Prólogo

Aliados del amor #sweekstars2018novela

Prólogo

Inglaterra, Hampshire. 1830.

Estimada Lisa:

                           Te escribo esta carta, porque no he tenido el valor suficiente para decirte frente a frente que he de romper nuestro compromiso. Lamento profundamente decirte que no puedo casarme contigo, pues hay una dama que ocupa un lugar muy importante en mi corazón.

He decidido embarcarme mañana  y llevarme a Sabrina conmigo, muy lejos de Inglaterra.

Espero, puedas perdonarme algún día, nunca quise hacerte daño. Fuiste y serás, una mujer preciosa y maravillosa para mí.

Sé que cualquier hombre deseará casarse contigo y llegarás a ser muy feliz, como nunca lo hubieses sido a mi lado.

Hasta siempre, princesa.

Tu aliado y buen amigo. Duque de Windsor.

Carta enviada el 02 de marzo de 1825

 

 

Esa fue la carta que lady Lisa Stanton, hija de los marqueses de Winchester, leyó por más de tres años antes de quemarla y tirarla junto a todas sus esperanzas en un rincón muy lejano y oculto de su corazón.

Por un momento llegó a pensar que los años de amistad, complicidad y aventuras, harían que lord Windsor llegara a quererla y apreciarla más que como a una pequeña hermana. Ella deseaba que la mirara como la mujer que crecía junto a él, que se moldeaba a sus preferencias y buscaba ser perfecta para él. Pero no... Ella no era como Sabrina, ella no tenía los rizos dorados, bucles perfectos, ni el cuerpo escultural. Lisa simplemente era ella; una dama de cabellera castaña, ojos verdes y rostro común —por no hablar de sus enormes labios—. Su madre aseguraba que  si no se casaba esta última temporada, se consagraría como una solterona sin remedio, pues un hombre poderoso y deseado la había convertido en el hazmerreír de toda Inglaterra cuando la dejó plantada a tan sólo días de su boda.

«Ya no más Lisa, ahora eres distinta».

Fueron meses de trabajo, todo tipo de torturas que dieron como resultado lo que su madre buscaba. Ya no era lo que todos quería ver: una dama sin gracia, con kilos de más caminando por los senderos de Hyde Park. Estaba delgada, lo había conseguido, pero aún no era esbelta ni mucho menos una beldad. Tenía veintitrés años, era su última temporada y su padre había aumentado su dote a treinta mil libras con el fin de atraer a algún hombre empobrecido al matorral.

Esa era su última oportunidad, y si todo salía bien ella podría recibir su dote a la mayoría de edad y largarse de ese horrible entorno que le privó de su libertad, que le arrebató su seguridad y que le hizo ver lo detestable que podía llegar a ser una persona por ambición.

En un tiempo deseó ser la duquesa de Windsor, una esposa perfecta que fuera capaz de mantener a su marido en su lecho; pero ahora, sólo quería quedarse como Lisa Stanton, una mujer que logró huir de las garras de un matrimonio desdichado que la habría condenado a ver como otra recibía el amor que ella quería para sí misma.

Nunca se casaría sin amor de por medio, y como nadie la amaría jamás, prefería largarse.

—Nuestro padre rechazó tres ofertas de matrimonio hoy —le dijo su hermana menor, quien leía tranquilamente uno de los libros que abundaban en la biblioteca.

—Posiblemente se deba a que todos me triplican la edad y su aliento es capaz de embriagar a cualquiera —ironizó, blanqueando los ojos.

El conde de Ross, su hermano mayor, alzó la vista del libro de cuentas.

—Lo he estado pensando, ¿qué tal si te casas con Beaufort?

Ella enarcó una ceja, divertida.

—¿El hombre más deseado de Gran Bretaña?

—Por no decir el más rico y atractivo —añadió Riley y ambos la miraron.

—¿Cómo lo sabes? Tú no sales de Hampshire.

La pequeña de trece años alzó el rostro.

—Leo el periódico, hermano, no hace mucho hicieron una ilustración de él y... Sí, es hermoso.

—Buena chica. —Sonrió el conde y regresó su atención hacia su otra hermana—. Beaufort amaría tener treinta mil libras más.

Lisa evitó rodar los ojos, otra vez. El duque era el sueño de cualquier mujer, pero ella no quería volver a comprometerse ni por palabra, ni emocionalmente.

Menos si era por conveniencia.

—¿Por qué no esperar un año, hermana? Así podrías recibir tu dote e irte lejos —sugirió la pequeña y rio por lo bajo ante el gruñido de su hermano mayor—. Papá dijo que se lo daría todo —agregó, risueña.

—Querida Riley, ve a ver si tu institutriz llegó, dile que te enseñe que tipos de consejos debes dar a una dama casadera.

La niña hizo un mohín y saltó del sillón. Su diminuto tamaño apenas y le permitía colocar el libro en su lugar.

—Gracias por el consejo, Riley. —Le guiñó el ojo y la niña salió corriendo de la biblioteca bajo la fulminante mirada de su hermano mayor.

—No lo harás. Debes casarte, tanto nuestros padres como yo queremos saber que alguien cuidará de ti cuando nosotros no podamos.

Bufó.

—Tienes veintiocho, Ross, eres cinco años mayor que yo, dudo que mueras tan pronto, por lo que tendrás para largo de tu hermosa hermana.

Si bien el conde sonrió, Lisa sabía que no era lo que quería para ella.

—Tu dote está captando la atención de muchos caballeros, así que ve eligiendo a los más convenientes entre las alternativas. Nuestra madre va a casarte porque es su mayor anhelo y si su futuro yerno tiene título, mejor.

—Seamos francos, mamá no supera que Windsor haya roto el compromiso.

Los movimientos de Ross cesaron, dejándolo tenso mientras cerraba el libro de cuentas.

—Nunca debí haberlo traído, debí sospechar que su irresponsabilidad solamente nos traería problemas.

Su hermano terminó odiando a uno de sus mejores amigos por su culpa —aunque no le creía del todo porque no hace mucho Lisa descubrió que él recibía cartas de Windsor—, porque no era lo suficientemente hermosa como para retenerlo. Sin embargo, ahora estaba diferente, ella se sentía bien consigo misma y eso era suficiente para atraer a cualquier hombre.

Lástima que no le interesara eso por ahora.

¿O sí?

—De acuerdo, me casaré esta temporada —mintió. Una mentirita piadosa.

—Claro que lo harás —convino una tercera voz, y un leve escalofrío recorrió su espalda.

Genial. Lo que le faltaba.

—Mañana mismo partiremos a Londres. Madame Gale te confeccionará vestidos maravillosos —espetó la marquesa de Winchester, llena de regocijo—. Ahora te verás preciosa en cualquiera, tu cuerpo está mucho mejor.

—Antes no se veía mal —aclaró Ross, a él siempre le pareció hermosa.

—Tonterías —ladró la marquesa—. Estaba gorda y fea.

—Ay madre, siempre tan amorosa. —Lisa sujetó la falda de su vestido y se dirigió hacia la salida de la biblioteca—. Si me permiten, iré a ver que puedo comer en la cocina. —La provocó y su madre chilló, siguiéndole sin parar para asegurarse que no comiera nada durante toda la tarde.

No lo haría.

A decir verdad, le daba terror volver a ser como era antes.

—Hija, ¿estás lista para tu última temporada? —inquirió mientras ambas caminaban por el jardín.

—Sí —contestó vagamente.

La verdad era que no estaba lista para nada, pero... era parte de la vida, una nunca sabría qué le podría esperar dentro de los salones de bailes.

Quizás le sucediese algo interesante esa temporada.

Capítulo 1