, Jessica, Sara y Beatriz. Mis hijos, Pili, Marisa y Toñin. Mi cuñado y mejor amigo, Lorenzo, que le cuenta una historia a Bea, que llora sobre su hombro. A mi amigo Santiago, de mi misma ciudad, al que conocí en un viaje a Mallorca de jubilados, con su mujer, y al verlos pienso lo curiosa que es la vida, viví gran parte de mi vida en la misma ciudad que ellos y los conocí a kilómetros de distancia. Veo a mis sobrinos, a mis amigos, a gente que hacía años que no veía o al menos no conocía.

Recuerdo el primer día, cuando Santiago me recogió en la calle y me llevo a la seguridad de mi casa.

Recuerdo cómo cuando tenía catorce años trabaje en una granja y le daba de comer a las gallinas.

Recuerdo ese día que recordé a mi nieta y la abracé, y recuerdo que ella lloraba en silencio sobre mi hombro, recuerdo cómo se me mojaba la camisa cada vez más con cada lágrima.

Recuerdo ese edificio, el colegio al que Pablo hacía muchos años que no iba, y como iba a buscarle yo cada día y le llamaba, porque era un niño muy despistado y pasaba ante mí sin darse cuenta.

Recuerdo como nos sentamos en el callejón que daba al colegio de Jessica y Beatriz y que apreté la mano de Lorenzo. Estaba sentado al lado de mi hermana Ángeles, ella también tenía la mirada perdida como la había tenido yo durante años.

Recuerdo como cada año el jefe de mi empresa nos traía la cesta de Navidad y se quedaba un rato mirándome, como deseando que de pronto yo le reconociera.

Recuerdo como Luisa me despertaba cada mañana y yo le sonreía y pienso que ahora por fin podrá descansar. Y, ciertamente, es la mujer más bella y fuerte de todas.

Hoy lo recuerdo todo y mi cuerpo dormido yace ante una vidriera separado de la gente que me quiso y que me quiere. La gente a la que hoy he vuelto a conocer.