El Éxtasis Del Dolor

El Éxtasis Del Dolor

El Éxtasis Del Dolor

¿En dónde está?

Está muerto.

¿Estás seguro?

No lo sé.

¿Lo mataste?

Sí.

¿Pero no está muerto?

No.

¿En dónde está entonces?

Con mis ojos más fríos que la nieve que caía frente a mí, observaba a través del cristal el camino bloqueado. El vaivén del limpiaparabrisas me había hipnotizado, arrastrándome hasta los recuerdos de un pasado feliz y de una vida perfecta; un pasado que se había desvanecido, y una vida que se había vuelto insulsa y vacía.

Alguna vez tuve una hija de ojos sinceros y sonrisa perfecta, de cabeza fresca y humor variante. Alguna vez tuve una hija, pero me la quitaron. Y desde ese entonces se volvió cotidiano verme con un trago en la mano, sentirme aroma alcohol en el cuerpo y oírme hablar con voz rasposa y gastada. Me había vuelto los restos del hombre que fui y que jamás volvería a ser.

Me había detenido en medio de la ruta, rememorando aquella tarde fría y soleada de Julio en la que tuvo lugar aquel incidente. Parece perturbador, sí, pero se vuelve necesario hurgar la herida y abrirla de nuevo, para que el olvido no nos acobarde y para que la costumbre no nos robe el deseo.

Muchos dirán que mi hija se suicidó, pero yo pienso lo contrario, y mi descanso no tendrá lugar hasta que los responsables cumplan su castigo. Aún recuerdo sus ojos, recuerdo cómo me miraba mientras se le iba el aire de los pulmones y se la apagaba la vida en un suspiro. No hablo de ella, sino de él, su violador; violador que fue condenado y encerrado, pero que al tiempo quedó en libertad. ¿Qué sentirías si una tarde cualquiera te cruzaras a aquel que arruinó tu vida? ¿Qué sentirías si te regalara una sonrisa maliciosa y se burlara de vos y de tu sufrimiento? Podés pensarlo e imaginarlo, pero jamás vas a sentir lo que llevó a mi hija a tomar esa decisión. Ella no se suicidó, a ella la mataron.

Por eso estaba de camino a Copahue aquel invierno. Sabía bien que unos kilómetros al norte de las termas la carretera se estrechaba entre un lago y una montaña, la doble calzada se volvía una sola y a la nieve se le hacía fácil taparla por completo. Todas las madrugadas una barredora debía pasar para liberar el camino, tan rutinariamente como el gallo que canta al amanecer. Pero hasta que la máquina hiciera su trabajo, los viajeros debían retroceder hasta un hotel que se ubicaba junto a la ruta.

Volví entonces sobre mi andar y me detuve en ese hotel. Estacioné junto a los dos vehículos que miraban hacia el hospedaje. Primero, al parecer, había llegado un auto de tres puertas, lo supuse porque era el que estaba más próximo a la entrada. A su lado había una camioneta. Luego estaba mi vehículo.

Metí la mano bajo el asiento y saqué una botella de ron a un poco menos de la mitad. La abrí y bebí de ella hasta dejarla a un cuarto, la tapé y la volví a guardar. Luego bajé.

Seguí el camino bajo el techo verde a dos aguas que sobresalía del hotel resguardando los autos, la tormenta ocultaba su color pero yo lo conocía por fotografías. Llegué hasta la puerta de dos hojas y marco circular y la crucé. Del otro lado un camino alfombrado color beige llevaba hacia un pasillo en donde se disponían diez puertas, cinco de cada lado. A mi izquierda se ubicaba un mostrador de madera y a mi derecha un par de pequeñas mesas circulares frente a una amplia barra.

Me paré delante del mostrador y miré el rack: «la 2 y la 4», conté. Había dos habitaciones ocupadas, dos de diez, y afuera dos autos, pero quizás venía más de una persona en cada uno de ellos. ¿Cuántos se hospedaban en el hotel?

Toqué la campanilla de metal sobre el mostrador y me asomé por la puerta que se escondía a mi izquierda. Un hombre joven y de buena presencia no tardó en salir.

—Buenas noches —me dijo con cortesía y denotando una sonrisa que mi rostro añoraba alguna vez poder volver a mostrar—. El clima, ¿no? —No dejaba de sonreír.

—Sí. —Mi actitud fría y sombría hizo contraste con su amabilidad. ¡Y pensar que una vez yo había sido cortés!            

Así es, alguna vez había sido amable y simpático. Ese que sonríe y que te dice «¡buen día!» con una actitud envidiable, que agradece por todo y que pide disculpas en la mínima ocasión en que sean necesarias, que te saluda al verte por la calle aunque no se sepa tu nombre. Ese ya no era yo, y jamás volvería a serlo.

—Para usted tengo la habitación 6. —Me pasó la llavecita.

Las había ido dando en orden de seguro: primero la 2 al auto de tres puertas, después la 4 a la camioneta, y ahora la 6 a mí. Entonces no pude contenerme, y las palabras se me escaparon desde adentro.

—¿Por qué solamente las pares?

—¿Disculpe? —me preguntó algo confundido.

—¿Por qué solamente dan las habitaciones pares? —Con un gesto de mi mano señalé el rack a su espalda. El hombre volteó y luego volvió su mirada hacia a mí.

—¡Ah! —exclamó alzando sus cejas, de seguro encontrando muy detallista mi observación—. Todas las pares son habitaciones nuevas, son más cómodas que las otras.

—Muy amable —agradecí con mi cara de póker, y él asintió recibiendo con gusto mi agradecimiento. Eché un vistazo al pasillo y luego volví mi mirada hacia él—. Gracias, pero deme la 3, por favor.

Hizo una mueca con los labios que arrugó la piel alrededor de su boca.

—La 3 no tiene buena ventilación. —Dio media vuelta y buscó en el rack—. En caso que quiera la vista de las habitaciones impares, le recomiendo la 5. —Me ofreció la llave, pero no la recibí.

—No es por la vista —me expliqué sin aceptarla—. Soy supersticioso. No hay problema con la ventilación. —Le extendí la llave de la habitación 6.

Alzó los hombros rendido y recibió la llave. Se dio vuelta, movió un par de cosas en el rack y me entregó la de la habitación 3.

—¿A qué hora liberan el camino? —pregunté en seguida, antes de que volviera a abrir la boca. No quería hablar mucho más, y parecía encantarle extenderse en palabras.

Alzó las cejas con la boca entreabierta y así se quedó un momento, como si algo hubiese hecho corto circuito en su cabeza.

—A las seis y media.

—Despiérteme a las seis. —Volteé hacia el comedor y luego volví mi mirada hacia él—. ¿La cocina sigue abierta? —Eran como las once de la noche. ¡Qué pregunta absurda!

—Sí señor.

Me acerqué a la barra de roble y me senté sobre uno de los banquitos de madera. Detrás de mí habían dos mesas ocupadas: en una se sentaba una pareja y en la otra un hombre solitario.

—Buenas noches —me saludó una mujer desde el otro lado de la barra.

—Una medida de whisky —le pedí sin devolverle el saludo. Se parecía mucho al joven de la recepción—. Este es un hotel familiar, ¿no?

—Sí —me afirmó mientras buscaba la botella en la extensa vitrina—. Yo soy Marta —colocó el vaso frente a mí—, y Ariel —puso un par de hielos dentro—, es mi hijo. —Me sirvió la medida.

—Ajá —asentí, fingiendo interés.

—¿Qué desea comer? —me consultó mientras guardaba la botella. Yo tardé en responder. No tenía apetito, pero algo debía comer, después de todo, había preguntado si seguía abierta la cocina.

—¿Cuál es el menú de hoy?

—Tenemos milanesa de ternera a caballo.

—Deme eso.

Luego de tomar mi pedido, la mujer se perdió detrás de una puerta blanca.

Me quedé allí, degustando el whisky y esperando mi comida, mientras pispiaba de vez en cuando a la pareja que se sentaba detrás de mí. Estaban juntos, en la misma mesa, pero distante uno del otro. El hombre, de traje marrón, leía el diario con indiferencia mientras su entrecejo denotaba una mueca de enojo. La mujer, unos cuantos años menor que él, no despegaba sus ojos húmedos y vidriosos de su celular.

Todo ese tiempo que estuve ahí no fueron capaces de cruzar palabra. Las expresiones en sus rostros y el tenso silencio entre ambos lo evidenciaban, la cena los había llevado a una discusión, discusión cuyo motivo desconocía.

Mi comida vino rápido, aunque se demoró un poco para ser el único pedido del restaurante. En lo que tardé en comer la mujer se marchó; abandonó la mesa de un salto y, con un paso apresurado que marcaron sus tacones sobre el granito, desapareció por el pasillo que llevaba a las habitaciones. La seguí con mi mirada hasta que su brillante cabellera rubia se perdió por detrás de la pared mientras se meneaba tras su espalda al ritmo de su andar.

Tomé el pequeño vaso con hielo y whisky, lo apoyé sobre mis labios y lo vacié por cuarta vez. Sentí como el intenso ardor corría a través de mi garganta y mi pecho, esta vez con menos fuerza que antes, pero aún con el empuje necesario para revolverme la cabeza.   

—Deme otro —le pedí a la mujer.

Escuché a mi espalda, sobre el sonido del whisky que caía sobre el hielo, cómo el hombre de traje marrón plegaba su diario. Al sentir su silla deslizarse hacia atrás, supe que venía hacia la barra.

Se asomó a mi derecha y se sentó a mi lado. No pude evitar mirarlo de reojo.

—Deme lo mismo —dijo con un gesto de su mano.

—Yo invito —me apresuré a decir—. Anótelo a la 3.

Me miró confundido, sin embargo, asintió en señal de agradecimiento.

—Hace falta con este frio, ¿no? —le comenté mientras metía la mano en mi bolsillo.

—No es por el frío precisamente.

Al sacar la mano del bolsillo, una tablita de pastillas casi vacía cayó al suelo.

—Yo la levanto —se ofreció al instante.

—Gracias.

Tomé su vaso por los bordes, lo agité un poco y se lo ofrecí en señal de brindis una vez que se había reincorporado.

—Por esos problemas que nos van a atormentar por siempre —le dije. Chocamos los cristales y bebimos.

Bajamos los vasos sobre la barra mientras el calor descendía sin distinción por el pecho de cada uno. A mí ya no me quemaba tanto, pero a él le quemaría de una forma diferente.

—¿Está medicado por algo? —me preguntó.

—Por la ansiedad. —Le mentí—. Pero no me alcanza. Necesito otras cosas. —Miré mi vaso vacío—. Como usted.

Frunció el ceño y me miró algo sorprendido.

—¿Cómo lo supo?

—¿Qué cosa? —Arqueé mis cejas—. ¿Qué tiene algún problema que le roba el sueño? —No hizo falta que asintiera a esa pregunta—. Porque bebe igual que yo.

Mi acierto forzó una expresión de asombro en su rostro.

—Ya lo había escuchado que se había pedido un vaso. —Me empezó a contar—. Después empecé a sentir el ruidito del whisky cayendo arriba del hielo. —Se relamía. A mí me daba bastante rechazo. Nunca me gustó y jamás me gustará, pero bueno, son sacrificios que uno debe hacer—. Llegó un momento que no me pude aguantar más, me hacía una falta terrible. Usted me entenderá. —Me miró pensativo—. ¿Por qué lo necesita?

—Porque aunque pasen las noches, que son largas —tuve que aclarar—, no puedo olvidar.

—¿Qué cosa no puede olvidar?

Perdí la mirada en el vacío.

—Que tenía una hija, y que me la robaron.

Disimulé lo más que pude, pero el desprecio en mi mirada se hizo notar. Para mi suerte, él miraba hacia otro lado.

—Vamos a brindar entonces, por su hija. —Levantó su dedo y Marta volvió a llenar los vasos vacíos sobre la barra de roble—. ¿Su nombre?

—Marcos. —Cada uno ya tenía su vaso en la mano.

—Antonio, un gusto. —«Antonio García», completé en mi cabeza.

Me estrechó la mano, luego levantó su vaso.

—Por su hija, y para que usted pueda olvidar que se la robaron —dijo alzando el mentón, como si de esa manera las palabras viajaran mejor por el aire.

Volvimos a beber. ¡Ag! Qué poco me gusta el whisky. Los dos primeros vasos me costaron, el tercero y el cuarto me dieron lo mismo, el quinto me asqueó. Como no pude disimular mi mueca de asco, aparenté mirar hacia la recepción: allí, junto al rack, un reloj redondo de números romanos indicaba que era un poco más de medianoche.

—Es un gusto, la verdad, Marcos —me dijo al ponerse de pie—, pero estoy muerto. Buenas noches, y buen viaje.

—Buenas noches.

Me dio una palmada en el hombro a la pasada y desapareció por el pasillo.

Permanecí un instante en la barra con los codos sobre la madera y con las manos sobre mis ojos. En la oscuridad me sentí apartado del mundo, con la única compañía de mi dolor, y con la emoción de que todo llegara a su fin. No quedaba mucho tiempo.

Sentí entonces una sed insaciable. Busqué con la mirada a la mujer al otro lado de la barra, estaba limpiando o acomodando las botellas de la vitrina, no tengo idea, pero tardó una eternidad en voltear y eso me desesperó, yo parecía una estatua que representaba a un hombre en un restaurante llamando a un mozo. Una vez que volteó, le pedí una botella de agua bien fresca.

—¿Conoce a Antonio? —me preguntó al pasarme la botellita.

—¿A quién?

—Antonio García, el hombre que estaba hablando con usted. Viene todos los años a las termas con su mujer, se queda una noche acá, porque la nieve tapa el camino, y sale a la madrugada apenas pasa la barredora. Tiene problemas del corazón, por eso viaja mucho, para que no lo afecte el estrés.

—¿El estrés de ser juez? —dijo el hombre cuya presencia había olvidado. Había permanecido allí a mi espalda todo el tiempo, había comido primero un plato de ravioles y luego un flan casero. Era el otro huésped.

Se acercó y puso sobre la barra el diario que Antonio había estado leyendo. A nuestra vista quedó una noticia en la cual salía una foto de él junto a una mujer.

—Ese diario es viejo. —Podía asegurarlo sin mirar la fecha.

—Ya sé. Lo traía él, seguro por la noticia —me contestó, y señaló la fotografía; en el epígrafe se aclaraba con detalle que la fiscal junto a él era su esposa, y no aquella mujer de unos cuantos años menor que siempre lo acompañaba a las termas.

—¿Pero Cecilia no es la esposa de Antonio? —preguntó Marta un poco exaltada.

—Debe ser la amante —opinó el otro huésped.

Marta levantó mis cubiertos y mi plato de la barra y se retiró horrorizada por la puerta blanca junto a la vitrina.

—¿Cómo lo reconociste? —le pregunté al hombre.

—Por esta misma noticia. Fue una decisión muy polémica que tomó hace un año.

Para qué escuchar todo eso si no se conocían, lo único que hacía era quitarme tiempo, y me quedaba muy poco.

—¿Vos también venís siempre a las termas? —Me quedaba otra pregunta.

—¡No! —Tenía que irme—. Estoy viajando por trabajo.

—¿Venís solo entonces? — Esa era mi última pregunta.

Asintió. Eran tres huéspedes.

—¡¿Viste lo tedioso que es manejar solo tantos kilómetros con esta tormenta?! —Tenía que hacer algún comentario. Me levanté del banquito—. Yo también voy solo, y mañana me queda un viaje largo, así que me voy a dormir.

—Yo también —me contestó.

Tomé la botellita y caminé a la par de él hasta la puerta de su habitación.

—Buenas noches —me dijo, y asentí con la cabeza.

«Entró en la 2», pensé.

Entré a mi habitación que quedaba justo frente a la 4. Allí estaba Antonio García, el juez, con Cecilia, esa mujer rubia unos diez años más joven que era su amante. Más temprano habían discutido, o por lo menos así se sentía el clima entre ambos, pero eso ya no importaba.

La habitación era vieja y húmeda, se veía en sus paredes y se sentía en el aire. Una alfombra roja y rasposa cubría todo el piso de cemento. El baño, que ni revisé, era pequeño y de azulejos blancos y antiguos. La cama, sobre la cual me acosté enseguida, era endeble y de madera castigada por el paso del tiempo. Igual, nada de eso importa.

Podía tratar de dormir, pero el cálido mundo de los sueños parecía inalcanzable en aquel entonces, aún más que en el resto de las noches a las que ya había sobrevivido.

En el momento previo al desastre, una misteriosa calma invadió mis sentidos y trató de engañarme. Era como una distracción, algo que intentaba hacerme olvidar que estaba subiendo los últimos escalones hacia el éxtasis de mi dolor, ese que me haría dejar de lado la infelicidad de añorar tiempos pasados en los que ella estaba conmigo.

Después de ese éxtasis de sufrimiento, de esa experiencia esencial y profunda, llegaría a ver de cerca a la muerte otra vez. Aguardaría bajo el ojo de la tormenta, dejaría que esa engañosa paz se esfumase, y por fin aprendería a vivir con mi nuevo yo. No volvería a ser feliz, no volvería a ser amable ni alegre, pero tendría las fuerzas suficientes como para cargar conmigo y con mi dolor.

Por eso no pude dormir. Por eso mis ojos permanecieron abiertos y enfocados en el techo, fijos en él, mirando pero sin observar, sin apreciar detalle, como cuando se pierden en el vacío.

No me di cuenta de cuántas horas habían pasado hasta que el teléfono de la habitación sonó sobre la mesita de luz junto al respaldo de mi cama. El tiempo se había escapado en una brevedad increíble, cuando los pensamientos se congelan, el mundo gira más rápido.

Tomé el auricular y lo puse junto a mi oreja.

—Son las seis —me dio el aviso el recepcionista, alertado por mi respiración a través de la línea.

—Gracias —le dije, y fui sincero. Luego colgué.

Me puse de pie sin prender la luz. Nunca la había apagado porque jamás había tenido intenciones de dormir, de todas formas, era de esas luces amarillas que joden más de lo que ayudan y que no alumbran demasiado. Caminé hasta la puerta y asomé mis ojos por la cerradura. Permanecí congelado allí, con la mirada fija en la puerta al otro lado del pasillo; esta vez observaba.

Pasaron unos treinta minutos, pero nadie salió. Empecé a impacientarme; movía las piernas, me refregaba los ojos con mis manos sudadas, me mordía el labio inferior; siempre sin abandonar la posición que ocupaba tras la puerta. Esperé un poco más mientras temía que ya se hubiesen ido.

Tanto tiempo pensando, tanto tiempo preparando al cuerpo y al espíritu para un momento tan importante; la obsesión me había llevado a inquietarme por cada detalle. No podía salir mal, era mi última oportunidad de salvarme. Y si me salvaba, debía saberlo.

El éxtasis del dolor no es algo simple, es complicado y enfermizo. Es el placer que uno encuentra a partir de un hecho traumático que lo ha llenado de dolor, que lo ha hecho sufrir como nunca antes en la vida. Uno pasa por esa situación, la sobrevive y sigue adelante, pero queda un dolor remanente que decide acompañarnos para siempre, que desaparece en breves destellos pero que luego regresa con mayor intensidad. Y uno nunca aprende a superar ese dolor; intenta enfrentarlo, y hasta veces ignorarlo, pero esas intenciones mueren en débiles intentos de emparchar un corazón tajeado que ya no va a dejar de sangrar.

La verdad (o mi verdad) es que el dolor debe asimilarse. Debe sentirse y disfrutarse como cualquier otra emoción, debe uno acostumbrarse a él. No se irá ni se superará, nada de eso es posible, no para una herida tan grande como la mía. En esos casos uno debe conocer el dolor y aprender a disfrutarlo, encontrar algo placentero en él. Yo estaba a punto de lograrlo, iba a experimentar esa sensación que se confunde en el corazón y que se revuelve en el estómago sin saber si mata o revitaliza al espíritu; es algo confuso, una mezcla de emociones contrarias, una combinación inadecuada de placer e incomodidad, de odio y de amor, de ansiedad y de paz.

La puerta 4 se abrió y Cecilia cruzó el pasillo con su cabello húmedo. Se había estado bañando, y no sabía si eso era bueno o malo. ¿Él se había levantado antes?

Me volví con pasos rápidos hasta la mesita de luz, tomé mi botellita de agua y salí con apuro. Al llegar al comedor me encontré con el hombre de la 2 y la rubia de la 4. Nadie más. Antonio estaba en la pieza.

Me senté en una mesa junto a la mesa de Cecilia. ¡Qué chiquitas eran! Les ponían cuatro sillas, pero eran para no más de dos personas.

—Una lágrima y una medialuna —le dije a Marta para disimular. Hubiese preferido un vaso de ron, para bajar mi ritmo cardiaco.

Miraba de reojo a la amante del juez de una forma invasiva e indiscreta; esperaba que notara mi presencia. Al despegarse del celular, se percató de mi mirada.

—Buen día —le dije con una mueca trabajada que se asemejó a una sonrisa. Ella me miró con rechazo—. ¿Antonio todavía no se levanta? —Hablaba como si fuera un amigo de toda la vida, disimulando todo lo que debía ocultar por un par de minutos más; o al menos eso quería creer.

—No. —La mujer parecía no tener otro encanto más que su apariencia.

—¿Se quedó dormido?

—Siempre se queda dormido cuando toma un poco, pero hoy se pasó. ¿Cuánto tomó anoche?

Fruncí el ceño e intenté recordar.

—Dos medidas de whisky. —Noté su preocupación.

—Tomó re poco para tardar tanto.

—Quizás estaba cansado por manejar tanto. —Necesitaba saber algo más.

—Puede ser. —Dejó su celular sobre la mesa, cruzó sus piernas y se reclinó hacia adelante, acercándose un poco más a mí—. Casi siempre da vueltas en la cama antes de dormir, siempre me despierta a mitad de la noche porque es re inquieto. Pero anoche se acostó y se quedó dormido en seguida.

No pude contenerme, así que sonreí.

—Despreocupesé —le dije—. Son las vacaciones.

Cecilia asintió apretando sus labios, luego tomó su celular y volvió a centrar toda su atención en él.

Marta me acercó la lágrima y la medialuna. Me podría haber apurado: tragar todo casi sin masticar, pagar y huir de allí. Pero la sonrisa en mi rostro era mitad alegría, mitad miedo; necesitaba asegurarme de que todo saldría bien, así que decidí quedarme.

En el tiempo que perdí desayunando se hicieron las siete. La amante del juez desayunó a la par mía; sin mediar palabra conmigo, claro, pero tardó lo mismo que yo. En ningún momento se asomó Antonio ni hubo señales de él, y eso que en el juzgado decían que era puntual: el primero en llegar y el último en irse; nunca estaba a la hora que debía estar, siempre cinco minutos antes. ¿Tanto lo relajaría un viaje a las termas? ¿No se da cuenta, mujer, que las otras veces se despertó a horario? Pero bueno, mejor para mí.

Me levanté junto con ella, aunque no lo pretendía, y me dirigí a la recepción con mi botellita de agua en la mano. Pagué mi habitación y todo lo demás, sentía que era la mejor inversión que había hecho en toda mi vida. Saludé al recepcionista y a su madre mientras me parecía escuchar la voz de la mujer que venía desde el otro lado de la puerta 4; decía el nombre de su amante con dejo de desesperación. Con gusto pensé «no lo vas a despertar».

Salimos de allí con el huésped de la 2 y nos dirigimos a nuestros vehículos. La camioneta del juez aún estaba estacionada entre ambos.

—¡Que tenga buen viaje! —me saludó antes de subirse a su auto de tres puertas. Yo lo saludé con mi mano y le agradecí con un gesto de mi cabeza.

La tormenta se había desvanecido en un amanecer que purificaba el cielo. Mi camino estaba despejado, y la ruta también. Subí a mi auto, destapé la botella de agua mineral, la incliné sobre mi boca hasta vaciarla, y la tiré sobre el asiento del acompañante. Hice marcha atrás, me coloqué a un lado de la ruta y apunté la trompa de mi auto hacia el norte.

Tomé la botella de ron bajo mi asiento y la miré en una silenciosa despedida, luego abrí la ventanilla y la arrojé sobre la nieve. Finalmente, partí.

Jamás volvería a ser el mismo, pero ya estaba listo para reencontrarme con mi hija.

 

¿En dónde está?

 

Está muerto.

 

¿Estás seguro?

 

Ahora sí.

 

¿Lo mataste?

 

A los dos.